Capítulo 1 — El comienzo #6
Jey subió los primeros archivos a la página, programando su publicación por tandas. Era un sistema que habían discutido antes: no soltar todo de golpe, sino dosificarlo para mantener la demanda.
—Si esto vende como esperamos, vamos a necesitar seguir innovando —dijo Jey—. No podemos quedarnos con lo mismo siempre.
Martín asintió, deslizando la pantalla de su celular. —Sí, pero lo primero es ver cómo reaccionan. Si la gente paga más por esto, entonces ya sabemos por dónde ir.
Jey apoyó los codos en la mesa, pensativo. —Esto tiene potencial, Martín. No es solo vender fotos. Es construir algo más grande. Y Camila es la clave.
Martín lo miró con interés. —¿Pensás hablar con ella sobre eso?
Jey sonrió, como si ya hubiera pensado en eso mucho antes. —Obvio. Pero hay que esperar los resultados. Si la guita empieza a fluir, va a ser más fácil convencerla.
Martín soltó un silbido. —Mierda… Estamos haciendo algo grande, ¿no?
Jey se reclinó en la silla, observando cómo el material terminaba de subirse. —Sí, y recién estamos empezando.
• • •
Pasaron dos semanas y los cambios empezaron a notarse.
Las ventas no solo se mantenían, sino que crecían.
Las fotos más caras, las que al principio dudaron en ofrecer, volaban en cuestión de horas.
Los números en la cuenta anónima aumentaban cada día, y la demanda seguía subiendo.
Jey sabía que estaban en el punto exacto donde el negocio podía expandirse aún más.
Aprovechó la tarde para pasar por la casa de Camila.
Llevaba el dinero dentro de un sobre, como siempre, pero esta vez había algo más.
Un paquete pequeño, envuelto con papel de colores, apenas doblado con cuidado.
Sabía que era una jugada arriesgada, pero también entendía cómo funcionaban las cosas.
Si quería mantener a Camila en la misma sintonía, tenía que generar otro tipo de conexión con ella.
Golpeó la puerta dos veces. Camila tardó unos segundos en abrir, y cuando lo hizo, lo recibió con su expresión habitual: neutral, con una ligera sombra de cansancio en los ojos.
Pero ya no había la misma dureza que al principio.
Tal vez porque ahora, cuando él llegaba, significaba que traía algo que hacía la diferencia.
—Puntual como siempre —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
—Negocios son negocios —respondió Jey con su media sonrisa. Sacó el sobre y se lo tendió—. Esto es lo tuyo. Pero traje algo más.
Camila frunció el ceño un instante, tomando el sobre con una mano. Con la otra, recibió el paquete envuelto en colores vivos. Lo miró con una mezcla de sorpresa y sospecha.
—¿Y esto? —preguntó, sin abrirlo aún.
Jey se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
—Es para el nene. Algo chico, nada raro. Lo vi y pensé que le gustaría.
El aire en la entrada se sintió distinto por un instante. Camila lo miró de una forma que nunca antes lo había hecho. Sin esa barrera fría, sin la cautela calculada. Algo en su postura cambió, como si el peso que cargaba a diario se hiciera un poco más liviano.
Rompió el papel con movimientos torpes, casi ansiosos. Dentro, un auto de juguete, de esos que funcionan a fricción. Rojo brillante, con detalles en negro. Nada extravagante, pero suficiente para un niño que no recibía regalos sin motivo.
Camila parpadeó un par de veces. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo, pero no encontró las palabras de inmediato. Pasó los dedos por la superficie del juguete y soltó una risa baja, genuina, casi infantil.
—No tenías que hacer esto —murmuró, pero su voz no sonaba a reproche.
—Lo sé —dijo Jey—. Pero quise hacerlo.
Ella levantó la mirada. Por primera vez, sin reservas. Había algo más en sus ojos, algo que no había estado ahí antes. Gratitud. No por el dinero. No por el negocio. Sino por un gesto inesperado, por algo que hacía mucho no recibía sin un precio a cambio.
—Gracias —dijo al final, y su voz tenía un matiz distinto. No había indiferencia. No había cautela. Solo sinceridad.
Jey sostuvo su mirada un instante más, luego desvió la vista con la misma naturalidad de siempre.
—Bueno, me voy. Avisame cuando quieras planear la siguiente sesión.
Camila asintió, pero esta vez no cerró la puerta tan rápido como antes. Se quedó en la entrada, sosteniendo el juguete entre las manos, viendo a Jey alejarse con una expresión que ni ella misma entendía del todo.
• • •
Los días pasaban y el negocio seguía creciendo, pero Lautaro tenía algo en mente. Algo más grande, más eficiente. Un método para atraer clientes sin necesidad de ir uno por uno. Una tarde, mientras estaban en su rincón habitual del patio de la escuela, soltó la idea.
—Escuchen, tenemos que dejar de vender solo a los que ya conocemos —dijo, apoyando los codos sobre la mesa—. Si queremos que esto suba en serio, necesitamos publicidad. Algo que atraiga a los interesados sin llamar la atención equivocada.
Jey y Martín lo miraron con interés. Sabían que Lautaro solía tener ideas audaces, pero siempre había que ver hasta dónde llegaban.
—¿Publicidad? —repitió Martín, arqueando una ceja—. ¿Querés que pongamos un cartel en la entrada del colegio que diga ‘Fotos de Camila en venta’?
Lautaro resopló, sacudiendo la cabeza.
—No, boludo. Nada obvio. Piensen en esto: Camila se hace una cuenta en redes. Instagram, Twitter, lo que sea. Sube fotos sugerentes, nada demasiado explícito. Solo lo justo para llamar la atención. Y en la bio, deja caer la idea de que hay más contenido para los que quieran pagar.
El silencio se extendió por un momento. Jey giró el encendedor en su mano, pensativo. La idea tenía sentido. Era una forma de atraer clientes sin exponerse ellos directamente. Pero había un problema evidente.
—Eso la haría pública —dijo Jey finalmente—. La gente empezaría a hablar. La mirarían distinto. No sería solo una mina que vende contenido, sería ‘esa mina’. Una puta, en la cabeza de la mayoría.
Martín asintió, cruzándose de brazos.
—Sí, y si eso pasa, capaz se le va todo al carajo. No cualquiera aguanta esa presión.
Lautaro se encogió de hombros.
—Lo sé. Pero ahí es donde entramos nosotros. Hay que hacerle una propuesta que no pueda rechazar. Algo que le haga ver que vale la pena.
Jey tamborileó los dedos sobre la mesa, midiendo la situación. Camila ya había aceptado mucho, pero esto era diferente. No se trataba solo de fotos privadas. Era exponerse de verdad. Convertirse en una imagen, en una marca. Y, sobre todo, en un blanco.
—Tiene que haber algo más que plata —murmuró, casi para sí mismo—. Algo que la haga verlo como una ventaja.
Martín chasqueó la lengua.
—¿Algo como qué? Si la guita ya es buena, ¿qué más podemos ofrecerle?
Lautaro sonrió de lado, con esa expresión que siempre tenía cuando veía una jugada posible.
—Prestigio. Poder. Que no sea vista como una víctima o una cualquiera, sino como alguien que tiene el control. Hay minas que hacen esto y se convierten en ‘influencers’, en minas que manejan su imagen y la gente las sigue por eso.
Jey lo escuchaba con atención. No era una idea descabellada. Si lograban convencer a Camila de que no era solo vender fotos, sino construir una presencia, podría ser más fácil de digerir para ella.
—Si lo planteamos bien, capaz lo ve como una ventaja —dijo Jey finalmente—. Pero hay que tener cuidado con cómo se lo decimos. Si la hacemos sentir presionada, va a mandar todo a la mierda.
Martín asintió, aunque seguía escéptico.
—Igual, esto no es joda. Si se mete en esto, ya no hay vuelta atrás.
Lautaro sonrió.
—Por eso tenemos que venderlo bien. Hagamos que parezca una oportunidad, no una obligación.
Jey no dijo nada, pero en su cabeza ya estaba armando el discurso. Sabía que Camila no era estúpida, que no aceptaría algo así sin pensarlo bien. Pero también sabía que todo el mundo tenía un precio.
Y él estaba dispuesto a encontrar el de ella.
• • •
Jey esperó un par de días antes de hablar con Camila. Sabía que esta conversación necesitaba ser manejada con precisión. No podía presionarla demasiado, pero tampoco podía dejar pasar la oportunidad.
La encontró en el lugar de siempre, en su casa, con el nene durmiendo en la otra habitación. Como siempre, ella mantenía la guardia alta cuando lo vio entrar.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, cruzándose de brazos.
Jey fue al grano.
—Tenemos una nueva forma de vender —dijo, sacando su celular y mostrándole ejemplos de otras chicas en redes—. Esto es lo que está funcionando ahora. Perfíl público, fotos estratégicas, nada demasiado explícito. Solo lo suficiente para atraer más clientes sin que parezca publicidad obvia.
Camila miró la pantalla con el ceño fruncido. Deslizó un par de imágenes y luego le devolvió el teléfono.
—No —dijo sin rodeos.
Jey levantó una ceja.
—No te pedí una respuesta todavía.
—No hace falta —suspiró ella, frotándose la cara—. Sé a dónde lleva esto. Hoy son fotos “estratégicas”, mañana me reconocen por la calle, pasado ya soy ‘la mina que vende porno’. No necesito que la gente me mire como si fuera un objeto. Ya bastante tengo con lo que hago.
Jey la estudió por un momento. Su rechazo era firme, pero había una diferencia esta vez. No era una negativa por miedo o inseguridad. Era porque entendía perfectamente lo que implicaba.
—Seguirías teniendo control sobre lo que subís —insistió Jey—. Nadie te obliga a nada. Pero si querés que esto crezca, esta es la manera.
Camila negó con la cabeza.
—No me interesa crecer. Me interesa la plata, sí. Pero esto… esto no. No me importa cuántos seguidores tenga ni si me vuelvo famosa en ese ambiente. No voy a exponerme así.
Jey dejó pasar un segundo, calibrando su próximo movimiento. Luego, suspiró y cambió de enfoque.
—Está bien. Sigamos como hasta ahora, entonces —dijo sin discutir más.
Camila pareció sorprendida por la falta de insistencia, pero no dijo nada. Solo asintió, aliviada.
Jey apoyó los codos en la mesa y la miró con calma.
—Igual hay algo que tenemos que cambiar. La máscara que venís usando, Sadie, ya no va más. No es suficiente. Alguien te va a reconocer tarde o temprano.