La Agencia del Pecado Capítulo 1 — El comienzo #5
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Capítulo 1 — El comienzo #5

Ella dejó la cuchara en el plato con un leve clink.

—Ajá… ¿Y eso qué significa para mí?

Jey sonrió con calma, midiendo sus palabras. —Más exposición. Más material. Pero también más plata. Y no solo eso… —Se inclinó un poco hacia adelante—. Puedo hacer que parte de lo que generemos vaya directo a lo que necesitás: cosas para tu hijo, para vos. No solo efectivo, sino soluciones reales.

Camila se cruzó de brazos y lo miró en silencio unos segundos, pensativa. No era estúpida. Sabía que Jey no estaba haciendo esto por caridad. Pero la oferta era tentadora. Muy tentadora.

—Decime la verdad, Jey —dijo al final—. ¿Hasta dónde querés llegar con esto?

Él sostuvo su mirada sin titubear. —Lo más lejos que podamos. Pero no voy a obligarte a nada. Siempre tenés la última palabra.

Ella dejó escapar una risa seca. —Claro… porque soy yo la que tiene el control, ¿no?

Jey no respondió de inmediato. Solo se encogió de hombros con una media sonrisa.

—Tenés el control de decidir cuánto querés ganar.

Camila exhaló despacio, apoyando la frente en una mano. Estaba agotada, no solo físicamente, sino mentalmente. Su vida había sido un constante remar contra la corriente, y ahora, por primera vez, tenía una opción que le daba una ventaja. No era ideal, no era lo que habría querido… pero era algo.

—Si acepto esto… —empezó, levantando la mirada—, quiero garantías. Nada raro. Nada que me meta en quilombos. Y si en algún momento quiero parar, paramos. ¿Estamos?

Jey la miró con seriedad y asintió. —Estamos. Pero si seguimos, tenemos que hacerlo bien. Nada de errores. Nada de filtraciones. Y yo voy a estar manejando todo.

Camila lo analizó un instante más y luego suspiró. —Dios… No sé en qué carajo me estoy metiendo.

Jey sonrió, tomando otro sorbo de café. —En un negocio.

• • •

El negocio seguía avanzando. Mientras las ventas de fotos continuaban, Jey, Lautaro y Martín dedicaban cada momento libre a la creación de la página. Sabían que era el siguiente gran paso, la forma de escalar todo sin tener que depender de contactos directos.

Las primeras discusiones fueron caóticas.

Ninguno de ellos era experto en tecnología, pero con suficiente investigación y algunos tutoriales clandestinos, empezaron a entender cómo moverse en ese mundo.

Se reunían en la casa de Jey o en algún lugar apartado del colegio, siempre con sus teléfonos y notebooks, revisando plataformas, métodos de pago y formas de mantener el anonimato.

—Tiene que ser cerrada, acceso solo con pago —dijo Jey, golpeando la mesa con el dedo—. Nada de que cualquiera pueda entrar a ver qué hay.

—Sí, pero también tenemos que hacerla fácil de usar —agregó Martín—. Si es muy complicada, los pibes se van a asustar y no van a pagar.

Lautaro estaba en su laptop, navegando por foros y buscando información sobre páginas similares. —Hay formas de hacerlo. Podemos poner una suscripción o vender packs individuales. Lo importante es que no quede rastro de quién la maneja.

Les llevó días encontrar las herramientas adecuadas. Entre códigos de seguridad, pruebas de plataformas de pago y simulaciones de acceso, fueron construyendo algo funcional. Había tensión, pero también emoción. Sabían que si esto salía bien, cambiaría todo.

Después de una semana de trabajo intenso, la página estaba lista.

Un diseño simple, sin nombres, sin rastros evidentes.

Un usuario ingresaba, veía un catálogo de contenido limitado y podía comprar acceso a fotos exclusivas.

Todo automatizado, sin necesidad de que ellos interactuaran con los clientes directamente.

Cuando terminaron la última prueba y la página quedó oficialmente en línea, los tres se quedaron en silencio por un momento, observando la pantalla.

—Listo —dijo Jey finalmente, dejando escapar un suspiro—. Ahora sí estamos jugando en serio.

Lautaro sonrió, reclinándose en la silla. —¿Te das cuenta de lo que hicimos?

Martín soltó una risa breve, algo incrédulo. —Sí, boludo. Nos volvimos empresarios.

• • •

Camila estaba en la cocina, mirando la pantalla de su celular con el ceño fruncido.

La notificación del banco era clara: saldo insuficiente.

Suspiró, dejando el teléfono sobre la mesa.

No había conseguido trabajo, las cuentas se acumulaban y su tía ya le había dejado claro que no podía ayudarla mucho más con el nene.

Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se acomodó el cabello con una mano y fue a abrir. Jey estaba ahí, con su expresión habitual, mezcla de seguridad y calma calculada.

—Pasá —dijo ella, sin rodeos.

Él entró sin dudar, dejó su mochila sobre una silla y se sentó. No hubo charla superficial. Jey no era de perder el tiempo, y Camila lo sabía.

—Necesitamos hacer algo nuevo —dijo él, directo—. Las fotos de siempre siguen vendiéndose, pero si queremos mantener el ritmo, hay que ofrecer más.

Camila lo miró con el ceño ligeramente fruncido. Sabía que este momento llegaría, pero eso no lo hacía más fácil.

—¿Más cómo? —preguntó, cruzándose de brazos.

Jey apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—Más poses, más confianza. Algo más trabajado.

Hay clientes que están pidiendo fotos con más piel, más cercanía.

Nada de lo que no hayamos hablado, pero tiene que sentirse más provocador.

No solo imágenes estáticas, sino movimiento, una actitud más llamativa.

Expresiones, gestos, detalles que hagan que cada foto parezca única.

Camila se mordió el labio, pensando. Necesitaba la plata, no había discusión. Pero cada paso que daba en esto significaba meterse más y más en algo que aún no terminaba de asimilar.

—¿Qué tendría que hacer exactamente? —preguntó al final, con voz tensa.

Jey sonrió con calma. Sabía que la tenía en el punto exacto donde la quería.

—Ropa más ajustada, detalles en las manos, en la boca, en la mirada. Que parezca más personal. No es solo posar, es vender una idea. Algo que haga que la gente quiera pagar más y vuelva por más. Hay que construir una imagen, algo que los haga sentir que están viendo algo especial.

Camila apoyó los codos sobre la mesa y pasó las manos por su rostro, agotada.

—¿Y cuánto más estamos hablando? —murmuró.

Jey no dudó en responder.

—Bastante más. Y no solo en efectivo. Podemos conseguir cosas para tu hijo. Ropa, juguetes, lo que necesites. Si hacemos esto bien, podés empezar a ver una diferencia real en tu vida.

Camila lo miró en silencio por un momento, midiendo sus opciones. Al final, exhaló con resignación.

—Está bien. Hagámoslo.

Jey asintió, satisfecho. Sabía que esto era solo el comienzo.

• • •

La tarde estaba en su punto más cálido cuando Jey llegó a la casa de Camila con una bolsa en la mano.

Dentro, varios conjuntos nuevos, más pequeños, más ajustados, más pensados para lo que necesitaban.

Camila los revisó en silencio, pasando los dedos por la tela.

No dijo nada, solo asintió y desapareció en la habitación para cambiarse.

Mientras tanto, Jey preparó el espacio. Ajustó la iluminación, revisó la cámara y organizó los fondos para que cada toma tuviera su propia identidad. Cuando Camila volvió, llevaba uno de los conjuntos más provocativos que habían conseguido. Jey la miró evaluando, con la misma calma de siempre.

—Se ve bien —dijo simplemente.

Ella soltó un suspiro y se acomodó el cabello. —Vamos a hacerlo rápido.

Pero no fue rápido. La sesión duró horas.

Cada toma era trabajada al detalle, cada ángulo pensado para resaltar lo que vendía.

Al principio, Camila seguía con la rigidez de siempre, pero Jey sabía cómo llevar la situación.

En un momento, hicieron una pausa, y mientras ella bebía agua, él empezó a hacerle preguntas.

—Cuando eras más chica, ¿qué querías hacer? —preguntó, como si fuera una charla casual.

Camila lo miró con el ceño fruncido. —¿A qué viene eso?

Jey se encogió de hombros. —No sé, solo curiosidad.

Ella se apoyó contra la pared, jugando con la botella de agua en sus manos. —Bailarina. O algo con danza. Pero no duró mucho la idea.

—¿Por qué?

Camila soltó una risa breve, sin humor. —Porque cuando no tenés guita, los sueños duran poco.

Jey asintió, sin decir nada por un momento. Luego, cuando ella terminó su descanso, volvió a indicarle las siguientes poses. Pero algo había cambiado. La conversación la había relajado un poco. Ya no se veía tan tensa en las fotos, sus movimientos eran más naturales, su actitud más suelta.

Aprovechó el momento y subió el nivel. Le pidió que jugara más con las expresiones, que se moviera en pequeños gestos entre toma y toma. Luego sacó su teléfono y comenzó a grabar breves videos, capturando los detalles que las fotos no podían mostrar.

Camila lo notó, pero no se tensó. Seguía el ritmo, entendía lo que él buscaba sin que tuviera que decirlo en voz alta.

Para cuando terminaron, el sol ya había bajado y la habitación estaba en penumbra. Jey revisó el material con una sonrisa de satisfacción.

—Esto va a vender mucho —dijo, guardando la cámara.

Camila se estiró, sintiendo el cansancio en los músculos. —Mejor que valga la pena.

Jey la miró de reojo. —Va a valer.

• • •

A la mañana siguiente, Jey y Martín se encontraron en la casa de Jey para subir el nuevo material.

Lautaro no pudo ir, pero estaba pendiente por mensaje, ansioso por ver el resultado de la sesión.

Jey tenía la laptop abierta sobre la mesa, revisando las fotos y los microvideos antes de publicarlos en la página.

—Esto está mucho mejor que lo anterior —comentó Martín, inclinándose sobre la pantalla—. Se nota la diferencia. Se ve más trabajado, más profesional.

Jey asintió, con una media sonrisa. —Sí. Se nota que Camila está más suelta. Y eso hace que el material tenga más peso.

Martín soltó una risa breve mientras revisaba su celular. —Los clientes van a estar como locos. Ya hay mensajes preguntando cuándo subimos más.