Capítulo 1 — El comienzo #4
—Bueno, ya está confirmado —dijo Jey, cruzando los brazos y mirando a sus amigos—. Camila aceptó.
Lautaro silbó, impresionado. —No puedo creerlo. ¿Así de fácil?
Jey negó con la cabeza. —No fue fácil. Tuve que explicarle bien todo, dejarle claro que ella tenía el control. No va a hacer nada que no quiera. Pero hay una condición.
Martín, que había estado revisando su celular, levantó la vista con interés. —¿Qué condición?
—Solo yo voy a estar en las sesiones —dijo Jey con firmeza.
Los otros dos se miraron por un instante antes de encogerse de hombros. —Nos da igual —dijo Lautaro—. Mientras el negocio funcione, que hagas lo que quieras.
Martín asintió, volviendo a mirar su celular. —Nosotros ya estamos buscando clientes. Hay algunos que están interesados, pero quieren detalles. Necesitan saber qué van a pagar antes de soltar la guita.
Jey se apoyó contra la pared, reflexionando. —Bueno, eso es lo que tenemos que definir. El tipo de fotos, el precio... Y nada de filtraciones. Todo tiene que manejarse bien o se nos cae el negocio antes de empezar.
—Tranqui, Jey —dijo Lautaro con una sonrisa confiada—. Nosotros nos ocupamos. Pero a todo esto... —su expresión se tornó más curiosa—, ¿cómo es la mina?
Jey lo miró de reojo. Sabía que la pregunta llegaría tarde o temprano.
—Linda. Muy segura de sí misma —respondió sin dar demasiados detalles.
—¿Y está en la nuestra o lo hace solo por la plata? —preguntó Martín, entrecerrando los ojos con interés.
Jey tardó un segundo en responder. —Lo hace por la plata —dijo al final, sin rodeos—. Pero eso no significa que no le interese cómo se maneja todo. No es boluda, sabe lo que hace.
Lautaro se rió entre dientes. —Claro, claro… Igual, decime la verdad, ¿te gusta un poco?
Jey soltó una risa breve, negando con la cabeza. —No jodan. Esto es un negocio. Nada más.
Pero Lautaro y Martín intercambiaron una mirada divertida, sin decir más. Para ellos, el tema ya estaba decidido: Camila era la pieza clave, el dinero estaba por llegar, y Jey, les gustara o no, estaba más metido en esto de lo que quería admitir.
La charla siguió por un rato más, discutiendo precios y asegurándose de que todo estuviera listo. Pero en la mente de Jey, una idea persistía: esto apenas comenzaba, y si no tenían cuidado, podría salirse de control muy rápido.
• • •
Era mediodía y el negocio ya estaba tomando forma.
En apenas unas horas, Lautaro y Martín habían conseguido quince interesados.
Todo se manejaba en silencio, sin que nadie fuera de los involucrados tuviera la menor sospecha.
Jey, desde la escuela, revisaba los mensajes en su celular, coordinando los detalles con Camila.
Cuando terminó la jornada, se dirigió a su casa.
Camila ya estaba allí, esperando. Habían acordado que ese sería el lugar más seguro, lejos de miradas curiosas o preguntas incómodas.
Ella llevaba solo ropa interior, sentada en el borde de la cama, revisando su propio celular.
Al verlo entrar, levantó la mirada y dejó escapar un suspiro leve.
—Bueno... ¿Cómo hacemos esto? —preguntó, sin mucho rodeo.
Jey encendió la cámara y le indicó el espacio donde quería empezar.
—Tranquila. Solo seguí mis indicaciones. Nada raro, nada que no controles —dijo con un tono firme, evitando cualquier incomodidad innecesaria.
Camila asintió, pero Jey notó la rigidez en su postura. No era algo natural para ella, aunque intentara aparentarlo. Se ubicó según sus instrucciones y él comenzó a disparar la cámara, manteniendo la distancia.
—Probá cruzar las piernas… Sí, así. Mirame de reojo. Bien —decía mientras capturaba los encuadres.
A medida que avanzaban, la tensión inicial de Camila comenzó a disiparse un poco. Entre foto y foto, intercambiaban algunas palabras, lo justo para aliviar la sensación de extrañeza.
—¿Siempre fuiste tan serio? —preguntó ella en un momento, con una media sonrisa.
Jey bajó la cámara un segundo. —Solo cuando la situación lo amerita.
Camila soltó un suspiro, volviendo a cambiar de pose según sus indicaciones.
Aunque seguía algo incómoda, lo hacía igual, concentrándose en la idea del dinero más que en la situación misma.
Jey se aseguró de respetar su espacio, nunca acercándose demasiado, nunca exigiendo más de lo que ella estuviera dispuesta a hacer.
El tiempo pasó sin que se dieran cuenta. Habían acumulado suficientes fotos para dividir en varias tandas y vender progresivamente. Cuando Jey revisó el material, asintió con satisfacción.
—Creo que con esto estamos bien por hoy.
Camila se relajó visiblemente y tomó su ropa sin prisa.
—¿Cuándo me pasás mi parte? —preguntó con naturalidad.
—Cuando hagamos la primera venta —respondió él—. No te preocupes, lo tengo todo controlado.
Ella asintió, confiando en su palabra. Antes de irse, le lanzó una última mirada.
—Que nadie se entere de esto, Jey. Nunca.
—Obvio —dijo él con seguridad—. Esto se queda entre nosotros.
Camila no respondió, pero la advertencia quedó flotando en el aire. Luego tomó sus cosas y salió sin hacer ruido. Jey, por su parte, guardó las fotos en su computadora y apagó la cámara. Nadie podía saberlo. Nadie debía saberlo.
• • •
Los días siguientes fueron una locura. Las fotos de Camila se vendían rápido, más rápido de lo que esperaban.
Al principio, pensaron que los compradores serían pocos, pero la demanda superó sus cálculos.
Cada vez que alguien compraba, corría la voz entre los pibes del colegio y los pedidos aumentaban.
Sin embargo, se dieron cuenta de un problema: la mayoría de los compradores solo compraban una o dos veces y luego desaparecían. Si querían que el negocio siguiera creciendo, necesitaban llegar a más personas, no solo a los mismos de siempre.
Esa tarde, sentados en su rincón habitual del patio, discutieron el tema.
—Se nos están acabando los clientes —dijo Martín, revisando su celular—. O sea, vendimos bocha, pero estos pibes no van a estar comprando fotos cada semana.
—Necesitamos más gente —agregó Lautaro—. Pero no podemos salir a ofrecer fotos así como así. Nos van a cagar si lo hacemos mal.
Jey se quedó pensando, jugando con el encendedor en su mano. No era solo cuestión de vender, era cuestión de hacerlo sin llamar la atención equivocada.
—Uno de los flacos que compró me dijo algo interesante —dijo de repente, levantando la vista—. Preguntó si no había una forma de conseguir más fotos sin tener que estar hablando con nosotros.
Lautaro frunció el ceño. —¿Cómo?
—Venta por internet —respondió Jey—. No sé bien cómo, pero hay maneras de hacerlo sin que sepan quién está detrás.
Martín se rió entre dientes. —O sea, ¿un mercado negro de fotos? Nos van a meter en cana.
—No es tan así —dijo Jey, encogiéndose de hombros—. Hay gente que vende cosas sin que se sepa quién es. Se usa una página, se sube el material y los pibes pagan por acceso. No tienen que hablar con nosotros, solo entran y compran.
Lautaro se cruzó de brazos, pensativo. —Eso suena grande. ¿Vos creés que podemos hacerlo?
—Si encontramos la manera de hacerlo seguro, sí —afirmó Jey—. Solo hay que averiguar cómo se maneja ese tipo de cosas.
El silencio se extendió entre ellos por un momento. Era un riesgo, pero también una oportunidad. Si lograban vender sin intermediarios, sin tener que estar negociando uno por uno, el negocio podía crecer mucho más.
Martín dejó escapar un silbido. —Mierda… Esto se está volviendo serio.
Lautaro sonrió de lado. —Siempre lo fue, amigo. La diferencia es que ahora estamos pensando en grande.
Jey asintió. Tenían una nueva meta. Ahora solo les faltaba averiguar cómo hacerlo sin dejar rastro.
• • •
Jey llegó a la casa de Camila con las manos en los bolsillos y un sobre guardado en la campera.
Había pasado unos días desde la sesión, y aunque habían mantenido el contacto por mensajes, esta era la primera vez que se veían desde entonces.
Tocó la puerta dos veces y esperó. Cuando ella abrió, lo miró con curiosidad.
—¿Tan rápido? —preguntó, sin rodeos.
Jey asintió y sacó el sobre, tendiéndoselo. Camila lo tomó con una ceja levantada, pero cuando lo abrió y vio la cantidad de billetes dentro, su expresión cambió. Sus labios se entreabrieron con sorpresa y luego dejó escapar un leve silbido.
—Mierda… No pensé que fuera tanto —murmuró.
—Y eso que recién empezamos —dijo Jey, apoyándose contra el marco de la puerta con una media sonrisa—. ¿Te invito un café para charlar?
Camila lo miró unos segundos, como evaluándolo, y luego se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—Dale, pasá. Justo iba a hacerme uno.
La casa era pequeña, con muebles gastados y un par de juguetes desparramados en el suelo.
En una esquina, un corralito vacío delataba la presencia de un niño pequeño, aunque en ese momento no estaba a la vista.
Jey se sentó en una silla mientras ella preparaba el café.
Había una tensión en el aire, pero no era incómoda, más bien una mezcla de desconfianza y curiosidad.
—¿Y el nene? —preguntó Jey, mirando alrededor.
—Con mi tía —respondió ella, sirviendo el café—. Me ayuda cuando puede, pero no es fácil. Trabajo no consigo y las cuentas siguen llegando. Esto que me trajiste… —levantó el sobre— es más plata de la que vi junta en mucho tiempo.
Se sentó frente a él y revolvió su café con lentitud, como si sus pensamientos fueran igual de caóticos que la cuchara dando vueltas.
—¿De verdad hay tantos pibes dispuestos a pagar por esto? —preguntó, mirándolo fijamente.
Jey tomó un sorbo antes de responder.
—Más de los que creés. Y no solo pibes. Pero el problema es que, si queremos seguir ganando en serio, tenemos que escalar esto. —Hizo una pausa, dejando que la idea se asentara—. Ya vendimos bastante, pero si seguimos así, en algún momento se va a estancar. Necesitamos más público.
Camila lo miró con cautela. —¿Y qué estás sugiriendo exactamente?
Jey apoyó el codo en la mesa y la observó con interés. —Expandirnos. No solo vender en el colegio. Hay formas de hacerlo más grande, y vos sos la clave.