Capítulo 1 — El comienzo #3
—Ellos no quieren seguir estudiando —prosiguió Jey—. Dicen que prefieren empezar a ganar plata por su cuenta. Algo con ventas, negocios…
Esperaba algún tipo de reacción fuerte de su padre, pero para su sorpresa, el hombre asintió lentamente.
—No es mala idea —dijo con un tono neutral.
Su madre frunció el ceño de inmediato.
—¿Cómo que no es mala idea? No estudiar es arriesgado. ¿Qué van a hacer si algo les sale mal? —intervino con un gesto de desaprobación.
Jey se encogió de hombros.
—Ellos dicen que estudiar no garantiza nada. Que hay gente con títulos que apenas gana lo justo, y que otros, sin estudiar, terminan ganando bien porque saben moverse.
Su padre se acomodó en la silla y lo miró con atención.
—Es cierto. Yo nunca fui a la universidad y, sin embargo, tenemos nuestra tienda. Todo lo que aprendí fue con la práctica.
Su madre resopló, visiblemente contrariada.
—Pero no es lo mismo. Vos trabajaste desde siempre, aprendiste con la experiencia. No es como largarse sin nada y esperar que la suerte haga su parte.
Su padre tomó un sorbo de agua y sonrió con calma.
—No se trata de suerte, sino de saber aprovechar oportunidades. No digo que dejar de estudiar sea la mejor opción, pero si alguien tiene la habilidad de hacer negocios, puede lograr mucho sin un título.
Jey asintió lentamente, absorbiendo las palabras de su padre. Hasta ese momento, la idea de un negocio propio le había parecido una ocurrencia más de sus amigos, pero ahora sonaba más real. Más posible.
—¿Y qué tipo de negocio harían? —preguntó su padre, mirándolo con interés.
Jey se pasó la mano por la nuca.
—No sé todavía… Algo que venda bien, que mueva plata rápido.
Su madre chasqueó la lengua.
—No quiero verte perdiendo el tiempo en cosas que no te den un futuro estable. Si querés trabajar, podrías ayudar en la tienda y estudiar algo al mismo tiempo.
Jey no respondió de inmediato. Su mente estaba ocupada con la idea de un negocio propio. ¿Podría funcionar realmente? ¿Sería mejor que pasarse años estudiando algo que no estaba seguro de querer hacer?
Miró a su padre una vez más y vio en sus ojos algo que nunca había notado antes: una chispa de aprobación.
Quizás, solo quizás, la idea de emprender su propio camino no era tan descabellada después de todo.
• • •
La mañana siguiente amaneció con el mismo ritmo de siempre. Jey llegó a la escuela y se reunió con Lautaro y Martín en su lugar habitual del pasillo. Apenas habían intercambiado saludos cuando Martín, con una sonrisa cargada de picardía, soltó la bomba.
—Che, ¿se acuerdan de lo de ayer con las chicas? —dijo, bajando la voz y acercándose un poco.
Lautaro rió por lo bajo.
—¿Cómo olvidarlo? No todos los días te pagan una apuesta así.
Jey cruzó los brazos y arqueó una ceja.
—¿Por qué lo decís?
Martín se apoyó contra la pared y miró a su alrededor antes de hablar.
—Bueno… resulta que les conté a unos pibes lo que pasó. Lo del partido, la apuesta, todo.
Lautaro se echó a reír.
—¿Y? Seguro no te creyeron.
Martín sonrió con malicia.
—Al contrario. Me preguntaron si teníamos fotos o videos. Y, lo más interesante… ofrecieron guita por ver algo.
Jey entrecerró los ojos. No era tonto, entendió de inmediato a dónde quería llegar su amigo.
—¿Cuánta guita? —preguntó, fingiendo indiferencia.
—Depende de lo que tengamos. Pero unos dijeron que pagarían hasta cinco lucas por un video bien hecho —respondió Martín con una sonrisa de zorro.
Lautaro soltó un silbido bajo.
—Eso es plata fácil.
Jey se quedó en silencio por un momento, su mente analizando la situación. No era solo la oportunidad de hacer plata rápido, sino la posibilidad de llevar la idea más allá. Si unos pocos estaban dispuestos a pagar, ¿cuántos más lo harían?
—¿Y cuál es la idea? —preguntó finalmente.
Martín se inclinó un poco hacia ellos, hablando en voz baja.
—Tenemos que conseguir más material. Algo que valga la pena vender. Nada demasiado obvio ni peligroso, solo lo suficiente para que paguen y quieran más.
Lautaro se rió.
—¿Y cómo carajo vamos a hacer eso? ¿Les pedimos que nos manden fotos y listo?
Martín se encogió de hombros.
—Hay formas. Podemos tantear el terreno, hacer que se sientan cómodas. A veces, con un par de palabras en el momento justo, las chicas hacen cosas sin darse cuenta de que pueden valer algo.
Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo. La idea tenía sentido. No era tan difícil hacer que una chica se confiara lo suficiente para mandar algo. Y si manejaban bien la situación, nadie saldría lastimado, solo harían negocios.
—Es arriesgado —dijo, aunque su tono no sonaba del todo en contra.
—Todo lo bueno lo es —respondió Martín con una sonrisa astuta.
Lautaro chasqueó la lengua.
—Bueno, si hay plata de por medio, podemos pensarlo. Pero hay que hacerlo bien.
Jey asintió lentamente. Tal vez, solo tal vez, esto era el negocio que estaba buscando.
• • •
Ese mismo día, después de clases, Jey, Lautaro y Martín se reunieron en una esquina del patio para hablar sobre su posible negocio.
Martín ya había sondeado a algunos chicos y confirmado que había demanda, pero había un problema evidente: no podían vender fotos sin consentimiento.
No solo era riesgoso, sino que si alguien se enteraba, podrían meterse en problemas serios.
—Esto no es tan fácil como parece —dijo Jey, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados—. No podemos andar vendiendo cosas sin permiso. Nos puede cagar la vida.
—Y tampoco parece tan rentable —agregó Martín, mirando su celular—. La gente quiere pagar, pero no cualquier cosa. Necesitan algo que parezca exclusivo, que valga la pena.
Lautaro, que había estado escuchando en silencio, de repente sonrió.
—Pará… pará. ¿Y si encontramos a alguien que quiera hacerlo a propósito? —dijo, inclinándose hacia ellos—. O sea, en vez de robar fotos o buscar formas raras de conseguirlas, convencemos a alguien de que se saque fotos para venderlas. Que sea parte del negocio.
Jey lo miró con atención.
—¿Cómo qué? ¿Una mina que esté de acuerdo y nos pase material directamente?
—Exacto —asintió Lautaro—. Si encontramos a la persona indicada, podemos probar la idea sin pasarnos de la raya. Ver si realmente hay plata en esto antes de arriesgarnos más.
Martín chasqueó la lengua.
—Suena bien, pero ¿quién carajo aceptaría algo así?
Se miraron entre sí, pensando. Había muchas chicas que jugaban con la atención masculina, pero una cosa era coquetear y otra meterse en algo así.
Jey frunció el ceño, repasando en su mente las opciones. Y entonces, se le ocurrió alguien.
—Creo que sé quién podría hacerlo —dijo lentamente, con una sonrisa ladeada.
Lautaro y Martín lo miraron con expectación.
—¿Quién? —preguntó Martín.
Jey se enderezó y guardó las manos en los bolsillos.
—No es ninguna de las que pensamos al principio… pero si la convencemos, puede ser la oportunidad perfecta para ver si esto funciona.
Los tres se miraron con complicidad. Habían encontrado la forma de probar su idea sin cruzar los límites.
Ahora solo tenían que convencerla.
• • •
Jey llegó al punto de encuentro con las manos en los bolsillos, su mente repasando cada palabra que iba a decir.
Había intentado convencer a la primera chica, pero aunque ella rechazó la idea, le dio un dato valioso: conocía a alguien que podía estar interesada.
Una chica nueva en el pueblo, con necesidades económicas y, según sus palabras, "bien definida".
Su nombre era Camila. No llevaba mucho tiempo en el lugar y casi nadie sabía que tenía un hijo pequeño.
A primera vista, no lo aparentaba. Su físico llamaba la atención: cuerpo trabajado, mirada intensa, una seguridad en su andar que no coincidía con alguien que estaba pasando dificultades.
Sin embargo, la realidad era otra. La falta de trabajo y las cuentas acumulándose la estaban presionando.
Cuando Jey la vio llegar, supo que tenía que manejar esto con cuidado. No podía sonar desesperado ni hacerla sentir incómoda.
—¿Vos sos Jey? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Sí. Camila, ¿no? —respondió con una media sonrisa.
Ella asintió y se apoyó contra la pared.
—Me dijeron que tenías una propuesta para hacerme. Algo de fotos.
Jey se aclaró la garganta y fue al grano.
—Sí, básicamente… quiero comprarte fotos. Nada raro, nada que no controles. Solo imágenes bien hechas que podamos vender.
Camila entrecerró los ojos, evaluándolo.
—¿Para qué? —preguntó sin rodeos.
—Hay pibes dispuestos a pagar por contenido exclusivo. No hablamos de nada extremo, solo cosas que puedas manejar. Algo que te haga ganar plata sin tanto esfuerzo.
Ella lo miró en silencio unos segundos.
—¿Y cuánto estás ofreciendo?
Jey sonrió. Sabía que la pregunta era clave.
—Depende de la calidad y la cantidad. Pero puede ser un buen número. Algo que te ayude con lo que necesitás.
Camila bajó la vista por un momento, pensativa. Luego suspiró.
—Mirá, no voy a mentirte… la plata me hace falta. Pero no sé, Jey. Esto no es lo que tenía en mente cuando pensaba en buscar trabajo.
Jey notó la duda en su voz y decidió presionar por otro lado.
—No es un trabajo común, lo sé. Pero pensalo así: controlás lo que hacés, ponés tus reglas. Y lo más importante… es rápido. No tenés que matarte ocho horas por una miseria. Acá, con poco, podés hacer bastante.
Camila lo miró fijamente, como intentando descifrar si hablaba en serio. Luego soltó una risa breve, sin humor.
—Nunca pensé que me ofrecerían algo así. Y menos que lo estaría considerando.
Jey se encogió de hombros.
—A veces hay que aprovechar lo que se presenta. Y si no te gusta, podés dejarlo cuando quieras.
Ella respiró hondo. La idea aún le generaba conflicto, pero la necesidad pesaba más. Y Jey lo sabía.
Finalmente, Camila lo miró con decisión.
—Está bien. Voy a probar.
Jey sonrió.
—No te vas a arrepentir.
• • •
Esa tarde, Jey, Lautaro y Martín se encontraron en el mismo rincón del patio donde siempre planeaban sus ideas. Esta vez, el ambiente era diferente. La emoción flotaba en el aire, mezclada con la ansiedad de lo que estaban por emprender.