Capítulo 1 — El comienzo #2
Sofía soltó una carcajada suave, sin molestarse en disimular la diversión en su rostro.
—Qué predecible —murmuró—. ¿Siempre vas por la vida pensando que con una frase barata podés impresionar?
Martín, desde el otro lado del aula, decidió sumarse al juego.
—Sofi, cuidado, capaz Jey tiene talentos ocultos…
—Sí, sí, seguro —ironizó ella, girándose hacia Martín—. Pero lo dudo, si su manera de pelear es su carta de presentación, no quiero imaginar el resto.
Jey se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz solo lo suficiente para que sonara como un reto.
—Si querés imaginar, avisame y te ayudo. O mejor, te lo muestro.
Los chicos que estaban cerca hicieron una exclamación ahogada entre risas y murmullos.
Sofía se enderezó y le sonrió con una mezcla de burla y provocación.
—Qué ganas de demostrar cosas que no te pidieron, Jey. Hacés que parezca que te falta algo que probar.
El golpe no pasó desapercibido. Martín soltó una carcajada y Lautaro le dio un codazo a Jey, divertido.
—Ufff, amigo, te la dejó picando.
Pero Jey no se iba a quedar atrás. Se pasó la lengua por los labios y se encogió de hombros.
—No tengo que probar nada. Pero si algún día te pica la curiosidad, avisame. Capaz te llevás una sorpresa.
El profesor entró justo en ese momento, poniendo fin al juego verbal. Sofía soltó un resoplido entre dientes y desvió la mirada hacia el frente, pero Jey notó el destello en sus ojos. Una chispa de algo que no era del todo enojo.
Sonrió para sí mismo. La sangre en el ojo seguía ahí, pero por ahora, el juego estaba empatado.
• • •
El sol empezaba a bajar en el horizonte cuando Jey, Lautaro y Martín llegaron a la chanchita de fútbol.
El terreno de tierra batida, con líneas apenas marcadas y arcos improvisados, era su refugio habitual después de clases.
Tras media hora de juego intenso, con camisetas pegadas al cuerpo por el sudor y la respiración entrecortada, escucharon voces femeninas acercándose.
—Mirá quiénes llegaron —murmuró Martín, con una sonrisa torcida.
Un grupo de chicas apareció en la entrada de la cancha, vestidas con ropa deportiva. Entre ellas estaba Natalia, rubia, delgada, de piel clara y con un físico que llamaba la atención sin esfuerzo. A su lado, sus amigas, todas con cuerpos similares y miradas desafiantes.
—¿Nos dejan jugar? —preguntó Naty con tono confiado, apoyando una mano en la cadera.
Lautaro rió por lo bajo.
—¿Y para qué? ¿Para que se cansen en cinco minutos y quieran parar?
—O peor, para que empiecen a llorar cuando les metamos un par de goles —añadió Martín con burla.
Las chicas no se quedaron atrás.
—Qué lindo cómo subestiman —respondió una de las amigas de Naty, cruzándose de brazos—. Después no lloren cuando les ganemos.
Jey, que había permanecido en silencio, inclinó la cabeza con una sonrisa ladina.
—Si tanto quieren jugar, tienen que apostar algo.
Las chicas intercambiaron miradas. Sabían que venía algo picante.
—¿Qué querés apostar, Jey? —preguntó Naty, sin achicarse.
—Algo que duela perder —respondió él, con los ojos fijos en ella—. Si ganamos, nos deben un favor cada una. Sin excusas.
Las chicas rieron con incredulidad. Pero antes de que pudieran responder, Lautaro subió la apuesta.
—O podemos hacer algo más divertido… algo más físico —soltó con una sonrisa pícara—. Si perdemos, aceptamos un castigo. Pero si pierden, pagan con algo que podamos recordar.
Las chicas fingieron indignación, pero se notaba la diversión en sus ojos. Tras un par de idas y vueltas, decidieron algo intermedio.
—Si perdemos, aceptamos un castigo… pero uno razonable. Y si ustedes pierden, van a tener que hacer lo que digamos por todo el camino de vuelta —sentenció Naty.
—Hecho —aceptó Jey de inmediato.
El partido comenzó con intensidad. Las chicas jugaban bien, movían rápido la pelota y sabían cubrirse. Naty y su mejor amiga eran las más habilidosas, esquivaban marcas con agilidad. Jey, sin embargo, tenía otro objetivo además del marcador: provocarlas.
Cada vez que Naty recibía la pelota, él se le pegaba demasiado, usando su cuerpo para marcarla. Sus manos se deslizaban sutilmente por su cintura o su espalda baja. A veces la empujaba justo lo necesario para que ella sintiera la fricción entre ambos.
—¿Así defendés siempre, Jey? —soltó ella con media sonrisa tras un roce evidente.
—Solo cuando quiero ganar —respondió él, acercando su boca a su oído con descaro.
Las chicas tomaron la ventaja en los primeros minutos con un par de goles bien ejecutados. Aprovechaban su velocidad y su precisión en los pases para dejar atrás a los chicos. Jey se relamió los labios y miró a Naty.
—Vamos a subir la apuesta —dijo ella con picardía—. Si ganamos, vos, solo vos, vas a tener que hacernos un favor especial. Sin quejas.
Jey la miró con diversión.
—¿Y si ganamos nosotros?
—Lo mismo, pero al revés —respondió su amiga con una sonrisa traviesa.
La intensidad subió. Jey empezó a usar más su físico, sin hacer daño, pero dejando clara su presencia. En una jugada, le ganó el balón a Naty con el cuerpo, haciéndola tambalear.
—Te gusta ponerte fuerte, ¿eh? —soltó ella, apoyándose en él para recuperar el equilibrio.
—Solo cuando hay alguien que lo aguante —replicó Jey.
El partido siguió con más roces. Jey se encargaba de marcar de cerca a Naty y a su amiga, disfrutando cada reacción. Pero ellas tampoco se quedaban atrás. En un momento, Naty pasó junto a él, rozándolo descaradamente con su cadera.
—Cuidado, no te distraigas —susurró con una sonrisa.
Pero la reacción de Jey fue inmediata. Se giró, le sacó la pelota con habilidad y le devolvió la sonrisa.
—Vos tampoco.
Con el marcador empatado, los últimos minutos fueron frenéticos. Finalmente, en una jugada rápida, Lautaro le pasó la pelota a Jey, quien burló a Naty con un giro de cadera y definió con un disparo fuerte al ángulo. Gol y victoria.
Las chicas se detuvieron, resoplando y con las manos en las rodillas.
—Bueno… perdimos —admitió Naty, alisándose el cabello y recuperando la respiración.
—Y ya sabemos lo que eso significa —añadió Martín con una sonrisa victoriosa.
Jey se acercó a Naty y a su amiga, con las manos en los bolsillos y una expresión triunfal.
—¿Listas para pagar su apuesta?
Naty lo miró con una mezcla de diversión y resignación.
—No me gusta perder… pero supongo que no tengo opción.
Los chicos rieron, disfrutando el momento. Pero sabían que las chicas encontrarían la forma de devolverles la jugada en otra ocasión. Por ahora, la victoria era suya.
• • •
El aire todavía estaba cargado de la adrenalina del partido cuando los chicos rodearon a las chicas con sonrisas de triunfo. Naty se cruzó de brazos, fingiendo indiferencia, pero la tensión en el ambiente era evidente.
—Bueno, perdieron —dijo Lautaro, apoyando las manos en la cintura—. Y las apuestas se pagan.
—Sí, sí… —murmuró una de las amigas de Naty—. ¿Qué quieren que hagamos?
Martín intercambió una mirada con Jey y sonrió con malicia.
—Queremos que se desvistan.
Las chicas reaccionaron de inmediato. Naty alzó una ceja y bufó con una sonrisa irónica.
—Ni en pedo.
Las demás se sumaron a la negativa, algunas riendo, otras con caras de incredulidad.
—Bueno, bueno, no se asusten —dijo Jey, levantando las manos en un gesto de paz—. Podemos negociar algo más… accesible.
—¿Como qué? —preguntó la mejor amiga de Naty, entre divertida y desconfiada.
—Quédense en ropa interior —propuso Martín—. Y desfilen para nosotros. Nada más.
Las chicas se miraron entre ellas, indecisas. Naty mordió su labio inferior, pensativa, y al final suspiró.
—¿Solo desfilar? —preguntó, como si intentara confirmar que no habría más condiciones.
—Solo desfilar —aseguró Jey, pero su sonrisa dejaba claro que quería disfrutar cada segundo de aquello.
Hubo un silencio tenso antes de que las chicas finalmente accedieran.
Miraron a su alrededor y decidieron moverse a un lugar más privado.
Cruzaron la cancha hasta una zona detrás de una fila de árboles, donde el camino de tierra las aislaba de miradas ajenas.
Era un espacio lo suficientemente alejado para que nadie más las viera, pero lo suficientemente cerca para que el juego siguiera sintiéndose como lo que era: una apuesta entre amigos.
Las chicas se acomodaron una al lado de la otra y, con algo de hesitación, comenzaron a quitarse la ropa deportiva. Primero las camisetas, luego los pantalones cortos. Se quedaron en ropa interior, con una mezcla de sonrisas coquetas y desafío en la mirada.
Los chicos se acomodaron, con los brazos cruzados y sonrisas de satisfacción. Lautaro silbó bajo.
—Esto se puso interesante.
Naty, al frente del grupo, levantó la barbilla con seguridad y empezó a caminar con un balanceo marcado de caderas. Sus amigas la siguieron, cada una adoptando su propio estilo de desfile, algunas más tímidas, otras más provocativas.
Jey apoyó un codo en un árbol y miró a Naty con una sonrisa torcida.
—Te ves cómoda.
—No me molesta cumplir apuestas —respondió ella, sin dejar de moverse.
Las chicas desfilaron de ida y vuelta, riendo entre ellas, pero sin dejar de lanzarle miradas a los chicos. Había una mezcla de juego y picardía en el aire. Una vez que terminaron, Naty se cruzó de brazos y los miró desafiante.
—¿Felices?
Jey inclinó la cabeza con diversión.
—Mucho.
Las chicas soltaron una carcajada y comenzaron a vestirse de nuevo,
• • •
La cena transcurría con la tranquilidad habitual en la casa de Jey. El aroma de la comida recién servida llenaba el comedor, y el sonido de los cubiertos contra los platos era el único ruido mientras todos comían en relativo silencio.
Jey miró a su padre de reojo y decidió soltar el tema que tenía en mente desde hacía horas.
—Hoy estuve hablando con Lautaro y Martín sobre qué hacer después de la escuela —comentó, fingiendo un tono casual.
Su madre levantó la vista de inmediato, con expresión interesada. Fer, su hermano menor, siguió comiendo sin demasiado interés, pero su padre dejó el tenedor sobre el plato y le hizo un gesto para que continuara.