La Agencia del Pecado
© inepub.com
Capítulo 1 — El comienzo
El sol despuntaba en el horizonte, bañando con su luz dorada las calles adoquinadas del pequeño pueblo.
A su alrededor, los campos se extendían en un mosaico de verdes y dorados, cubiertos de cultivos ondulantes y salpicados de animales que despertaban con el nuevo día.
El aire fresco de la mañana traía consigo el murmullo de la naturaleza y el aroma a tierra húmeda, mientras las primeras sombras se alargaban sobre las fachadas de las casas aún dormidas.
Dentro de una de esas casas, una voz firme rompió la quietud matutina.
—¡Chicos, levántense! —llamó su madre desde la cocina—. Tienen que ir a la escuela.
Desde la habitación, se oyó la respuesta adormilada de Jey, un joven delgado, de cabello castaño y lentes.
—Ya estamos despiertos, má…
—Pues apúrense, que el desayuno ya está listo —insistió ella.
Jey se sentó en la cama y miró a su hermano menor, que aún se revolvía entre las sábanas.
—Dale, Fer, levantate —dijo, dándole un leve empujón en el hombro.
Fer, un chico de cabello negro, con algunos kilos de más y apenas metro cincuenta y seis de altura, gruñó entre sueños.
—Ya voy… cinco minutos…
Pero cinco minutos se convirtieron en diez hasta que, finalmente, ambos estaban sentados a la mesa, devorando el desayuno.
—Falta un mes para que termine el año —comentó Fer entre bocados—. ¿Y vos, Jey? ¿Qué vas a seguir estudiando?
Jey dejó la cuchara en el plato y se encogió de hombros.
—No sé… capaz contabilidad.
Su madre lo miró con gesto serio mientras limpiaba la mesada.
—Tenés que decidir pronto para poder anotarte.
Jey suspiró, removiendo distraídamente su café.
—Sí… ya sé. Pero no estoy seguro.
El silencio cayó sobre la mesa por un instante, solo interrumpido por el sonido de los cubiertos y el canto de los pájaros que despertaban con el día.
• • •
El timbre de entrada resonó en el patio de la escuela, un edificio de una sola planta con paredes de ladrillo visto y ventanas altas que dejaban entrar la luz de la mañana.
No era una institución grande, pero tenía lo suficiente: aulas espaciosas con bancos de madera gastados, un pequeño campo de deportes en el fondo y un pasillo largo donde los estudiantes se reunían antes de entrar a clase.
Jey caminaba junto a Lautaro y Martín, sus amigos de siempre.
Lautaro era alto y corpulento, con el cabello negro siempre un poco desordenado, mientras que Martín, más bajo y delgado, tenía el cabello rubio y una energía inquieta.
Se habían acostumbrado a encontrarse temprano para charlar antes de que comenzaran las clases.
—¿Y? ¿Todavía no sabés qué vas a hacer? —preguntó Lautaro, apoyándose contra la pared del pasillo.
Jey se pasó la mano por el pelo y suspiró.
—No sé… pensé en contabilidad, pero no estoy seguro. No quiero elegir algo solo por elegir.
Martín se rió entre dientes.
—Si no te decidís ahora, te vas a quedar colgado.
—Bueno, ¿y ustedes qué? —contraatacó Jey—. ¿Ya tienen todo resuelto?
Lautaro se encogió de hombros.
—Yo no quiero seguir estudiando. Me hincha las pelotas estar encerrado en un aula. Prefiero salir a hacer plata.
Martín asintió.
—Sí, yo tampoco. No me veo sentado en una facultad por años. Quiero arrancar con algo mío, algo que me haga ganar bien sin depender de un jefe.
Jey los miró con curiosidad.
—¿Y qué van a hacer?
—No sé, algo con ventas —respondió Lautaro, cruzándose de brazos—. Hay gente que se mata estudiando y después gana dos mangos. Yo prefiero moverme y ver qué onda con los negocios.
Martín chasqueó la lengua.
—Mirá a los que venden cosas en las redes. Algunos empezaron sin nada y ahora están forrados en guita. Hay que saber moverse, nada más.
Jey escuchaba, pero la duda seguía ahí. No es que la idea le pareciera mala, pero tampoco estaba seguro de que ese fuera su camino.
—A mí me gustaría tener algo estable, pero tampoco quiero pasarme la vida haciendo algo que no me guste.
Lautaro le dio un codazo en el brazo.
—Entonces decidite, porque el tiempo pasa.
El murmullo de los alumnos llenó el pasillo cuando la puerta del aula se abrió. La charla quedó en pausa, pero la inquietud seguía latiendo en la cabeza de Jey mientras entraban a clase.
• • •
El recreo transcurría con el bullicio habitual en el patio de la escuela. Grupos de alumnos se repartían entre los bancos de cemento, el quiosco y las esquinas del terreno donde la sombra de algunos árboles les ofrecía refugio del sol.
Jey estaba con Lautaro y Martín, apoyado contra la pared, cuando un ruido llamó su atención. Un poco más lejos, en una zona más apartada del patio, se escuchaban voces alteradas.
—¿Ese no es Fer? —dijo Martín, entrecerrando los ojos.
Jey se giró y vio a su hermano menor frente a dos chicos, ambos más altos que él. Los gestos eran claros: se estaban burlando de él, lo arrinconaban con palabras y empujones disimulados. Fer, aunque intentaba mantenerse firme, estaba acorralado.
—Otra vez esos giles —murmuró Lautaro.
El tono de la discusión se elevó hasta que uno de los chicos empujó a Fer con más fuerza. Para Jey, eso fue suficiente.
—Vamos —dijo en seco, y sin esperar respuesta, cruzó el patio con paso firme.
Lautaro y Martín lo siguieron sin dudar. Para cuando llegaron, los empujones se habían convertido en golpes. Fer intentaba defenderse, pero eran dos contra uno.
—Che, qué fácil es hacerse los vivos cuando son dos contra uno, ¿no? —dijo Jey, su voz helada.
Los dos agresores levantaron la vista. Uno de ellos, más alto y de expresión desafiante, frunció el ceño.
—No te metás, Jey. Esto no es asunto tuyo.
—Ah, pero ahora sí va a serlo —intervino Lautaro, tronándose los nudillos.
—Dale, probá ahora, a ver cómo te va —añadió Martín, esbozando una sonrisa torcida.
El ambiente se tensó en un segundo. Uno de los agresores quiso responder, pero no tuvo tiempo. Jey fue el primero en moverse. El golpe que lanzó fue seco y directo, sin titubeos. Lautaro y Martín lo siguieron. La pelea estalló con una brutalidad que desentonaba con el habitual recreo escolar.
No fue una pelea pareja. Los dos agresores terminaron en el suelo entre intentos fallidos de defenderse.
Jey, sin embargo, no se detuvo. Golpeó con una intensidad cruda, con rabia contenida, como si en ese momento solo existiera el deseo de hacer daño.
Sus puños cayeron con una violencia que dejó a Lautaro y Martín sorprendidos.
Algunos alumnos que vieron la escena corrieron a separarlos. Un par de chicos más grandes intervinieron, apartando a Jey y sus amigos antes de que pasara a mayores.
—¡Basta, loco, basta! —gritó uno de ellos, sujetándolo por los brazos.
Jey se soltó bruscamente, respirando agitado. Su mirada era fría, implacable. No parecía él.
—¡¿Qué carajo te pasa?! —exclamó una voz femenina.
Se giró y vio a Sofía, una de sus compañeras de curso, con los ojos encendidos de furia.
—¿Te parece bien lo que hiciste? ¡Los cagaste a palos como si fueran nada!
Jey se pasó la lengua por los labios, sintiendo el sabor metálico de la sangre de sus nudillos. Su mirada se clavó en la de Sofía, pero no con culpa ni remordimiento, sino con un desafío cruel.
—Si no hubieran venido a separarnos, lo habría hecho peor —respondió con frialdad—. De hecho, debería haber seguido.
Sofía lo miró con incredulidad.
—¿En serio hablás así? —su voz tembló entre furia y desconcierto—. ¿No te arrepentís de nada?
Jey se inclinó un poco hacia ella, con una sonrisa helada.
—¿Arrepentirme? Ni en pedo. Y si te molesta, andá a llorar a otro lado.
La burla en su tono encendió más la ira de Sofía. Su puño se cerró con fuerza, y por un instante, pareció que iba a lanzarle un golpe.
Pero el timbre sonó, rompiendo la tensión. Los murmullos se extendieron por el patio mientras los alumnos se dispersaban. Sofía se quedó inmóvil, mirándolo con una mezcla de rabia y algo más, algo que Jey no se molestó en descifrar.
Él simplemente se pasó la mano por la cara y se dio la vuelta.
—Vamos, ya fue —les dijo a Lautaro y Martín, su tono indiferente, como si lo que acababa de pasar no hubiera significado nada.
Pero para los demás, estaba claro que sí lo significaba.
• • •
El aula vibraba con el murmullo de los alumnos que esperaban al profesor.
Algunos charlaban en voz baja, otros se pasaban apuntes y los más inquietos jugaban con sus celulares bajo la mesa.
Jey estaba sentado en su pupitre, tamborileando los dedos contra la madera, pero su mirada iba y venía constantemente hacia Sofía, que estaba unas filas más adelante.
Desde la pelea, la reacción de ella lo había dejado con una espina clavada.
Y él no era de los que dejaban pasar algo así.
Apenas encontró la oportunidad, dejó caer su bolígrafo al suelo, haciéndolo rodar hasta el lado de ella.
—Che, ¿me lo pasás? —pidió con voz neutra, pero con una mirada afilada.
Sofía lo miró de reojo y recogió el bolígrafo con un movimiento pausado. Antes de dárselo, lo giró entre sus dedos y lo sostuvo entre su índice y su pulgar.
—Con esa manito que tenés… pensé que te habías acostumbrado a usar los puños en vez de la lapicera —soltó con una media sonrisa.
Jey soltó una risa breve, casi burlona.
—Depende de para qué se use la mano —replicó, recibiendo el bolígrafo sin apartar la vista de ella—. A veces hace falta cerrarla… y a veces hace falta saber usar los dedos de otra forma.
Sofía alzó las cejas, sin inmutarse.
—Mmm, ¿así que sabés usar bien los dedos? Pensé que solo servían para repartir golpes baratos.
Jey apoyó el codo en la mesa y le sostuvo la mirada con descaro.
—Puedo hacer muchas cosas con ellos. Aunque algunas personas solo conocen una parte…
Sofía apoyó la barbilla en su mano y ladeó la cabeza, fingiendo estar pensativa.
—¿Será que la otra parte no es tan impresionante como te gusta alardear?
Lautaro, que estaba al lado de Jey, se rió por lo bajo.
—Uh, amigo, me parece que te están desafiando —susurró con tono divertido.
Jey no perdió la compostura. Se acomodó en la silla y chasqueó la lengua.
—Si querés te lo demuestro —dijo sin titubeos.