La Agencia del Pecado Capítulo 1 — El comienzo #8
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Capítulo 1 — El comienzo #8

—Mirá, sabemos que te gusta la cámara. Que te sentís cómoda con tu imagen y que te gusta jugar con ella. Lo vemos en tus redes. Lo que te proponemos es capitalizar eso. Que dejes de regalar lo que podés vender.

Lucía sonrió de lado.

—¿Fotos? —dijo, como si probara la palabra en su boca—. ¿O algo más?

Jey habló antes de que Lautaro pudiera responder.

—Solo lo que vos querás. Pero con estrategia. Contenido exclusivo, bien hecho, sin riesgos. No hablamos de algo amateur. Hablamos de algo que se vende solo si se hace bien.

Lucía se quedó en silencio, golpeando la mesa suavemente con los dedos. No había rechazo inmediato, pero tampoco aceptación. Estaba calculando, midiendo el terreno antes de pisarlo.

—¿Y si no quiero que me reconozcan? —preguntó al fin, arqueando una ceja.

Jey esbozó una leve sonrisa.

—Ya trabajamos con alguien que maneja su contenido con total anonimato. Usa una máscara. Y funciona. Muy bien. Vos podés hacer lo mismo.

Lucía se apoyó en el respaldo de la silla, cruzándose de brazos.

—Ajá… y si todo es tan seguro, ¿por qué debería confiar en ustedes?

Jey no titubeó. Su tono era el de un empresario cerrando un trato.

—Porque nosotros manejamos todo. Vos solo tenés que producir el material.

Nos ocupamos de vender, de administrar los pagos y de asegurarnos de que nadie tenga acceso a nada sin pagar lo que corresponde.

Vos tenés el control de lo que hacés y hasta dónde llegás.

Si en algún momento querés frenar, frenas. Así de simple.

Lucía giró la cabeza ligeramente, evaluándolo. No era fácil de convencer, y eso a Jey le gustaba. No quería a alguien que aceptara sin pensar. Quería a alguien que entendiera exactamente en qué se metía.

—¿Y cuánto estamos hablando? —preguntó finalmente, con un brillo de interés en los ojos.

Lautaro rió por lo bajo.

—Depende de cuánto te animes a hacer —dijo con tono pícaro—. Pero más de lo que imaginás.

Jey se inclinó levemente hacia adelante.

—No te vamos a dar un número exacto ahora. Lo que sí te puedo decir es esto: la otra chica con la que trabajamos hizo más dinero en dos semanas de lo que cualquier laburo de mierda le pagaría en meses.

Lucía mordió su labio inferior, pensativa.

—¿Y qué tengo que hacer exactamente?

Jey se recostó en la silla, dándole espacio para que tomara su propia decisión.

—Fotos bien hechas. Sugerentes, insinuantes, pero siempre manteniendo control sobre tu imagen. No es porno, no es nada que no puedas manejar. La clave es vender la idea de exclusividad, que la gente sienta que está pagando por algo especial.

Lucía pasó la lengua por sus dientes, pensando. No era tonta. Sabía que esto no era un simple "sacarse fotos". Era meterse en un negocio que podía traer beneficios… y riesgos.

Pero la idea de ganar plata sin moverse demasiado, sin que nadie supiera que era ella, era demasiado tentadora.

Se tomó su tiempo.

Finalmente, con una sonrisa ladina, asintió.

—Bueno. Hagámoslo.

Jey sonrió, satisfecho.

—Bienvenida al negocio.

• • •

Al día siguiente, Jey y Lautaro se reunieron con Valentina en un café discreto, lejos del colegio y de cualquier cara conocida.

No querían distracciones. Esta vez, la conversación era seria.

Ya no se trataba de convencerla, sino de organizar cómo iba a trabajar y dejar en claro cada detalle del negocio.

Valentina llegó puntual. Llevaba jeans claros, un suéter negro ajustado y una chaqueta de cuero encima.

Su cabello rubio estaba perfectamente recogido en una cola de caballo alta, y en sus ojos claros brillaba una confianza inquebrantable.

No estaba nerviosa. No tenía dudas. Había tomado una decisión, y ahora solo quería saber cómo se iba a manejar todo.

—Así que… ¿cómo lo hacemos? —preguntó, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos.

Jey, con la calma de siempre, la miró fijamente antes de responder.

—De la misma manera que con las otras chicas —dijo, midiendo su reacción—. Contenido exclusivo, material controlado y estrategia. Nada se vende al azar. Todo tiene que estar pensado.

Valentina asintió lentamente.

—Decime los detalles —pidió sin rodeos—. Todo. Sin vueltas.

Lautaro sonrió de lado.

—Me gusta tu estilo.

Jey ignoró el comentario y fue directo al punto.

—Primero, el contenido. No es solo sacarse fotos al azar. Cada imagen tiene que vender algo. Sensualidad, pero con elegancia. No queremos que parezca vulgar ni barato. La gente tiene que sentir que está pagando por algo especial, algo que no pueden ver en cualquier lado.

—¿Nivel? —preguntó Valentina con frialdad.

—Lo que vos definas. Podés empezar con fotos más sugerentes, ropa ajustada, poses estratégicas. Y a medida que crezca la demanda, podés decidir si querés subir el nivel o mantenerlo. Vos ponés los límites.

Valentina tamborileó los dedos en la mesa, pensativa.

—Bien. ¿Y qué más?

Jey apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos.

—La imagen es clave. No podemos vender solo fotos. Hay que construir una identidad. Un personaje. Algo que te haga destacar.

—¿Cómo qué?

—Un nombre, una estética, algo que te diferencie. Tenés que ser más que una chica vendiendo fotos. Tenés que ser un concepto.

Valentina alzó una ceja, intrigada.

—¿Y qué sugieren?

Lautaro se adelantó.

—Podemos jugar con el misterio. Usar máscaras o encuadres que no muestren todo, algo que despierte más interés. Ya tenemos a alguien trabajando así y funciona. No vamos a decir quién es, pero el sistema está probado.

Valentina soltó una risa breve.

—¿Quieren hacerme la chica enmascarada número dos?

Jey negó con la cabeza.

—No exactamente. Vos podés ser algo distinto. Lo importante es que tengas una imagen controlada. Algo que atraiga sin mostrar demasiado.

Valentina se cruzó de brazos, evaluando la propuesta.

—Tiene sentido. Pero no quiero que esto se vuelva repetitivo. Si lo hago, quiero que se vea bien. Nada de fotos sacadas con el celular en un cuarto cualquiera. Quiero calidad.

Jey asintió.

—Y la vas a tener. Nosotros nos encargamos de todo lo técnico. Iluminación, encuadres, edición si hace falta. No vamos a hacer algo mediocre.

Ella sonrió con satisfacción.

—Me gusta.

Lautaro la miró con curiosidad.

—Sos bastante profesional para esto. No parecés la típica mina que se manda sin pensar.

Valentina sostuvo su mirada sin titubear.

—No soy ninguna boluda. Si voy a hacer esto, lo voy a hacer bien. No quiero ser una más. Quiero ser la mejor.

Jey sonrió.

—Entonces vamos a trabajar bien.

Valentina tomó su café y lo bebió con calma.

—¿Y cómo manejamos los pagos?

—Nosotros administramos las ventas. La página ya está en marcha, y cada contenido se vende bajo suscripción o compra individual. Cada semana, te pasamos tu parte. Sin retrasos, sin vueltas.

—¿Y cómo sé que no me van a cagar?

Jey se inclinó un poco hacia adelante.

—Porque esto es un negocio. Si te va bien, nos va bien a todos. No ganamos nada cagándote.

Valentina lo estudió en silencio por un momento, luego asintió.

—Bien. Entonces ya está. Cuéntenme cuándo empezamos.

Jey sacó su celular y revisó el calendario.

—Mañana a la tarde. Prepará lo que quieras usar y nos encontramos en el lugar que te indiquemos.

—Perfecto —dijo Valentina, terminando su café de un sorbo—. Entonces, nos vemos mañana.

Se levantó con la misma seguridad con la que había llegado, tomó su bolso y salió del café sin mirar atrás.

Lautaro soltó una carcajada baja y se giró hacia Jey.

—Es una fucking empresaria.

Jey sonrió de lado, observando la puerta por donde Valentina acababa de salir.

—Por eso la elegimos.

• • •

Jey llegó temprano al lugar que habían elegido para la sesión.

Era un departamento pequeño que Martín había conseguido por un contacto, vacío y sin muebles personales que pudieran delatar a alguien.

Tenía luz natural y espacio suficiente para lo que necesitaban.

En una de las esquinas, Lautaro terminaba de ajustar la iluminación mientras revisaba la cámara.

—Esto va a quedar de lujo —dijo, probando el encuadre con su celular—. Si todo sale bien, este material va a venderse como pan caliente.

Jey revisó la lista de tomas que habían planificado con anticipación. Tenían claro qué querían lograr: imágenes cuidadas, estratégicas, que sugirieran más de lo que mostraran. No era solo contenido, era una experiencia visual bien pensada.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

Valentina entró con la misma confianza de siempre. Llevaba un bolso en el hombro y vestía un conjunto casual, pero con ese aire de perfección que parecía natural en ella.

—¿Listos? —preguntó, dejando el bolso sobre la mesa.

—Cuando vos lo estés —respondió Jey con calma.

Valentina echó un vistazo al lugar, asintió con aprobación y luego sacó su ropa de la bolsa. Había elegido tres conjuntos distintos: uno más elegante, con lencería negra y una bata de seda; otro más casual, con jeans ajustados y un top ceñido; y el último, más atrevido, con transparencias sutiles.

—Tengo estos. ¿Van con la idea?

Jey tomó los conjuntos y los analizó con profesionalismo.

—Sí. Cada uno transmite algo distinto. Vamos a jugar con eso.

Valentina sonrió, satisfecha con la respuesta.

—Bien. ¿Y por dónde empezamos?

Jey revisó el orden que habían planificado.

—Primero el casual. Queremos que las fotos iniciales sean accesibles, algo con lo que la gente se sienta identificada antes de subir el nivel. Después pasamos al elegante y dejamos el último para el cierre.

—Me parece bien —dijo ella, sacando el primer conjunto.

Mientras Valentina se cambiaba, Lautaro y Jey terminaron de ajustar la iluminación y la posición de la cámara. Cuando salió, se acomodó frente a ellos, lista para empezar.

—Decime qué hago —pidió, con la misma seguridad de siempre.

Jey se colocó detrás de la cámara.

—Empezamos con lo simple. Posturas naturales, relajadas. Nada forzado. La clave es que parezca espontáneo, pero con intención. Miradas a cámara, pero no siempre. A veces lo que vende más es lo que parece descuidado.