CAVITE
Los hombres comenzaron a subir por la escala de babor.
Yo seguía con la caña entre las manos, junto a Isabel, y los vimos aparecer uno tras otro por encima de la borda.
Venían dos soldados y un hombre que parecía tener autoridad sobre ellos, acompañados por varios remeros de la tierra.
Subieron con la cautela de quienes esperan encontrar una nave española después de un largo viaje, pero apenas pusieron los pies en cubierta fueron deteniéndose ante lo que encontraban.
Uno de los soldados avanzó unos pasos y se quedó inmóvil al ver a los hombres sentados o tendidos allí donde habían podido caer; el otro volvió la cabeza hacia su compañero y después recorrió la cubierta con la mirada, deteniéndose en las ropas gastadas, en los rostros consumidos y en el aparejo, vencido por los meses de navegación, que colgaba de la arboladura sin que nadie tuviera fuerzas para ponerlo en orden.
Una de las velas que había quedado suelta se hinchó con la brisa, golpeó contra el aparejo y terminó de rasgarse; el paño quedó ondeando sobre nuestras cabezas y nadie se movió para recogerlo.
Uno de los marineros intentó incorporarse para recibirlos, pero las fuerzas le faltaron antes de conseguirlo y volvió a quedar tendido sobre la cubierta.
Más allá, dos hombres se sostenían el uno al otro para mantenerse en pie, mientras otros permanecían sentados, demasiado débiles para hacer siquiera el esfuerzo de levantarse.
Sobre las tablas yacía también el cuerpo de un muchacho que acababa de morir.
Lo habían dejado allí porque nadie tenía fuerzas para ocuparse de él, y recuerdo que pensé que quizá, si hubiéramos llegado una hora antes, todavía estaría vivo.
Los recién llegados permanecieron un momento en silencio.
El hombre que parecía estar al mando miró hacia popa y después volvió los ojos hacia la parte de la nave donde habíamos reunido a los enfermos.
Allí se encontraban los que ya no podían trabajar, algunos tendidos sobre las tablas y otros demasiado debilitados para incorporarse cuando aquellos hombres pasaron cerca de ellos.
El hombre se detuvo unos instantes antes de apartar la mirada.
Yo llevaba tantos meses entre aquellos hombres que había dejado de percibir por separado cuanto ocurría a nuestro alrededor.
El hambre, la enfermedad, las muertes y el estado de la nave habían terminado por formar parte de nuestra vida hasta el punto de que ya no distinguíamos dónde acababa una desgracia y empezaba la siguiente.
El que los mandaba terminó por acercarse. Miró a Isabel y después recorrió con los ojos la cubierta, como si buscara entre nosotros a la persona a quien debía entregar el recado que traía.
—¿Quién es el Adelantado?
Nadie respondió.
Isabel avanzó entonces un paso.
Llevaba todavía el luto por Mendaña, desvaído por el salitre y los meses de navegación, y el vestido estaba gastado como todo cuanto quedaba en la nave.
Cuando se detuvo ante aquellos hombres y sostuvo su mirada, sin embargo, la miseria de su saya pareció desvanecerse ante la gravedad de su porte.
Yo conocía demasiado bien todo lo que había detrás de aquella figura: los meses de hambre, las pérdidas, las noches sin descanso y el peso de haber mantenido unida la expedición mientras todo cuanto nos rodeaba se iba deshaciendo.
—Soy Isabel Barreto, Gobernadora, Adelantada, Almiranta y Generala.
El hombre la miró durante unos instantes y después inclinó la cabeza ante ella.
Era Alonso de Albarrán, mayordomo mayor del gobernador.
Yo seguía con la caña entre las manos. Había pasado tantos meses gobernando aquella nave que todavía me costaba pensar en soltarla, como si una parte de mí no creyera que el viaje pudiera haber terminado mientras siguiera sintiendo bajo las manos aquella madera gastada.
Miré hacia tierra y, más allá de las embarcaciones, vi a los soldados que aguardaban en la playa con sus pendones.
Aquellos hombres de librea limpia y armas pulidas traían el olor de un mundo ordenado que para nosotros ya no existía.
Nos contemplaban con el espanto de quien mira a unos espectros surgidos de un abismo de agua, y tenían razón.
La San Jerónimo, devorada por la broma y con sus velas mayores hechas jirones, flotaba en las aguas tranquilas de Cavite como un ataúd de roble gris que se hubiera negado a irse al fondo.
Habíamos dejado atrás tres naves y a muchos de los nuestros bajo el lodo de Santa Cruz o en la inmensidad del mar; pero allí, en mitad del combés, erguida entre los enfermos y las jarcias rotas, la Gobernadora sostenía la mirada del enviado real con la gélida soberbia de quien sabe que ha vencido al océano donde todos los hombres se rindieron.
Solté por fin la caña, sintiendo el frío de la madera gastada en mis palmas vacías, y comprendí que el viaje había terminado, pero que la sombra de la Adelantada nos acompañaría mientras nos quedara aliento para recordar la estela.
Cruel, heroína, miserable, generosa…
Aun pudiendo ser todas esas cosas, no era nada de eso la mujer que conocí.
Era… maravillosa.