LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL ARREPENTIMIENTO
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EL ARREPENTIMIENTO

Cuando las primeras canoas se acercaron a la San Jerónimo, todos acudieron a la borda. Traían cocos, plátanos, arroz, peces y agua. Señalaban sus mercancías y repetían unas palabras que no entendíamos, mientras nos hacían saber que esperaban algo a cambio.

Bajamos con cuerdas los cestos, calderos y cuantos recipientes encontramos a bordo.

Desde las canoas pasaban el agua y los alimentos a los recipientes que les tendíamos, y nosotros los izábamos con cuidado para que nada cayera al mar.

A cambio, les arrojábamos desde la cubierta los objetos que pedían.

Sobre todo querían hierro, y cualquier pieza vieja tenía valor para ellos.

El intercambio se prolongó mientras pudimos.

Cada vez que una canoa se alejaba, otra ocupaba su lugar.

El agua apenas llegaba a cubierta cuando ya había varias manos esperando.

Los cocos y los plátanos desaparecían enseguida, y el arroz se repartía en pequeñas cantidades.

También llegaron algunos peces, que fueron recibidos como un regalo después de tantos días de hambre.

Pero aquello no bastaba. Éramos demasiados y llevábamos demasiado tiempo sin comer ni beber lo necesario.

La costa estaba cerca y los hombres podían distinguirla con claridad desde la cubierta.

Después de haber visto llegar las canoas cargadas de alimentos, resultaba difícil aceptar que no pudiéramos alcanzar la tierra.

Las voces empezaron a levantarse. Algunos soldados pedían que acercáramos la San Jerónimo cuanto fuera posible.

Otros proponían bajar hombres y llevarlos hasta la costa como fuese.

Se hablaba de aprovechar cualquier lugar donde pudiéramos aproximar el barco y dejar que los más fuertes saltaran a tierra.

El hambre hacía que cualquier riesgo pareciera preferible a pasar otra hora a bordo.

Yo me opuse. La nave respondía penosamente al gobierno y no conocíamos bien el fondo que teníamos por delante.

Un error podía dejarnos varados. Tampoco teníamos cabo con que arriar y cobrar el batel.

Podíamos enviarlo hacia la costa, pero, una vez allí, no tendríamos cómo recuperarlo.

Y aquel batel era necesario para seguir navegando entre las islas.

Las protestas continuaron durante un tiempo. Algunos señalaban la costa; otros miraban hacia mí esperando que cambiara de parecer. Yo mantuve la orden.

Las canoas siguieron alrededor de la San Jerónimo durante un trecho.

Todavía nos ofrecían agua y alimentos, y nosotros continuábamos entregándoles hierro y cuanto podía servirles.

Después empezaron a quedar atrás. Desde la borda vimos alejarse a los hombres que nos habían llevado aquello que más necesitábamos.

Poco a poco vimos a la costa desaparecer de nuestra vista.

Durante los días siguientes volvimos a quedar solos con el mar.

El hambre seguía avanzando entre nosotros.

Algunos caminaban con dificultad y otros habían perdido ya la fuerza para trabajar.

Cada vez eran menos los hombres que podían acudir a las maniobras, y cada tarea exigía más esfuerzo de quienes todavía podían realizarla.

La nave avanzaba con dificultad y cada jornada parecía alargarse más que la anterior. Los hombres hablaban cada vez menos y reservaban las pocas fuerzas que les quedaban para las maniobras.

Yo gobernaba la nave con la poca información que tenía.

No llevaba carta de aquellas aguas y tampoco había visto antes la tierra que buscábamos.

Cuando las nubes cubrían el horizonte, los instrumentos apenas servían de ayuda.

Había que esperar una claridad, buscar una señal entre la lluvia y confiar en el rumbo que habíamos mantenido durante aquellos días.

El catorce de enero vimos tierra.

Al principio apareció entre las nubes como una sombra incierta. Después se hizo más visible y pudimos distinguir la forma de la costa. No quise anunciar nada hasta estar seguro. Seguimos avanzando con el escandallo, tanteando el fondo mientras tratábamos de mantener la nave fuera de peligro.

Entonces supimos que era el cabo Espíritu Santo.

La noticia corrió por la cubierta. Los hombres que todavía podían moverse se acercaron a la borda. Algunos se santiguaron; otros permanecieron inmóviles, mirando aquella tierra que habíamos buscado durante tantos días.

Al día siguiente entramos en la bahía de Cobos.

La San Jerónimo estaba tan deshecha y la gente tan flaca que no parecía posible que hubiéramos llegado hasta allí. Nos quedaban nueve o diez botijas de agua.

Cuando vimos acercarse las canoas, ya no tuvimos que preguntarnos qué traían.

Venían cargadas de aquello que más necesitábamos: agua, cocos, plátanos, arroz, peces y otros alimentos.

Durante tres días y tres noches el fuego no dejó de arder y los hombres comieron hasta saciarse por primera vez en mucho tiempo.

Isabel se apartó de los demás. Se arrodilló y dio gracias a Dios.

Yo la vi allí, inclinada sobre la cubierta, y por primera vez en muchos días sentí que podíamos permitirnos pensar en el día siguiente.

Durante los días que permanecimos en Cobos, las canoas no dejaron de acercarse.

Los habitantes de la costa nos llevaban cuanto podían: gallinas, cerdos, cocos, plátanos, arroz, caña de azúcar, frutas, raíces y agua.

A cambio recibían reales, cuchillos, cuentas de vidrio y otros objetos que tenían valor para ellos.

Por primera vez en mucho tiempo pudimos cocinar sin tener que calcular cada puñado de alimento.

Los hombres comían alrededor del fuego y volvían a pedir más.

Algunos apenas podían contenerse. Después de haber pasado hambre durante tanto tiempo, comían como si pudieran recuperar de una vez todo lo que aquellos meses les habían negado.

Pero nuestros cuerpos no habían olvidado aquellos meses.

Tres o cuatro hombres murieron después de comer con una voracidad que sus cuerpos ya no pudieron soportar. La abundancia que debía devolvernos la vida terminó llevándose a algunos de los que habían conseguido llegar hasta allí.

Aquello nos obligó a medir incluso la comida.

Los enfermos seguían tendidos en la cubierta y muchos de los que caminaban necesitaban tiempo para recuperar las fuerzas.

Aun así, día tras día, las provisiones fueron aumentando.

Las canoas acudían por la mañana y por la tarde, y nosotros aprovechábamos cada ocasión para llenar la nave de alimentos y agua.

Poco a poco volvimos a tener con qué continuar el viaje. También recuperamos algo que durante aquellas semanas habíamos perdido casi por completo: la posibilidad de pensar más allá del día que teníamos delante.

Cuando llegó el momento de partir, todavía había hombres tan debilitados que les costaba aceptar que debíamos volver a embarcarnos.

Algunos seguían caminando con dificultad y otros permanecían tendidos en la cubierta.

Aun así, las provisiones estaban reunidas y no podíamos permanecer allí indefinidamente.

Volvimos a discutir antes de la salida. Yo consideraba necesario aligerar la nave.

Después de todo lo que habíamos perdido, cada carga innecesaria suponía un esfuerzo más para una tripulación que apenas podía manejar el barco.

Isabel no quiso dejar atrás la artillería ni las municiones.

Seguían formando parte de la expedición y no estaba dispuesta a abandonarlas.

Le expuse las dificultades que tendríamos para continuar con aquel peso.

Ella escuchó sin ceder. Pocos días antes la había visto arrodillada en Cobos, dando gracias por haber llegado hasta allí.

Ahora, apenas recuperada de aquellos días, volvía a enfrentarse a una decisión que yo consideraba equivocada.

Salimos de Cobos con la San Jerónimo cargada de provisiones y con muchos hombres todavía debilitados por los meses de hambre. El viento nos permitió avanzar y dejamos atrás la bahía.

Durante los días siguientes fui buscando el rumbo de Manila. La navegación volvió a ocuparlo todo: las velas, el viento, el estado del casco, el agua que quedaba, las horas de luz. Ya no buscábamos tierra, sino llegar a Manila.

Pero las provisiones que habíamos reunido en Cobos empezaron a disminuir.

Primero fueron las cosas que podían consumirse con mayor rapidez; después hubo que volver a contar las raciones y vigilar lo que se entregaba en cada comida.

Los hombres empezaron a preguntar cuánto quedaba y cuánto faltaba para Manila.

El hambre regresó pronto.

Una vez más tuvimos que decidir qué podía comerse y qué debía reservarse para después. Isabel vigilaba las provisiones y yo procuraba que la nave siguiera avanzando con los hombres que todavía podían trabajar.

A medida que nos acercábamos a Manila, la navegación volvió a hacerse penosa.

Solo conservábamos dos velas de las que podíamos servirnos, y cada maniobra exigía un esfuerzo que los hombres ya no estaban en condiciones de hacer.

Cuando necesitábamos ganar camino, respondían tarde y sin fuerza.

Algunos habían dejado de ocultar su cansancio y otros ni siquiera se molestaban en disimular el resentimiento.

Durante tres días intentamos alcanzar el paso entre Marivelez y el peñón de El Fraile. El viento no ayudaba y la San Jerónimo apenas avanzaba. Perdíamos el terreno ganado y, con cada virada, aumentaba la impaciencia de los hombres.

Ya no quedaba comida ni agua.

Fue entonces cuando algunos marineros me dijeron que llevase la nave a tierra. Decían que habían trabajado bastante y que no querían seguir.

Miré la costa. El paso seguía cerrado por el viento y la San Jerónimo parecía inmóvil.

—Si la llevamos a tierra, perderemos el barco —les dije.

No cedieron. Para ellos, después de todo lo que habían sufrido, la nave había dejado de ser la única posibilidad de salvación. Querían acabar con aquel viaje aunque fuera a costa de dejarla varada.

Yo intenté hacerles comprender que tampoco teníamos ya embarcación con la que alcanzar la costa. Si abandonábamos la San Jerónimo, los enfermos no tendrían cómo llegar a Manila y quienes lograran desembarcar quedarían aislados.

Pero ya no me escuchaban.

Isabel permanecía cerca, escuchando las voces de los hombres. Yo seguí hablando de la costa, del fondo y del riesgo de perder la nave, como si aquello bastara para resolver lo que estaba ocurriendo en cubierta.

Yo podía comprender su agotamiento. Llevaban meses viviendo con hambre, trabajando hasta el límite de sus fuerzas y viendo morir a sus compañeros.

Hasta entonces habían obedecido porque todavía creían que cada maniobra los acercaba a un lugar donde podrían descansar.

Ahora tenían la costa delante y empezaban a pensar que seguir obedeciendo solo prolongaba el sufrimiento.

Sin embargo, mientras discutíamos, yo seguía pensando en el rumbo, en el fondo y en la forma de hacer entrar aquella nave en puerto.

Los días siguientes transcurrieron entre maniobras y esperas.

El viento cambiaba con frecuencia y la San Jerónimo avanzaba con dificultad.

Habíamos vuelto a reducir las raciones y el agua se medía con mayor cuidado.

Los hombres trabajaban cuando podían y se tendían en cuanto terminaba cada maniobra.

Al acercarnos a la entrada de la bahía, la tierra volvió a aparecer ante nosotros. La mirábamos de otro modo, sin la alegría con que habíamos recibido la costa en Cobos. La mirábamos con desconfianza, como si todavía pudiera desaparecer antes de que alcanzáramos a tocarla.

El hambre había regresado con fuerza: solo quedaban dos sacos de harina y un poco de vino, y el agua era tan escasa que cada reparto daba lugar a nuevas discusiones. Muchos hombres se sostenían con dificultad y algunos habían dejado de acudir a cubierta.

Yo seguía concentrado en el rumbo, buscando la entrada y tratando de mantener la nave en condiciones de alcanzarla. El aparejo estaba cada vez más deteriorado y casi no quedaban manos para trabajar.

Entonces vimos unas embarcaciones que venían hacia nosotros. Al principio fueron solo unas formas oscuras sobre el agua; después distinguimos a los hombres que iban a bordo y las señales que nos hacían. Cuando estuvieron lo bastante cerca, llegó hasta nosotros una voz. Hablaba en castellano.

Durante unos instantes nadie se movió. Los hombres se habían quedado mirando hacia aquellas embarcaciones, como si aquella lengua les hubiera devuelto de repente algo que creíamos perdido.

Por primera vez desde que habíamos iniciado esta retirada, dejamos de mirar el horizonte preguntándonos qué encontraríamos al otro lado.

Las embarcaciones siguieron acercándose hasta quedar junto a nosotros. Desde la cubierta podíamos distinguir ya a los hombres que venían a nuestro encuentro y, más allá de ellos, la costa.

Alguien gritó que hablaban castellano, y la noticia recorrió la nave. Algunos hombres levantaron la cabeza; otros se incorporaron como pudieron. Yo permanecí junto al timón, mirando cómo se acercaban.

Durante aquellos meses había hecho lo que sabía hacer. Había calculado rumbos, buscado fondos, aprovechado los vientos y llevado la San Jerónimo por aguas que no conocía. Sin ese conocimiento no habríamos llegado hasta allí. Nunca he pensado lo contrario.

Pero había cosas que no podía hacer por Isabel.

Cuando los hombres se rebelaron, cuando el hambre los llevó al límite y cada decisión podía enfrentarla con quienes estaban bajo su mando, yo había procurado mantenerme en el lugar que me correspondía como piloto.

Allí estaba seguro. Podía hablar del viento, del fondo, de las velas, de la derrota.

Mientras yo hablaba de la nave, otros tenían que enfrentarse a los hombres.

Isabel no tuvo ese refugio. Mientras yo me aferraba a mi oficio, ella tuvo que enfrentarse también a los hombres. Hoy sé que debí estar a su lado.

Las embarcaciones ya estaban junto a nosotros.

Yo seguía mirando hacia ellas cuando Isabel apareció en cubierta.

Estaba agotada. Había adelgazado hasta quedar casi consumida y llevaba en el rostro las huellas de todo lo que habíamos sufrido. Pero caminaba erguida.

La miré y comprendí, demasiado tarde, que durante todo aquel viaje yo había intentado llevar la nave hasta puerto, mientras ella había tenido que llevarnos a todos hasta allí.

Las voces de los hombres que venían a nuestro encuentro llegaron de nuevo desde el agua.

Esta vez no pensé en el rumbo.