LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LA ESPALDA
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LA ESPALDA

El agua había empezado a subir sin que al principio nadie comprendiera hasta qué punto habíamos dejado que la situación empeorase.

No había sido culpa de un solo hombre ni existía un momento preciso en que alguien hubiera abandonado su puesto.

El cansancio se había ido introduciendo en todas las cosas y también en aquella tarea: quienes debían mantener el achique aflojaban el esfuerzo durante unos instantes, los relevos tardaban más de lo debido y alguno suponía que todavía quedaba tiempo antes de volver a la bomba.

El agua, entretanto, no había dejado de entrar.

La alarma llegó desde abajo y, cuando bajé, vi enseguida que habíamos permitido que subiera demasiado.

Se movía oscura entre las sombras de la nave, allí donde no debía estar, y durante un instante sentí algo más próximo al miedo que a la sorpresa.

No era la primera vez que la San Jerónimo hacía agua; hasta entonces, sin embargo, siempre habíamos conseguido mantenerla a raya.

Aquella vez la diferencia no estaba en la nave, sino en nosotros.

Se llamó a cuantos hombres podían trabajar, y los que aún conservaban fuerzas acudieron como pudieron.

Algunos abandonaron otras tareas y otros salieron de los lugares donde descansaban.

Muchos tuvieron que detenerse un instante antes de ponerse en pie; otros llegaban a las bombas con la respiración ya alterada.

Nadie discutió la orden ni preguntó por qué debía hacerlo.

El peligro estaba demasiado cerca y todos sabíamos lo que significaba.

Al principio pareció que el esfuerzo bastaría para recuperar el agua que habíamos dejado ganar. Pero aquel trabajo exigía algo que ya no teníamos asegurado: continuidad.

Ahora empezaba a ocurrir que el relevo llegaba tarde o que, cuando por fin llegaba, apenas podía mantener el esfuerzo del hombre al que sustituía.

Uno se apartaba exhausto y el siguiente ocupaba su puesto con unas fuerzas menores; el ritmo disminuía durante unos instantes, volvía a recuperarse y, poco después, cedía de nuevo.

Miré a quienes trabajaban. Saber cuántos hombres quedaban a bordo ya no era suficiente; había que saber cuánto podía dar todavía cada uno.

Seguimos achicando hasta que el agua comenzó a ceder, aunque lo hizo despacio y a costa de unas fuerzas que apenas podíamos permitirnos gastar.

Aquello no podía considerarse una victoria.

Habíamos conseguido contenerla porque todavía quedaban hombres capaces de mantener el trabajo, pero nada garantizaba que la próxima vez ocurriera lo mismo.

La bomba no podía detenerse cuando los hombres se cansaban, y aquel era precisamente el límite que empezábamos a alcanzar.

Si llegaba un momento en que quienes trabajaban necesitaran descansar antes de que otros pudieran sustituirlos, el ritmo acabaría por quebrarse y el agua volvería a ganar terreno.

Entonces ya no habría nada que hacer salvo contemplar cómo seguía subiendo.

Fue durante uno de aquellos relevos cuando advertí con mayor claridad hasta qué punto habíamos empezado a perder a los hombres antes de que murieran.

El que estaba junto a la bomba llevaba ya un buen rato trabajando.

No era de los más enfermos y, al comenzar la alarma, había acudido sin necesidad de que nadie lo llamara dos veces.

Por eso nadie reparó en él mientras pudo seguir el movimiento de los demás.

Fue poco a poco cuando empezó a retrasarse.

Primero dejó que el brazo descendiera con mayor lentitud; después necesitó afirmarse mejor antes de volver a tirar, y acabó perdiendo el compás que los otros mantenían.

El hombre que debía sustituirlo aún no había llegado, y le dije que aguantara un poco más.

Asintió sin mirarme e hizo otro esfuerzo, y después otro, como si todavía confiara en que el cuerpo obedecería por el mero hecho de pedírselo.

Pero llegó un momento en que sus manos permanecieron quietas sobre la madera.

No se apartó de inmediato ni protestó. Permaneció inclinado, respirando con dificultad, hasta que por fin llegó quien debía relevarlo. Entonces se hizo a un lado.

No supe si había perdido las fuerzas en aquel momento o si llevaba tiempo guardando las pocas que conservaba para seguir aparentando que podía trabajar. A bordo, aquella diferencia había empezado a resultar difícil de conocer.

Vi a Isabel acercarse poco después. Había seguido desde arriba el movimiento de los hombres y preguntó por qué faltaba uno en el relevo. Le expliqué que el que acababa de apartarse no podía continuar, y ella señaló a otro que permanecía cerca, esperando su turno.

—Que baje.

El hombre obedeció y se aproximó a la bomba sin vacilación ni gesto alguno que pudiera interpretarse como resistencia.

Apenas había comenzado a trabajar cuando tuve que sostenerlo para que no perdiera el equilibrio.

Intentó afirmarse de nuevo, pero las piernas le temblaban con una violencia que ya no podía ocultar.

Isabel lo observó mientras trataba una vez más de encontrar fuerza suficiente para mantenerse en su puesto.

Durante unos instantes pensé que insistiría; la nave estaba haciendo agua y cada hombre capaz de trabajar era necesario.

Pero él terminó por apartar las manos de la bomba y quedó inclinado, con la cabeza baja.

Isabel ordenó entonces que lo retiraran y llamó a otro.

Mientras volvía a ocuparme del achique, comprendí la diferencia. Aquel hombre había acudido cuando se lo mandaron y había intentado trabajar. Simplemente no le daban las fuerzas.

Podía ordenar que acudieran a la bomba, pero no dar fuerzas a quien ya no las tenía.

Se llevaron al hombre a un lado y otro ocupó su lugar. Yo no volví a mirarlo durante algún tiempo. Las bombas seguían exigiendo brazos y el agua no había terminado de bajar, de modo que cada relevo que conseguíamos mantener tenía más importancia que el estado de quienes quedaban atrás.

Poco a poco advertí que el nivel comenzaba a ceder, aunque no me atreví a decirlo enseguida.

El agua seguía moviéndose entre las sombras del fondo, pero ya no alcanzaba los mismos lugares y, después de tanto esfuerzo, aquella diferencia apenas perceptible fue suficiente para que los hombres comprendieran que no estaban trabajando en vano.

Nadie dejó por ello la bomba. Seguimos hasta estar seguros de que habíamos recuperado lo que habíamos dejado perder y, aun entonces, mantuvimos el achique durante algún tiempo, porque nadie podía saber cuánto volvería a entrar en cuanto aflojáramos.

Cuando por fin pudimos reducir el esfuerzo, los hombres se apartaron de las bombas con una lentitud que decía más de su estado que cualquier queja.

Algunos permanecieron donde estaban unos momentos antes de conseguir enderezarse; otros buscaron un apoyo sin reparar siquiera en que lo hacían.

Vi a uno sentarse sobre las tablas y quedarse allí, con los brazos abandonados entre las piernas, mientras otro pasaba junto a él sin mirarlo.

No había tiempo para preguntar quién necesitaba ayuda.

Cada cual conocía ya demasiado bien el aspecto del agotamiento.

Mientras volvía a cubierta advertí que no habíamos ganado más que tiempo. El agua había retrocedido, pero habíamos pagado aquella hora con unas fuerzas que no sabíamos cómo recuperar.

No tardó en llegar el aviso de la siguiente tarea.

Había que atender una reparación que se había retrasado durante la alarma y revisar parte del aparejo antes de que el deterioro obligara a emplear más hombres de los que podíamos disponer.

Quienes acababan de achicar habrían necesitado descanso, pero la nave no tenía descanso que ofrecerles.

Mientras el agua descendía en el fondo, arriba seguían aguardando otras obligaciones que no habían desaparecido por haber sobrevivido a la primera.

Fue entonces cuando reparé que empezaba a mirar a los hombres de otra manera.

Ya no bastaba con saber quién había muerto, quién estaba enfermo y quién podía ocupar un puesto.

Cada hombre que dejaba de poder cumplir una tarea obligaba a los demás a asumir una parte mayor, y nuestro margen se iba estrechando.

Poco después murió uno de los hombres que, agotados por el achique, habían quedado tendidos donde habían podido descansar.

No sabría decir cuánto tiempo llevaba enfermo.

A esas alturas, casi todos arrastraban algún mal y habíamos dejado de preguntar por cada uno con la atención que habríamos prestado al comienzo de la travesía.

Alguien me avisó de que no respondía y, cuando llegué, lo encontré tendido entre los demás, con una quietud que hacía inútil cualquier duda.

Lo miré durante un momento antes de llamar a quienes debían ocuparse de él.

Ya habíamos visto morir a demasiados hombres para que aquella muerte nos sorprendiera, aunque ninguna había llegado a convertirse en algo fácil de aceptar.

Cada hombre que desaparecía se llevaba consigo algo que los demás tendrían que reemplazar, aunque ninguno de nosotros conservase ya bastante para hacerlo sin sentirlo.

Cuando quedó claro que no había nada más que hacer por él, hubo que llevarlo a la borda.

Parecía una tarea sencilla hasta que intentamos levantarlo.

Dos hombres se agacharon a su lado y, después de acomodar las manos bajo su cuerpo, trataron de incorporarse.

El cadáver casi no se movió. Uno tuvo que cambiar de postura y el otro soltó una de sus manos para apoyarse antes de intentarlo de nuevo.

Un tercero acudió entonces para ayudarles y, entre los tres, consiguieron elevarlo, pero avanzaron despacio, obligados a detenerse antes de alcanzar la borda.

El cuerpo no era particularmente grande y, sin embargo, pesaba sobre ellos como si la muerte hubiera añadido a su peso todo aquello que ya no podían soportar.

No fue el muerto quien me hizo comprender entonces cuánto habíamos cambiado, sino los vivos que trataban de cargarlo.

Habían pasado la alarma achicando, y algunos habían vuelto después a sus tareas sin haber tenido tiempo siquiera para descansar.

Ahora llevaban sobre los hombros a un hombre que ya no podía sostenerse por sí mismo, mientras ellos mismos apenas conservaban fuerzas para mantenerse erguidos.

Vi cómo uno doblaba las rodillas y otro buscaba con la espalda un apoyo que no encontraba.

El cadáver descendió unos instantes, volvió a elevarse y avanzó de nuevo.

Isabel se acercó antes de que consiguieran llegar hasta la borda.

Al ver cómo los hombres se detenían con el cuerpo entre las manos, comprendió que necesitaban ayuda. Uno de ellos trató de incorporarse de nuevo, pero las piernas le cedieron y el cadáver descendió con él.

—Llamad a dos hombres más.

La orden fue recibida sin discusión. Isabel permaneció junto a ellos mientras acudían, sin apartar la vista de quienes sostenían el cuerpo. Cuando llegaron, señaló a los que habían comenzado el traslado.

—Vosotros, fuera. Que descansen.

Los hombres obedecieron y los recién llegados ocuparon su lugar. Isabel aguardó hasta comprobar que podían sostener el cadáver antes de indicarles con un gesto que continuaran hacia la borda.

Fue entonces cuando noté que también a ella le costaba ya mantenerse durante mucho tiempo en pie sin apoyarse. No era algo que mostrara abiertamente. Posó una mano en la madera mientras observaba cómo los hombres reanudaban la marcha y la retiró en cuanto advirtió que yo la miraba.

El viaje no había pasado junto a ella sin tocarla.

Los hombres seguían sosteniendo el cuerpo junto a la borda.

Miré a Isabel, quizá esperando que dijera algo, pero guardó silencio.

Tampoco parecía haber entre nosotros nadie que supiera qué palabras correspondían a aquel momento.

Fue entonces cuando uno de los hombres comenzó a rezar en voz baja.

Los demás tratamos de seguirlo. Algunos movían los labios en silencio; otros permanecían callados, con la cabeza inclinada.

Hasta rezar parecía exigir unas fuerzas que apenas conservábamos.

Antes de entregarlo al mar hubo que buscar con qué lastrarlo. Nadie quería que el cuerpo volviera a aparecer entre nuestra estela, y tampoco teníamos fuerzas para ocuparnos de él una segunda vez.

Encontraron por fin un peso entre los objetos que ya no servían para nada y lo ataron a sus tobillos con un cabo.

Los hombres volvieron a tomar el cadáver y lo alzaron una última vez.

Isabel no intervino entonces. Permaneció junto a la borda mientras lo inclinaban hacia el mar y, cuando el cuerpo desapareció, todos seguimos durante unos instantes el lugar donde había caído.

Después cada cual volvió a lo suyo, y fue quizá aquello lo que más me impresionó.

No hubo tiempo para permanecer allí ni para recordar al hombre que acabábamos de perder.

Las bombas seguían necesitando vigilancia; había tareas que la alarma había interrumpido y otras que se habían acumulado mientras intentábamos contener el agua.

El muerto había desaparecido y, con él, había desaparecido también uno de los pocos cuerpos que todavía podían haber ocupado un puesto.

Mientras la San Jerónimo seguía avanzando, volví a pensar en la alarma.

Hasta entonces había bastado con dar la voz y reunir a los hombres necesarios.

Ya no estaba seguro de que siguiera bastando.

El día en que el agua volviera a subir y los brazos llamados a contenerla no alcanzaran para mantenerla a raya, podríamos dar la alarma cuanto quisiéramos.