LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LOS CORROS #3
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LOS CORROS #3

Con el tiempo comprendí que aquella distancia tenía también otra consecuencia: Isabel estaba mucho más sola de lo que entonces quise admitir.

No fue, desde luego, a consecuencia de una escena determinada, porque entonces seguíamos trabajando juntos y yo continuaba participando en las decisiones que afectaban a la expedición; discutíamos cuanto considerábamos necesario, intercambiábamos pareceres y, en más de una ocasión, mi opinión tenía tanto peso como la suya.

Sin embargo, entre acompañar a alguien en el gobierno de una empresa y aceptar plenamente la suerte que puede derivarse de sus decisiones existe una diferencia que entonces no quise reconocer, quizá porque admitirla me habría obligado a preguntarme qué parte de aquella soledad estaba dispuesto a compartir con ella.

Los hombres podían reunirse, hablar y encontrar en los demás un alivio para aquello que cada uno soportaba; incluso yo conservaba esa posibilidad, pues podía escuchar sus quejas, comprender algunas de sus razones y mantener, sin necesidad de expresarlo abiertamente, una cierta distancia respecto de las decisiones de Isabel cuando no las compartía.

Quizá, en determinadas circunstancias, aquella distancia hubiera sido razonable, pero con los años he comprendido que no procedía únicamente del deseo de conservar mi propio juicio.

Ella no tenía esa posibilidad.

Si una decisión era impopular, si alguno de los hombres protestaba o si el descontento encontraba una nueva razón para crecer, todo terminaba por dirigirse hacia Isabel, y ella lo sabía.

Sabía también que muchos no aceptaban de buen grado que una mujer ejerciera el mando y que, a medida que nuestras dificultades aumentaban, resultaba cada vez más fácil atribuirle una parte de los males sobre los que ningún hombre habría tenido verdadero dominio.

No puedo creer, ahora que conozco mejor lo que significaba estar en su lugar, que ignorase el peligro que representaba gobernar a hombres cada vez más desesperados y cada vez menos seguros de que aquella travesía pudiera conducirlos a algún sitio; lo que me parece más difícil de comprender es cómo consiguió continuar sin permitir que ese miedo, que necesariamente debía de sentir, alterara aquello que consideraba indispensable.

Durante muchos años me resistí a formularlo de esta manera porque admitirlo suponía reconocer algo que no dejaba en buen lugar mi propia conducta: Isabel fue más valiente que yo.

No porque careciera de miedo —solo alguien que no hubiera vivido lo que nosotros vivimos podría atribuirle semejante cosa—, sino porque aceptó seguir adelante sin la seguridad de que quienes la rodeábamos fuéramos a permanecer junto a ella si hacerlo dejara de resultarnos conveniente.

Yo, en cambio, procuré conservar siempre una distancia que me permitiera disentir de sus decisiones sin tener que enfrentarme por completo a las consecuencias de haberme puesto de su parte.

Conservo todavía una imagen de ella que quizá la memoria haya ido modificando con los años, hasta reunir en un solo momento muchas horas y muchos días que en realidad nunca coincidieron de esa manera.

La veo en la proa, recortada contra el cielo mientras la nave continúa avanzando con una lentitud que entonces nos parecía insoportable, y detrás de ella están los hombres, algunos dispersos, otros reunidos en pequeños grupos, hablando en voz baja de aquello que no se atrevían a decir en su presencia.

Puede que la escena no ocurriera nunca exactamente así, pero la imagen expresa mejor que ninguna otra lo que he terminado por comprender: Isabel avanzaba hacia delante mientras quienes estábamos a su alrededor calculábamos, cada uno a nuestra manera, hasta dónde estábamos dispuestos a seguirla.

Eso es lo que ahora lamento. No haber discrepado de ella, porque todavía creo que en ocasiones debía hacerlo, sino haber confundido la reserva con la independencia de juicio y la prudencia con una virtud, cuando una parte de aquella prudencia consistía simplemente en no querer correr la misma suerte que Isabel.

Había estado a su lado mientras las decisiones podían discutirse y mientras mi desacuerdo me permitía mantener una posición propia, pero en los momentos en que más sola quedó frente a los hombres, cuando necesitaba que quienes la rodeábamos hiciéramos visible que el mando no descansaba únicamente sobre sus hombros, yo elegí una cautela que ahora, desde la distancia, no puedo considerar de otro modo.

La admiraba ya entonces, aunque no me resultara fácil reconocerlo, y con los años esa admiración no ha hecho sino aumentar, precisamente porque ahora sé mejor de qué estaba hecha aquella firmeza y cuánto miedo debió de costarle conservarla.

Si alguna vez le fallé —y hoy sé que lo hice— no fue porque creyera que estaba por encima de ella ni porque ignorase la magnitud de lo que intentaba sostener, sino porque no tuve el valor de asumir sin reservas que, al ponerme de su lado, podía terminar compartiendo también su caída.