LOS CORROS #2
No nos habló de lo mucho que ella misma había perdido ni nos pidió que comparáramos nuestro estado con el suyo.
Si entonces hubiese querido despertar compasión, habría tenido motivos suficientes, aunque yo todavía no sabía verlo con la claridad con que lo veo ahora, cuando recuerdo cuánto había cambiado su aspecto y cuánto debía de haberle costado conservar aquella firmeza.
Pero Isabel no estaba allí para pedir nada semejante.
Nos habló de la empresa y de la responsabilidad que tenía sobre ella.
—Mientras el mando siga en mis manos, haré cuanto considere necesario para llevarla adelante.
No levantó la voz. Continuó diciendo que una nave y los hombres que viajaban en ella no podían mantenerse unidos si cada cual empezaba a decidir por sí mismo qué órdenes estaba dispuesto a cumplir y cuáles no.
—No os pido que aprobéis mis decisiones ni que os parezcan justas. Os exijo que las obedezcáis.
Recuerdo haber pensado que era una forma muy dura de entender el mando y que quizá acabaría por costarle más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Yo todavía creía que la autoridad necesitaba conservar alguna parte de la confianza de aquellos sobre quienes se ejercía y me inquietaba ver con qué facilidad Isabel parecía aceptar que esa confianza podía perderse.
Con los años he comprendido que no era facilidad, ni indiferencia, ni siquiera aquella falta de humanidad que tantos le reprocharían después.
Creo que Isabel sabía perfectamente lo que estaba arriesgando y simplemente había decidido que conservar el favor de los hombres no podía estar por delante de mantener la empresa bajo una autoridad que aún pudiera gobernarla.
No pretendía que la quisiéramos, ni que la comprendiéramos.
Le bastaba con que la obedeciéramos.
Cuando terminó de hablar, no ocurrió nada que pudiera llamarse respuesta.
Los hombres fueron regresando a sus puestos y la cubierta recuperó poco a poco el movimiento que había quedado interrumpido, aunque durante algún tiempo todos parecíamos ejecutar nuestras tareas con una atención excesiva, como si cada cual procurase demostrar, ante Isabel y ante sí mismo, que no había olvidado lo que acababa de suceder.
La orden se cumplió y, en ese sentido, Isabel había obtenido lo que pretendía; nadie volvió a discutirla ni hizo ademán de seguir el ejemplo del hombre castigado.
Yo, sin embargo, no tuve la impresión de que el asunto hubiese terminado.
Quizá porque conocía demasiado bien a los hombres, o porque empezaba a desconfiar de aquella quietud que Isabel parecía dispuesta a aceptar como suficiente, me costaba creer que el silencio posterior significase conformidad.
No era eso lo que había visto en sus rostros.
La obediencia podía recuperarse de inmediato; otra cosa era lo que cada uno hacía con aquello que no se atrevía a decir mientras permanecía a la vista de quien mandaba.
Más tarde, cuando el trabajo de la cubierta nos permitió alejarnos de los demás, hablé con Isabel.
No recuerdo las palabras con exactitud, y tampoco importa ya tanto quién de los dos comenzó, porque nuestra conversación no nació de una disputa concreta, sino de algo que venía acompañándonos desde hacía tiempo y que aquel castigo había terminado por poner delante de nosotros.
Le dije que los hombres hablarían de lo ocurrido y que, después de lo que habíamos visto, no era difícil imaginar de qué manera lo harían.
No pretendía reprocharle el derecho a castigar una desobediencia; me preocupaba que hubiera elegido precisamente aquella forma y aquel momento, delante de todos, porque me parecía inevitable que el recuerdo del hombre azotado permaneciera entre ellos mucho más tiempo del que duraría el efecto inmediato de la disciplina.
Isabel me escuchó sin interrumpirme y, cuando terminé, respondió que no podía impedir que los hombres pensaran y hablaran cuanto quisieran, y que tampoco estaba dispuesta a intentarlo mientras continuaran cumpliendo con sus obligaciones.
Aquella respuesta me pareció, en aquel momento, más reveladora que el propio castigo.
Yo seguía creyendo que la autoridad no podía sostenerse únicamente sobre la obediencia exterior, y que quien mandaba debía preocuparse también por aquello que crecía detrás de los silencios.
Isabel no lo ignoraba; estoy seguro ahora de que lo veía con tanta claridad como yo, pero no estaba dispuesta a convertir cada murmullo en un asunto que exigiera su intervención.
Yo seguí pensando que su decisión había sido demasiado dura y que, aun cuando el hombre mereciera un castigo por la forma en que había desobedecido, Isabel había dado a los demás una imagen que ahora podían compartir y recordar.
Ella, por su parte, no modificó en nada lo que había hecho ni mostró arrepentimiento alguno.
Para ella, supongo, la cuestión era más sencilla de lo que a mí me parecía: mientras los hombres obedecieran, la empresa seguía siendo gobernable; el día en que dejasen de hacerlo, ya no habría decisión capaz de evitar las consecuencias.
Los corros comenzaron poco después.
No puedo asegurar que nacieran aquel mismo día, porque quizá ya existían antes y yo no había prestado suficiente atención a conversaciones que, en una situación distinta, habrían parecido insignificantes.
Pero fue después del castigo cuando empecé a advertirlos con claridad.
Los grupos se formaban donde podían, aprovechando los pocos espacios que dejaban libres los hombres, la carga y cuanto llevábamos a bordo.
Unos se detenían junto a otros mientras aparentaban ocuparse de alguna tarea; otros permanecían reunidos durante unos minutos antes de separarse cuando alguien necesitaba pasar.
Desde lejos podían parecer conversaciones sin importancia, pero bastaba acercarse para advertir que las voces cambiaban o que algunos callaban antes de continuar cuando ya no había nadie cerca.
Al principio hablaban del castigo y, como era inevitable, acababan hablando de Isabel.
Habían perdido casi toda posibilidad de influir sobre aquello que determinaba sus vidas: no podían cambiar el estado de las naves, obligar al mar a llevarnos donde necesitábamos llegar ni decidir qué provisiones quedaban o cuándo terminaría aquella travesía.
Tampoco podían escapar. Frente a esa impotencia, hablar era una de las pocas cosas que todavía les pertenecían y, al hablar de Isabel, que era quien daba las órdenes y encarnaba ante ellos todo aquello contra lo que no podían hacer nada, encontraban una forma de aliviar, siquiera durante unos momentos, la frustración.
Aquellas conversaciones conservaban todavía algo del silencio que había seguido al castigo.
Los hombres continuaban teniendo miedo, quizá más que antes, y por eso las conversaciones no adquirían todavía la libertad que llegarían a tener en otras circunstancias.
Interrumpían determinadas frases antes de terminarlas y miraban alrededor con una cautela que revelaba mejor que cualquier protesta hasta qué punto seguían sintiéndose sometidos a una autoridad cuya severidad acababan de presenciar.
Isabel sabía que hablaban. Los grupos se formaban a la vista de todos. Ella los veía, pasaba junto a ellos y continuaba ocupándose de aquello que tenía entre manos.
Podían reunirse y quejarse mientras el trabajo siguiera cumpliéndose y las órdenes conservaran su eficacia.
Su tolerancia terminaba allí donde la conversación amenazara con convertirse en otra cosa.
Yo percibía ese límite con la misma claridad, aunque durante mucho tiempo preferí no acercarme demasiado a él.
En más de una ocasión me aproximé a uno de aquellos grupos y las voces se apagaron antes de que llegara; me habría bastado con preguntar qué estaban diciendo para obligarlos a elegir entre mentirme o hablar con franqueza, pero nunca lo hice.
Supongo que temía la respuesta, aunque entonces me habría parecido una acusación injusta decirlo así, y prefería pensar que mi silencio obedecía a una prudencia necesaria, pues no estaba de acuerdo con todas las decisiones de Isabel y tampoco creía que mi obligación consistiera en defenderlas simplemente porque procedieran de quien tenía el mando.
Durante mucho tiempo consideré razonable aquella posición.
Procuraba que los hombres cumplieran con sus obligaciones y, si alguna conversación comenzaba a adquirir un tono que podía perjudicar el orden de la nave, intervenía lo suficiente para recordarles dónde estaban y qué tenían que hacer.
No los alentaba contra Isabel, pero tampoco asumía la tarea de sostener públicamente una decisión con la que no estaba de acuerdo, y esa distancia me permitía conservar la impresión de que seguía siendo fiel a mi propio juicio sin romper por ello con quien dirigía la expedición.
Entonces me parecía una posición equilibrada.