LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LOS CORROS
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LOS CORROS

Aquella mañana no se diferenciaba de las anteriores, o al menos así me lo parece ahora, después de tantos años, cuando la memoria ha terminado por fundir en una misma impresión los días de aquella navegación.

Entonces cada jornada nos traía una preocupación distinta y uno vivía pendiente de aquello que podía empeorar antes de que llegase la noche; pero, vistos desde la distancia, todos aquellos días tienen para mí el mismo aspecto de cansancio, como si el mar, el cielo y hasta el tiempo hubieran permanecido inmóviles mientras nosotros envejecíamos sobre aquellas naves.

Isabel recibió una petición de uno de los hombres y le ordenó que volviera a su tarea. No se trataba de nada que no hubiera hecho muchas veces antes, pero entonces incluso el trabajo más acostumbrado exigía un esfuerzo que el cuerpo apenas estaba dispuesto a conceder.

Yo me encontraba cerca y, mientras la escuchaba, reparé en algo que hasta entonces había preferido no mirar con demasiada atención.

También ella había cambiado, naturalmente, y no podía ser de otro modo, aunque me asombra ahora haber tardado tanto en reconocerlo.

Había adelgazado y el rostro se le había afilado; el sol y el salitre habían dejado su huella en una piel que yo recordaba muy distinta, y el cabello, siempre expuesto al viento y a la humedad, había perdido aquel brillo que conservaba todavía cuando partimos.

No fue aquello lo que más me impresionó después, sino comprender que, mientras veíamos cómo los demás hombres iban deteriorándose día tras día, yo había seguido contemplando a Isabel como si su obligación de mandar la mantuviera al margen de las mismas privaciones que nos alcanzaban a todos.

Pero no era así.

La orden había sido dada y el hombre permaneció inmóvil. Al principio pensé que quizá no la había oído, porque el ruido del mar y de las velas obligaba a menudo a repetir las palabras, pero Isabel volvió a dirigirse a él y entonces comprendí que la había escuchado desde el principio.

—No puedo más.

Lo dijo sin alzar la voz. Recuerdo, sobre todo, que no había desafío todavía en sus palabras, o al menos yo no quise encontrarlo.

Bastaba mirarlo para comprender que decía la verdad, pues tenía el rostro hundido y el cuerpo reducido a una delgadez que entonces empezaba a ser frecuente entre nosotros.

Todos habríamos podido decir lo mismo en algún momento de aquellos días.

Había mañanas en que uno se levantaba preguntándose de dónde iba a sacar las fuerzas necesarias para cumplir con lo que le correspondía, y quizá por eso pensé que Isabel llamaría a otro hombre y dejaría que aquel descansara.

Pero volvió a ordenar que cumpliera.

Él levantó la cabeza y respondió que lo hiciera otro.

Hasta entonces, la escena todavía podía explicarse por el agotamiento y por esa desesperación que, cuando un hombre ha llegado demasiado lejos, le hace hablar sin medir las consecuencias.

Lo que cambió todo fue que, antes de continuar, volvió la mirada hacia quienes se encontraban cerca, como si necesitara comprobar que los demás habían oído lo que acababa de decir.

—Que lo haga otro —repitió—. Ya bastante hemos hecho.

Después añadió algo más. No recuerdo ya sus palabras exactas, pero sí el sentido de lo que dijo.

—No pueden seguir mandándonos lo que ya no podemos dar.

Nadie respondió, pero aquello todavía no era una rebelión.

Ningún hombre se puso a su lado, ni hubo voces que apoyasen abiertamente lo que acababa de decir.

Sin embargo, nadie se adelantó tampoco para obligarlo a obedecer, y durante unos instantes todos permanecimos quietos, esperando la respuesta de Isabel con una atención que me pareció más inquietante que cualquier protesta.

Fue entonces cuando comprendí que ella no podía limitarse a pensar en aquel hombre, ni decidir únicamente si estaba demasiado agotado para cumplir la orden que había recibido.

Lo que tenía delante era algo más difícil, porque todos los demás habían visto que era posible negarse y estaban esperando para saber qué consecuencias tendría hacerlo.

Confieso que, en su lugar, yo habría preferido evitar aquella prueba.

Habría llamado a otro hombre, habría permitido que el asunto terminase allí y quizá me habría convencido después de que había obrado con prudencia, pues nadie podía negar el estado en que nos encontrábamos ni el riesgo de exigir demasiado a quienes apenas podían ya con su propio cuerpo.

Isabel, sin embargo, entendió algo que yo también veía y que, por esa misma razón, prefería no llevar hasta sus últimas consecuencias: si cedía entonces, aquel descanso no se interpretaría únicamente como una concesión hecha a un hombre agotado.

Los demás lo habrían entendido así, y ella sabía también que cualquier castigo tendría un precio y que los hombres hablarían de él mucho después de que la escena hubiese terminado.

Algunos la considerarían cruel, otros encontrarían en aquella decisión una confirmación de lo que ya pensaban de una mujer que se empeñaba en mantener el mando sobre ellos, y no faltaría quien utilizase el castigo para expresar una frustración que, hasta entonces, no había encontrado más salida que el silencio o la queja pronunciada a media voz.

Isabel no respondió enseguida. Durante el breve silencio que siguió, mientras el hombre permanecía inmóvil y los demás aguardábamos sin atrevernos a mirarnos demasiado unos a otros, tuve la impresión de que todavía podía encontrar una salida distinta; bastaba con ordenar que alguien ocupara su lugar, dejar que aquel se apartara y atribuir lo ocurrido al agotamiento, que nadie habría podido negar, porque todos empezábamos a conocer ese momento en que el cuerpo se resiste a obedecer incluso aquello que la voluntad todavía está dispuesta a hacer.

Isabel, sin embargo, debió de ver la escena de otra manera.

No creo que ignorase el estado de aquel hombre ni que considerase su agotamiento una razón insuficiente para detenerse.

Lo que no podía aceptar era que hubiera convertido su negativa en algo que los demás podían escuchar y recordar, porque, si cedía entonces, no sería solo un hombre exhausto quien habría obtenido descanso: quedaría la impresión de que una orden discutida públicamente podía dejar de cumplirse.

Ordenó que lo castigaran.

No me sorprendió tanto la decisión como la seguridad con que la tomó, pues en aquellos meses había aprendido que Isabel no acostumbraba a demorarse si, a su juicio, una duda podía acabar perjudicando aquello que debía resolverse.

Yo, en cambio, habría vacilado. No porque considerase insignificante lo que el hombre acababa de hacer, sino porque me parecía imposible separar su desobediencia del estado en que se encontraba, y sospechaba que los demás tampoco las separarían.

Veía en él a alguien que había hablado más de la cuenta porque ya no tenía fuerzas para contenerse; Isabel, sin dejar de ver probablemente lo mismo, tenía que pensar además en lo que aquella escena podía significar para quienes la estaban contemplando.

Nunca estuve del todo de acuerdo con ella en eso, aunque ahora me resulta fácil reconocer que tampoco tuve entonces una solución mejor.

Pensaba que el castigo podía imponer el silencio durante un tiempo y, al mismo tiempo, dar a los hombres un motivo que hasta entonces no habían tenido para hablar unos con otros de aquello que les ocurría.

El miedo obliga a obedecer mientras no se conoce otro modo de escapar a él, pero no desaparece por obedecer; se acumula, busca una salida y, cuando los hombres se encuentran privados de casi todo lo que podría devolverles alguna sensación de dominio sobre su propia suerte, hasta la conversación puede convertirse en una forma de resistirse a aquello que no se atreven a desafiar.

El hombre fue apartado de su puesto y llevado al combés, donde todos pudimos verlo.

El castigo comenzó y el sonido de los golpes se extendió por la cubierta.

Apenas recuerdo, sin embargo, el dolor del hombre ni las palabras que pudiera haber pronunciado, porque lo que ha permanecido conmigo es otra cosa: la manera en que los demás permanecían allí, unos con la mirada baja y otros incapaces de apartarla, sabiendo que aquello no se había hecho únicamente para castigar a quien había desobedecido.

Se había hecho para que todos comprendiéramos que Isabel seguía teniendo poder para decidir hasta dónde llegaban las consecuencias de una negativa.

Nadie protestó. Habría sido absurdo esperar otra cosa después de lo que acabábamos de presenciar, y, sin embargo, el silencio que se extendió por la cubierta no se parecía al que precede a la obediencia tranquila, sino a ese otro que nace cuando cada cual empieza a preguntarse qué habría hecho en el lugar del hombre castigado y si habría tenido fuerzas para soportar lo mismo.

Hasta entonces, cada cual había soportado sus temores como algo propio y apenas compartido con los demás.

Después de aquella escena, todos habíamos visto lo mismo, y ninguno podía ya imaginarse por completo a salvo del lugar que aquel hombre había ocupado.

Al terminar el castigo, pensé que Isabel se retiraría.

Lo habitual habría sido dejar que la impresión de lo ocurrido hiciera el resto, pero permaneció donde estaba y esperó a que el hombre fuera apartado antes de dirigirse a nosotros.

Lo hizo sin elevar la voz y sin intentar prolongar mediante las palabras el miedo que acababa de imponer, quizá porque no necesitaba hacerlo.

Tenía delante a hombres que sabían perfectamente cuál era su situación y no parecía dispuesta a insultar nuestra inteligencia fingiendo que ignoraba el cansancio que nos consumía.

Tampoco se justificó.