EL AGUA #4
Yo mismo participé en aquellas decisiones.
No considerábamos aquello una recompensa en el sentido en que se recompensa a quien ha hecho bien su trabajo, pues nadie recibía más porque lo mereciera, sino porque necesitábamos que alguien gastara unas fuerzas que, de otro modo, intentaría conservar.
Sin embargo, cuando vi por primera vez a un hombre bajar hacia los sollados sabiendo que al terminar recibiría agua adicional, comprendí que la diferencia importaba poco: habíamos empezado a pagar el trabajo con aquello que necesitábamos para sobrevivir, y cada vez que volvíamos a necesitar hombres debíamos decidir cuánto de nuestras reservas estábamos dispuestos a entregar para conseguirlos.
Aquellos hombres que ya no podían trabajar no desaparecían simplemente de la vida de la nave.
A medida que aumentaba el número de enfermos, otros terminaron ocupándose casi por entero de ellos, acercándoles agua, ayudándolos a cambiar de sitio cuando llevaban demasiado tiempo tendidos y atendiendo a quienes ya no podían valerse por sí mismos.
Juan Leal era uno de esos hombres. No sabría decir cuándo empezó a encargarse de los enfermos con mayor frecuencia que los demás; quizá ocurrió porque al principio todavía conservaba fuerzas suficientes para hacerlo y después nadie pensó en buscar a otro.
Lo veía entrar y salir de los lugares donde estaban tendidos, detenerse junto a ellos y regresar más tarde con un recipiente o con alguna de las pocas cosas que podían necesitar.
Cuando uno empeoraba durante la noche, era frecuente encontrar a Juan Leal cerca, sin que hablara mucho de lo que hacía ni pareciera esperar que nadie se lo agradeciera.
A veces, mientras en cubierta se discutía quién podía bajar a trabajar o quién debía cubrir una guardia, él pasaba junto a nosotros camino de los enfermos y nadie reparaba especialmente en su presencia.
Por eso, cuando por la mañana me dijeron que había muerto mientras dormía, comprendí antes de verlo que la nave acababa de perder a uno de esos hombres cuya utilidad solo se hacía evidente cuando faltaban.
Fui a verlo. Estaba tendido como lo había estado tantas otras noches, aunque ahora no había nada que hacer por él, y permanecí allí unos momentos antes de llamar a quienes debían encargarse del cuerpo.
No recuerdo que nadie dijera algo.
Había ya demasiadas cosas que hacer y los vivos seguían necesitando atención.
Sin embargo, durante los días siguientes empecé a advertir su ausencia en los momentos más pequeños.
Alguien preguntaba quién había llevado agua a un enfermo; otro necesitaba ayuda para mover a un hombre que no podía incorporarse, y había que buscar a quien pudiera hacerlo.
La pérdida de Juan Leal no fue solamente la de un hombre más de la expedición. Habíamos perdido a uno de los que todavía se ocupaban de los demás.
Después de la muerte de Juan Leal continuamos navegando con la Santa Catalina a la vista.
Durante unos días, su presencia volvió a imponer una costumbre que habíamos perdido con la San Felipe: bastaba levantar la vista para buscarla y comprobar que seguía donde debía, a cierta distancia, pero dentro de la conserva.
No podía decir que aquello nos devolviera ninguna seguridad; después de Corzo, quizá ya nadie esperaba que la presencia de otra nave pudiera garantizarla.
Aun así, verla cada mañana impedía que la San Jerónimo pareciera completamente sola.
La noche del 19 de diciembre la mar volvió a empeorar.
Apenas era posible ver más allá de las luces de nuestra propia nave, y el viento y el movimiento del agua obligaban a prestar atención a cuanto ocurría a bordo, mientras la Santa Catalina desaparecía por momentos en la oscuridad y volvía a dejarse ver apenas cuando alguna de sus luces coincidía con el movimiento de la mar.
Fue entonces cuando una luz de la Santa Catalina apareció entre la oscuridad y el movimiento de la mar.
Durante unos instantes nadie supo con certeza qué ocurría en la otra nave; miramos hacia el lugar donde debíamos encontrarla, pero apenas distinguíamos aquella claridad, que volvía a mostrarse y a desaparecer con el balanceo de la nave y el movimiento de las olas.
La luz volvió a aparecer poco después.
—Piden auxilio —dijo alguien a mi lado.
No necesitaba que me lo dijeran. Fui a buscar a Isabel, aunque cuando llegué a cubierta ya había hombres mirando hacia la dirección de la Santa Catalina y otros esperaban órdenes.
La cuestión no consistía únicamente en decidir si debíamos acudir, porque para hacerlo tendríamos que acercar la San Jerónimo en una noche en la que apenas podíamos calcular la distancia que nos separaba de la otra nave ni saber qué había ocurrido a bordo.
—Tenemos que aproximarnos —dijo uno de los hombres.
Isabel permaneció un momento mirando hacia la oscuridad antes de volver la vista hacia mí.
—¿Podemos hacerlo?
No respondí enseguida. La luz volvió a aparecer mientras yo trataba de calcular lo que podía ocurrir si intentábamos acercarnos.
—No lo sé —dije al fin—. Con esta mar, si perdemos el gobierno, podemos acabar sobre ella sin verla hasta el último momento.
—¿Y si no nos acercamos?
Volví la vista hacia el lugar de donde había llegado la llamada.
—Tampoco sé qué podemos hacer desde aquí.
Aquello era cuanto podía decirle. Acercarse podía poner en peligro a la San Jerónimo y a los hombres que quedábamos en ella, pero permanecer donde estábamos significaba dejar sola a la Santa Catalina en medio de la oscuridad.
Isabel volvió a mirar hacia la otra nave antes de dar la orden de que no nos acercáramos. Nadie discutió entonces la decisión, quizá porque todos comprendíamos que intentar salvar a la fragata podía poner en peligro también a la San Jerónimo.
Seguimos atentos durante la noche. La luz de la Santa Catalina volvió a aparecer todavía durante algún tiempo y después dejó de verse, aunque nunca habría sabido decir cuánto tardó en producirse aquel silencio, porque en el mar, cuando uno espera algo que teme no volver a distinguir, el tiempo deja de medirse como antes.
Al amanecer salí a cubierta buscando la Santa Catalina y dirigí la vista hacia la zona en la que la habíamos visto por última vez.
Esperé encontrar su vela cuando la luz aumentara, aunque fuera a gran distancia, pero el mar fue mostrando poco a poco cuanto había alrededor y, por más que seguimos buscando, la nave no apareció en ninguna parte.
La habíamos perdido durante la noche.
No ordené seguir buscándola, porque aquella decisión no me correspondía, y tampoco recuerdo que nadie necesitara decir entonces lo evidente: la San Jerónimo era ya la única nave que quedaba de la expedición.
Durante algún tiempo permanecí mirando el mar, mientras pensaba en la diferencia entre las dos pérdidas que acabábamos de sufrir.
La San Felipe se había alejado por decisión de quienes la gobernaban; la Santa Catalina, en cambio, había permanecido con nosotros hasta la noche anterior y había pedido ayuda antes de desaparecer.
Cuando volví la vista hacia la San Jerónimo, comprendí que ya no había otra vela que buscar y que, por primera vez desde que habíamos dejado Santa Cruz, continuábamos solos.