LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL AGUA #3
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EL AGUA #3

Miré al marinero. Si lo enviaba de nuevo a su puesto y empeoraba, sería demasiado tarde; si lo apartaba y recibía agua, la misma duda volvería a presentarse con el siguiente hombre.

Indiqué que lo llevaran donde estaban los enfermos y que lo vigilaran.

No sé si fue la decisión correcta.

Con los años he aprendido a desconfiar de quienes aseguran haber sabido siempre qué debían hacer.

En tierra puede ocurrir que una decisión equivocada deje tiempo para corregirla; en una nave, y más aún cuando empieza a faltar aquello que todos necesitan, cada elección se convierte enseguida en otra cuenta que alguien tendrá que pagar.

Aquella noche Isabel quiso saber qué había ocurrido.

Se lo conté mientras caminábamos por cubierta. La mar estaba más tranquila y las otras naves apenas se distinguían en la oscuridad, aunque sabíamos que continuaban cerca.

—¿Creéis que finge?

—No lo sé.

—¿Y si no está enfermo?

Me encogí de hombros.

Isabel siguió caminando unos pasos antes de hablar de nuevo.

—No podemos darle más agua a todos los que digan que no pueden trabajar.

—Lo sé. Pero tampoco podemos esperar a que estén muriéndose.

Se detuvo y volvió la cabeza hacia mí.

—Entonces decidid cuándo empieza una cosa y termina la otra.

No respondí enseguida.

—Haré lo que pueda.

No era una respuesta injusta. Tampoco era posible obedecerla del modo en que estaba dicha.

Isabel no volvió a hablar del marinero aquella noche.

Yo tampoco. Pero, mientras regresaba a mi puesto, pensé que habíamos llegado a un momento en que ya no bastaba con saber cuánto quedaba en los barriles.

Había que decidir quién podía esperar, quién necesitaba más y quién estaba en condiciones de seguir trabajando, y ninguna de esas cosas se dejaba medir con la misma facilidad.

A la mañana siguiente, el marinero al que habíamos apartado no volvió a levantarse.

Los días siguientes continuamos navegando sin que las otras dos naves dejaran de acompañarnos. La Santa Catalina se mantenía donde debía, pero empecé a fijarme en la San Felipe porque, en más de una ocasión, aparecía más lejos de lo acostumbrado.

La primera vez no le di importancia. El viento había cambiado durante la noche y no era extraño que una nave corrigiera tarde o perdiera algo de distancia mientras atendía sus propias maniobras, de modo que desde la San Jerónimo se hicieron las señales convenidas y, al cabo de un tiempo, la San Felipe volvió a acercarse sin que nadie pareciera inquietarse por lo ocurrido.

Sin embargo, al día siguiente advertí de nuevo que la distancia empezaba a crecer.

La San Felipe no navegaba en una dirección que permitiera pensar que había perdido el rumbo, sino que se iba apartando de la posición que debía mantener respecto de nosotros.

Volvimos a hacerle señales y, después de recibirlas, corrigió el rumbo.

Durante unas horas navegó donde correspondía, por lo que pensé que quizá habíamos dado más importancia de la necesaria a lo ocurrido; cuando volvió a apartarse al día siguiente, empecé a mirar aquella conducta con otra atención.

Desde la San Jerónimo solo podíamos ver lo que hacía la otra nave.

Podía existir una razón que desconocíamos, podía estar atendiendo a algún problema a bordo o quizá sus hombres no gobernaban con el cuidado necesario para mantener la conserva.

Lo único cierto era que las señales llegaban hasta ellos, porque respondían y regresaban a su lugar, aunque al cabo de algún tiempo la San Felipe volvía a separarse.

La situación se prolongó durante varios días. La distancia de la San Felipe empezó a formar parte de nuestras vigilancias y, cuando alguno levantaba la vista hacia ella, los demás hacíamos lo mismo

—Otra vez —dijo una mañana uno de los marineros que estaba conmigo.

La nave navegaba a cierta distancia, con las velas bien orientadas y sin que nada en su aspecto permitiera pensar en una avería. Mandé hacer la señal y esperamos a que respondiera.

La San Felipe corrigió.

—Siempre vuelve —dijo el marinero.

—De momento.

Ya no me parecía un descuido.

Isabel también lo había advertido. Una tarde me llamó mientras la San Felipe volvía a alejarse y, después de observarla durante unos momentos, me preguntó qué ocurría.

—No lo sé.

—¿Qué sabéis?

—Que se aparta.

—¿Le habéis hecho señales?

—Sí.

—¿Y responde?

—Las recibe. Corrige el rumbo y vuelve.

Isabel permaneció mirando la otra nave.

—Entonces repetidlas.

Aquella vez fue ella quien ordenó que se hicieran de nuevo.

La San Felipe tardó más de lo acostumbrado en responder, aunque finalmente modificó el rumbo y volvió hacia la conserva.

Isabel siguió observándola hasta que la distancia se redujo y, cuando consideró que las naves estaban lo bastante cerca para comunicarse, ordenó que se llamara a Corzo.

Esperamos su respuesta durante un tiempo que me pareció más largo de lo que probablemente fue.

Finalmente llegó, y desde donde me encontraba vi a Isabel dirigirse a la otra nave desde el alcázar.

La distancia impedía que nos llegaran las respuestas de Corzo, pero el tono de la Gobernadora no dejaba lugar a dudas: no era ya una señal hecha desde la distancia ni una simple corrección de rumbo, sino una exigencia para que volviera a ocupar su lugar en la conserva.

Cuando la comunicación terminó, la nave volvió a ocupar su lugar y aquella tarde navegamos juntos sin que volviera a apartarse. Pensé entonces que el asunto había quedado resuelto, porque durante varios días la distancia entre las naves había sido lo único que nos había obligado a intervenir.

A la mañana siguiente, sin embargo, nadie se sorprendió al advertir que la San Felipe volvía a separarse.

Uno de los hombres de guardia hizo las señales casi por costumbre, antes de que yo llegara a ordenar nada, y esperamos a que Corzo corrigiera como había hecho las veces anteriores.

La nave continuó, sin embargo, en la misma dirección.

Mandamos repetirlas, pero no hubo respuesta.

Durante algún tiempo pensé que no las habían visto.

El sol estaba alto y el resplandor sobre el agua dificultaba distinguir ciertos movimientos a distancia, aunque no tanto como para que una nave que navegaba a nuestra vista dejara de advertir las señales durante horas.

Volvimos a hacerlas, y la Santa Catalina hizo lo mismo desde su posición.

La San Felipe siguió alejándose hasta que ya no quedaba lugar para el error.

Miré hacia ella mientras la distancia crecía y traté de encontrar alguna otra explicación.

Una avería podía obligar a una nave a modificar el rumbo; también podía hacerlo un cambio de viento, aunque en ese caso habría terminado por volver a la conserva o, al menos, habría respondido a las señales.

Corzo había hecho lo contrario. Había recibido nuestras llamadas durante los días anteriores, sabía lo que se le exigía y aquella mañana había elegido continuar por su cuenta.

El 11 de diciembre cruzamos el Ecuador.

La San Felipe estaba ya demasiado lejos para que pudiera confundirse su rumbo con una nueva separación pasajera. Desde la cubierta seguí mirando su vela hasta que empezó a reducirse sobre el horizonte, mientras comprendía que aquella distancia no volvería a cerrarse.

Isabel permaneció algún tiempo junto a la borda. Nadie hablaba de alcanzarlos. Aunque hubiéramos podido hacerlo, no sabíamos qué encontraríamos después, y cada hora que perdiéramos persiguiendo a la San Felipe nos alejaba también de las Filipinas. Seguimos navegando.

La Santa Catalina continuaba a nuestra vista.

Éramos dos.

No sé qué explicación habría dado Corzo después, ni la que se daría a sí mismo mientras se alejaba de nosotros.

Nunca pude saberlo. Para mí, sin embargo, el hecho no necesitaba explicación alguna: había visto el estado en que se encontraban las otras naves y conocía las dificultades que teníamos por delante.

Aun así, había decidido salvarse abandonando a quienes hasta aquella mañana habían navegado con él.

Nunca llamé prudencia a lo que para mí fue una traición y una cobardía.

La desaparición de la San Felipe no resolvió ninguno de nuestros problemas. Al volver la vista y encontrar solo la Santa Catalina, comprendí hasta qué punto habíamos empezado a contar con aquellas velas en el horizonte.

La pérdida de aquella nave, sin embargo, no alivió el trabajo de quienes seguíamos en la San Jerónimo. La falta de fuerzas continuaba siendo la misma y, después de varios días de navegación, tuvimos que volver a achicar en los sollados.

—Necesitamos cuatro —dijo el despensero.

Miré a los hombres que había en cubierta.

—¿Quién puede bajar?

Nadie respondió.

No era la primera vez que ocurría. La diferencia estaba en que ya no tenía sentido preguntar quién quería hacerlo. Todos sabían lo que significaba pasar horas junto a la bomba, y quienes todavía podían sostenerse en pie procuraban conservar las fuerzas para la tarea que ya les correspondía.

Fue entonces cuando se ofreció una ración extraordinaria de agua a quienes bajaran a achicar.

No recuerdo quién fue el primero en presentarse, pero no tardaron en reunirse los hombres necesarios.

Algunos habían permanecido apartados hasta entonces y otros acudieron desde sus puestos, atraídos por la posibilidad de recibir una cantidad mayor de lo que les correspondía aquel día.

Con el tiempo se añadió también algo de comida y, en alguna ocasión, se mezcló una parte del agua con una cantidad mínima de azúcar para hacerla más apetecible y ofrecerla a quienes aceptaban determinados trabajos, especialmente los que exigían mayor esfuerzo.

No era una provisión distinta ni una abundancia que hubiéramos descubierto de pronto, sino una parte de las mismas reservas que estábamos obligados a guardar y repartir.

Precisamente por eso, cada vez que necesitábamos hombres para un trabajo que podía agotar sus últimas fuerzas, debíamos decidir cuánto podíamos apartar de la ración común para conseguirlos.