EL AGUA #2
Una tarde encontré a dos marineros junto a la escotilla. Hablaban en voz baja y callaron al verme, pero no se alejaron.
—¿Qué ocurre?
Dijeron que nada. Mandé a uno de ellos volver a su puesto, y el otro permaneció todavía unos momentos antes de hablar.
—Los enfermos reciben más.
—Cuando lo necesitan.
—Algunos no parecen tan enfermos.
No respondí. El hombre esperó, quizá porque esperaba que le explicara cómo decidíamos quién necesitaba más agua y quién no, pero no había una respuesta que pudiera satisfacerlo.
—Si creéis que no puede trabajar, decidlo. Si creéis que puede, mandadlo a su puesto. Pero no nos hagáis beber menos para que otros beban más.
Lo envié de nuevo a su puesto.
Aquella noche volví a pensar en sus palabras, no porque creyera que tuviera razón ni porque dejara de pensar que un enfermo debía recibir lo que necesitara, sino porque empezaba a comprender que el reparto había cambiado la manera en que los hombres miraban el agua y también a quienes tenían derecho a decidir sobre ella.
Hasta entonces el agua había estado allí, en los barriles, y bastaba con acudir a buscar la parte que correspondía a cada uno.
Ahora había que contarla, reducirla y explicar, aunque nadie pudiera hacerlo del todo, por qué algunos recibían más que otros.
Y cuando un hombre tenía sed, no siempre le resultaba fácil aceptar que la necesidad ajena pudiera ser mayor que la suya.
Con el paso de los días, las preguntas dejaron de hacerse únicamente durante el reparto.
Los hombres hablaban del agua mientras trabajaban, al cambiar las guardias o cuando se reunían para comer y, aunque muchas veces bajaban la voz al ver acercarse a un oficial, no resultaba difícil adivinar de qué estaban hablando.
También empezaron a preguntar por las otras naves.
Al principio querían saber si la Santa Catalina y la San Felipe habían reducido sus raciones como nosotros; después comenzaron a preguntarse cuánta agua les quedaba, si habían perdido provisiones durante la mala mar y si sus enfermos recibían más de lo que correspondía a los demás.
No teníamos respuesta para casi nada de aquello.
Las naves seguían a la vista, pero cada una llevaba su propia carga y sus propias reservas, y lo que ocurría a bordo de una no podía conocerse con certeza desde las otras.
Una mañana, mientras revisábamos la derrota, uno de los marineros que había estado de guardia se acercó a mí para decirme que corría el rumor de que en la Santa Catalina no habían reducido el agua.
Le pregunté quién lo afirmaba, y respondió que los hombres decían haber visto que allí se repartía más.
Miré hacia la nave, que navegaba a cierta distancia. Desde donde estábamos no era posible distinguir nada.
Le pregunté entonces cómo podían saberlo, pero el marinero no respondió.
Lo envié de nuevo a su puesto y seguí con mi trabajo, aunque aquella conversación permaneció conmigo más tiempo del que habría querido, no porque creyera que el rumor fuese cierto, sino porque comprendí que, llegado aquel punto, la verdad empezaba a importar menos que la sospecha.
Bastaba con que algunos pensaran que en otra nave se bebía más para que nuestra ración pareciera menor.
Había navegado con hombres que comparaban su suerte con la de otros por cualquier cosa: por la comida que recibían, por el trabajo que se les asignaba, por el lugar donde dormían o por el trato de sus superiores.
Mientras había suficiente para todos, esas diferencias solían olvidarse pronto.
Con el agua era distinto. Una medida que nadie había visto podía ser motivo de discusión, y una cantidad que se suponía recibida por otro bastaba para que un hombre sintiera que la suya era insuficiente.
Empecé por eso a fijarme en lo que ocurría alrededor de los barriles.
No quería vigilar a los hombres mientras bebían, pues nada habría conseguido con ello, sino saber qué comenzaban a hacer cuando creían que nadie les prestaba atención.
Algunos aguardaban su turno con una inquietud que antes no tenían y examinaban la medida antes de recibirla y después de vaciarla, como si pudieran encontrar en ella una diferencia que se les hubiera escapado.
Otros se acercaban al lugar del reparto mucho antes de que comenzara y permanecían cerca de los barriles sin tener allí ninguna tarea.
Una vez encontré a un muchacho de pie junto a ellos. No estaba tocándolos ni había intentado acercarse lo suficiente para que pudiera acusarlo de nada; sencillamente permanecía allí, con los brazos caídos, mirando hacia los recipientes.
Le pregunté qué hacía y, sobresaltado, respondió que nada.
No había hecho nada, y quizá por eso me irritó haberlo sorprendido como si hubiera podido acusarlo de algo.
Lo envié de nuevo a su puesto y me quedé un momento mirando los barriles, que seguían sujetos unos contra otros en la oscuridad igual que la primera vez que había bajado a verlos después de dejar Santa Cruz.
No habían cambiado ellos; habíamos cambiado nosotros, y comprendí entonces que empezaban a formar parte de la vida de la nave de una manera distinta.
Esa noche hubo otro enfermo. Fui a verlo acompañado de uno de los hombres que se ocupaban de atender a quienes ya no podían trabajar. Tenía fiebre y la boca tan seca que apenas conseguía hablar, de modo que le dieron el agua que necesitaba y lo dejaron tumbado con el recipiente a su lado.
Cuando salí encontré a dos marineros detenidos cerca de la puerta. No habían ido a hablar conmigo y comprendí, antes de que dijeran nada, que miraban hacia el interior.
Les pregunté qué hacían allí. Uno respondió que nada, y los envié de nuevo a su puesto.
Esta vez se marcharon sin discutir. Más tarde volví a pensar en ellos y comprendí que no habían acudido para quitarle el agua al enfermo; querían ver con sus propios ojos cuánto recibía.
Al día siguiente, cuando uno de los hombres pidió agua fuera de la hora del reparto, el despensero vino a buscarme antes de decidir qué hacer.
El hombre decía que no podía continuar y, aunque no parecía enfermo, tenía el rostro pálido después de varias horas de trabajo en cubierta.
Pregunté cuánto tiempo llevaba trabajando y cuánto había bebido. Había recibido la ración que le correspondía.
Podía darle más o negárselo. En cualquiera de los dos casos, los demás terminarían enterándose.
Ordené que le dieran un poco y el hombre recibió el agua sin decir nada. Mientras se apartaba, advertí que varios de los que esperaban cerca habían visto la medida, y no necesité que hablaran para saber que aquello no terminaría allí.
Al día siguiente empezaron las nuevas peticiones, aunque ninguna se presentó como consecuencia de la que yo había atendido la víspera.
Cada hombre tenía su propia razón. Uno decía haber pasado demasiadas horas en la bomba; otro aseguraba que llevaba desde el amanecer trabajando en cubierta; un tercero se quejaba de que la comida le había dejado la boca más seca que de costumbre.
Ninguno mencionaba al hombre al que habíamos dado agua la víspera, pero todos habían visto que una excepción era posible y empezaban a preguntarse dónde terminaba la necesidad de uno y comenzaba la de los demás.
Durante algún tiempo seguí preguntando cuánto había trabajado cada hombre, si estaba enfermo y qué había recibido durante el día. El método servía para uno o dos casos, pero dejaba de servir cuando empezaron a llegar muchos hombres con razones que, tomadas por separado, parecían suficientes.
No todos mentían. De hecho, sospecho que la mayoría decía la verdad.
Había hombres que trabajaban más de lo que correspondía a una guardia porque faltaba quien pudiera sustituirlos; otros empezaban a sentirse mal y todavía no estaban lo bastante enfermos para ser apartados del trabajo.
También había quienes, sin padecer otra cosa que cansancio y sed, llegaban a pedir agua porque no sabían cuándo volverían a tener ocasión de hacerlo.
Yo no podía ordenarles que esperasen si apenas podía asegurarles qué ocurriría antes del siguiente reparto.
Fui a hablar con Isabel después de que el despensero me hiciera llamar por segunda vez aquella mañana. Había tres hombres esperando junto a él y ninguno quería volver a su puesto sin recibir algo más.
—No podemos seguir decidiendo cada vez —le dije.
Isabel escuchó sin interrumpirme mientras le explicaba lo que estaba ocurriendo.
—¿Cuánto queda?
Le di la cifra.
—Entonces mantened el reparto.
—Eso no resuelve a los que no pueden trabajar.
—Los enfermos recibirán lo que necesiten.
—¿Y los demás?
Isabel tardó un momento en responder.
—Los demás recibirán su parte.
No añadió nada más.
Cuando regresé junto al despensero, los tres hombres continuaban esperando.
Les expliqué que no habría más agua fuera del reparto salvo para los enfermos y para quienes estuvieran expresamente destinados a atenderlos.
Uno aceptó la respuesta y se marchó; los otros dos quisieron discutir, aunque no lo hicieron conmigo durante mucho tiempo.
A partir de entonces, empezó a ser aún más difícil distinguir a quienes estaban enfermos de quienes apenas podían sostenerse por el cansancio. La diferencia importaba más que antes, porque de ella podía depender que un hombre recibiera agua adicional o tuviera que esperar hasta la siguiente ración.
El despensero vino a buscarme una tarde con un marinero que decía tener fiebre. Lo habían dejado descansar desde la mañana, pero cuando lo examinaron no encontraron nada que explicara el estado en que se encontraba. El hombre insistía en que le ardía la cabeza y que no podía seguir de pie.
Lo miré durante un momento. Tenía los labios secos y el rostro desencajado, pero ya empezaba a encontrar esos mismos signos en hombres que todavía trabajaban.
—¿Cuándo has bebido por última vez?
Me lo dijo.
—¿Has recibido tu ración?
Asintió.
El despensero esperaba que tomara una decisión. El marinero también.