LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL AGUA
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EL AGUA

Los primeros días después de dejar Santa Cruz, mientras las tres naves seguían juntas el rumbo que habíamos tomado, bajé varias veces a los sollados para ver las provisiones.

No había ocurrido nada que lo exigiera. El viento nos favorecía y los barriles que habíamos embarcado antes de partir seguían donde debían estar, salvo los que se habían abierto para el gasto de a bordo. Aun así, quería verlos.

Nunca me han gustado las cuentas que dependen del mar.

Uno puede medir una distancia y calcular el consumo de una nave, pero entre una cosa y otra se interpone siempre lo que no está en la mano de nadie.

Un viento contrario, una avería o unos días de mar gruesa bastan para desbaratar una previsión que, hecha en tierra, parecía razonable.

Aquella mañana encontré a dos marineros junto a la carga. Uno de los barriles se había movido durante la noche y estaban revisando las amarras.

—¿Se ha dañado?

—No, señor.

Me acerqué para comprobarlo. La madera no presentaba ninguna grieta.

—Aseguradlo bien.

Pregunté después cuáles estaban abiertos. Eran tres. Uno de los hombres levantó las tapas y me mostró el agua. Los demás permanecían cerrados y sujetos unos contra otros en la oscuridad del sollado.

Cuando subí a cubierta, Isabel me vio salir de la escotilla.

—¿Otra vez abajo?

—He querido ver los barriles.

—¿Ha ocurrido algo?

—No.

Guardó silencio un instante.

—Entonces debéis de esperar que ocurra.

—En el mar no hace falta esperarlo.

Isabel volvió la vista hacia las otras naves.

La Santa Catalina navegaba a poca distancia y la San Felipe se distinguía más atrás.

—Por ahora, al menos, seguimos juntos.

—Sí.

Permanecimos un momento mirando las dos naves antes de que continuara hacia popa.

En aquellos primeros días no había nada extraño en encontrarlas cada mañana donde esperaba verlas. Tampoco lo había en bajar al sollado y encontrar los barriles en su sitio. Las cosas que no cambian acaban pareciendo seguras, aunque no lo sean.

Dos noches después empezó a levantarse la mar.

El viento cambió al caer la tarde y, antes de medianoche, la San Jerónimo recibía los golpes por el costado.

No era la peor mar que habíamos conocido, pero bastaba para que la nave trabajase más de lo debido y para que cuanto no estuviera bien sujeto terminara desplazándose.

Pasamos buena parte de la noche asegurando la carga y atendiendo lo que iba soltándose.

Al amanecer el viento empezó a perder fuerza, aunque la mar continuaba agitada. Cuando pudimos ocuparnos de los daños que había dejado la noche, bajé a los sollados.

Había entrado agua en los sollados. Los hombres achicaban en las zonas más bajas mientras otros apartaban cajas y tinajas que se habían desplazado. Una se había roto y varias provisiones estaban mojadas.

Pregunté por los barriles de agua y me llevaron hasta ellos.

Dos se habían soltado durante la noche. Uno había quedado encajado entre otros recipientes y no parecía haber sufrido daño; el segundo había golpeado contra el costado y una de las duelas se había abierto. El agua escapaba por la grieta y se mezclaba con la que cubría el suelo.

—¿Cuánto lleva perdiendo?

Nadie lo sabía.

Me agaché para mirar la abertura. Podía haberse abierto poco antes de que amaneciera o llevar perdiendo desde las primeras horas de la noche. Ya no había manera de saberlo.

—Usad éste primero. Y revisad los demás antes de moverlos.

Me quedé mientras empezaban a hacerlo. Uno de los hombres que trabajaba junto a la bomba se acercó para ayudar, pero, al incorporarse, tuvo que detenerse un momento con una mano apoyada en la madera.

—Sigue con la bomba.

—Puedo con esto.

—Ya has trabajado bastante.

Me miró, pero nadie ocupó su lugar. Los demás tenían ya una tarea.

Volvió a la bomba.

Pensé que tendría que relevarlo en cuanto encontrara a alguien. Entonces aún creía que el cansancio podía resolverse del mismo modo que casi todo lo demás a bordo: poniendo a otro hombre en su puesto.

Durante el resto del día continuamos con la carga y con el agua que había quedado en algunos lugares de la nave. Al día siguiente quedaba menos por hacer, pero varios de los que habían trabajado durante la noche no acudieron cuando se les llamó, de modo que fui a buscar al primero.

Lo encontré tendido, con los ojos cerrados, y tardó en advertir que yo había entrado.

—¿Puedes levantarte?

Negó con la cabeza.

—¿Qué tienes?

—No lo sé.

Lo dejé donde estaba. Había visto a hombres enfermar de pronto y a otros ir perdiendo las fuerzas poco a poco, hasta que llegaba un día en que ya no podían levantarse.

Después de tantos meses de navegación, uno aprende a reconocer cuándo un hombre no está en condiciones de trabajar, aunque no sepa qué enfermedad lo ha llevado a ese estado.

El segundo permanecía sentado junto a un mamparo, todavía con la ropa húmeda.

—Necesitamos gente abajo.

—He terminado mi turno.

—Lo sé.

—Entonces dejadme dormir.

No podía reprocharle que estuviera cansado. Yo también lo estaba, y los que seguían en el sollado lo estarían aún más.

—Una hora.

Tuve que buscar a otros dos para sustituir a quienes faltaban.

La situación se repitió durante los días siguientes, hasta que dejó de sorprenderme encontrar algún puesto vacío cuando llegaba la hora de una guardia.

Había enfermos a los que ya no podía exigirse nada. También estaban los que acudían cuando se les llamaba, pero trabajaban despacio, como si cada movimiento les costara más de lo que querían admitir. Y estaban los que desaparecían en cuanto podían, hasta que alguien iba a buscarlos.

Nunca supe con certeza qué habría hecho yo en su lugar.

Desde cubierta era fácil juzgar a un hombre que no acudía cuando se le llamaba. Era más difícil hacerlo después de verlo trabajar durante horas, sin dormir, con la ropa empapada y el estómago vacío, mientras la nave seguía avanzando y el mar continuaba siendo el mismo en todas direcciones.

Seguí buscando a quienes todavía podían trabajar y procurando no pedirles más de lo que podían dar, aunque a menudo no tuviera otra elección. Los mismos hombres empezaron a aparecer una y otra vez en cada tarea, y acabé sabiendo quiénes acudirían sin necesidad de mandar a buscarlos.

Al principio no cambiamos el reparto, porque el barril que habíamos perdido no bastaba por sí solo para obligarnos a hacerlo y todavía quedaba agua suficiente para continuar como hasta entonces.

Mientras las cuentas no dijeran otra cosa, no veía razón para alterar lo que los hombres recibían cada día.

Sin embargo, las cuentas empezaron a cambiar, no porque en un solo día se gastara mucho más de lo previsto, sino por pequeñas cantidades que, tomadas una por una, apenas parecían importar: el agua que había que dar a un enfermo fuera de la hora del reparto, la que recibía algún hombre después de pasar muchas horas en la bomba o la que se necesitaba para atender a quienes estaban demasiado débiles para subir a cubierta.

Al cabo de unos días bajé al sollado con el despensero y volvimos a hacer las cuentas. Cuando terminó, le pedí que las repitiera, aunque él aseguró que estaban bien. El resultado no cambió.

Fui entonces a buscar a Isabel. Estaba junto a popa, hablando con uno de los oficiales, y esperé hasta que terminó.

—Tenemos que reducir el reparto.

No me preguntó si estaba seguro ni quiso saber qué había fallado. Miró un momento hacia las otras dos naves, que continuaban a la vista, y después me preguntó cuánto había que reducirlo. Se lo dije.

—¿Desde cuándo?

—Desde mañana.

Permaneció callada unos instantes.

—Hacedlo.

Aquella fue toda la conversación.

Al día siguiente los hombres acudieron como de costumbre y el despensero empezó a llenar las medidas.

Los primeros aceptaron lo que recibían sin decir nada, quizá porque no advirtieron inmediatamente la diferencia, pero uno de los siguientes se quedó mirando el recipiente antes de levantar la vista.

—¿Es todo?

El despensero asintió.

—Ayer era más.

—Hoy es esto.

El hombre quiso saber por qué, pero no obtuvo respuesta.

El reparto continuó y, durante el resto de la mañana, fueron llegando las preguntas.

Querían saber cuánto duraría aquella reducción, si las otras naves estaban haciendo lo mismo y si alguien había calculado el agua que nos quedaba.

Cada uno preguntaba por lo que podía servirle, aunque yo sabía que las únicas respuestas seguras eran las que se referían a los barriles que llevábamos a bordo.

Sabía cuánto quedaba. No sabía cuánto tardaríamos en llegar.

Durante los primeros días la diferencia apenas se notó.

Los hombres continuaban trabajando y la San Jerónimo seguía su camino como si nada hubiera cambiado, aunque poco a poco empecé a ver que bebían de otra manera.

Algunos vaciaban la medida de una vez; otros se detenían antes de terminarla y miraban lo que quedaba.

Uno de los marineros que había trabajado durante la mala mar guardó un poco en el fondo de su recipiente y se lo llevó consigo.

Más tarde lo vi sentado junto al costado, bebiéndolo despacio, como si aquella pequeña cantidad pudiera acompañarlo durante más tiempo si la tomaba con cuidado.

No volvió a pedir más.

Otros sí.

Había hombres que llegaban al reparto después de varias horas de trabajo y pedían otra medida.

A veces bastaba con recordarles lo que les correspondía; otras, sobre todo cuando podía ver el estado en que llegaban, resultaba más difícil negarles aquello que pedían.

Pero si empezaba a hacer excepciones para quienes habían trabajado más, tendría que hacerlas también para otros, y no siempre quedaba bastante para decidir según el cansancio de cada uno.

Los enfermos recibían más agua cuando la necesitaban. Era inevitable y nadie lo ocultaba, pero en una nave pocas cosas permanecen sin ser vistas o comentadas. Bastaba con que alguien recibiera una medida fuera de la hora habitual para que, antes de terminar el día, los demás supieran de ello.