LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL OCÉANO
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EL OCÉANO

La costa de Santa Cruz desapareció pronto por la popa, aunque durante algún tiempo todavía distinguíamos las montañas cuando el aire se aclaraba. Después solo quedó el mar. Navegábamos con rumbo a San Cristóbal.

Las tres naves mantenían la conserva con dificultad.

La San Jerónimo llevaba demasiado peso y respondía con una lentitud que yo conocía bien.

Habíamos cargado cuanto habíamos podido antes de partir, pero una cosa era contar las provisiones en tierra y otra ver cómo desaparecían cada día bajo cubierta.

Los hombres embarcados en Santa Cruz ocupaban hasta el último espacio disponible y apenas quedaba un rincón donde dejar algo sin estorbar la maniobra.

Yo pasaba buena parte del día en cubierta, pendiente de la derrota y de la forma en que la nave recibía el viento. Aún podíamos navegar, pero ya no tenía sentido engañarnos sobre su estado. Después de tantos meses, la San Jerónimo llevaba encima las marcas de todo lo que habíamos pasado.

Durante aquellos primeros días salí varias veces a la toldilla para comprobar la posición. El cielo estaba limpio y el mar apenas levantaba oleaje. Al mediodía, mientras estudiaba la carta, Isabel se acercó.

—¿Cuánto falta?

Le indiqué con el dedo la derrota que habíamos seguido.

—Todavía no estamos cerca. Si el viento se mantiene, podremos alcanzar la zona en la que deberíamos encontrar San Cristóbal.

Isabel permaneció unos instantes mirando la carta.

—Tenemos que encontrar la almiranta.

No respondí. Aquello era evidente para todos. La Santa Isabel había desaparecido con su gente y con buena parte de los recursos que necesitábamos. Mientras existiera alguna posibilidad de encontrarla, no podíamos darla por perdida.

Pero había algo que yo todavía no sabía. Hasta entonces había supuesto que, si la almiranta no aparecía, pondríamos rumbo a Manila y allí terminaría nuestra retirada de Santa Cruz. Fue Isabel quien me hizo comprender que estaba equivocado.

—En Manila necesitaremos hombres —dijo.

Levanté la vista.

—Y bastimentos.

—También.

Esperé a que continuara.

—Después volveremos.

Tardé un momento en entenderla.

—¿A Santa Cruz?

Isabel asintió.

—A las Salomón.

Miré de nuevo la carta extendida ante nosotros.

La línea que había trazado desde Santa Cruz hacia San Cristóbal parecía ahora mucho más larga.

Hasta aquel momento había pensado que navegábamos hacia Manila porque no teníamos otro lugar adonde ir.

Isabel acababa de revelarme que, para ella, Manila no era más que una etapa.

Conocía el estado de las naves y sabía cuánto nos había costado llegar hasta Santa Cruz. Pensar en otra navegación después de alcanzar Manila me obligaba a rehacer todos mis cálculos.

Seguimos hacia San Cristóbal. Desde el amanecer hubo hombres apostados en las vergas y en la proa, atentos a cualquier señal de tierra o a una vela que pudiera aparecer en el horizonte.

Cuanto más nos acercábamos a la zona en que esperábamos encontrar la isla, más ojos vigilaban el mar.

Yo tampoco podía asegurar que la Santa Isabel hubiera llegado hasta allí.

Habíamos perdido su rastro y no sabíamos hasta dónde podía haberla llevado el viento.

Al mediodía subí a la toldilla para comprobar nuestra posición.

Las otras dos naves navegaban a la vista.

La San Felipe mantenía bien la conserva y la Santa Catalina aparecía algo más retrasada, aunque ninguna parecía tener dificultades que obligaran a modificar la derrota.

Isabel volvió a preguntarme cuánto faltaba.

Le señalé sobre la carta la zona en la que, según nuestros cálculos, debíamos encontrar San Cristóbal.

—No puedo decirlo con certeza. Si está donde creemos, deberíamos estar acercándonos.

—¿Y la almiranta?

Miré hacia el horizonte.

—Si está allí, tendremos que encontrarla.

No añadí nada más. Cada hora que dedicábamos a la búsqueda era una hora que restábamos a la navegación hacia Manila, y aunque todavía no estábamos obligados a escoger, sabía que aquella decisión acabaría llegando.

Durante aquella tarde no apareció ninguna vela ni encontramos señal alguna de tierra.

A la mañana siguiente continuamos la búsqueda.

Fue entonces cuando uno de los hombres de la cofa gritó que había visto tierra.

Todos los que estaban en cubierta levantaron la cabeza y miraron hacia el lugar que señalaba.

Yo busqué durante un largo rato. Bajo las nubes me pareció distinguir una sombra oscura, pero la luz cambió y desapareció casi al instante.

Podía haber sido una isla, una nube baja o simplemente un engaño de la vista después de tantas horas mirando el mar.

—¿La ves? —me preguntó Isabel.

—No.

El hombre de la cofa siguió asegurando que la había visto.

No quise contradecirlo. Una nube baja podía engañar incluso a un hombre experimentado, y también podía suceder que él hubiera distinguido algo que nosotros no alcanzábamos a ver desde cubierta.

Seguimos navegando hasta que cayó la tarde sin encontrar ninguna confirmación.

Aquella noche se habló poco de otra cosa.

Unos estaban convencidos de que la tierra se encontraba cerca; otros aseguraban que el hombre de la cofa había confundido una nube con una isla.

Yo no podía confirmar ninguna de las dos cosas.

Solo sabía que no habíamos encontrado la Santa Isabel ni teníamos la certeza de haber llegado a San Cristóbal.

Al día siguiente mantuvimos todavía la búsqueda, pero las preguntas empezaron a multiplicarse.

Algunos querían saber cuánto tiempo seguiríamos allí; otros hablaban ya del agua y de las provisiones.

Yo continuaba comprobando la posición y haciendo mis cálculos.

El viento seguía siendo favorable y la mar no nos amenazaba, pero cada hora de búsqueda reducía el margen que necesitaríamos después para llegar a Manila.

A media tarde recibí aviso de que varios hombres querían hablar conmigo.

Los encontré junto a la escotilla, donde apenas había espacio para moverse sin tropezar con sacos, barriles y fardos.

Querían saber cuándo dejaríamos aquellas aguas.

Uno de ellos habló de las provisiones; otro señaló hacia la cubierta, donde algunos de los recién embarcados descansaban junto a la borda.

Les dije que seguíamos buscando la almiranta y que, mientras hubiera posibilidades de encontrarla, debíamos mantener la derrota.

Cuando regresé a la toldilla, encontré a Isabel junto a la carta. Había oído las voces.

—Empiezan a impacientarse —dijo.

—Tienen motivos.

Me miró sin apartarse de la mesa.

—¿Y tú?

—Yo sé dónde estamos. Lo que no sé es cuánto tiempo podemos seguir buscando sin poner en peligro la navegación.

—No he hablado de abandonar la búsqueda.

Para mí, cada hora de búsqueda debía justificarse por la posibilidad de encontrar la Santa Isabel.

Para Isabel, aquella búsqueda formaba parte de un plan mucho más amplio.

Si encontrábamos la almiranta, recuperaríamos a su gente y los recursos que llevaba a bordo.

Después iríamos a Manila. Allí esperaba conseguir hombres, bastimentos y cuanto necesitáramos para volver a las Salomón.

Volver a las Salomón. La idea volvió a mi cabeza con más fuerza que cuando me la había explicado. Desde que abandonamos Santa Cruz, había pensado en Manila como el punto al que debíamos llegar para poner fin a aquella navegación. Isabel, en cambio, seguía mirando más allá.

Extendí un dedo sobre la carta.

—¿Y si no encontramos la almiranta?

Isabel tardó unos instantes en responder.

—La encontraremos.

No era una respuesta de piloto. Tampoco pretendí que lo fuera. Volví a mirar el mar. No había nada en el horizonte que confirmara sus palabras.

Durante las horas siguientes mantuvimos el rumbo.

A media mañana hice revisar las pipas y pedí que me informaran de las raciones entregadas desde la salida.

No encontré ninguna sorpresa en las cuentas, y precisamente por eso me preocupé.

El agua se consumía al ritmo previsto. Los hombres embarcados en Santa Cruz también bebían, comían y necesitaban descanso.

Poco después llegaron las primeras quejas.

Un marinero preguntó cuánto tiempo pensábamos seguir buscando.

Otro quiso saber si la orden era permanecer en aquellas aguas hasta encontrar la almiranta.

Las preguntas pasaron de unos a otros y comenzaron a mezclarse con comentarios sobre el agua y la distancia que todavía nos separaba de Manila.

Al mediodía volví a calcular la derrota. Si manteníamos el rumbo unas horas más, todavía podríamos corregir después hacia Manila sin comprometer la navegación. Si permanecíamos allí otro día, perderíamos parte de ese margen.

Fue entonces cuando escuché el primer grito desde la cubierta de proa.

—¡No nos llevéis a perder!

Algunos hombres respondieron desde otros puntos de la nave. Esta vez ya no eran preguntas.

Isabel se volvió hacia mí.

—¿Podemos seguir?

Sabía lo que me estaba preguntando. No quería saber si la San Jerónimo podía avanzar unas horas más, sino cuánto riesgo podíamos asumir antes de que la búsqueda se convirtiera en una imprudencia.

—Sí —respondí—. Pero no indefinidamente.

—¿Cuánto?

—Hasta esta noche, quizá. Después tendremos que decidir.

Isabel miró hacia los hombres.

—Quiero encontrarla.

—Lo sé.

Isabel bajó de la toldilla y se dirigió hacia la proa. La vi detenerse entre los hombres. No levantó la voz. Les habló durante unos minutos y algunos fueron volviendo poco a poco a sus puestos. Otros continuaron murmurando. Cuando regresó, tenía el rostro más serio.

—Esta noche —dijo.

Asentí. Volví a mis cálculos. Aún teníamos unas horas.

El sol descendió y el horizonte permaneció vacío. Cuando llegó el crepúsculo, ordené que se extremara la vigilancia. Los hombres miraban hacia delante en silencio, esperando que apareciera una vela que durante el día no habíamos sabido encontrar. No apareció ninguna.

Esa noche dormí poco. Revisé de nuevo las anotaciones y las distancias recorridas y al amanecer ordené mantener el rumbo unas horas más.

Desde la cofa volvieron a vigilar el horizonte.

La esperanza se había reducido, pero no había desaparecido.

Fue entonces cuando uno de los vigías creyó distinguir una vela.

El aviso recorrió la cubierta y durante unos instantes todos miraron hacia el mismo punto. Subí a la toldilla y busqué con la mano sobre los ojos. Había una mancha clara muy lejos, casi pegada al horizonte. La observé durante un largo rato, esperando que volviera a aparecer. No lo hizo.

—¿La has visto? —preguntó Isabel.

—He visto algo.

—¿Una vela?

—No puedo asegurarlo.

Esperamos todavía un tiempo. La mancha volvió a aparecer, aunque esta vez parecía más pequeña. Podía ser una vela muy distante, pero también una nube iluminada por el sol. No teníamos manera de distinguirla.

Isabel siguió mirando.

—Podría ser ella.

—Podría.

Ordené mantener el rumbo y continuar la vigilancia. Si era una nave, quizá acabaríamos distinguiéndola con mayor claridad. Si era la almiranta, no tardaríamos en comprobarlo.

Pero la mancha desapareció definitivamente. Las conversaciones se hicieron más ásperas y algunos empezaron a pedir abiertamente que pusiéramos rumbo a Manila.

Al caer la tarde recibí de nuevo a Isabel en la toldilla. Le mostré la posición y la derrota que tendríamos que seguir si abandonábamos la búsqueda.

—Podemos hacerlo —le dije—, pero tenemos que decidirlo pronto.

Isabel permaneció en silencio.

—Si seguimos hacia San Cristóbal, perderemos más tiempo.

—¿Y si la Santa Isabel está allí?

Miré la carta.

—Entonces llegaremos demasiado tarde.

Isabel levantó los ojos hacia mí.

—¿Demasiado tarde para qué?

No respondí inmediatamente. Sabía que no hablaba solo de los hombres de la almiranta. Hablaba de las Salomón, de Santa Cruz y de la empresa que todavía esperaba recuperar desde Manila. El tiempo que perdiéramos allí podía hacer más difícil todo lo que Isabel pretendía hacer después.

Durante la noche mantuvimos el rumbo. Apenas hubo viento y la San Jerónimo avanzó lentamente. Dejé ordenado que la vigilancia continuara hasta el amanecer. No quería ser yo quien diese por terminada la búsqueda mientras aún quedara alguna posibilidad de encontrar la almiranta.

Al amanecer volvimos a escrutar el horizonte.

Las otras dos naves seguían a la vista. No había señales de tierra ni de la Santa Isabel.

Esperamos todavía unas horas. El viento comenzó a rolar y tuve que corregir ligeramente la derrota para mantener la formación.

La Santa Catalina volvió a quedar rezagada y ordené reducir vela hasta que recuperara su posición.

Poco antes del mediodía llegaron de nuevo las voces desde la proa. Esta vez fueron más numerosas. Algunos hombres pedían que se cambiara el rumbo. Desde la toldilla distinguí claramente algunas palabras.

—¡A Manila!

—¡Nos llevan a perder!

Isabel salió a cubierta y observó a los hombres durante unos momentos. Después preguntó por mí. Me acerqué.

—¿Podemos continuar hasta mañana?

Negué con la cabeza.

—No lo aconsejo.

Isabel miró hacia el horizonte.

—Entonces hemos terminado.

Esperó unos instantes antes de dar la orden.

—Pon rumbo a Manila.

Regresé a mi puesto y ordené modificar la derrota.

La San Jerónimo comenzó a caer lentamente sobre el nuevo rumbo y las otras naves hicieron lo mismo.

Durante un rato seguí mirando hacia atrás, hacia el sector del horizonte donde habíamos esperado encontrar San Cristóbal.

Después bajé la vista hacia la carta. La línea que había llevado nuestra derrota hacia San Cristóbal quedaba interrumpida.

Desde allí partía otra, más larga, hacia el noroeste.

Cerré la carta. El viento llenó las velas y las tres naves siguieron adelante.

Muchos años después llegó hasta mí una noticia que me hizo recordar aquellos días.

Se decía que algunos hombres de la Santa Isabel habían conseguido llegar a San Cristóbal y que habían vivido allí durante algún tiempo.

Nunca supe cuánto había de cierto en aquello.

Las noticias que llegan tantos años después de una desaparición rara vez conservan intacto lo ocurrido, y el mar deja tras de sí demasiadas historias para que todas puedan creerse. [2]