NOS VAMOS
La orden de Isabel corrió por el campamento y, poco después, llegaron a las naves los que todavía permanecían en tierra.
Ya no había discusión posible sobre quién embarcaría.
Los hombres cargaban sus pertenencias, las mujeres subían con los niños y los marineros recibían a unos y otros, procurando encontrar sitio donde apenas quedaba ninguno.
Desde la cubierta observé cómo se iba llenando la San Jerónimo y comprendí que la decisión de Isabel tenía un precio que no tardaríamos en pagar.
Los que habían temido quedarse atrás no parecían dispuestos a marcharse de cualquier manera.
Algunos reclamaban espacio para sus cosas; otros preguntaban por las raciones o por el lugar donde dormirían.
Habían pasado demasiado tiempo temiendo ser abandonados como para conformarse ahora con cualquier rincón de la nave.
Pero los marineros tampoco ocultaban su disgusto.
Aquella gente tendría que comer y beber, y alguien tendría que hacer sitio para ella.
Los que hasta entonces habían cargado con el trabajo de las naves veían aumentar de golpe la carga que debían sostener.
Me sorprendió que la decisión de Isabel no trajera consigo el alivio que yo había esperado. Los colonos disputaban por cada palmo de cubierta para acomodar sus baúles, mientras los marineros que debían alimentarlos los recibían con la hostilidad de quien ve duplicarse su condena.
La San Jerónimo se convirtió en pocas horas en una colmena asfixiante de ruidos y pestilencia.
Las familias disputaban por un rincón de las cubiertas y arrastraban sus baúles; los cerdos chillaban bajo el sol, las gallinas se hacinaban en jaulas improvisadas y las cabras balaban de hambre entre el aparejo.
Bajo las escotillas, el aire se volvió denso, cargado con el vapor del vinagre con el que intentábamos mitigar la podredumbre de los rincones y el olor rancio de los enfermos que ya no podían ponerse en pie.
Los marineros, obligados a saltar por encima de niños dormidos y enseres domésticos para cazar una escota, mascullaban maldiciones contra los de tierra, tratándolos con la aspereza de quien se sabe condenado a compartir con aquella gente la última pipa de agua dulce.
Cuando el embarque terminó, Isabel reunió a los hombres que debían aconsejarla sobre la salida.
Quedaban tres naves: la San Jerónimo, la San Felipe y la Santa Catalina.
Había que decidir si las tres estaban en condiciones de afrontar la travesía o si convenía concentrar a la expedición en la capitana y abandonar las dos menores.
La propuesta tenía razones que no podían despreciarse.
Una sola nave sería más fácil de gobernar y permitiría concentrar en ella hombres y recursos.
Pero abandonar las otras significaba dejar atrás embarcaciones que todavía podían servir y a los hombres que dependían de ellas.
Mi postura como piloto mayor fue favorable a concentrar la expedición en la capitana.
Corzo se opuso. Defendió la San Felipe y sostuvo que su galeota podía resistir otra travesía.
Lo escuché con atención. Conocía el oficio y sabía que no hablaba sin fundamento.
Una cosa era decidir desde tierra qué barco parecía prescindible y otra haber navegado en él y conocer de cerca su estado.
La discusión no se reducía, por tanto, a escoger entre una nave y dos.
También estaba en juego la confianza que cada capitán tenía en sus propios hombres y en la embarcación que mandaba.
Corzo no parecía dispuesto a renunciar a la suya mientras creyera que todavía podía llevarla hasta Filipinas.
Isabel escuchó las opiniones sin precipitarse.
Su autoridad no estaba en cuestión allí, pero las decisiones que tenía delante podían ponerla a prueba mucho antes de que volviéramos a ver tierra.
La discusión sobre las naves dejó paso a la del rumbo.
Manila era el destino que todos teníamos presente, pero todavía quedaba una posibilidad que Isabel no quería descartar: buscar San Cristóbal.
Si aquella isla estaba donde se suponía, quizá encontraríamos allí alguna noticia de la Santa Isabel y de los hombres que habían desaparecido con ella.
Yo no veía las cosas de la misma manera.
Buscar una tierra cuya posición no conocíamos con seguridad significaba apartarnos del camino y consumir tiempo y provisiones que ya no nos sobraban.
Se lo dije a Isabel. No tenía sentido ocultarle mis dudas por el hecho de que la decisión final correspondiera a ella.
Me escuchó sin interrumpirme y siguió haciendo preguntas sobre las distancias y las posibilidades que tendríamos de regresar después hacia Filipinas.
La obstinación de Isabel por buscar San Cristóbal no era solo la cautela de una gobernante celosa de sus mapas; también pesaba sobre ella una deuda de sangre.
Mariana, vestida de luto y con los ojos hundidos por las fiebres, permanecía cerca de los camarotes.
De aquella ya nadie dudaba que había sido la propia Isabel quien negó el bastimento a la Santa Isabel en Tinakula antes de que la almiranta se perdiera en el humo del volcán.
Buscar San Cristóbal era la última y desesperada tentativa de la Adelantada por devolverle un marido a su hermana y acallar el murmullo de culpa que flotaba entre la marinería.
Se lo advertí con la crudeza de mi oficio: desviarse tras un fantasma en el estado en que nos encontrábamos era sentenciar a muerte a los que aún respiraban.
Ella me miró sin pestañear, con aquella dureza que ya le conocía, y comprendí que a veces el remordimiento pesa más sobre el timón que la peor de las tempestades.
No discutimos, pero tampoco llegamos a estar de acuerdo.
Para Isabel, San Cristóbal era todavía una posibilidad.
Para mí, era un riesgo que debíamos medir con mucho cuidado.
Yo sabía lo que podía significar desviarnos; ella sabía lo que significaba abandonar sin haber intentado encontrar a los que podían seguir vivos.
En aquel momento no pensé que uno de los dos tuviera que estar equivocado, solo que nuestras obligaciones no eran las mismas.
Cuando terminaron las deliberaciones, llegó el momento de ocuparse de los restos de Mendaña.
Desde el alcázar de la San Jerónimo vi cómo llevaban el ataúd desde la playa hasta el batel.
Los hombres lo acomodaron con cuidado y se hicieron a la mar.
El pequeño bote avanzó hacia la Santa Catalina, que permanecía próxima a nosotros, y pronto vi cómo se acercaba a su costado.
Observé el traslado en silencio. Mendaña había llegado hasta aquellas islas al frente de una expedición que pretendía asentarse en ellas. Ahora abandonaba Santa Cruz muerto, mientras los hombres que quedábamos con vida nos preparábamos para marcharnos.
En la Santa Catalina, el traslado del cuerpo planteó además un problema que ya conocíamos: la nave no contaba con un piloto que nos ofreciera suficientes garantías.
Isabel dispuso que no se separara de las otras y que permaneciera en conserva.
La orden era sencilla; cumplirla en el mar sería otra cosa.
Durante los días siguientes nos ocupamos de lo que todavía podía prepararse.
Se cargó leña y se completó el agua. Los hombres revisaron las naves, acomodaron las provisiones y trataron de poner en condiciones los aparejos.
No había mucho que reparar y, menos aún, mucho con qué hacerlo.
Las naves habían sufrido demasiado desde nuestra llegada y todos sabíamos que no partíamos en las condiciones que habríamos deseado.
Yo pasé buena parte de aquel tiempo entre la San Jerónimo y las otras naves, comprobando cuanto podía.
La San Felipe seguía contando con la confianza de Corzo, que no parecía dispuesto a admitir que su nave fuera un lastre para la expedición.
La Santa Catalina, en cambio, me preocupaba más por la falta de un piloto competente.
Habría que vigilarla de cerca y mantenerla siempre a la vista.
Los últimos días en Santa Cruz transcurrieron en un silencio tenso, ocupados en el trincado de la carga y el acarreo de las últimas pipas de agua.
Ya no nos unía a aquella isla más que el deseo de perderla de vista.
Los hombres que habían permanecido en tierra estaban a bordo y las naves tenían cargadas el agua y la leña que habíamos podido reunir.
Cada cual se ocupaba de lo que le correspondía, y yo aprovechaba cualquier momento libre para revisar de nuevo la San Jerónimo y comprobar que no hubiéramos dejado nada que después pudiera hacernos falta en el mar.
Desde la cubierta, la isla ofrecía un aspecto distinto al de los primeros días.
Las chozas y las construcciones seguían allí, pero ya no había movimiento entre ellas.
No se veía a nadie ir de un lugar a otro ni se oían las voces de quienes habían vivido allí.
Todo lo que habíamos levantado parecía abandonado antes incluso de que nos marcháramos.
Recordé entonces lo que habíamos esperado encontrar cuando llegamos. No fue una imagen concreta lo que volvió a mi memoria, sino la distancia entre aquella esperanza y lo que teníamos delante. Habíamos pensado en asentarnos; ahora solo queríamos alejarnos.
El 18 de noviembre recibimos la orden de partida.
En la San Jerónimo los hombres ocuparon sus puestos.
Desde las otras naves llegaron las señales convenidas y pronto se iniciaron las maniobras.
No fue una salida limpia. Las naves estaban maltrechas y había que trabajar con cuidado para que ninguna perdiera su posición antes de haber tomado el rumbo.
Las velas mostraban ya el castigo de los meses anteriores y cada maniobra exigía atención.
Cuando ordené cazar las velas para tomar viento, el lino crujió con un lamento seco que heló la sangre de los gavieros.
El velamen, castigado por meses de humedad tropical y lluvias de ceniza, estaba rígido, manchado de un moho verdoso que había podrido la trama; al primer embate del viento, una de las relingas de la mesana se rasgó de arriba abajo con el chasquido de un latigazo.
Los marineros, debilitados, apenas tenían fuerzas para cobrar los cabos en el cabrestante, que giraba con pesadez sobre su eje de madera reseca.
Tuvimos que maniobrar con una lentitud desesperante, midiendo cada palmo de lona para no desarbolar la capitana antes de haber superado la barra de la bahía.
Desde mi puesto vigilé la distancia con las otras dos naves.
La San Felipe respondió bien a las primeras órdenes.
La Santa Catalina necesitaba más vigilancia y procuré mantenerla dentro de nuestra vista.
Isabel permanecía en la capitana, pendiente de cuanto ocurría y dando las órdenes que correspondían al gobierno de la expedición.
Al verla recortada contra el alcázar, firme bajo la llovizna que todavía caía sobre la San Jerónimo, no pude evitar recordar las primeras semanas de navegación desde El Callao.
Entonces, Isabel no era para mí más que la mujer del Adelantado, una figura lejana que pasaba las tardes protegida bajo la toldilla, con una labor de bordado entre las manos y la mirada perdida en la estela.
Aquel bastidor de seda y aquellos hilos de colores habían quedado sepultados en el fango de Santa Cruz o guardados bajo llave en la cámara de popa como el residuo de otra vida.
Ahora, sus manos desnudas y llagadas por el salitre se aferraban con fuerza al pasamanos de madera, y sus ojos, fijos en la arboladura de las naves menores, ya no buscaban lo que dejábamos atrás.
La transformación de su gesto se había cobrado el precio de tres tumbas, pero el mando ya no le venía grande.
Poco a poco dejamos atrás la costa, hasta que Santa Cruz empezó a alejarse en el horizonte. No hubo despedidas en la playa porque no habíamos dejado a nadie allí. Solo la isla, cada vez más distante, y las tres naves avanzando sobre un mar que no prometía nada.
Durante un rato seguí mirando hacia Santa Cruz. Después tuve que volver la atención al rumbo. Había aprendido hacía mucho que el mar no permite mirar atrás durante demasiado tiempo. Una nave puede separarse de su conserva mientras uno contempla tierra.
Cuando volví a levantar los ojos, la isla ya se confundía con el horizonte.
Ya no podíamos regresar.