LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL VACÍO
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EL VACÍO

Cuando murió Mendaña, no hubo tiempo para el silencio. La expedición seguía necesitando órdenes y, desde aquel momento, esas órdenes tenían que salir de Isabel.

Los hombres acudían a ella con las mismas cuestiones que antes llevaban al Adelantado: las provisiones, los enfermos, el estado de las naves, los trabajos que no podían demorarse.

Algunos lo hacían con naturalidad. Otros se quedaban unos instantes antes de hablar, como si todavía esperaran encontrar a otro hombre en aquel lugar.

Yo procuraba fijarme en esas cosas. En el modo en que uno se acercaba a Isabel, en cómo otro buscaba con la mirada a Lorenzo antes de obedecer, en los silencios que aparecían donde antes no los había.

Isabel no parecía dispuesta a esperar a que nadie se acostumbrara. Escuchaba, preguntaba y daba las órdenes que correspondían. El puesto seguía siendo el mismo. Solo había cambiado la persona que lo ocupaba.

Lorenzo seguía siendo Capitán General de toda la Armada.

Su presencia separaba la autoridad de quien gobernaba la expedición del mando de los hombres armados.

Mientras Lorenzo siguiera ocupando su puesto, aquella división bastaba.

Isabel recibía las noticias, tomaba decisiones y trataba de mantener en pie una expedición que cada día disponía de menos medios. Yo me movía entre ambos.

A veces llevaba una noticia de las naves; otras, una orden que debía transmitirse. Todavía era posible reconocer el orden de la armada que Mendaña había dejado detrás. Pero bastaba mirar alrededor para comprender que aquella cadena de mando no podía sostenerse indefinidamente.

La situación en Santa Cruz empezó a pesar sobre todos. Llevábamos demasiado tiempo detenidos en tierra y cada día parecía más difícil pensar en continuar la empresa. Nadie sabía cuánto tiempo permaneceríamos allí.

En la penumbra asfixiante de las bodegas, donde la paja húmeda y el olor a sebo rancio se mezclaban con el sudor de los enfermos, los rumores comenzaron a tomar cuerpo.

No eran quejas ordinarias; había miedo en las voces.

Los soldados hablaban de disciplina y de fuerza, los marineros calculaban con dedos temblorosos el agua que nos quedaba en las pipas, y los colonos, arrinconados junto a sus baúles inútiles, miraban hacia la capitana con la fijeza del condenado.

El temor ya no era solo a morir de fiebres en Santa Cruz; era la certeza de que no todos cabríamos en las naves al marchar.

La sospecha terminó por formularse sin rodeos una noche, bajo la toldilla de popa, entre un grupo de marineros que fingían reparar un calabrote. Yo permanecía al abrigo de la bitácora, escuchando sus voces ahogadas por el viento de la bahía.

—Si embarcamos a todos —dijo una voz áspera y bronca, que reconocí como la del contramaestre—, no tendremos comida para llegar a ningún puerto cristiano. Las naos están demasiado cargadas y el fango devora la madera.

—¿Y quién se va a quedar en tierra? —preguntó otro desde la sombra, aferrando el cabo con rudeza—. ¿Los que no vistan coraza? ¿Las familias?

—Se quedarán los que no sirvan para gobernar un timón ni sostener un arcabuz —respondió el primero, bajando la cabeza hacia las tablas húmedas—.

En la isla hay agua, frutos, caza. El que se quede tendrá una oportunidad en tierra.

Pero si nos apiñamos todos en las cubiertas, nos salvaremos la mitad... o moriremos todos.

La cuenta quedó suspendida en el aire húmedo.

Yo sabía lo que significaba aquel cálculo.

Una nave no puede llevar más de lo que permiten sus barriles de agua y sus quintales de galleta.

Pero aquel cálculo no cabía en un pliego de escribano.

Cada cifra tenía un rostro, una mujer con un niño en brazos, o un soldado con el que habías compartido guardia bajo el azufre de Tinakula.

A partir de esa noche, la desconfianza hacia la Gobernadora adquirió una forma concreta.

Tarde o temprano, Isabel tendría que decidir quién embarcaba.

Mientras aquel temor se extendía, Lorenzo empezó a dar señales claras de enfermedad.

Al principio lo atribuimos al cansancio de las guardias y al peso del mando que Mendaña le había legado, pero la postración no tardó en llegar.

Dejó de recorrer las defensas y permanecía sentado bajo la toldilla, con los ojos hundidos y el cuerpo tembloroso, hasta que la fiebre terminó por recluirlo en su camastro.

Isabel seguía ocupándose de los despachos, pero ahora lo hacía con la mirada puesta en el rincón donde su hermano se consumía.

La vi entrar y salir de su aposento, con el rostro endurecido, volviendo de inmediato a las provisiones que no daban tregua.

Lorenzo murió el 2 de noviembre.

No hubo nada de solemne en su final. La muerte llegó tras días de un delirio ardiente que el vicario no pudo mitigar con sus oraciones.

Cuando el estertor cesó, un silencio plomizo y extraño cayó sobre el campamento.

Isabel permaneció junto al cuerpo largo rato, en la penumbra de la cabaña, sin que nadie se atreviera a interrumpir su duelo.

A diferencia del Adelantado, a quien enterramos en un cajón cubierto con paño negro y honores de Gobernador, para Lorenzo no hubo maderas sobrantes ni oficiales sanos que quisieran doblar la espalda.

Lo cosimos a toda prisa en un retazo de lona vieja, húmeda y comida por el salitre, y lo arrastramos hasta la fosa junto a la pequeña iglesia bajo una llovizna plomiza que no daba tregua.

Quien quince días antes se hacía llamar Capitán General de toda la Armada bajó a la tierra como un desahuciado, sin más escolta que el llanto sordo de Isabel y el silencio hostil de una soldadesca que ya no respetaba a los vivos ni a los muertos.

Pero la Adelantada no podía permitirse el lujo del luto.

En cuanto el cadáver de Lorenzo fue conducido a la fosa húmeda, Isabel salió a la plaza de armas y reasumió las riendas de la expedición.

Su autoridad seguía intacta sobre el papel, pero la pérdida de Lorenzo la dejaba sin su principal apoyo militar.

Necesitaba restablecer la cadena de mando de inmediato.

Reunió a los oficiales supervivientes en su aposento y nombró General a Diego Barreto.

Diego asumió el mando de la soldadesca bajo las directrices que ella misma le imponía, y durante algunas jornadas su presencia bastó para sostener el orden de la tropa.

La situación de la armada, sin embargo, continuaba degradándose.

Las dificultades y el hambre que emponzoñaban la colonia permanecían intactos, y cada nueva muerte que registraba el vicario se interpretaba en los fogones como una señal.

Decían que la mano de Dios se había vuelto contra Isabel.

Empezó como un murmullo entre las familias de colonos que velaban a sus enfermos, pasó a la soldadesca y terminó por repetirse entre la marinería de las naos.

La muerte del Adelantado había sido el primer aviso; ahora Lorenzo yacía bajo el barro.

A la Gobernadora empezaron a imputarle incluso las plagas del cielo: si el maíz se pudría en los barriles, si el agua de la ría bajaba turbia o si las fiebres diezmaban una cabaña, la culpa era de Isabel.

Algunos empezaron incluso a decir que su altivez la había llevado a pretender gobernar un imperio sobre los hombros de hombres muertos.

Diego Barreto intentaba imponer la disciplina con mano dura, pero la obediencia ya no era la de antes. Los soldados escuchaban una orden, se daban la vuelta y cruzaban miradas hoscas con sus camaradas antes de mover una sola pica.

Los soldados de Merino, hombres que habían dejado la juventud en los tercios de Flandes o en las guerras civiles del Perú, vieron al muchacho ceñir la espada de General con una mueca de desprecio.

Para aquellos infantes hambrientos, Diego no era más que el último hombre de una familia que monopolizaba el poder mientras el resto se alimentaba de raíces.

Cuando el nuevo General intentaba ordenar las guardias en la plaza de armas, los veteranos apoyaban las barbillas en sus picas y lo escuchaban en un silencio helado, sin hacer amago de enderezar el cuerpo ni responder a su saludo hasta que él les daba la espalda.

Diego murió poco después, alcanzado por una flecha en Santa Cruz.

Ocurrió durante una patrulla rutinaria en la ría de los manglares.

Un silbido apenas perceptible entre la maleza espesa y el golpe seco en su coraza, que no bastó para detener la punta de caña endurecida que le atravesó el cuello.

Recuerdo el esfuerzo de los marineros por sostener su cuerpo pesado mientras el fango de la orilla amenazaba con tragarse sus botas de montar, y el borboteo de sangre oscura que le ahogó las últimas palabras antes de que nadie pudiera hacer nada por auxiliarlo.

Con su muerte, Isabel Barreto perdió al último de sus hermanos varones que podía servirle de apoyo dentro de la expedición.

La noticia corrió por el campamento con la rapidez de una condena.

Mendaña había muerto. Lorenzo había muerto. Ahora también Diego.

Isabel siguió dando órdenes.

Fue en ese instante cuando comprendí de qué madera estaba hecha la Gobernadora y hasta qué punto había quedado sola en mitad de aquel infierno.

No quedaba otro Barreto a su lado para sostener su causa; a su alrededor solo quedaban hombres enfermos que la miraban con odio, víveres podridos que racionar, naves que se pudrían en la bahía y una partida que no admitía más demoras.

Y, sin embargo, Isabel convocaba a los pilotos, examinaba las cuentas de las bodegas y ordenaba las guardias con una firmeza que helaba la sangre de los que esperaban verla claudicar.

He visto morir hombres de muchas maneras y he aprendido que el hambre tiene una crueldad que la espada no conoce.

Entra en todos, les roba el sueño y acaba por hacer sospechoso al que reparte el último pedazo de pan.

Cuando falta comida, encontrar un culpable resulta más fácil que encontrar un camino.

A partir de entonces, cada una de sus disposiciones se leyó al revés.

Si ordenaba sellar un pañol para conservar las últimas galletas de la capitana, los soldados murmuraban que pretendía reservarlas para sus parientes; si mandaba carenar una de las fragatas, los colonos temían que estuviera preparando su propia huida junto a los pilotos, dejándolos en tierra a merced de los salvajes.

El rumor del abandono ya no era un murmullo lejano; era la única verdad en la que creía la mayoría de la tropa.

Yo mismo bajaba al amanecer en el esquife para revisar los costados de la San Jerónimo.

Al meter la mano bajo el agua tibia y estancada de la bahía y tentar la obra viva, sentía el madero esponjoso, cediendo bajo la presión de mi pulgar.

La broma, aquel gusano silencioso del trópico, estaba devorando la capitana por dentro, convirtiendo el roble en un cascarón de aire.

Sabía que cada día de inmovilidad en la bahía acortaba la vida del barco; si no dábamos la vela pronto, la mar abriría las cuadernas al primer esfuerzo fuera del abrigo de la costa.

La expedición había llegado a un punto en el que ya no podíamos seguir demorando la salida, y prepararla exigía un recuento atroz: pesar el bastimento, medir el agua dulce de las pipas, evaluar cuántos brazos sanos quedaban para aferrar las velas y decidir el límite de almas que cada nao podía soportar sin irse a pique.

Nadie quería quedar fuera de aquella cuenta.

Ya no se discutía si debíamos partir o permanecer en Santa Cruz; lo que empezaba a importar por encima de todo era asegurar un puesto a bordo.

Durante mucho tiempo creí que una expedición se perdía cuando desaparecía de la vista la tierra que buscaba. Después comprendí que podía perderse mucho antes: cuando los hombres dejaban de creer que compartían un mismo destino. Desde entonces, cada cual empieza a calcular su propia salvación.

La salida había dejado de ser una esperanza. Ahora la esperanza para muchos era embarcar.