MENDAÑA
Después de las ejecuciones, los días fueron pasando sin que la situación de la isla mejorara.
La obediencia había vuelto a los campamentos, pero el hambre seguía allí y las raciones continuaban menguando.
Las enfermedades tampoco cedían, y las naves, inmóviles en la bahía, necesitaban reparaciones que no siempre podíamos hacer.
Habíamos conseguido que los hombres obedecieran otra vez, pero no que la expedición volviera a ser la que había sido.
A veces, cuando lo encontraba despierto, hablábamos de las naves.
Preguntaba por la capitana, por los aparejos que aún faltaban y por el estado de los hombres.
Seguía haciendo cálculos como en otros tiempos, y por un momento parecía que la enfermedad había quedado fuera de aquel camarote.
Yo le respondía con los datos que tenía y él escuchaba con atención, corrigiendo alguna cifra o pidiendo que se comprobara un aparejo.
Después, cuando intentaba levantarse, necesitaba que alguien le acercara el brazo.
El hombre que había salido del Callao llevaba las Salomón en la cabeza incluso cuando hablaba de cosas que nada tenían que ver con ellas.
Podía pasar de una cuenta de víveres a un mapa, de un problema de la nave a una ensenada que recordaba haber visto en una relación de viaje.
Siempre encontraba una razón para volver a aquellas islas, como si la expedición no pudiera terminar mientras él siguiera imaginando lo que aún quedaba por descubrir.
Ahora aquellas mismas conversaciones se habían vuelto más lentas.
A veces se quedaba mirando los mapas sin decir nada y después preguntaba por las naves, por los hombres o por el rumbo que tomaríamos cuando pudiéramos volver a hacernos a la mar.
Las Salomón seguían apareciendo en sus conversaciones.
Hablaba de ellas como si todavía quedara un camino abierto hacia aquellas islas y como si Santa Cruz fuera una estación más dentro de la empresa que había comenzado años atrás.
Una tarde me preguntó cuánto tardaríamos en tener las naves en condiciones de navegar.
—Depende de la arboladura, señor, y de los hombres que queden disponibles.
—Cuando podamos hacernos a la mar, Quirós, tendremos que decidir hacia dónde.
No respondí enseguida. Habíamos perdido hombres, habíamos matado a otros y apenas conseguíamos mantener las naves en condiciones. Sin embargo, al escucharlo hablar de nuevo de las islas comprendí que, para él, la expedición todavía no había terminado.
La situación empeoró hasta que ya no fue posible mantener a Mendaña a bordo. Lorenzo habló con Isabel y después vino a buscarme. Habían decidido trasladarlo a una de las casas que acabábamos de levantar en tierra, donde podrían atenderlo con más comodidad.
Entre los tres organizamos el traslado. Al bajarlo por la escala de costado, Mendaña apenas podía sostener las piernas.
Lo sujeté por debajo de los brazos mientras otro hombre le mantenía las piernas.
Al ponerlo sobre la escala, su peso cayó entero sobre nosotros y tuvimos que bajar despacio, deteniéndonos cada vez que alguno necesitaba cambiar el apoyo.
El calor se había quedado atrapado en las mantas que lo cubrían y el olor a sudor viejo se mezclaba con el de la madera húmeda.
El esquife se balanceó cuando lo dejamos dentro.
Mendaña cerró los ojos y permaneció inmóvil mientras los hombres remaban hacia la playa.
Al llegar, dos marineros saltaron al agua y prepararon la camilla.
El barro les llegaba casi hasta los tobillos, y cada paso exigía buscar antes dónde apoyar el pie para no resbalar.
Varias veces tuvimos que detenernos para corregir la posición de la camilla.
No había solemnidad en aquello: solo hombres cansados tratando de llevar a un enfermo hasta un lugar donde pudieran atenderlo.
Ya en la casa, Mendaña quedó tendido y pidió que llamaran al vicario. El sacerdote habló con él durante un rato y después nos dijo que convenía dejar por escrito sus disposiciones. Mendaña aceptó.
El 17 de octubre, Andrés Serrano tomó nota del testamento.
Yo figuré entre los testigos y albaceas.
Mendaña dictó sus últimas voluntades con voz débil, pero sin vacilar cuando llegó a lo que quería dejar establecido.
Dispuso que Isabel heredase la Gobernación de las islas y las mercedes que le correspondían, y nombró a Lorenzo Capitán General de toda la Armada.
Cuando llegó el momento de firmar, Mendaña intentó levantar la mano.
Le temblaban los dedos y la pluma oscilaba sobre el papel.
Me acerqué y le sostuve la muñeca para ayudarlo a mantenerla firme.
Durante unos instantes no consiguió avanzar; después movió la mano con lentitud y trazó su firma. Retiré la mía cuando terminó.
Aquella fue la última vez que lo vi firmar algo.
Terminada la firma, Serrano volvió sobre el documento para comprobar que no faltaba nada. Mendaña permaneció con los ojos cerrados mientras el escribano repasaba en voz baja las disposiciones que acababa de recoger. Cuando terminó, el Adelantado pidió que se acercara el vicario.
Me quedé junto a él. El vicario se sentó al lado del lecho y comenzó a hablarle. Yo permanecí apartado, ocupado en guardar los papeles y en responder cuando alguno de los presentes necesitaba una aclaración. Después de un rato, el sacerdote salió y preparó los últimos sacramentos.
Mendaña los recibió sin que nadie dijera nada más de lo necesario. Cuando terminó, pidió que lo enterrasen en la capilla de Santa Cruz, si moría allí. La petición quedó anotada junto con los demás mandatos y después volvieron a dejarlo descansar.
La noche transcurrió sin que Mendaña recuperara las fuerzas. Permaneció tendido, respirando con dificultad, mientras fuera de la casa seguían oyéndose las voces de los hombres y el movimiento del campamento. Yo entré varias veces para comprobar cómo estaba, pero apenas hablaba ya.
Al amanecer seguía vivo. El calor fue aumentando con rapidez y, hacia el mediodía, su respiración se volvió más áspera.
Permanecí junto al lecho mientras el estertor se hacía cada vez más espaciado.
Una mosca se posó sobre su frente y la espanté con la mano; volvió a posarse unos instantes después y la aparté de nuevo. Mendaña no reaccionó.
Después de una última respiración, el cuerpo quedó quieto. No hubo ninguna palabra final; solo el silencio que quedó en el aposento cuando dejamos de oírlo respirar.
Mendaña murió el 18 de octubre de 1595, cerca del mediodía.
Esa misma tarde se preparó el entierro. Isabel hizo colocar el cuerpo en un ataúd cubierto con un paño negro. Ocho oficiales lo levantaron a hombros y nos dirigimos hacia la pequeña iglesia del asentamiento. Los arcabuces iban a la funerala y los tambores marcaban el paso.
El barro se pegaba a las botas y manchaba los uniformes.
El paño negro estaba húmedo y pesado. A nuestro alrededor apenas había nada que recordara las ceremonias que habíamos dejado atrás: unas construcciones provisionales, la tierra removida por las lluvias y la vegetación que se cerraba alrededor del asentamiento.
Los hombres mantuvieron la formación hasta la iglesia. Allí se le rindieron los honores correspondientes a su rango de Gobernador y Capitán General.
Después del entierro, Isabel recibió el pésame de los oficiales y de los hombres que se acercaron a ella.
Respondía con pocas palabras y sin apartarse del lugar.
Seguía siendo la viuda de Mendaña, pero desde aquel momento era también la Gobernadora a quien él había dejado la autoridad sobre las islas.
Lorenzo permanecía cerca. En el testamento, Mendaña lo había nombrado Capitán General de toda la Armada. No hubo ceremonia para hacer efectivo aquel cargo: muerto el Adelantado, sus palabras adquirían otra fuerza.
Yo había sido testigo de aquella voluntad y, además, uno de sus albaceas. Seguía siendo el Piloto Mayor de la expedición. Las naves continuaban en la bahía, los hombres seguían necesitando órdenes y aún quedaban demasiadas cosas por resolver.
Esa noche regresé a bordo.
Mendaña ya no estaba.