LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LA SANGRE #3
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LA SANGRE #3

—¿Con cuántos hombres?

—Todos.

No hice más preguntas. Dediqué el resto de la tarde a preparar el destacamento en el más absoluto silencio, revisando las mechas y distribuyendo los frascos de pólvora entre los hombres de nuestra confianza.

Antes del amanecer del 8 de octubre desembarcamos en la playa de Santa Cruz. La oscuridad era total y una bruma espesa y cálida subía de la bahía, envolviendo los manglares.

Mendaña marchaba en mitad del grupo, sostenido a duras penas por el brazo de Lorenzo. Sus pies se hundían en el fango y oía su respiración fatigada a mi espalda, pero no profirió un solo quejido. Detrás venían los infantes con las picas bajas para no herir las ramas de los árboles.

Nos desplegamos alrededor de la choza de cañas de Merino antes de que Lorenzo diese la señal de asalto con un golpe sordo en el poste de la entrada.

Sorprendimos al maestre de campo en su camastro.

Apenas tuvo tiempo de incorporarse en la penumbra cuando nuestros hombres se le abalanzaron encima.

Todo ocurrió en un instante. Hubo un forcejeo violento, el crujido de las cañas de la pared al romperse y el destello rápido de una hoja en la oscuridad.

Merino cayó de rodillas sobre la tierra húmeda de su cabaña.

Me quedé inmóvil junto a la puerta, con la linterna sorda en la mano. Cuando me acerqué a iluminar el cuerpo, el maestre de campo ya yacía muerto sobre su propia sangre, con dos puñaladas profundas en el pecho

Los soldados que dormían en las chozas colindantes salieron en tropel, pero los hombres de Lorenzo ya les habían cerrado el paso con las picas caladas.

Hubo gritos de alarma, maldiciones y un breve forcejeo en mitad de la plaza antes de que la tropa depusiera las armas.

Entre ellos cayó el lugarteniente de Merino, herido de gravedad en el vientre durante la confusión del primer asalto.

Los rebeldes fueron desarmados y puestos bajo custodia en el centro de la plaza.

Mendaña, lívido y apoyado en mi hombro para no desplomarse, ordenó que cesara toda persecución contra los que habían huido hacia la espesura de la selva.

Poco después, con las primeras luces grises del alba, Lorenzo hizo leer un bando real en el que se perdonaba la vida a todos aquellos que hubieran tomado parte en la rebelión, con la condición de jurar fidelidad de nuevo y deponer el hierro de inmediato.

Los colonos y la soldadesca fueron congregándose en torno a la plaza de armas en un silencio espeso, contemplando los cadáveres que yacían junto al fango.

Diego Barreto alzó entonces la Bandera Real, haciéndola ondear con fuerza por encima de nuestras cabezas en el aire húmedo de la mañana.

—¡Viva el Rey! —clamó con voz ronca.

La aclamación se extendió por el campamento con lentitud; algunos soldados respondieron a gritos roncos y otros apenas movieron los labios secos, con la mirada fija en la tierra mojada.

Yo contemplaba la tela de seda subir y bajar bajo la llovizna, mientras a pocos pasos los sublevados permanecían maniatados, con los ojos bajos.

Después, por orden de Lorenzo, llevaron los cuerpos de los ajusticiados a la línea de la marea. Allí mismo prepararon tres postes de madera de mangle y clavaron las cabezas de los responsables de la rebelión, mirando hacia la bahía para escarmiento de todos.

Me quedé observando los postes. La Bandera Real seguía ondeando sobre nosotros.

Mendaña dispuso entonces que Isabel y Mariana bajaran a tierra para asistir a una misa de reconciliación por las almas de los difuntos y para dar por concluidas las discordias que nos habían diezmado.

Nos reunimos frente al altar improvisado, bajo la llovizna persistente, sin saber muy bien dónde poner los ojos.

Los mismos soldados que unas horas antes se habían perseguido con las espadas desnudas por los senderos de la bahía permanecían ahora hombro con hombro ante el cáliz de plata.

Algunos evitaban cruzarse la mirada; otros murmuraban las oraciones con desgano.

Al concluir el oficio, Mendaña exhortó a la concordia con palabras solemnes que la fiebre hacía sonar lejanas y gastadas.

Pidió que el pasado quedara sepultado en aquella playa y que todos volvieran a la obediencia debida.

Los hombres comenzaron a aproximarse con gestos torpes; algunos se estrecharon la mano y los más veteranos llegaron a abrazarse.

Más tarde, mientras recogíamos los pertrechos de la misa, vi a varios soldados merodear entre los despojos de los ajusticiados, despojando discretamente a los cadáveres de botones de plata, hebillas de latón y calzas limpias antes de que la tierra los cubriera.

No les dije nada. En la mar, la ropa de un muerto siempre encuentra un cuerpo vivo que calentar.

Enterramos los cuerpos bajo una tosca cruz de madera de mangle.

Al caer la tarde, la playa había quedado otra vez vacía y las guardias volvieron a organizarse alrededor de los fuegos del campamento. Horas antes nos habíamos perseguido a muerte sobre aquella arena. Al anochecer, volvimos a nuestras literas en las naos.