LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LA SANGRE #2
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LA SANGRE #2

Mendaña se incorporó con un gemido de dolor, apoyándose con ambas manos en la mesa de pino. Salió del camarote con paso vacilante y Diego y yo lo seguimos a toda prisa, con las espadas desnudas.

—¿Qué es ese fuego? —exigió Mendaña a gritos, pero nadie supo darle razón.

El humo blanco de las detonaciones flotaba sobre la copa de los manglares, denso y perezoso. Mendaña se volvió hacia los artilleros que custodiaban el cañón de bronce apuntado hacia la bocana.

—¡Disparad la pieza! —ordenó, señalando la selva.

El cañonazo retumbó en la bahía con un trueno colosal que hizo temblar el suelo bajo nuestras botas y ahogó instantáneamente el griterío del campamento. El eco de la detonación se dilató sobre el agua. Los disparos en la selva cesaron de golpe.

Merino apareció después. Subió por la escala con paso firme, flanqueado por dos infantes armados con las mechas encendidas. Se presentó ante el Adelantado, que había vuelto a sentarse en una silla de lona, pálido y sudoroso por el esfuerzo físico.

—¿Qué ha sido esa escaramuza, Maestre? —preguntó Mendaña, con una frialdad cortante.

Merino se quitó el sombrero de ala ancha con una reverencia que rozaba el escarnio.

—Hemos oído movimientos extraños entre la espesura y temí que los indios intentaran un asalto aprovechando la siesta, señor —respondió con insolencia—. Mandé hacer fuego para mantener prevenidos a los muchachos.

—¿Y quién os ha dado autorización para ordenar una descarga armada en mitad del campamento?

Merino desvió la vista hacia Diego Barreto antes de clavar sus ojos grises en el Adelantado.

—Nadie, señor. Consideré que mi cargo de maestre de campo me obliga a velar por la seguridad de todos sin esperar a que la fiebre os permita tomar una resolución.

La audacia de la réplica hizo que Diego diera un paso al frente con la mano en la espada, pero Mendaña lo contuvo con un gesto imperceptible.

—Os he preguntado por qué habéis tomado una decisión militar de tal gravedad sin mi consentimiento, Maestre —insistió el Adelantado, sin levantar la voz.

—Y yo os he respondido lo que hay, señor.

Merino lo soltó sin pestañear. Los dos infantes que lo escoltaban permanecieron inmóviles a su espalda, con las manos sobre los pomos de sus dagas.

Mendaña los miró uno a uno y, tras un silencio, señaló la salida del camarote.

—Retiraos a vuestros puestos, Maestre. No toleraré otra ligereza.

Merino tardó unos segundos en obedecer; se colocó el sombrero despacio.

—Como queráis, señor —dijo, dándose la vuelta sin hacer la menor cortesía.

Isabel Barreto aguardaba en la penumbra. Yo no la había visto entrar entre el tumulto. Cuando Merino pasó a su lado camino de la escala, se detuvo apenas un instante a mirarla.

—Parece que el Adelantado cuenta hoy con demasiados pilotos para gobernar en tierra firme —murmuró Merino con una sonrisa de desprecio antes de desaparecer bajo la trampilla.

Isabel no se inmutó, pero sus ojos siguieron al maestre de campo con una fijeza gélida. En cuanto el hombre estuvo fuera, se volvió hacia Mendaña.

—¿Vais a consentir esta afrenta delante de toda la tropa? —preguntó.

—No voy a mandar a ajusticiar a mi maestre de campo por una insolencia verbal, Isabel —respondió Mendaña, pasándose la mano por la frente perlada de sudor.

—Eso no ha sido una insolencia. Ha sido un desafío directo a vuestra autoridad y a vuestra vida.

Mendaña alzó los ojos, exhausto.

—¿Qué pretendéis que haga en el estado en que me encuentro?

—Que recordéis de una vez por todas quién ostenta el mando de este viaje.

—Lo sé perfectamente.

Isabel miró hacia la escala por la que Merino acababa de descender.

—Él no lo sabe.

Se dio la vuelta y salió. Unos instantes después, escuchamos la prisa de sus pasos de regreso y la vimos aparecer en el umbral empuñando un pesado machete de desbrozar.

Mendaña se interpuso en su camino, tapando la salida con su cuerpo maltrecho.

—Isabel, soltad ese hierro —le ordenó, sujetándola con firmeza por ambas muñecas.

Ella forcejeó con rabia reprimida, intentando zafarse.

—Dejadme ir. Si vos no tenéis valor para sostener vuestro cargo, alguien tendrá que limpiar este campamento antes de que nos degüellen a todos en nuestros camastros.

—No vais a hacer esto —repuso Mendaña—. Mientras yo respire en esta tierra, nadie tocará al Maestre sin mi consentimiento. Soltad el hierro.

Sostuvieron el pulso durante unos segundos en los que solo se oyó el crujido de la madera bajo sus pies y la respiración fatigada del Adelantado. Finalmente, la rigidez del cuerpo de Isabel cedió; soltó el arma y Mendaña la recogió, entregándomela sin mirarme.

En aquel instante me impresionó el coraje de aquel viejo enfermo. Mucho después comprendí que también él tenía miedo. Sabía lo que podía ocurrir si aquellos hombres se enfrentaban entre sí. Todos teníamos miedo.

Mendaña mandó llamar de inmediato a Lorenzo Barreto.

Hablaron en voz baja junto a la mesa de pino. Yo permanecí a un lado del camarote, vigilando la puerta. El Adelantado hablaba, jadeando levemente entre frase y frase. Al cabo de una hora, se volvió hacia mí.

—Quirós.

—Señor.

—Esta noche bajaremos a tierra con la marea alta.