LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LA SANGRE
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LA SANGRE

La mañana siguiente a la muerte de Malope amaneció sin embarcaciones nativas.

Durante las semanas anteriores, siempre había alguna canoa rondando la barra, deslizándose sobre el agua con aquella ligereza que tanto me gustaba observar; los indios venían a ofrecer pescado, raíces o simplemente a escudriñar nuestras cubiertas con una curiosidad mansa.

Aquel día, la playa de Santa Cruz quedó desierta, batida únicamente por una marea perezosa que depositaba sargazo negro sobre la arena volcánica.

Tampoco salieron los nuestros como solían hacerlo.

Las patrullas que antes se internaban por los alrededores bajo cualquier pretexto comenzaron a reducirse a lo estrictamente necesario.

Nadie se alejaba del perímetro de las cabañas sin empuñar el arcabuz y comprobar la mecha.

No podíamos confiar ya en los senderos que rodeaban el asentamiento; la selva, que antes nos parecía un muro de vegetación indiferente, se había transformado en una presencia hostil de la que se esperaba, a cada paso, el silbido de una flecha envenenada.

La escasez no tardó en hacerse sentir. El suministro de víveres frescos que Malope había facilitado se cortó de raíz.

Las raciones en los pañoles disminuyeron hasta el insulto, y la miseria agrió el carácter de los hombres, que pronto disputaron con saña por un puñado de harina rancia o un trozo de leña húmeda.

Las fiebres hicieron el resto. El calor pegajoso y la humedad del suelo calaban las ropas de los soldados, debilitándolos hasta el punto de que apenas quedaban brazos sanos para cubrir las guardias o acarrear agua dulce.

Mendaña se consumía en su catre de campaña.

Pasaba la mayor parte del día recluido en su cabaña y, cuando salía, lo hacía arrastrando los pies, con los ojos amarillentos por la ictericia y la piel pegada a los pómulos.

A veces necesitaba apoyarse en el hombro de Lorenzo para no desplomarse bajo el sol.

Lo había visto enfermar en otras travesías, pero esta vez su decaimiento no parecía solo físico.

Su mal afectó también a su autoridad. Los soldados seguían llamándolo Adelantado por pura costumbre, pero sus órdenes ya no bastaban para acallar los murmullos que recorrían las cabañas.

Una disposición tardaba horas en cumplirse y otra requería ser repetida tres veces ante rostros hoscos que apenas disimulaban el desprecio.

Los hombres trabajaban con una lentitud deliberada, hablando entre dientes y cruzándose de brazos en cuanto un oficial les daba la espalda.

Yo procuraba mantenerme al margen de aquella marejada, aferrado a mi oficio como a una tabla de salvación, aunque en aquel campamento nadie podía permanecer limpio por mucho tiempo.

Una mañana, mientras revisaba el trincado de las jarcias en la cubierta de la San Jerónimo, un soldado de infantería se me acercó con fingido desinterés.

—¿Sabéis cuándo daremos la vela, piloto? —preguntó, mirando de reojo hacia la costa.

—Cuando el Adelantado lo ordene —respondí, sin dejar de pasar los dedos por el cáñamo en busca de rozaduras.

—Vos coméis a su mesa.

—Soy el piloto de esta nao, soldado. Mi sitio está en el alcázar, no en las intrigas.

El hombre escupió por la borda, observando cómo la saliva flotaba en el agua estancada de la bahía.

—Hay quienes andan diciendo que el Adelantado nos dejará morir aquí para no reconocer su fracaso —dijo, bajando la voz—. Y otros aseguran que vos mismo planeáis levantar el vuelo con las naves en cuanto sople viento favorable, dejándonos en tierra a merced de los salvajes.

No le respondí, pero sus palabras me acompañaron el resto de la jornada con el peso frío de una condena.

En Santa Cruz comprendí que la neutralidad era una ilusión de la que la tierra firme te despojaba a la fuerza.

Para los descontentos, yo era el cómplice del Adelantado; para Mendaña, el hombre que podía sacar los barcos de aquel fango y cuya posición tampoco podía serle indiferente.

La confirmación de mis sospechas llegó a la mañana siguiente. Al acercarme a la San Jerónimo, vi a un grupo de soldados desmontando los aparejos en la cubierta de proa. Trabajaban bajo la mirada hosca de tres hombres armados con rodelas.

Me abrí paso entre ellos a empujones.

—¿Qué maniobra es esta? —exigí, agarrando del brazo a un marinero que sostenía una cizalla.

El hombre no me miró; fijó la vista en las tablas húmedas.

—Retiramos el velamen, piloto. Órdenes de tierra.

—¿Quién ha ordenado desarmar la arboladura? —pregunté.

Nadie respondió de inmediato. Miré hacia los mástiles desnudos: sin las velas mayores, la capitana era un pontón inútil, una jaula de madera clavada en el fondo de la bahía.

—Dejad esos cabos ahora mismo —ordené, poniendo la mano sobre la empuñadura de mi daga.

Uno de los soldados de Merino dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo entre los marineros y mi persona. Su mano descansaba de manera inequívoca en el pomo de su espada.

—La nao no se mueve, piloto —dijo con una calma insolente—. Ninguno de nosotros quiere despertar una mañana y descubrir que la capitana ha desaparecido en el horizonte, dejándonos aquí para que nos corten la cabeza. Las velas se quedan en tierra.

Medí la distancia que me separaba de su cuello y miré a los otros dos soldados que observaban la escena con los arcabuces listos. Eran tres contra mí. Solté la daga, di la vuelta y bajé de inmediato al bote para informar a Mendaña.

En tierra, el descontento se aglutinaba en torno a la figura del maestre de campo.

Merino no necesitaba reclutar voluntades; los hambrientos y los temerosos se le acercaban de forma natural, y las conversaciones junto al fuego de su cabaña se prolongaban hasta bien entrada la noche.

Se le veía constantemente cuchicheando con los soldados en la linde del bosque sobre el reparto de víveres o las vacilaciones del Adelantado.

No podía acusársele formalmente de traición porque sus palabras siempre guardaban una estudiada ambigüedad. Cada frase suya calaba en hombres que se sabían atrapados en aquella isla.

Aquella tarde pasé cerca de un grupo de soldados que limpiaban sus armas junto a la playa de desembarco. Merino estaba sentado sobre un tronco podrido, observándolos.

—El Adelantado sigue empeñado en levantar una iglesia mientras los hombres no tienen qué llevarse a la boca —decía uno de los infantes, golpeando con saña la baqueta contra el cañón del arcabuz.

—Eso es lo que hay, muchachos —respondió Merino—. Las almas de los salvajes importan más que vuestros estómagos.

—Habrá que plantarse ante él.

—¿Y qué vais a decirle que no sepa ya por su piloto? —Merino me vio acercarme y alzó la voz, gesticulando con una parsimonia burlona—. Venid aquí, Quirós. Decidles vos mismo a estos hombres cuántas jornadas nos quedan antes de que los gusanos den cuenta de las últimas galletas de la bodega.

—No me corresponde a mí llevar esa cuenta, Maestre —respondí, deteniéndome a tres pasos de su grupo.

—Pero sabéis mejor que nadie qué puede tolerar un barco.

—Una nao aguanta el embate del mar mientras las cuadernas resistan, Maestre. Los hombres, mucho menos.

Un murmullo sordo corrió entre la tropa. Merino me sostuvo la mirada durante unos instantes antes de volverse hacia los suyos.

—Precisamente —concluyó, volviéndose hacia los suyos—. Eso es lo que estamos diciendo.

Seguí mi camino hacia la cabaña de Mendaña, con el presentimiento de que el plazo que nos quedaba en aquella isla se medía ya en horas.

Al entrar, encontré al Adelantado inclinado sobre su mesa, con un mapa arrugado bajo sus dedos temblorosos. Le expuse la situación de las velas y la insolencia de los hombres de Merino en cubierta. Escuchó el informe en silencio, con la mirada perdida en las líneas descoloridas del papel.

—Si seguimos aquí sin aparejos, la San Jerónimo terminará por pudrirse en el fango, señor —le advertí—. La jarcia se está resintiendo por la humedad y la broma[1] devorará el casco si no carenamos pronto.

Mendaña levantó los ojos, turbios por la fiebre.

—¿Cuánto tiempo estimáis para ponerla en franquía?

—Depende de los brazos de que dispongamos. Con tantos hombres siguiendo a Merino, no tengo suficientes para la maniobra.

La puerta se abrió de golpe. Diego Barreto entró sin anunciarse, con el rostro descompuesto por el sudor y la respiración entrecortada. Cerró tras de sí y echó el cerrojo antes de mirarnos.

—Señor —dijo, aproximándose a la mesa con paso rápido.

Diego me miró. Hice amago de incorporarme para dejarlos solos, pero Mendaña me aferró de la manga con una fuerza sorprendente para su estado.

—Quédate, Quirós —ordenó, con una voz ronca que no admitía réplica—. Si no puedo fiarme de mi piloto en esta hora, ¿en quién de esta maldita isla voy a confiar? Hablad, Diego. ¿Qué ocurre?

—Se está fraguando un golpe entre las cabañas de la tropa —dijo Diego, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Merino y los suyos planean acabar con vos esta misma noche. Quieren mataros para tomar el mando de las naos y poner rumbo a las Indias.

Mendaña no se movió; sus dedos amarillentos siguieron apoyados sobre la carta de navegación. Yo miré a Diego, intentando decidir qué creer de todo aquello.

—¿Quién os ha llevado ese soplo, Diego? —pregunté.

Diego pronunció tres nombres de la soldadesca y detalló la disposición de las guardias que Merino había alterado para la medianoche.

Mendaña carraspeó, escupiendo un esputo oscuro en un cuenco de barro.

—¿Estáis seguro de lo que decís?

—No habría venido a traeros esta mala nueva si no supiera que nuestras cabezas dependen de que nos anticipemos, señor.

En ese instante, el estallido seco de un arcabuzazo rasgó el aire desde el límite del bosque.

Nos quedamos inmóviles, conteniendo el aliento. Un segundo después, más detonaciones resonaron entre los árboles, seguidas por gritos lejanos que morían bajo el follaje húmedo.