SANTA CRUZ #3
Cuando regresamos al campamento, la disputa entre Merino y Lorenzo Barreto estalló en mitad de la plaza de armas. El maestre de campo le recriminaba su temeridad con una gran dureza, mientras Mendaña intentaba mediar sin conseguir que nadie guardara silencio.
Isabel Barreto intervino entonces, saliendo de su estancia con paso firme, con aquella voz que, al mismo tiempo, acaricia y manda:
—No tenéis derecho a reprender a mi hermano de esa manera, maestre.
Merino se giró despacio, conteniendo la rabia:
—Vuestro hermano ha desobedecido una orden directa, señora, y ha puesto en peligro la vida de la tropa.
—Vos habéis hecho lo propio en la aldea del interior —replicó ella con altivez, sin parpadear.
El silencio que siguió a sus palabras fue espeso como la niebla. Merino la contempló durante unos segundos interminables, midiendo el peso de aquella mujer en la expedición.
—Los asuntos de guerra no son de vuestra incumbencia —dijo al fin.
—Mientras se trate del honor de mi familia y de la defensa de esta colonia, lo son —concluyó Isabel.
Mendaña no medió palabra. Lorenzo permaneció callado, amparado tras la figura de su hermana. Merino hizo una reverencia cargada de ironía y se retiró.
La colonia continuó creciendo, pero la desconfianza se extendió entre los hombres.
Las cabañas tenían paredes sólidas de caña y techos de ramajes secos, los almacenes custodiaban los escasos barriles de harina y los hombres conocían los senderos que conducían a los pozos, pero la sospecha se respiraba en cada rincón.
Se vigilaba la linde del bosque con el arma cargada y el recelo dividía a los propios españoles.
Merino pasaba las jornadas apostado junto a los centinelas.
Su influencia sobre la tropa crecía de manera silenciosa, al margen de las disposiciones de Mendaña.
Escuchaba las quejas de los soldados por el reparto de las raciones de tocino, les permitía descansar bajo la sombra y les decía que, si él estuviera al mando, la expedición ya habría puesto rumbo a las Filipinas en lugar de permanecer allí.
Malope continuaba acudiendo al campamento, pero sus visitas se volvieron espaciadas y esquivas. Ya no traía la alegría de las primeras semanas; parlamentaba brevemente con Mendaña, entregaba las viandas con prisa y regresaba a su canoa sin demorarse en la playa.
La noticia llegó una tarde gris de tormenta y corrió por el campamento de boca en boca, confusa y terrible al principio.
Se decía que Malope había sido asesinado en las proximidades del río.
Unos hablaban de una riña fortuita por un pedazo de hierro; otros sugerían una emboscada de los guerreros de las colinas; algunos callaban y miraban de reojo hacia la estancia de los oficiales.
Al enterarse, Mendaña mandó llamar a Merino con urgencia. El Adelantado, consumido por las fiebres, apenas lograba mantenerse en pie, pero aun así lo hizo.
—Quiero el nombre del culpable, Merino. Ahora mismo.
El maestre de campo permaneció inmóvil, con el sombrero bajo el brazo.
—Las versiones son contradictorias, señor. Había soldados y nativos en la hondonada. Pudo ser cualquiera.
—No me valen vuestras evasivas —bramó Mendaña, dando un golpe sobre la mesa de campaña—. ¡Averiguad quién empuñó el acero! Si ha sido uno de nuestros hombres, acabará en la horca antes de que se ponga el sol.
Merino asintió despacio, sin un solo rasgo de alteración en el semblante.
—Se hará la averiguación, señor.
Isabel Barreto entró en la estancia en ese instante. Su mirada ignoró a su esposo y se clavó directamente en el maestre de campo.
—¿Quién ha sido, maestre?
—Estamos en ello, señora —respondió él.
—No parece que pongáis demasiado empeño. Exijo saber si ha sido un soldado de vuestra confianza.
—Yo mismo dirijo las pesquisas, señora. No hay necesidad de alarmas.
—La muerte de Malope es nuestra sentencia de muerte en esta isla —sentenció Isabel, con una frialdad que me erizó la piel—. Averiguadlo de inmediato. Si protegéis al asesino, seréis cómplice de nuestra ruina.
Merino sostuvo fijamente su mirada antes de hacer una inclinación de cabeza y salir de la habitación.
La reacción de la isla fue fulminante. Las canoas desaparecieron por completo de la bahía.
Los hombres de la playa se retiraron hacia el interior y dejamos de poder recorrer con seguridad los caminos que antes utilizábamos para buscar madera y agua dulce.
Dejaron de llegar alimentos, el hambre regresó a los almacenes y cada salida del campamento requería una escolta armada de diez arcabuceros.
Muchos años después, cuando ya la juventud era un recuerdo lejano y arrastraba mis huesos por las tabernas de Manila, me topé con un viejo soldado que había formado parte de aquella escolta en Santa Cruz. Al calor del vino y las memorias, pronunció el nombre de Malope.
Me dijo que había sido Merino quien dio la orden de matar a Malope. Según él, quería tomar el poder, dar un golpe de mano y acabar con el Adelantado y con su familia.
Nunca supe si aquel hombre hablaba por haberlo sabido de primera mano o si repetía uno de tantos rumores que circulaban entre la soldadesca. Con los años aprendí que las historias de los soldados se deforman con facilidad, sobre todo cuando pasan de una boca a otra.
Lo que sí recuerdo con certeza es que, desde la muerte de Malope, Santa Cruz dejó de ser para nosotros el lugar seguro que habíamos creído encontrar.