SANTA CRUZ #2
Pronto empezaron los murmullos. Primero eran conversaciones que morían cuando un oficial doblaba la esquina; luego, corrillos de hombres que discutían apartados en la linde del bosque.
La pregunta ya no era cómo levantar la iglesia, sino cuánto tiempo planeaba retenernos Mendaña en aquella isla.
Para los que habían encontrado agua y viandas, la sola idea de volver a meterse en las naos era una locura; para otros, aquella no era la tierra prometida de las Salomón, y negarse a continuar el viaje era traicionar la empresa entera.
El descontento se enconó hasta que apareció el papel.
Recuerdo la primera vez que vi aquel pliego: estaba sobado, doblado en cuatro partes y pasaba de mano en mano bajo las mantas o al abrigo de la noche.
Era una petición formal dirigida al Adelantado para exigir el abandono de la isla y el regreso al Perú.
Lo más grave no eran las quejas, que ya conocíamos, sino lo que acompañaba al texto: firmas.
Nombres escritos con pulso tembloroso o simples trazos de carbón de quienes no sabían firmar pero querían dejar constancia de su desesperación.
Cuando el rumor cifró los firmantes en ochenta hombres, comprendí que el malestar ya no era cosa de unos pocos.
Mendaña, consumido por la fiebre en su camastro de la capitana, se enteró de la petición.
Bajó a tierra apoyado en dos oficiales para reprender a la tropa en la plaza de armas.
Lo vi allí, pálido, con los ojos hundidos por la enfermedad, pero todavía intentando mantener la autoridad delante de los hombres.
Los hombres lo escucharon en un silencio sepulcral, pero ya no era el respeto ciego de El Callao.
Era la paciencia helada de quienes esperan su oportunidad.
Las casas seguían creciendo junto a la orilla, pero las amarras de la expedición estaban rotas por dentro.
Santa Cruz se estaba convirtiendo en nuestra prisión.
MALOPE
Para entonces, Malope formaba parte de nuestras mañanas, aunque su silueta no siempre se distinguiera al clarear el día. Disfrutaba contemplando el avance de las canoas: la agilidad con que cortaban el oleaje y la seguridad de sus hombres al vararlas en la playa húmeda.
Malope hablaba siempre en primer lugar con Mendaña.
Mientras parlamentaban, el resto de nosotros aguardábamos al abrigo de la toldilla.
Traía pescado fresco, frutas o raíces de pulpa fibrosa que nuestros hombres aprendían a sazonar.
Con las vituallas llegaban también noticias, aunque por entonces no supiéramos separar el aviso sincero de la mera curiosidad.
El intercambio de alimentos y herramientas se volvió tan regular que muchos de los nuestros contaban con él para completar el rancho diario, confiando en las canoas como si el muelle de El Callao estuviera al otro lado de la bahía.
Yo lo observaba con un interés constante.
No por recelo, sino por comprender cómo se sostenía la autoridad en aquella isla, donde los hombres no parecían gobernarse con la rigidez de nuestras leyes.
Malope jamás levantaba la voz ni gesticulaba en demasía.
Le bastaba pronunciar un par de sílabas secas para que sus hombres cargaran las cestas o suspendieran la maniobra.
Si ordenaba esperar, aguardaban inmóviles sobre la arena; si mandaba retirar las canoas, bogaban de vuelta sin una sola réplica.
Como piloto, aquella obediencia muda me causaba asombro.
Un hombre puede conocer una costa por sus corrientes y sus tenederos, pero aprende mucho más observando a quienes la dominan.
Mendaña se mostraba complacido con aquella concordia.
Tras los meses de hambre y la pérdida de la almiranta, aquella tregua era el único pilar que sostenía su ánimo.
La isla proveía sustento, pero la selva era hostil y dependíamos por entero de quienes conocían los senderos de agua dulce y los frutos limpios de ponzoña.
El maestre de campo, Merino, no compartía ese optimismo.
Le oí manifestarlo una mañana, bajo el sol abrasador del muelle, mientras observaba a Malope conversar con el Adelantado. Merino permanecía de pie, con la mano apoyada en el pomo de la espada, viendo desembarcar unos cestos de mimbre colmados de raíces.
—Nos entregan demasiado —dijo con sequedad, sin mirarme.
Mendaña, que se hallaba a su lado, se volvió despacio.
—¿Demasiado, maestre?
—Lo suficiente para que la tropa crea que no podemos dar un paso sin su permiso.
El Adelantado contempló las canoas antes de responder, con la voz apagada por el cansancio de las fiebres:
—En este instante no me preocupa el orgullo, Merino. Me preocupa que los hombres sigan respirando al amanecer.
Merino escupió al fango del muelle.
—Precisamente por eso, señor.
No añadió una palabra más. Volví a mis tareas con los calabrotes, pero sus palabras se me quedaron grabadas. Merino no hablaba por hablar; para su mente militar, cada gesto de Malope ocultaba una estratagema y cada regalo era una amarra invisible que nos sujetaba a su voluntad.
Las obras de la colonia avanzaban y la palabra asentamiento adquiría una presencia física en la costa.
Ya no se trataba de un campamento provisional de lona y ramas secas.
Los hombres talaban con prisa, alineaban los troncos, levantaban empalizadas y disponían los almacenes de víveres pensando en el rigor de las lluvias venideras.
Algunos soldados y colonos habían dejado de mirar los navíos como su único refugio y empezaban a acomodarse a la pesadez de la tierra.
Yo, sin embargo, mantenía la vista en el horizonte, pensando en las Salomón.
Santa Cruz nos daba madera para reparar los cascos y agua dulce para los hombres, pero no era la tierra que habíamos jurado poblar.
Con todo, tras las semanas de escorbuto y el terror de Tinakula, resultaba difícil no agradecer un rincón donde el agua dulce corriera limpia y los árboles ofrecieran sombra hasta donde alcanzaba la vista. Malope representaba esa seguridad.
Por eso el primer ataque nos cogió desprevenidos.
Tres soldados que patrullaban una hondonada cercana a las chozas regresaron tambaleándose, heridos por flechas de caña.
Uno traía la punta de madera grabada en el brazo; otro sangraba por un costado y el tercero apenas podía sostenerse, con el rostro desencajado por el dolor.
El campamento se llenó de gritos en un instante.
Al verlos, Merino ordenó armarse a la tropa para marchar sobre los bosques.
Mendaña intentó contenerlo, tomándolo del brazo.
—Aleguemos primero la queja, Merino. Averigüemos de dónde procede la agresión.
—Lo averiguaré sobre el terreno, señor —replicó el maestre de campo, zafándose del agarre.
—No quiero incendios en las aldeas. Nos costará la paz.
Merino le sostuvo la mirada.
—Y yo no quiero enterrar más soldados.
Hizo una señal a sus hombres y la columna, armada con arcabuces y rodelas, se internó en la espesura.
Yo me quedé en la playa, vigilando las naves.
El silencio de la selva duró poco; al cabo de una hora, una columna de humo negro y denso se elevó tras las copas de los árboles y comenzó a cubrir el cielo.
Cuando regresaron, traían a tres heridos más y Merino lucía una mancha de sangre fresca en la manga de su jubón.
Malope se presentó en el campamento poco después de extinguirse el fuego.
Habló con Mendaña con ademanes rápidos, señalando con el brazo hacia las cumbres del interior y negando con la cabeza cada vez que el Adelantado mencionaba las flechas.
Luego señaló hacia el norte, repitiendo palabras que no comprendíamos.
Al fin entendimos su mensaje: los agresores no pertenecían a su clan.
Eran hombres de las tribus de las colinas, enemigos de su autoridad que rechazaban nuestra presencia en la bahía y el trato que él nos dispensaba.
Malope había venido en persona. El humo de la aldea incendiada por Merino todavía flotaba sobre nuestras cabezas.
Merino, que presenciaba la escena con los brazos cruzados, intervino con desprecio:
—Todos estos salvajes cantan la misma copla.
—No sabemos quiénes dispararon las flechas, Merino —le atajó Mendaña.
—Y por eso mismo no podemos fiarnos de ninguno.
El maestre de campo se volvió hacia mí, buscando un testigo.
—¿Vos qué decís, piloto? ¿Ponemos centinelas o seguimos confiando en las palabras de este indio?
No deseaba avivar la discordia frente al Adelantado, así que respondí:
—Digo que no tenemos pruebas contra la gente de la playa.
—Las pruebas no detienen las flechas envenenadas, piloto —sentenció Merino antes de dar la espalda e irse.
La quiebra definitiva de la relación ocurrió pocos días más tarde en la bahía de la Graciosa.
Habíamos acudido con el batel para sondear un posible fondeadero secundario cuando advertimos la presencia de un centenar de nativos armados en la orilla.
No huyeron al vernos; al contrario, algunos se adentraron en el agua hasta las rodillas, agitando sus arcos, mientras el resto permanecía bajo la sombra de los árboles con actitud amenazante.
Mendaña ordenó mantener el batel al amparo de las armas y no forzar el desembarco, pero Lorenzo Barreto, el hermano menor de Isabel, no atendió a la prudencia. Saltó a tierra firme con su escuadra de rodeleros, calzando las mechas de los arcabuces.
—¿Ha autorizado el Adelantado esa maniobra? —pregunté al oficial del batel.
Nadie me respondió. El estampido de los arcabuces ahogó cualquier pregunta.
La playa se llenó de humo, piedras y flechas. Dos de nuestros hombres cayeron heridos en la arena antes de que Lorenzo ordenara replegarse. Los nativos se retiraron hacia la maleza, pero la agresión había sembrado una desconfianza imposible de limpiar.