LA ADELANTADA (Hispanidad 8) SANTA CRUZ
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SANTA CRUZ

No habíamos encontrado las Salomón. La tierra que teníamos delante era otra isla, desconocida para nosotros.

Tras el fuego de Tinakula, su densa vegetación y la vastedad de aquella costa nos devolvieron el aliento.

Los árboles, altos y apretados, bajaban en una pendiente verde hasta lamer el agua, y en algunos puntos se abrían claros que bien podían ser campos cultivados o simples calveros entre la maleza.

Los hombres se amontonaron de inmediato en las amuradas, señalando las playas con dedos temblorosos y preguntando a gritos qué isla sería aquella.

Mendaña, con los mapas desplegados sobre la tapa de la bitácora, los consultaba una y otra vez con el ceño fruncido, buscando una respuesta que la costa no nos podía dar.

Yo estaba más pendiente del agua que de la tierra.

A medida que nos aproximábamos, el fondo comenzó a alzarse.

Mandé echar la sonda: el cabo corrió entre los dedos del marinero hasta marcar la profundidad.

Repetimos la medición un cable más adelante; no convenía meter las tres naves supervivientes en una costa ciega.

El mar presentaba varios entrantes, pero desde fuera era imposible distinguir qué ensenadas servirían de abrigo y cuáles terminarían en restingas o aguas bajas.

Sondamos una tercera vez. El fondo parecía ofrecer buen tenedero.

Al fin encontramos una ensenada resguardada del oleaje donde mantener las naves a una distancia prudente de la rompiente.

Ordené preparar el ancla. El calabrote corrió por el escobén con un bramido metálico y la San Jerónimo perdió arrancada hasta quedar firme sobre el agua.

Las otras naves repitieron la maniobra a nuestra popa.

Mendaña permaneció en la proa, inmóvil, con los ojos fijos en la espesura.

No habíamos llegado a las Salomón, pero aquella tierra, al menos desde el mar, prometía darnos el tiempo que ya no teníamos.

Mientras disponíamos el esquife para el primer reconocimiento, surgieron las primeras canoas, saliendo en fila india tras los salientes de la costa.

Avanzaban hacia la bahía con las velas tendidas, recortando el espacio entre nosotros y la playa con una ligereza que me hizo fijarme en ellas.

Eran distintas a las de las Marquesas: más estilizadas y, por lo que podía ver, capaces de avanzar con rapidez incluso con el oleaje de costado.

Me fijé en su velamen de estera, pequeño pero bien aprovechado.

Cuando el viento racheaba, el hombre que gobernaba la primera piragua corregía el rumbo sin desviar la marcha de las demás; el balancín lateral apenas rozaba el agua, manteniendo la estabilidad de la canoa incluso con el oleaje de costado.

Aquella destreza física no admitía discusión: quienes las tripulaban sabían lo que hacían.

Las demás piraguas se desplegaron detrás, algunas de gran porte con varios hombres y otras más ligeras diseñadas para la orilla.

Los colonos abarrotaban las bordas, preguntándose con nerviosismo si aquellos salvajes venían en son de paz o con intención de atacarnos.

No les respondí. Después de Tinakula, prefería no adivinar intenciones antes de tiempo.

Ordené a los soldados mantener los arcabuces listos pero ocultos tras las amuradas.

Una canoa se adelantó, acortando distancias.

El hombre que la gobernaba recogió parte de la vela y usó los remos para aproximarse con gran precisión.

Esa parsimonia me tranquilizó; un enemigo que busca pelea no se detiene a estudiar la corriente.

La embarcación quedó casi inmóvil, acunada por el mar de fondo.

El nativo que iba a la proa alzó una mano, llamando nuestra atención.

Sus hombres hablaban entre sí, señalando el aparejo de la capitana con gestos que denotaban asombro.

Evité responder para no quebrar el silencio. Mendaña se acercó a la borda.

El nativo de la proa volvió a hablar. Su voz, clara y templada, repitió una misma palabra varias veces.

Mendaña miró a los oficiales, pero ninguno supo darle razón del significado.

Entonces, el Adelantado hizo algo que hasta entonces ninguno de nosotros se había atrevido a ensayar: se señaló el pecho con firmeza y dijo:

—Mendaña.El hombre de la canoa permaneció inmóvil un instante, observándolo. Mendaña repitió el ademán:

—Mendaña.El indígena asintió despacio y se llevó la mano al pecho plano:

—Malope.Fue la primera palabra que compartimos.

Mendaña repitió el nombre con cuidado, saboreando las sílabas como si buscara su peso.

Malope sonrió, señaló a uno de sus compañeros y pronunció otro nombre.

Los soldados y marineros a bordo comenzaron a sonreír y a imitar el juego, intercambiando nombres que rodaban deformados por la lengua de unos y otros, desatando risas francas en ambas cubiertas.

Por un momento, la capitana dejó de parecer una nave de guerra perdida en un océano hostil.

Malope arrimó su canoa al costado de estribor.

Los marineros cobraron un cabo y le echaron la escala de gato.

El cacique subió primero, seguido de dos de sus hombres.

Al pisar la cubierta de la San Jerónimo, contempló el velamen, el trinquete y a los castellanos con una curiosidad imperturbable, exenta de temor.

Mendaña le tendió la mano y Malope la estrechó tras dudar un segundo.

El Adelantado mandó traer cuentas de vidrio y cascabeles.

El jefe indígena tomó las cuentas de vidrio entre los dedos, acercándolas a la luz, y al agitar el cascabel, sus hombres se agruparon fascinados por el tintineo.

Aquellos pequeños objetos de metal y vidrio abrían puertas que las armas jamás lograrían forzar.

Malope hizo una señal a los tripulantes de su canoa.

Varias piraguas regresaron a tierra y volvieron poco después cargadas de viandas.

Al izar los cestos, un aroma denso a tierra mojada, hojas frescas y pulpa dulce inundó la cubierta.

Aquel olor nos llegó de golpe después de tantos meses de comer tasajo apestoso, harina agusanada y agua corrompida.

Los marineros dejaron de mirar al cacique para clavar los ojos en las frutas.

Aceptada la propuesta de reconocer la orilla, puse el pie en la playa junto al primer grupo de desembarco.

La arena húmeda se hundió bajo el peso de mis botas de cuero con una consistencia reconfortante.

Tras los primeros árboles encontramos un arroyo de agua dulce.

Al ver correr el agua clara entre los guijarros, los hombres se arrodillaron sin esperar órdenes, hundiendo las caras y las manos en la corriente para beber a grandes tragos.

Aquel fluir constante de agua limpia en tierra firme tenía para nosotros un valor que solo un náufrago puede calibrar.

Las barcas de servicio empezaron a trajinar sin descanso, bajando a tierra herramientas de forja, maderas de repuesto, calabrotes y pertrechos pesados.

Al ver que desembarcábamos pertrechos que no se necesitaban para una simple aguada, comprendí que Mendaña renunciaba, de momento, a seguir navegando.

Aquello significaba dejar las Salomón en suspenso, pero tras la pérdida de la Santa Isabel y con las tripulaciones desgastadas, asegurar la vida era lo primero.

Pronto, la playa se convirtió en un astillero improvisado.

Se talaron árboles para abrir claros y los colonos, que pisaban la tierra con la torpeza del que ha pasado meses en un trozo de madera flotante, comenzaron a levantar chozas.

A falta de clavos, los marineros y artesanos ataban las vigas de caña y madera con bejucos y lianas silvestres.

Una pared entera se venció a media tarde, aplastando el techo de ramaje; los hombres se quedaron mirando el estropicio en silencio hasta que alguien soltó una maldición y una carcajada, y todos volvieron a empezar con las manos cubiertas de barro.

La iglesia comenzó a alzar sus postes en uno de los costados de la plaza.

Isabel Barreto no tardó en bajar al campamento.

No lo hacía para pasearse; se instalaba junto a los almacenes provisionales, pendiente de cada bulto que encallaba en la arena.

La vi detenerse ante dos hombres que arrastraban un saco de harina húmeda; les hizo comprobar el grano, señaló un cobertizo mejor resguardado de la humedad y exigió que lo trasladaran allí de inmediato.

No necesitaba levantar la voz; había en sus gestos y en su mirada una firmeza fría, una autoridad natural que los soldados y colonos acataban sin rechistar. Quería saber dónde estaba cada ración.

Pero la tierra tenía su propio precio. El calor de Santa Cruz no era el de España ni el de Lima; era un vaho espeso, cargado de humedad, que se quedaba pegado a la piel y hacía que el hacha pesara el doble.

Al tercer día aparecieron las fiebres. Empezó con un temblor leve en las piernas, un dolor sordo tras los ojos y, pocas horas después, los hombres deliraban en sus jergones, empapados en un sudor frío que olía a fango.

La humedad del suelo subía por las noches y se metía en los huesos.

La selva, que desde el alcázar nos había parecido un refugio de verdor, comenzaba a mostrarnos su otra cara.

Malope continuaba visitándonos, ajeno a nuestro cansancio.

Un mediodía se detuvo a observar a un grupo de colonos que lidiaba con el puntal de una cabaña que no lograban escuadrar.

El cacique se acercó, tomó una vara de bambú y les mostró cómo asegurar las ligaduras de bejuco para que la estructura resistiera el viento de la costa.

El carpintero lo imitó y la viga quedó firme.

Malope sonrió con sencillez. Aquellos gestos facilitaban nuestra relación, pero seguíamos dependiendo por completo de la comida que Malope traía en sus piraguas.

Habíamos levantado paredes de barro y caña en una tierra de la que todavía no éramos dueños.