TINAKULA
Yo buscaba la Santa Isabel, pero también vigilaba el mar, porque, si la nao se había ido a pique, podía haber restos flotando, un bote o algún hombre agarrado a una tabla, cualquier cosa que nos indicara dónde había terminado.
Recorrí con la vista el agua alrededor de la isla y después el espacio que nos separaba de la costa.
Nada. Volví a buscar sus palos entre el humo.
Durante la noche había dejado de responder a nuestras señales y sabía que las posibilidades eran pocas, pero mientras no apareciera un resto de la nao o una vela en el horizonte no estaba dispuesto a darla por perdida.
No hablábamos demasiado; cada vez que se abría un claro entre el humo, escudriñábamos.
La San Jerónimo reparaba los daños de la noche, pero nadie pensaba todavía en otra cosa.
Habíamos perdido de vista una nao y no sabíamos qué había sido de los hombres que iban en ella.
Hacía semanas que las provisiones escaseaban: el agua se repartía con más cuidado, la comida faltaba y cada vez resultaba más difícil conseguir leña para cocinar.
El viaje se alargaba mucho más de lo previsto y, aunque nadie lo decía abiertamente, todos calculábamos cuánto quedaba en los barriles y en los pañoles y para cuántas jornadas podía alcanzarnos.
En las cubiertas se hablaba cada vez menos de las tierras que buscábamos y más de lo que nos restaba para llegar a ellas.
En la Santa Isabel tampoco andaban sobrados. Un día llegó a la capitana una petición de víveres. La respuesta fue negativa. Isabel no quiso entregar parte de nuestras reservas. También nosotros podíamos necesitarlas y nadie sabía cuánto restaba todavía para alcanzar las tierras que buscábamos.
No conocí todos los detalles de lo ocurrido.
Después se dijo que el Adelantado había querido ayudar y que había sido Isabel quien se había negado, aunque otros contaban la historia de otra manera.
Yo no podía saber cuál de aquellas versiones se acercaba a la verdad.
En una flota como la nuestra, una palabra bastaba para que una conversación cambiara de forma antes de llegar a la siguiente nave.
Lo que sí recuerdo es el efecto de aquella negativa.
Entre los hombres de la Santa Isabel no cayó bien, y también en nuestra cubierta corrieron murmullos sobre Isabel.
Hasta entonces había sido, para muchos, la mujer del Adelantado.
Ahora algunos la veían como alguien capaz de imponer su voluntad cuando estaban en juego las provisiones de la capitana.
Yo no tenía entonces una opinión formada sobre ella: la había visto poco y apenas habíamos cruzado unas palabras. Pero recuerdo aquella manera de permanecer firme cuando otros esperaban que cediera. No levantó la voz ni necesitó hacerlo. Simplemente dijo que no.
Seguimos navegando con las reservas cada vez más mermadas. Entonces apareció Tinakula.
La alegría fue inmediata. Después de tantas semanas de océano, aquella tierra parecía ofrecer todo lo que nos faltaba: agua, comida, leña y un lugar donde descansar.
Los hombres se acercaron a las bordas para mirar la isla y durante unas horas volvieron a hablar como si el viaje estuviera llegando a su fin. Pero la Santa Isabel no apareció.
La Santa Catalina recibió orden de reconocer la zona y se alejó hacia la costa, mientras nosotros permanecíamos atentos a su regreso.
De vez en cuando alguien creía distinguir algo entre el humo y señalaba hacia allí, pero siempre era lo mismo: un resto de ceniza, una sombra que desaparecía con la siguiente ondulación o un claro entre las nubes bajas. El mar no devolvía nada.
Aquello era lo que más nos desconcertaba.
Si la Santa Isabel había naufragado, esperábamos encontrar algún rastro: una tabla, un barril, un cabo, una prenda, cualquier cosa que nos permitiera saber qué había sucedido.
No encontramos nada. El mar parecía haberse tragado la nao sin devolvernos siquiera uno de sus restos.
Cuando la Santa Catalina regresó, no traía noticias de la almiranta.
Fue entonces cuando comenzaron las historias.
Muchos años después, en las tabernas de Manila, todavía escucharía algunas de aquellas historias.
Se decía que la tripulación, ofendida por la decisión de Isabel, había decidido marcharse por su cuenta; otros hablaban de un motín, de hombres que habían tomado el mando y puesto rumbo a unas islas donde nadie pudiera encontrarlos.
También hubo quien aseguró que habían descubierto una tierra tan hermosa y abundante que no tenían ninguna razón para regresar, y que allí vivían a cuerpo de rey.
Nunca faltaba quien añadiera un detalle nuevo.
Cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba distinguir lo que alguien había visto de lo que otro había imaginado.
Nunca supe qué creer de aquellas historias. Una nao puede hundirse sin que nadie sobreviva para contarlo y el mar puede llevarse muy lejos sus restos. Pero algo suele quedar. De la Santa Isabel no tuvimos nada.
La noticia llegó a Mariana antes de que nadie tuviera que explicársela.
La vi buscar entre los hombres que regresaban de la Santa Catalina, como si todavía esperara encontrar entre ellos a alguien capaz de traer una respuesta distinta.
Cuando comprendió que no la había, se quedó inmóvil. Después preguntó por Lope.
Nadie respondió enseguida. Isabel se acercó a ella y le tomó las manos.
Mariana volvió a preguntar, esta vez con una voz que apenas se oyó por encima del ruido de la cubierta.
Alguien dijo que no habían encontrado nada, ni la nave ni restos que permitieran saber dónde había terminado.
Mariana miró a su hermana y pareció entender entonces lo que los demás todavía evitábamos decir.
Se echó a llorar y se abrazó a Isabel con una fuerza que hizo que ambas perdieran el equilibrio por un instante. Isabel la sostuvo sin decir nada.
No recuerdo cuánto tiempo permanecieron así.
Los hombres siguieron trabajando alrededor de ellas, aunque procuraban no mirar.
En una cubierta donde durante semanas habíamos visto hombres discutir por un jarro de agua o por un puñado de harina, aquella escena hizo que todos pareciéramos recordar de golpe que los que viajábamos juntos no éramos solo tripulantes de una misma empresa.
Éramos también maridos, mujeres, hermanos, hijos y padres.
Y algunos acababan de perder a los suyos.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué Mariana estaba aquella noche con Isabel y no con su marido. Nunca supe la razón. Yo siempre pensé que el mar era demasiado duro para las mujeres. Con los años, sin embargo, tuve ocasión de comprobar que quizá había entendido muy mal a las mujeres y al mar.
Necesitábamos agua, pero no veía dónde podíamos buscarla, porque desde el mar Tinakula no ofrecía una costa que invitara al desembarco.
La tierra se alzaba abrupta y desnuda y, en los lugares donde parecía posible acercarse, el oleaje rompía contra las rocas.
Más arriba seguía levantándose el humo y, de vez en cuando, un resplandor rojizo aparecía entre las nubes.
Podía haber agua en el interior; no teníamos manera de saberlo sin enviar hombres a tierra, pero aquella no era una costa en la que pudiéramos hacerlo con seguridad.
Después de lo ocurrido durante la noche, la sola idea de poner un esquife entre aquellas rocas me parecía una temeridad.
Recorrimos con la vista la isla una vez más.
No había puerto, ni ensenada, ni un lugar donde las naves pudieran quedar al abrigo mientras unos hombres buscaban agua, y tampoco encontrábamos señales de que pudiéramos obtener víveres allí.
Tinakula era una montaña que echaba fuego en medio del mar, no la tierra fértil que habíamos esperado encontrar después de tantos meses de navegación.
Y seguíamos teniendo delante la pérdida de la Santa Isabel, cuya suerte ignorábamos todavía. No podíamos quedarnos allí.
Las órdenes de partida fueron pasando de una cubierta a otra; recogimos las embarcaciones menores, aseguramos los calabrotes y volvimos a disponer el aparejo.
Mientras la San Jerónimo se alejaba de la isla, miré una última vez hacia la montaña.
El humo se elevaba todavía sobre su cima y el resplandor de sus entrañas aparecía de vez en cuando, como si Tinakula siguiera ardiendo bajo nosotros.
Dejábamos atrás una tierra que no habíamos podido pisar y una nao que tampoco sabíamos dónde estaba.
Al caer la tarde, la isla quedó atrás y solo su humo seguía visible sobre el horizonte.