LAS MARQUESAS #3
Los españoles de la playa ya conocían algunos de los gestos y habían aprendido qué objetos interesaban a los isleños.
Unos mostraban lo que llevaban y los otros respondían con aquello que estaban dispuestos a entregar.
No siempre entendíamos el valor de lo que recibíamos, pero distinguíamos lo que ofrecían de lo que querían conservar.
Isabel observaba aquellos intercambios con atención.
Una de las mujeres de la isla se acercó más que las demás y permaneció un rato junto a la orilla. Isabel estaba allí con otras mujeres de nuestra expedición. No pude oír lo que se dijeron, pero vi que intentaban entenderse mediante gestos y que, después de varios intentos, ambas terminaron riendo.
Hasta entonces los habíamos mirado sobre todo como un grupo que debíamos vigilar. Aquella escena me hizo verlos de otra manera: también ellos trataban de averiguar quiénes éramos.
No todos lo entendieron de la misma manera y algunos se internaron más de lo que se les había permitido. Otros querían acercarse a las canoas por su cuenta. Mendaña tuvo que repetir las órdenes y hacer que varios regresaran a la zona donde se había establecido el campamento.
A bordo cada hombre tenía un lugar y una tarea.
En tierra había espacio para dispersarse y, con él, iniciativas que nadie había ordenado.
Algunos buscaban alimentos o querían explorar; otros se acercaban por su cuenta a los habitantes de la isla.
Bastaba que uno se apartara del grupo para obligar a los demás a ir detrás.
Una tarde, Mendaña me pidió que revisara con él la situación de las naves. No había problemas en el fondeo, pero llevábamos ya varios días detenidos y había que pensar en la continuación del viaje.
—No podemos permanecer aquí mucho más —dijo.
—Todavía no nos lo exige el mar.
Me miró.
—Los hombres se acostumbran.
No supe si hablaba de la tierra o de lo que encontraban en ella.
—También se acostumbrarán a marcharse —respondí.
No dijo nada.
Al día siguiente ordenó que se hiciera una nueva revisión de las provisiones y del estado del aparejo. La orden bastó para que todos hablaran de la partida.
Entre los colonos la noticia fue recibida con menos entusiasmo.
Habían empezado a imaginar posibilidades allí donde al principio solo habían visto una tierra desconocida.
Algunos hablaban de los frutos que podían obtenerse y otros de los terrenos que habían visto durante las exploraciones.
Para ellos, cada día que permanecíamos en las Marquesas hacía más difícil pensar en ellas como una simple parada.
Mendaña, sin embargo, seguía teniendo las Salomón por delante.
Los preparativos hicieron que la vida a bordo recuperara poco a poco sus antiguas rutinas.
Se revisaron las velas, se comprobaron los cabos y volvieron a ocuparse los espacios que durante aquellos días habían quedado casi vacíos.
En tierra seguían trabajando los hombres encargados de recoger agua y alimentos, pero ya no salían las barcas con la misma libertad.
Cada desplazamiento se hacía pensando también en el regreso.
Ya conocíamos algunos de sus caminos, sabíamos dónde encontrar agua y habíamos aprendido a reconocer determinadas voces y embarcaciones.
También habíamos descubierto lo poco que bastaba para que una relación todavía frágil se torciera: que uno de los nuestros tomara algo que el otro consideraba suyo, o que un gesto amistoso se interpretara de otra manera.
Por eso, cuando Mendaña anunció que pronto continuaríamos la navegación, la noticia produjo sentimientos distintos.
No sé qué pensó Isabel cuando se habló de la partida, pero aquella tarde la encontré en cubierta, mirando hacia la costa. Permaneció allí largo rato sin apartar los ojos de las montañas.
—¿Nos iremos pronto? —preguntó.
—Eso parece.
Isabel siguió mirando hacia tierra.
—Todavía no habéis terminado de conocerla.
—Ni vos tampoco.
—Pero Mendaña ya ha decidido.
—Tiene las Salomón por delante.
Isabel guardó silencio.
—Siempre las ha tenido por delante —dijo al cabo.
Al día siguiente comenzaron a embarcar de nuevo los efectos que habíamos llevado a tierra. Las barcas fueron y vinieron durante horas mientras los colonos buscaban sus pertenencias y los marineros comprobaban que nada quedara en tierra por descuido.
Mientras el último de los nuestros regresaba a bordo, miré una vez más hacia la costa. Ya no era una tierra desconocida.
Poco después mandé recoger las embarcaciones menores y preparar el aparejo. Las otras naves empezaron a hacer lo mismo. Cuando todo estuvo dispuesto, ordené levar.
El calabrote fue entrando poco a poco y el ancla comenzó a subir. La San Jerónimo giró lentamente hasta quedar orientada al rumbo que habíamos de seguir. Las otras naves fueron dejando también sus fondeaderos.
Durante unos minutos navegamos todavía cerca de la costa. Las canoas nos siguieron un trecho antes de detenerse. Desde cubierta algunos hombres levantaron la mano hacia la orilla.
Isabel permanecía inmóvil junto a la borda, con las manos aferradas a la madera como si quisiera retener el perfil que se desvanecía. Después se volvió y regresó hacia los camarotes.
Yo mantuve la vista en el rumbo.
Las Marquesas fueron quedando atrás.
Delante volvíamos a tener el mar abierto y, más allá, las Salomón.