LAS MARQUESAS #2
Los colonos preguntaban con insistencia dónde podrían instalarse, de dónde sacarían agua y cómo llevarían hasta allí lo que necesitaban.
Mendaña quería encontrar un lugar donde pudiéramos organizarnos sin alejarnos demasiado de las naves.
Yo entendía la necesidad, pero desde el alcázar veía otro problema: mientras nosotros buscábamos el mejor sitio para establecernos, los nativos no nos quitaban ojo de encima, si bien guardando celosamente la distancia.
No se marchaban, aunque tampoco se acercaban.
Al caer la tarde, algunos fuegos aparecieron tierra adentro. Los soldados de la guardia los señalaron desde cubierta y durante un rato se habló de ellos en voz baja. No sabíamos cuántas personas había allí ni si aquellos fuegos tenían relación con los que habíamos visto durante el día.
Isabel volvió a acercarse a la borda.
—¿Cuánto tiempo creéis que estaremos aquí? —me preguntó.
—Eso depende de Mendaña.
—No os he preguntado cuánto piensa quedarse mi esposo.
La miré.
—Entonces no sé qué responderos.
Se quedó mirando hacia los fuegos.
—En mi casa, en Galicia, se hablaba de estas tierras como si algún día fueran a estar llenas de gente nuestra.
A la mañana siguiente Mendaña decidió que permaneceríamos allí el tiempo necesario para reconocer mejor el terreno y organizar la gente.
Parte de las provisiones comenzó a bajar a tierra.
Los hombres establecieron los primeros puntos de trabajo y los colonos ocuparon el espacio que se les había señalado.
Las naves seguían fondeadas frente a la costa y los castellanos continuaban trabajando en tierra mientras, desde las laderas, los habitantes de la isla seguían observándonos.
Al principio bastaba con verlos aparecer.
Después distinguimos cuándo se acercaban por curiosidad y cuándo preferían mantenerse a distancia.
Las canoas ya no eran una presencia extraña sobre el agua.
Sus ocupantes habían comprendido que no íbamos a desaparecer al cabo de unas horas y nosotros entendíamos que tampoco ellos pensaban marcharse.
Los primeros intercambios fueron cautelosos.
Se acercaban con frutas y otros alimentos y recibían a cambio objetos cuyo valor para ellos no siempre podíamos adivinar.
Los hombres que regresaban de tierra hablaban después de lo ocurrido como si cada gesto hubiera tenido un significado preciso.
Yo había aprendido a desconfiar de las señales que uno cree entender demasiado pronto.
Mendaña procuraba mantener el contacto bajo control. No quería que los nuestros se dispersaran ni que nadie se internara por su cuenta. Los soldados recibieron órdenes de permanecer atentos.
Los colonos, sin embargo, iban perdiendo el miedo.
La tierra ofrecía más de lo que habíamos podido conocer desde la playa.
Encontramos agua, árboles y frutos. En unos lugares el terreno permitía avanzar con facilidad; en otros había que abrirse paso a fuerza de machete.
Cada descubrimiento traía consigo una pregunta nueva sobre lo que podíamos aprovechar de aquella tierra.
Isabel bajaba a tierra con frecuencia; una mañana la vi partir junto a sus hermanos para observar a los hombres. Allí permaneció un buen rato junto a los que trabajaban en la costa. No podía oír lo que hablaban, pero la vi señalar varias veces hacia el interior y después hacia las naves.
Cuando volvió a bordo pasó cerca de mí y siguió hacia su camarote sin añadir nada más.
Aquella tarde Mendaña volvió a consultar las cartas. Ya no se limitaba a comprobar la posición de las naves. Quería incorporar a ellas cuanto íbamos aprendiendo de la costa. Los hombres habían señalado varios puntos y él ordenó que se anotaran con cuidado.
Surgieron discusiones por la comida; los que estaban en tierra querían aprovechar cuanto podían encontrar y algunos regresaban con frutas o animales que no sabíamos conservar.
Otros reclamaban que se respetaran las provisiones de las naves.
Mendaña tuvo que intervenir más de una vez para evitar que el reparto terminara convirtiéndose en desorden.
Cada día que pasábamos en las Marquesas retrasaba la navegación hacia las Salomón. Las provisiones podían reponerse en parte, pero el tiempo no. Los vientos que nos habían traído hasta allí no tenían por qué acompañarnos cuando quisiéramos continuar.
Mendaña preguntaba con más frecuencia por las condiciones del mar. Las cartas volvieron a ocupar más tiempo sobre la mesa y empezamos a hablar de cuándo podríamos continuar.
Una tarde, mientras revisábamos el aparejo, uno de los hombres que había estado en tierra vino a avisar de que se había producido una discusión con varios isleños. No había heridos, pero habían preferido regresar antes de lo previsto.
Mendaña quiso saber qué había ocurrido, pero nadie supo explicarlo del todo y cada uno contaba una versión distinta.
Hasta entonces la cautela había bastado para mantener la tranquilidad. Después de aquella discusión, los soldados permanecieron más cerca de los hombres que trabajaban en tierra.
Desde el alcázar vi aquella noche algunos fuegos encendidos en tierra. Pensé en los españoles que dormían allí y en los que estaban a bordo, separados por una distancia que podía recorrerse en pocos minutos y que, sin embargo, parecía cada vez mayor.
Al día siguiente Mendaña ordenó que se extremara la vigilancia en tierra, pero no quiso interrumpir los intercambios.
Sabía que cualquier gesto podía interpretarse como una amenaza y que, si nos encerrábamos detrás de las armas, sería más difícil averiguar qué clase de relación podíamos mantener con aquella gente.
Las canoas volvieron a acercarse, pero esta vez los nuestros mantuvieron las distancias; no dejaron sus armas y nadie se adelantó para recibirlas. Los intercambios continuaron, aunque con más cautela que antes.