LA ADELANTADA (Hispanidad 8) LAS MARQUESAS
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LAS MARQUESAS

Las tierras que teníamos delante no figuraban en nuestras cartas.

Las Salomón seguían siendo el rumbo de la expedición y, aunque desde el alcázar ya distinguíamos las montañas con bastante claridad, todavía no sabíamos qué costa era aquella ni qué condiciones encontraríamos al acercarnos.

Para los hombres que habían pasado semanas mirando un horizonte vacío, la incertidumbre importaba menos que la presencia de tierra.

A Mendaña tampoco le bastaba con verla. Quería acercarse.

Desde mi puesto podía comprender su impaciencia, pero acercarse a una costa desconocida exigía algo más que el deseo de llegar.

Había que saber qué fondo teníamos debajo, cómo rompía el mar y qué lugar podía ofrecer abrigo a las naves.

Ordené reducir vela y fui corrigiendo el rumbo mientras las otras tres hacían lo mismo.

Durante un rato estuvimos más pendientes de las señales entre nosotros que de la tierra.

No convenía que ninguna nave se adelantara demasiado ni que otra quedara fuera de posición cuando maniobrábamos cerca de la costa.

A medida que nos acercábamos, las montañas fueron dejando de parecer una sola masa.

Se distinguían las laderas, las quebradas y las zonas donde la vegetación descendía casi hasta el agua.

Desde cubierta, los ojos de los colonos señalaban distintos puntos de la costa, buscando en ella el lugar donde comenzar su nueva vida.

Yo buscaba otra cosa: profundidad suficiente, fondo seguro y espacio para virar.

Cuando encontramos una zona que parecía adecuada, mandé echar la sonda.

Esperamos el resultado y volvimos a comprobarlo un poco más adelante.

No me gustaba fiarme de una sola medición en una costa que no conocíamos.

La nave seguía avanzando despacio y el fondo cambiaba bajo nosotros.

Al fin tuvimos una profundidad que permitía fondear sin acercarnos demasiado a la rompiente.

Ordené echar el ancla.

El calabrote corrió por el escobén con un estrépito que se oyó por toda la cubierta. La San Jerónimo perdió su avance poco a poco hasta quedar firme sobre el agua. Las otras naves imitaron la maniobra.

Mendaña estaba de pie en la proa. Había pasado las últimas semanas inclinado sobre las cartas; ahora permanecía inmóvil, con la vista fija en la costa y sin apenas hablar.

El primer esquife se preparó poco después de fondear.

El Adelantado quiso bajar con algunos hombres para reconocer la orilla y comprobar si el lugar ofrecía lo que necesitábamos.

Los colonos se agolparon cerca de la escala y los soldados tuvieron que contenerlos.

Yo permanecí a bordo durante los primeros movimientos. Desde allí podía ver cómo el esquife se alejaba de la San Jerónimo y cómo los hombres iban tomando posiciones en la rompiente.

Cuando la quilla tocó fondo, varios hombres saltaron al agua y ayudaron a arrastrar la embarcación hasta una zona más firme.

Los demás fueron desembarcando detrás. Durante unos momentos no ocurrió nada.

Los hombres permanecieron junto al batel, escrutando la linde de los árboles, como si todavía no supieran qué hacer con aquella tierra que hasta unas horas antes no conocíamos.

Algunos soldados avanzaron unos pasos entre la vegetación densa y después otros buscaron agua, atentos a cuanto pudiera aparecer desde el interior.

Se movieron con cautela, mientras los colonos miraban alrededor, intentando reconocer aquello que durante el viaje habían imaginado tantas veces.

No encontraban todavía casas, campos ni nada que se pareciera a lo que habían dejado preparado en sus cabezas.

Solo una tierra que había que recorrer a pie.

Isabel desembarcó más tarde con sus hermanos y permaneció unos instantes junto a la orilla antes de alejarse.

No buscó a Mendaña. Se quedó mirando hacia el interior, donde dos de los hombres habían localizado un pequeño curso de agua.

Después habló con uno de sus hermanos y los dos siguieron al grupo que se dirigía hacia allí.

Aquello me llamó la atención, ya que hasta entonces la había visto casi siempre en cubierta, junto a Mendaña o entre las otras mujeres.

Allí abajo se movía de otra manera. No esperaba a que nadie le indicara adónde ir; observaba el terreno, preguntaba a sus hermanos y seguía con ellos a los hombres que buscaban agua.

Uno de los soldados que había avanzado hacia el interior regresó a la playa y avisó de que había nativos observándonos desde más arriba. No supo decir cuántos eran. Señaló hacia una de las laderas y volvió a mirar en aquella dirección antes de añadir que también había visto canoas.

Los soldados se reagruparon por orden de Mendaña; también ordenó que nadie avanzara más de lo necesario. No conocíamos sus intenciones ni sabíamos cómo interpretar aquella presencia silenciosa.

Volvieron a la nao, y el Adelantado decidió que aquellas tierras debían quedar señaladas en nuestras cartas antes de continuar con el reconocimiento.

Se preparó otro desembarco. Esta vez bajaron con Mendaña, además de Isabel y sus hermanos, algunos de los hombres que tenían que acompañarlo en la ceremonia de posesión.

También llevaron el pendón. Desde la San Jerónimo pude ver cómo se reunían en la playa.

Los habitantes de la isla no nos perdían de vista desde una distancia prudente.

Mendaña avanzó unos pasos por la playa.

Se alzó el pendón y se proclamó la toma de posesión de aquellas tierras en nombre de la Corona.

Después se dio nombre al archipiélago: Marquesas de Mendoza, en honor de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey del Perú, que había favorecido nuestra empresa.

Las islas que habíamos reconocido recibieron también sus nombres.

Los hombres que estaban con Mendaña escucharon en silencio. Desde donde me encontraba no podía saber qué entendían los habitantes de la isla de aquella ceremonia.

Para nosotros, desde aquel momento aquellas tierras tenían un nombre y pertenecían a la Corona. Para quienes habían nacido allí, en cambio, aquella ceremonia no había cambiado nada.

Mendaña permaneció un momento junto al pendón antes de ordenar que regresáramos a las naves.

Las canoas aparecieron poco después, ligeras y con una facilidad de movimientos que no tenían nuestras embarcaciones.

Se mantuvieron a cierta distancia de la orilla mientras los hombres que iban en ellas nos observaban.

Nadie hizo ademán de acercarse demasiado.

Durante unos minutos solo hubo miradas entre la playa y el agua.

Mendaña levantó una mano.

Desde la distancia parecía un gesto sencillo. No sabíamos qué significaba para quienes estaban al otro lado.

Uno de los isleños alzó entonces algo que no pude distinguir. Los soldados que estaban junto a Mendaña se tensaron. Él no se movió. Esperó.

Una de las canoas avanzó unas paladas y se detuvo.

Desde el alcázar podía seguir lo que ocurría en la playa, aunque la distancia no permitía distinguir las palabras.

Los hombres que habían desembarcado permanecían atentos a las embarcaciones de los nativos.

Isabel señaló primero hacia el interior de la isla y después hacia el agua.

Mendaña respondió con un gesto de negación.

Por la manera en que ambos miraban alternativamente hacia la costa y hacia las canoas, comprendí que estaban decidiendo hasta dónde convenía avanzar.

Permanecían a cierta distancia de la orilla y sus ocupantes observaban a los nuestros con la misma atención con que nosotros los observábamos a ellos.

Alguno de los españoles de la playa hizo un gesto amistoso.

Desde la San Jerónimo no pude saber si había sido entendido como tal por los indios.

Tampoco sabía qué significaban para ellos nuestras armas, nuestras ropas o las naves fondeadas frente a su costa.

Para quienes nos contemplaban desde tierra, no éramos más que unos hombres que habían aparecido sobre el mar.

Uno de los soldados levantó el arcabuz. Mendaña lo vio y le hizo una señal inmediata para que lo bajara. Las canoas no se movieron. Durante unos instantes no ocurrió nada más y, precisamente por eso, nadie parecía dispuesto a dar el primer paso.

Isabel habló con Mendaña. La escuchó sin interrumpirla.

Ella señaló de nuevo hacia el interior. Después miró a los hombres que permanecían junto a la orilla.

Mendaña terminó haciendo un gesto que parecía indicar que no quería que avanzaran más.

Isabel no insistió. Se apartó de él y se reunió con sus hermanos.

La vi caminar hacia la orilla y subir después a uno de los botes.

Cuando llegó a la San Jerónimo, permaneció un momento en la cubierta mirando hacia tierra. Yo seguía en el alcázar. Al pasar cerca de mí se detuvo.

—No sabemos qué quieren —dijo.

Miré hacia las canoas.

—Tampoco ellos saben qué queremos nosotros.

Isabel volvió los ojos hacia la costa.

—Eso puede ser peor.

Estaba de acuerdo. Había aprendido en la mar que un hombre puede ser peligroso sin quererlo, simplemente porque interpreta mal una señal. Allí podía ocurrir lo mismo; ninguno de nosotros conocía todavía las señas del otro.

Poco después regresaron los soldados que habían avanzado hacia el interior.

Traían agua y algunas frutas que no conocíamos.

También hablaban de un terreno que, desde la playa, parecía más fácil de recorrer de lo que realmente era.

Había zonas despejadas, pero el terreno se cerraba en otros puntos y no resultaba sencillo transportar hasta allí lo que necesitábamos.

Mendaña escuchó los informes y mandó reconocer otros lugares de la costa.

Desde la San Jerónimo vi salir los botes uno detrás de otro y regresar después con nuevas noticias.

Cada reconocimiento añadía alguna dificultad: el acceso, el terreno, la distancia entre la costa y los lugares que parecían más apropiados.