EL PRIMER MAR
La San Jerónimo tomó el viento con más suavidad de la que esperaba.
Había conocido naves que parecían necesitar que uno les recordara a cada instante quién gobernaba sobre ellas, pero aquella no.
Sentí cómo la inmensa mole obedecía al timón con una firmeza que yo buscaba, sin necesidad de forzarla.
Bastaba anticiparse a sus movimientos, dejar que el viento hiciera su parte y corregir a tiempo.
Desde el alcázar vigilaba las otras tres naves.
La distancia entre nosotros cambiaba con el viento y con el estado de la mar, pero durante aquellos primeros días conseguimos mantenernos en conserva.
La Santa Isabel llevaba buena parte de nuestra gente; la San Felipe y la Santa Catalina, aunque menores, seguían el mismo camino.
No pensaba entonces en cuántos hombres íbamos exactamente.
En la mar uno no piensa en los números de los informes, sino en rostros, en voces y, sobre todo, en las almas que tiene que llevar de vuelta consigo.
Éramos demasiados para aquellos espacios.
Desde las primeras jornadas se hizo visible la brecha entre quienes teníamos la mar por oficio y quienes la cruzaban por primera vez.
Los marineros sabíamos que a bordo cada cabo y cada repisa tienen su función, y que cualquier descuido entorpece el trabajo de la dotación.
Los que venían de tierra firme ignoraban estas leyes; al principio, pretendían acomodar sus pertenencias donde les resultaba más cómodo, sin entender que el espacio de una nao no se ensancha cuando empieza el hacinamiento.
Nosotros mirábamos sus costumbres con impaciencia; ellos nos veían como hombres huraños, demasiado acostumbrados a mandar sobre todo lo que nos rodeaba.
Todavía no había disputas, pero ya asomaba la certeza de que aquella empresa había reunido a gentes que entendían de forma muy distinta la convivencia bajo el mismo cielo.
Yo tenía bastante con gobernar la nave. Una nao de aquel porte no admite prisas.
Hay que medir el retraso con que responde, saber cuánto tardará en caer cuando se le pida el giro y cuánto puede corregirse sin fatigar la arboladura.
La San Jerónimo tenía un andar noble. El timón me transmitía en las manos lo que no se veía a simple vista: el cambio sutil del viento, el mal trabajo de una lona o el momento exacto en que una ola de través hacía perder el paso al casco.
Nunca me gustó mandar hombres; con una nave era diferente.
Si uno la conocía, no hacía falta levantar la voz.
Con el paso de las singladuras, los pasajeros dejaron de contemplar el horizonte y empezaron a vigilarse unos a otros.
Los marineros recuperaron sus rutinas de guardias y los soldados buscaron cómo matar el tedio.
Las familias se acomodaron como pudieron en los entrepuentes.
Los niños, cansados de la travesía, aparecían en los rincones más insospechados, estorbando las maniobras en cubierta.
Los cerdos y las cabras daban su propio trabajo de limpieza, y más de un colono descubrió tarde que una nao no ofrece intimidad a nadie.
Era la pesada rutina que arrastrábamos desde El Callao.
Isabel pasaba buena parte del día en su camarote.
Salía a cubierta cuando el bochorno de abajo se hacía insoportable, y alguna vez la encontré sentada bajo la toldilla con una labor de bordado entre las manos, rodeada por las mujeres de los oficiales, o permaneciendo junto a Mendaña mientras él consultaba las cartas.
Yo la cruzaba al pasar, ocupado en mis rondas, y seguí con lo mío.
Todavía era para mí poco más que la mujer del Adelantado.
Mendaña, en cambio, vivía ajeno a la calma de aquellos primeros días.
Estudiaba las cartas una y otra vez. Las extendía sobre la mesa del camarote de popa, las repasaba con el dedo y volvía a recogerlas para preguntar de inmediato por la singladura y el camino avanzado.
Las Salomón aparecían en cada una de sus frases.
Esta vez no salía a comprobar si existían; había empeñado su vida y su hacienda para tomarlas y poblar en ellas.
Eso se respiraba en las cuatro naves. No era una expedición de descubrimiento y regreso.
Los Barreto habían comprometido su patrimonio en la empresa, y Mendaña había rogado tanto en las cortes y palacios que las Salomón se habían convertido en una obsesión personal.
Nosotros, los hombres de mar, teníamos preocupaciones más terrenales: mantener la conserva, conservar la jarcia y el velamen, y lograr que la tripulación llegara sana para trabajar.
Se hablaba de tres semanas si el viento soplaba favorable.
Yo no hacía las cuentas del Adelantado. Sabía que medir distancias con un compás sobre el papel de una carta no tiene nada que ver con arrastrar cuatro cascos cargados de familias por un océano desconocido.
Un día de calma chicha se convierte en dos, y dos en cuatro.
Por entonces nadie veía en ello un peligro.
El tiempo acompañaba, las naves marchaban juntas y las Salomón seguían delante.
Pronto perdimos la cuenta de las jornadas.
En alta mar las horas terminan pareciéndose tanto que se confunden.
Las guardias, el rancho, el sueño y el mantenimiento del aparejo devoraban el día.
Los pasajeros, con más tiempo libre, daban rienda suelta a sus fantasías.
Algunos hablaban de las tierras que encontrarían como si ya las tuvieran escritas en sus testamentos, dividiendo parcelas y planeando cultivos sobre un suelo que ninguno había pisado.
Me sorprendía la ligereza con la que daban por seguro lo que no habían visto.
Los marineros éramos menos dados a imaginar; sabíamos que una costa descrita como un paraíso puede revelar un arrecife que astille el casco, o un fondo de fango donde las áncoras no agarren.
Por eso escuchábamos sus charlas en silencio, sin corregirlos.
Ya tendrían tiempo de conocer la tierra real.
Una tarde, uno de los colonos discutía con un marinero, empeñado en que un pesado cajón de herramientas debía quedarse en medio del pasillo de cubierta.
El marinero le replicó que, si seguía allí, nadie llegaría a desembarcar porque tropezarían en la primera noche de tormenta.
El altercado acabó cuando mandé trincar el cajón bajo el alcázar.
Lo preocupante era que estos roces menudeaban: en el espacio estrecho de una nao, una minucia de tierra podía entorpecer el trabajo de todos.
Una tarde, mientras el sol se hundía en el agua, Isabel apareció en cubierta.
No llevaba bordado en las manos. Se apoyó en la borda, apartada de los colonos, observando la estela blanca que la popa iba dejando atrás.
Me llamó la atención que su mirada no buscara el rumbo de proa ni las velas de las naves consortes, sino aquel camino de espuma que nos unía al puerto que habíamos abandonado.
Fue por entonces cuando traté con uno de sus hermanos.
Los tres Barreto viajaban en la capitana y al principio me costaba distinguirlos.
Me preguntó por las leguas que nos faltaban y, antes de que pudiera darle una cifra, empezó a detallar las haciendas que pensaba levantar y el provecho que obtendría del ganado.
Él hablaba de la tierra; yo miraba el mar.
Me preguntó entonces si las otras naves resistirían bien el viaje.
Esa pregunta sí merecía mi atención. Le di mi parecer técnico y volvimos cada uno a lo nuestro.
Aquella charla me dejó pensativo: los hombres que iban a gobernar la nueva colonia ya hacían planes para cuando pisáramos tierra; nosotros, los encargados de llevarlos, solo podíamos pensar en el camino.
Nuestro oficio terminaba justo donde empezaba el suyo.
Aquella noche, al terminar mi guardia de la medianoche, volví a cruzarme con Isabel en cubierta.
Estaba sola, arrimada a la borda, contemplando la luz mortecina del fanal de la San Felipe que cabeceaba a babor.
No llevaba labor alguna. Al sentir mis pasos, giró el rostro hacia mí y nos sostuvimos la mirada un breve instante, en silencio, antes de volver a contemplar la negrura del mar.
Fue un saludo mudo de dos personas despiertas en medio de una nao dormida.
A los pocos días, el viento amainó y la Santa Isabel comenzó a quedar rezagada.
El maestre de campo, Pedro Merino, un militar de tierra adentro que pretendía entender de vientos, insistió con altanería en que debíamos alterar el rumbo para esperarla.
Yo prefería mantener el rumbo actual y esperar a que el viento refrescara por nuestra amura.
Acabamos discutiendo agriamente en el alcázar por una maniobra que, leída en tierra, parecería insignificante, pero que en el mar define quién manda a bordo.
Hicimos la maniobra que dictaba la prudencia marinera y seguimos adelante; la almiranta volvió a ganar su puesto y la disputa no pasó a mayores, pero desde entonces me resultó incómoda su manera de imponer sus opiniones sobre asuntos que no conocía.
Aquel mismo día, vi a Mendaña conversando con Isabel, señalando con el dedo un punto difuso en la carta náutica.
Ella escuchaba con atención, con los ojos fijos en el trazo de tinta.
Al acercarme para comprobar la bitácora, ambos guardaron un silencio repentino y recogieron el papel.
No hice preguntas. Nunca me ha gustado meter la nariz en camarotes ajenos.
Las jornadas se volvieron irregulares. Había días de buen avance y otros de desesperante calma chicha. Una tarde, Mendaña me llamó al alcázar con una de las cartas arrugada bajo el brazo.
—¿Cuánto nos resta para esas islas, piloto? —preguntó sin rodeos.
—Una estimación, señor. Cinco singladuras si el viento nos ampara.
—Eso me lo dijiste hace tres días.
—Es lo que el mar consiente, señor. El viento no atiende a los deseos de los mapas.
Miró fijamente al horizonte antes de golpear el papel.
—Salimos del Callao con otras cuentas en los libros.
—Las cuentas de tierra sirven hasta que el viento dice lo contrario.
—Quiero ver tierra antes de que toquemos el fondo de las pipas de agua y los barriles de galleta.
—No estamos aún en esa penuria, Adelantado.
—Todavía —sentenció, guardándose el mapa bajo el brazo antes de descender del alcázar con gesto adusto.
Por las noches, en el entrepuente, los soldados y colonos contaban las jornadas que llevábamos fuera de El Callao.
Ya no lo hacían para matar el tiempo, sino con un deje de inquietud.
La cifra de las "tres semanas" volvía a salir en las conversaciones, pero ya nadie la pronunciaba con la alegría del muelle.
Yo seguía tranquilo. Teníamos agua, el rancho no se había corrompido, el tiempo era favorable y las cuatro naves marchaban juntas sin averías en las arboladuras.
Si el viaje se demoraba unos días, entraba en los cálculos de cualquier piloto experimentado.
Pero el ambiente a bordo se había enrarecido.
Los pasajeros pasaban horas apostados en la proa, escudriñando el horizonte con los ojos entornados, como si quisieran hacer aparecer la costa con la mirada.
Pronto, el ansia de tierra se contagió a todos.
Al menor pretexto, alguien creía distinguir una sombra lejana, otro juraba haber avistado un alcatraz y un tercero interpretaba la forma de las nubes como el perfil de una cordillera.
Los marineros viejos no hacíamos caso: una nube baja engaña al ojo más entrenado y las aves pueden volar a muchas leguas de su nido.
Sin embargo, una mañana el vigía de la cofa dio la voz de alarma.
Desde cubierta no se veía más que el desierto azul. Subí por las jarcias hasta tener mejor perspectiva y clavé la vista en el horizonte. Al principio, solo mar. Luego, una línea oscura y finísima, fija, que no se deformaba como las nubes. Esperé varios minutos. Permanecía inmóvil.
—¡Tierra por la proa! —grité hacia el alcázar.
Mandé aviso a Mendaña y ordené mantener el rumbo.
Las naves consortes repitieron las señales y comenzaron a acortar distancias.
En cubierta se desató el alboroto. Los colonos abandonaron sus quehaceres y se agolparon en las bordas.
En pocos minutos, la nao entera vibraba pendiente de aquella sombra lejana.
Conforme ascendía el sol, la mancha cobró relieve.
Las montañas se desgajaron del horizonte, alzándose con una fuerza salvaje sobre las aguas.
No era una costa baja y arenosa; eran cumbres imponentes que parecían venir a nuestro encuentro.
Desde las cubiertas de la Santa Isabel y las otras naves llegaban gritos de júbilo y cánticos.
Los hombres que habían discutido por palmos de tierra en cubierta enmudecieron, sobrecogidos ante la inmensidad de lo que tenían delante.
La tierra que habían esperado durante semanas aparecía por fin ante sus ojos.
Entre la muchedumbre de babor alcancé a ver a Isabel.
Miraba las montañas sin apartar los ojos de ellas.
Durante un momento pensé que tendría la misma expresión que cualquiera de aquellos hombres y mujeres que acababan de ver cumplida una esperanza.
Pero no pude saberlo. La multitud se movió y la perdí de vista.
Las naos enfilaron la costa, ganando el abrigo de la ensenada.
Habíamos llegado a las Marquesas.