LA ADELANTADA (Hispanidad 8) EL CALLAO
7%

EL CALLAO

Apareció allí, caminando entre estibadores mugrientos, marineros curtidos y hombres que corrían de un lado a otro con los últimos pertrechos.

Destacaba entre el fango del muelle; su vestido, de una seda oscura y limpia, contrastaba con la crudeza del puerto, y avanzaba con una rigidez altiva, ajena al bullicio de las carretas.

Algunos hombres interrumpieron su tarea y se volvieron para mirarla.

Yo también lo hice.

Mendaña la había visto desde el otro extremo del muelle.

Llevaba toda la mañana de un lado para otro, pendiente de cada detalle que pudiera retrasar la partida.

Al verla se detuvo, y la dureza de su rostro se ablandó en una sonrisa relajada mientras salía a su encuentro.

La acompañó hasta el bote auxiliar y embarcó con ella.

Poco después, se recortaban contra el costado de la San Jerónimo.

La vi alejarse hacia la capitana y, durante unos instantes, seguí con la mirada la barca.

Después, el caos del puerto volvió a reclamar mi atención.

Había cajas, baúles y barriles amontonados por todas partes.

Las naves estaban cargadas casi hasta la línea de flotación y todavía seguían llegando carretas desde Lima.

Poco importaba el contenido exacto de aquellos bultos; llevábamos provisiones para la mar y todo lo necesario para arraigar en la tierra que Dios nos diera: herramientas de forja, semillas, cerdos y cabras que balaban entre el lodo, y maderas para levantar las primeras chozas.

Cada familia parecía haber apretujado en sus arcones de madera la memoria entera de su vida anterior.

No era poco lo que pretendíamos levantar de la nada, y por eso llevábamos con nosotros a mujeres, niños y artesanos de diversos oficios.

Se esperaba que el viaje durase apenas unas pocas semanas.

En los mapas, la distancia parecía una línea fácil de trazar; el océano todavía no nos había enseñado su verdadera anchura.

Las cuatro naves permanecían fondeadas frente al muelle: la capitana San Jerónimo, la almiranta Santa Isabel, la San Felipe y la Santa Catalina. Yo apenas prestaba atención a las otras tres. Mis ojos volvían siempre a la capitana.

Con la marea a punto, poco me quedaba por hacer en tierra.

Entré en una taberna ruidosa que olía a sebo, fritanga y sudor, y me eché al coleto un último trago de aguardiente, sintiendo cómo me quemaba la garganta reseca.

Al salir, una de las barcas de servicio estaba desatracando del muelle y salté a bordo.

La nao nos esperaba al abrigo de la bahía.

Al subir por el costado, me puse de inmediato a repasar lo que me correspondía por mi oficio: comprobé el estibado de la carga en la bodega para que no se desplazara con el balanceo, revisé la tensión de las amarras y eché un ojo a los instrumentos de la bitácora.

La San Jerónimo no era un barco nuevo. Yo conocía bien sus querencias: sabía cómo tendía a ganar el viento si no la sujetabas con mano firme y la pesadez de su timón cuando el mar de fondo la golpeaba por la aleta.

Una nave tiene su propio temperamento, sus crujidos particulares en la cuaderna de babor y su forma de asentarse en el agua; con los años, uno aprende a dialogar con ese maderamen sin necesidad de pensar, como quien conoce los silencios de un viejo amigo.

Cuando levamos anclas y las dotaciones cobraron los cabos, la San Jerónimo comenzó a ganar arrancada hacia la bocana del puerto.

Apenas hubo que corregir el rumbo con el pinzote.

Sentí el empuje del viento en el velamen bajo la planta de mis pies, un avance fluido y familiar que en ese instante me hizo creer que todo sería sencillo.

El Callao fue empequeñeciéndose a nuestra popa hasta convertirse en una franja gris.

Nos dirigíamos hacia las islas Salomón.

Entonces creía que el mar era el único peligro.