LA ADELANTADA (Hispanidad 8) PRÓLOGO
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LA ADELANTADA (Hispanidad 8)

LA ADELANTADA (Hispanidad 8)

Por Jos Miguel Daz Ventosa

© inepub.com

PRÓLOGO

De pronto, la inmensa San Jerónimo se alzó sobre el mar como si algo la hubiera levantado desde abajo.

Por un instante quedamos suspendidos y después caímos con un golpe seco que hizo crujir la nao entera.

La cubierta se inclinó y varios hombres cayeron contra la borda; el aparejo rechinó sobre nuestras cabezas y una lluvia de objetos sueltos rodó por las tablas.

Yo mismo tuve que agarrarme al palo de mesana para no perder el equilibrio.

El viento dejó entonces de importar. También el rumbo.

Solo quedó el quejido de la madera bajo nuestros pies.

El agua, que parecía subir directamente desde el fondo y no levantada por el temporal, se alzó alrededor del casco y volvió a caer sobre nosotros.

Otra sacudida nos atravesó el cuerpo antes de que nadie hubiera conseguido ponerse en pie.

Sentí la vibración recorrer el maderamen hasta mis manos, aferradas al palo, mientras el pinzote del timón restallaba con violencia allá en la popa.

Miré las velas: seguían trabajando con el viento de antes, pero ya no parecían tener autoridad sobre la nave.

Mandé que se atendiera al velamen mientras buscaba con la vista las otras naos.

Entonces empezó el fuego.

Primero fue un resplandor que abrió la oscuridad detrás de una masa de humo.

Después, una llamarada se elevó sobre el mar.

El estruendo llegó un instante más tarde, profundo y prolongado, y la nao tembló de nuevo desde la quilla.

Otra explosión iluminó la noche. Esta vez pudimos ver el origen de las llamas. Había una isla delante de nosotros.

El aire azufrado se hacía cada vez más irrespirable.

Las primeras pavesas cayeron sobre la cubierta.

Rebotaron entre las tablas y algunas se apagaron en los charcos que ya cubrían la madera.

Una de ellas cayó ardiendo junto a un cabo y un marinero se lanzó sobre ella sin dar tiempo a que prendiera la jarcia.

Otro corrió hacia la banda con un cubo mientras desde popa gritaban que había fuego.

Una vela empezó a arder y varios hombres la cortaron rápidamente de su verga antes de que el fuego alcanzara la arboladura.

Algunos echaban agua sobre los puntos donde empezaba a prender la madera.

El barco seguía levantándose y cayendo bajo nuestros pies, y cada sacudida hacía más difícil sostenerse. Las órdenes se perdían entre el estruendo. El agua que arrojábamos sobre la madera corría por la cubierta y volvía al mar mezclada con ceniza.

Incluso en el peor temporal uno sabe qué hacer: reducir vela, gobernar con el viento, mantener la proa donde conviene.

Allí nada respondía a esas reglas. El timón apenas servía y las velas no podían hacer otra cosa que mantenernos sujetos al mismo viento mientras el mar sacudía el casco con violencia.

Volví a mirar el agua. Parecía hervir en torno a los maderos.

Una nueva explosión abrió el cielo. Entre una bruma de ceniza se recortó la silueta de la isla contra el resplandor, y sobre ella se levantaba una nube que crecía con cada estallido. El mar se sacudió de nuevo bajo nosotros.

Busqué las otras naves. La densa humareda las hacía desaparecer y reaparecer a cada momento, pero una llamarada bastaba para distinguir sus arboladuras.

Los fanales comenzaron a hablarse de una nave a otra.

Una luz asomaba entre la negrura del aire y otra contestaba desde más lejos.

Intentábamos no perder de vista las embarcaciones mientras el mar las seguía levantando y dejándolas caer.

Traté de localizar a la Santa Isabel. Una llamarada la iluminó durante un instante y creí distinguir sus palos y sus velas.

Volví a mirar hacia el mismo lugar, pero el humo se cerró una vez más.

Esperé a que se mostrase de nuevo. Hicimos señales.

El fanal de popa seguía encendido y dos de las naves contestaron.

La Santa Isabel, no. La busqué con desesperación entre la negra bruma, pero no pude verla.

Las llamaradas seguían iluminando por momentos las arboladuras de las otras naves; de la almiranta no volvimos a saber nada.

Al amanecer, el mar había recuperado algo de calma. Las otras naves seguían allí.

La Santa Isabel había desaparecido.