EPÍLOGO
La muerte del Adelantado cambió el gobierno de la empresa.
Isabel Barreto asumió el mando como gobernadora, mientras Lorenzo Barreto, su hermano, quedó al frente de las fuerzas militares.
Pero Lorenzo tampoco llegaría a ver Filipinas: una herida causada por una flecha durante los enfrentamientos con los habitantes de Santa Cruz terminó provocándole la muerte.
Isabel quedó entonces al frente de una expedición que había perdido a los dos hombres que, hasta poco antes, habían concentrado en sus manos buena parte de la autoridad.
A partir de entonces, las naves fueron desapareciendo una tras otra.
La San Jerónimo continuó sola hacia las Marianas y, desde allí, hacia Filipinas.
Los hombres que quedaban a bordo habían pasado ya meses de hambre y enfermedad, y la nave había perdido buena parte de su capacidad para navegar; Quirós tuvo que conducirla por aguas que conocía mal, con cartas insuficientes y un aparejo que se deterioraba día tras día.
Cuando entraron en Cavite, había registrado cincuenta muertos desde la salida de Santa Cruz.
La investigación no terminó con una condena de Isabel ni de Quirós.
El desastre había sido demasiado grande para que una sola decisión pudiera explicarlo y, aunque las responsabilidades y los enfrentamientos entre los expedicionarios quedaron recogidos en las declaraciones, no hubo una sentencia que atribuyera a los dos supervivientes principales la pérdida de la empresa.
Isabel permaneció en Filipinas y allí comenzó una vida distinta de la que había imaginado al abandonar el Perú.
En 1596 contrajo matrimonio con Fernando de Castro, general de la armada y miembro de una familia vinculada al gobierno del archipiélago.
La San Jerónimo fue reparada y, el 10 de agosto de aquel mismo año, ambos partieron de Cavite rumbo a Nueva España.
Llegaron a Acapulco el 11 de diciembre, después de haber cruzado de nuevo una parte del océano que tan poco tiempo antes había estado a punto de acabar con sus vidas.
Isabel continuó vinculada a los derechos que había heredado de Mendaña y durante los años siguientes siguió defendiendo la empresa de las islas Salomón. La documentación de su vida posterior es mucho más escasa que la que dejó el viaje de 1595-1596, y las fuentes no coinciden en todos los detalles.
Isabel Barreto de Aragón Castro nació hacia 1567 y murió probablemente en 1612, aunque la documentación conservada no permite establecer con absoluta certeza todos los detalles de sus últimos años.
Lo que sí quedó establecido fue su posición en aquella expedición.
Había partido como esposa del Adelantado y terminó gobernándola después de la muerte de Mendaña y de Lorenzo Barreto, cuando las posibilidades de cumplir el proyecto original se habían reducido hasta casi desaparecer.
No fue una figura aislada de las decisiones que condujeron al desastre, ni las fuentes permiten convertirla retrospectivamente en una mujer que acertara siempre; pero tampoco puede borrarse el hecho de que fue ella quien asumió el mando cuando quienes habían recibido inicialmente esa responsabilidad ya habían muerto y quien llevó hasta Filipinas a los supervivientes de aquella empresa.
Quirós regresó al Perú después de la expedición y dedicó el resto de su vida a intentar volver al Pacífico.
La experiencia de la San Jerónimo no disminuyó su convicción de que todavía quedaban grandes tierras por descubrir, sino que reforzó su deseo de encontrarlas.
Durante años escribió memoriales, buscó apoyos y trató de convencer a la Corona de que financiara una nueva expedición, hasta conseguir finalmente autorización para partir de nuevo.
En 1605 regresó al océano al frente de tres naves.
Su objetivo era alcanzar la gran tierra austral que estaba convencido de que existía al sur del Pacífico, y llegó a las Nuevas Hébridas, donde tomó posesión de una isla a la que llamó Australia del Espíritu Santo.
Creyó haber encontrado una parte de aquella tierra austral que llevaba tantos años buscando, aunque la expedición terminó separándose y el resultado estuvo muy lejos de sus expectativas.
Luis Váez de Torres continuó su navegación y atravesó posteriormente el estrecho que lleva su nombre, mientras el piloto emprendía el retorno a Nueva España.
Después volvió a España y pasó sus últimos años intentando obtener autorización para una nueva empresa. No la consiguió. Murió en Panamá en 1615, todavía ligado a los proyectos de descubrimiento que habían ocupado su vida desde mucho antes de que la San Jerónimo entrara en Cavite.
La empresa de Mendaña, por su parte, no alcanzó ninguno de los objetivos con los que había sido concebida.
Santa Cruz fue abandonada y las islas Salomón no llegaron a convertirse en una colonia española permanente.
Tres de las cuatro naves dejaron de formar parte de la expedición antes de alcanzar Filipinas, y una proporción considerable de quienes habían salido del Perú quedó para siempre en el camino.
Sin embargo, aquel viaje no desapareció.
Quedaron las relaciones de los supervivientes, las declaraciones de los oficiales, los autos conservados en los archivos y las cartas en las que aquella parte del Pacífico comenzó a adquirir una forma más precisa para quienes nunca habían navegado por ella.
Quedó también la memoria de una expedición que había cruzado unas 10.
800 millas náuticas de océano, que había perdido hombres y naves a lo largo de la ruta y que, después de todo aquello, consiguió llevar una sola embarcación hasta Cavite.
Mendaña murió sin completar la empresa que había perseguido durante décadas.
Lorenzo Barreto murió antes de llegar a Filipinas.
Cientos de hombres y mujeres no volvieron a ver el Perú.
Isabel sobrevivió y continuó defendiendo la herencia de aquella empresa; Quirós siguió buscando nuevas tierras hasta el final de su vida.
La expedición había fracasado.
Pero sus hombres habían cruzado el Pacífico y habían llegado al otro lado.
[1] Broma: moluscos marinos que perforan y deterioran la madera de los barcos, especialmente cuando permanecen largo tiempo en aguas cálidas. (N. del A.)
[2] NOTA HISTÓRICA DEL AUTOR. Las investigaciones arqueológicas realizadas en Pamua, en la isla de San Cristóbal (actual Makira), han documentado un asentamiento español de finales del siglo XVI relacionado con la expedición de Mendaña.
Los restos, entre ellos cerámica española, han sido vinculados por los investigadores con la Santa Isabel y sus supervivientes.
La evidencia arqueológica demuestra una presencia española en la isla, pero no permite reconstruir con certeza todas las circunstancias de su llegada ni confirmar las versiones posteriores sobre el destino de la almiranta.