Capítulo treinta y seis
Pasó una semana, luego dos.
Tendría que haber sido una de las mayores victorias de la carrera política de Emery, pero el triunfo se había agriado. No había tenido noticias de Maxine: ni un mensaje, ni una llamada, ni un correo electrónico. Era como si Maxine la hubiera borrado por completo.
Se repetía una y otra vez que era ridículo esperar nada. Habían pasado dos semanas intentando derrotarse mutuamente en uno de los litigios más importantes que cualquiera de las dos hubiera llevado jamás, y el fallo final había sido desfavorable para Maxine de forma espectacular.
Si los papeles se hubieran invertido, Emery no estaba del todo segura de que hubiera querido hablar con Maxine tampoco. Ese pensamiento la acompañó mucho más tiempo del que le habría gustado admitir.
¿Lo que sucedió en el ascensor no había sido más que un momento de debilidad? ¿Había decidido Maxine que la victoria de Emery confirmaba que siempre estarían en bandos opuestos?
No tenía respuestas, solo un vacío terrible que la seguía adondequiera que fuese.
Llevaba media mañana del viernes revisando una pila de documentos del Gabinete, anotando cosas en el margen de un informe de seguridad nacional sin asimilar ni una sola palabra, cuando sonó el teléfono privado de su escritorio.
Miró la pantalla antes de descolgar.
—Hola, David.
La voz del primer ministro sonó tan directa como siempre.
—¿Tienes unos minutos, Emery?
—Por supuesto.
—¿Podrías venir a Kirribilli House?
—Estaré allí en breve.
Veinte minutos después, condujeron a Emery al despacho del primer ministro. Había estado allí muchas veces a lo largo de los años, para discutir legislación, remodelaciones del Gabinete y crisis, pero hoy la atmósfera era distinta.
El primer ministro estaba de pie detrás de su escritorio y la observó unos instantes antes de señalar la silla de enfrente.
—Siéntate.
Cuando Emery se sentó, él tomó asiento y unió las yemas de los dedos.
—Imagino que te preguntarás por qué quería verte.
—Supuse que tenía algo que ver con Ken.
Él asintió.
—Sus días en el Gabinete han terminado. Ahora es un diputado raso, y le he pedido que no se presente en las próximas elecciones.
—Se ha librado de buena —comentó Emery sin compasión—. Casi le cuesta una fortuna al país.
Él cogió una carpeta de su escritorio y la deslizó hacia ella.
—Esa no es la única razón por la que te he hecho venir. George tiene cáncer. Dimitió de su cartera ayer. Me gustaría que fueras la próxima fiscal general y directora de Seguridad Nacional.
Durante un largo momento, se limitó a mirarlo fijamente.
Hubo un tiempo, no hacía tanto, en que habría aceptado esos cargos sin dudarlo.
Representaban todo aquello por lo que había trabajado durante años.
Dos de las carteras más poderosas del gobierno, el tipo de nombramiento que marcaba la cima de una carrera política, incluso un trampolín hacia el puesto más alto.
—Es un gran honor, David —murmuró.
Él sonrió.
—Te lo has ganado.
Emery apoyó las yemas de los dedos sobre la carpeta.
En vez de entusiasmo, sintió algo completamente distinto.
Se imaginó las interminables reuniones del Gabinete que se alargarían hasta la noche, los informes clasificados que devorarían los fines de semana, los viajes al extranjero, la presión constante, las horas imposibles.
Cada rincón que quedaba de su vida privada desaparecería bajo otra montaña de trabajo.
Entonces, de pronto, pensó en Maxine. No en la brillante abogada que se había enfrentado a ella en la sala del tribunal, sino en la mujer que había reído con ella durante aquella cena en Canberra, y que le había robado el corazón sin esfuerzo.
Lentamente, devolvió la carpeta deslizándola sobre el escritorio.
—Lo siento, David. No puedo aceptar.
Durante varios segundos, él se limitó a mirarla.
—No estoy seguro de entenderte.
—No quiero las carteras.
—Pero llevas años trabajando para esto. Serías candidata a primera ministra algún día.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué rechazarlo ahora?
Emery sonrió con tristeza.
—Porque en algún punto del camino, me centré tanto en construir una carrera que olvidé construir una vida. Y ya no estoy convencida de que otro ascenso vaya a arreglar eso.
Él la observó en silencio.
—Todavía quiero servir —dijo en voz baja—. Estoy más que dispuesta a seguir en el Gabinete si es lo que necesitas. Pero me gustaría una cartera que me permita recordar que hay un mundo más allá del Parlamento.
Por primera vez desde que lo conocía, el primer ministro parecía verdaderamente desconcertado.
—Nunca pensé que te oiría decir algo así.
Emery dejó escapar una risa queda.
—Yo tampoco.
—Vete a casa y piénsalo. Todavía hay tiempo para cambiar de opinión.
Ella se puso de pie y negó con la cabeza.
—No lo haré. Mis prioridades han cambiado. Pero gracias por la oferta. Y dale recuerdos a George de mi parte.
Mientras volvía al coche, se sintió más ligera de lo que se había sentido en años. Había dado un paso atrás en su carrera, así que ahora tocaba arreglar su vida personal.
De vuelta en su despacho, sacó el móvil y marcó el número. Cuando una voz de mujer respondió, se puso nerviosa de repente.
—Agencia Blackwood. ¿En qué puedo ayudarla?
—Eh… Hola, Judith. Soy Emery Moreton.
Una pausa. Luego la voz volvió, un poco más fría.
—Hola, Emery. ¿Buscas otra reserva?
—Sí, por favor. Una cita para cenar mañana por la noche, si es posible.
—Seguro que se puede arreglar. ¿Quieres a Paula otra vez? Dijo que había pasado una velada muy agradable.
—No, gracias. Paula fue encantadora, pero no es lo que busco.
—¿Ah, no? —Judith hizo una pausa—. ¿Qué tipo de acompañante tienes en mente?
Emery sonrió al teléfono.
—Busco a alguien de más de treinta años, con buena formación, que domine varios idiomas.
Alguien que se sienta completamente a gusto en compañía de políticos, diplomáticos y líderes empresariales.
Alguien capaz de hablar de economía, comercio internacional o prácticamente cualquier tema que surja durante la cena sin que ninguna de las dos nos aburramos.
Hizo una pausa.
—También me gustaría que fuera lo bastante inteligente como para desafiarme cuando crea que me equivoco, y lo bastante segura de sí misma como para no dejarse intimidar por mi cargo.
Añadió, casi de pasada:
—Y tiene que ser rubia.
Pasaron varios segundos antes de que Judith volviera a hablar. Esta vez, su tono era burlón.
—Vaya dechado de virtudes que has descrito.
—Pero tienes una, ¿verdad?
Judith soltó una risita.
—Creo que puedo encontrar lo que buscas.
—¿Aceptaría salir conmigo?
—Tendré que preguntárselo.
—Me gustaría llevarla a algún sitio realmente bonito. Quizá ver un espectáculo primero. Lo que ella quiera, me da igual.
—Estoy segura de que con la cena será suficiente. Si acepta, reservaré algo para vosotras. ¿Alguna preferencia?
Emery suspiró.
—No tengo ni idea. Yo... eh... no salgo mucho. Algún sitio donde se pueda bailar sería ideal.
—Muy bien. Si acepta, lo reservaré.
Judith hizo una pausa.
—Si esa mujer no está disponible, ¿querrías a otra?
—No. Solo la quiero a ella.
—Bien. Entonces te aviso esta noche. Adiós.
Emery cortó la llamada y respiró hondo. La hermana de Maxine resultaba tan intimidante como cualquier político de la oposición.
Durante el resto de la tarde, Emery no consiguió hacer casi nada. Las propuestas del Gabinete quedaron sin tocar; los informes permanecieron a medio leer. Su concentración se desvanecía cada pocos minutos, y sus pensamientos volvían una y otra vez a la llamada con Judith.
No tenía ni idea de si Maxine aceptaría verla. De hecho, si era sincera consigo misma, no entendía por qué Judith había sonado tan segura al final. Maxine tenía todos los motivos para negarse. Emery se había alejado de ella en Canberra y luego la había derrotado en los tribunales.
A las cuatro, había comprobado el teléfono tantas veces que se preguntó si habría dejado de funcionar. A las ocho y media, por fin sonó. Emery lo cogió al vuelo antes del segundo tono.
—¿Diga?
Una risita suave.
—Deduzco que has estado esperando mi llamada.
Emery se rio, incapaz de contenerse.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
Hubo una pausa que pareció prolongarse eternamente.
—¿Y bien? —preguntó Emery, incapaz de ocultar la ansiedad en su voz.
—Hablé con la acompañante.
Emery contuvo la respiración.
—¿Y?
—Cenará contigo.
Durante un instante, Emery se quedó paralizada, convencida de que había oído mal. Luego asimiló las palabras.
—¿Ha... dicho que sí?
—Así es.
La sonrisa que se extendió por el rostro de Emery fue tan repentina y abrumadora que soltó un gritito de alegría nada propio de ella. Se tapó la boca con la mano de inmediato.
Judith se rio abiertamente.
—Lo tomaré como entusiasmo.
—No sé qué decir.
—Podrías empezar por no llegar tarde.
—No llegaré tarde.
—He reservado mesa para mañana a las siete y media. Te envío la dirección por mensaje. Recógela a las siete.
Emery sonrió.
—Perfecto.
—Y una cosa más.
—¿Sí?
—No hables del caso judicial.
Emery se rio suavemente.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
La línea se cortó.
Emery permaneció inmóvil durante varios momentos antes de bajar lentamente el teléfono.
No se había dado cuenta de lo contenida que había estado hasta ese momento. Era como si alguien hubiera abierto en silencio una puerta que creía cerrada con llave para siempre.
A la tarde siguiente, Emery se quedó frente a su armario con una indecisión que rara vez experimentaba. Al final, eligió una blusa de seda color marfil bajo un abrigo entallado azul oscuro, combinado con pantalones de vestir a juego. Elegante, pero sin exagerar.
En una floristería de Double Bay compró un ramo de lirios blancos y rosas de un rosa pálido. Cuarenta minutos después, con las flores en el asiento del copiloto, su taxi giró por una calle de Bondi y se detuvo frente a un moderno edificio de apartamentos.
Al bajar del taxi, por primera vez desde que había dejado Kirribilli House, fue plenamente consciente de la magnitud de lo que estaba haciendo.
Estaba a punto de llamar a la puerta de la mujer de la que estaba perdidamente enamorada. Y rezaba por no llegar demasiado tarde.
No tenía ni idea de cómo la recibiría. Pero encontraría la manera de recuperar a Maxine.
De una forma u otra.