La acompañante de la senadora Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Emery cerró la puerta de su apartamento y se apoyó en la pared.

Sus emociones estaban en caída libre; le había costado toda su fuerza de voluntad alejarse de Maxine en el ascensor. La verdad que intentaba ignorar desesperadamente era que no había querido parar. Lentamente se llevó los dedos temblorosos a los labios.

Todavía podía sentir el beso y el cuerpo presionado contra el suyo. Lo que más la perturbaba no era que Maxine la hubiera besado, sino lo mucho que se había entregado a ello.

Dios santo. Maxine casi se la había follado en el ascensor y ella había querido que lo hiciera. Casi le había suplicado. En un momento dado, no habría tenido ningún reparo en abrirle las piernas.

¿Cómo había podido perder el control de esa manera?

Se había enamorado de Maxine en Canberra.

Nunca había tenido sentido fingir lo contrario, no ante sí misma.

Desde el momento en que aquella mujer escandalosa había entrado en su suite de hotel y desmantelado sin esfuerzo todas sus inhibiciones, había quedado completamente cautivada.

Se había convencido de que terminar allí, por doloroso que fuera, había sido la única decisión sensata.

Que alguien como Maxine no merecía estar atada a una política obsesionada con el trabajo.

Durante nueve largos meses se había aferrado a esa creencia, y entonces Maxine, el espíritu libre, se había convertido en Maxie Carlton, tan atada a su trabajo como ella.

Un encuentro imposible e imprudente en el ascensor de su edificio había derribado todas las defensas que había pasado nueve meses construyendo, y la había dejado sintiéndose exactamente tan vulnerable como la mañana en que vio a Maxine marcharse de Canberra.

Deambuló sin rumbo por el apartamento, dejando caer el bolso sobre la encimera de la cocina sin siquiera fijarse dónde caía. El silencio resultaba opresivo, porque no había nada que la distrajera de las preguntas que le daban vueltas en la cabeza.

¿Cómo iba a volver al Tribunal Federal el lunes por la mañana y sentarse tranquilamente detrás del abogado del gobierno después de lo que acababa de suceder?

¿Cómo iba a ver a Maxine destrozar testigo tras testigo mientras fingía que no seguía sintiendo su boca en los labios, o su muslo entre las piernas?

Se detuvo en medio del salón.

Había otra pregunta que ya no podía ignorar. Una que había estado relegando al fondo de su mente desde que descubrió que Maxine era la abogada principal de los demandantes.

¿Cómo, en nombre de Dios, había llegado Maxine a ser su acompañante en Canberra?

Todo lo que había aprendido desde que comenzó el juicio dibujaba una imagen que simplemente no encajaba.

Maxie Carlton había sido una de las abogadas corporativas más brillantes de Singapur, y ahora era una temida litigante en el país, a quien uno de los bufetes más formidables de Sídney había confiado uno de los casos comerciales más importantes del año.

Entonces, ¿dónde encajaba el papel de acompañante? ¿Por qué la Agencia Blackwood envió a Maxine como su acompañante en Canberra? ¿Qué motivo oculto tenía la Agencia?

Emery se quedó helada. ¿Buscaban secretos de Estado?

Más que nunca, necesitaba la respuesta.

Cogió el teléfono y marcó un número.

Una voz masculina respondió después de cuatro tonos.

—Son las once de la noche, Emery. ¿Qué pasa que es tan urgente?

—Lo siento, Maurie. Quiero que averigües lo que puedas sobre la Agencia Blackwood.

—¿La agencia de acompañantes?

—¿La conoces?

Hubo una risa suave al otro lado de la línea.

—La usan muchas personas adineradas, además de algunos políticos. ¿Qué quieres saber?

—¿Es legal?

—Limpia como una patena. Dada la naturaleza de su negocio y quiénes son sus clientes, la ha investigado a fondo la Policía Federal.

Emery sintió una oleada de alivio. Eso respondía a la pregunta principal, pero aún no explicaba cuál era su conexión con Maxine.

—Bien, eso me deja más tranquila. ¿Podrías investigar a la propietaria? Su familia, amigos, etcétera. Se llama Judith Black.

—Tendrás el expediente en tu escritorio el lunes.

—Gracias, Maurie.

Emery colgó el teléfono, aliviada pero aún más intrigada.

Con cierta inquietud, Emery abrió la carpeta sobre su escritorio. Era más delgada de lo que había esperado. Recorrió la primera página con la mirada.

Judith Black.

Propietaria y directora general de la Agencia Blackwood. Sin antecedentes penales ni registros de inteligencia adversos, ni vínculos con el crimen organizado.

Las múltiples investigaciones realizadas a lo largo de los años tanto por la Policía Federal Australiana como por ASIO habían concluido que la Agencia era completamente legítima, con estándares excepcionalmente altos de discreción y selección de clientes.

Emery exhaló en silencio. Así que Maurie había tenido razón. La Agencia era exactamente lo que afirmaba ser.

Pasó la página.

Nombre de nacimiento: Judith Carlton.

Madre: Lena Carlton. Ciudadana polaca que emigró a Australia con sus dos hijas en 1994.

Hermana menor: Maxine Carlton. Antigua abogada corporativa sénior en Singapur, ahora litigante en Gale and Associates, Sídney.

Emery bajó el expediente y miró por la ventana.

Eso era todo. No había engaños elaborados ni agendas ocultas.

Maxine no había sido una acompañante en absoluto; simplemente había intervenido para ayudar a su hermana.

Y pensándolo bien, Emery sabía por qué. Había pedido a alguien que hablara varios idiomas, alguien que Judith probablemente no tenía.

Y en solo catorce días, Maxine había logrado desmantelar todas las certezas que Emery había tenido sobre sí misma.

Emery sonrió a pesar de todo. Era muy propio de Maxine poner su mundo patas arriba simplemente por hacerle un favor a su hermana.

Miró el reloj: era hora de ir al tribunal.

Los cuatro días siguientes transcurrieron con una sensación casi insoportable de inevitabilidad.

Cada mañana Emery llegaba al Tribunal Federal unos minutos antes de que comenzaran las sesiones, cruzaba unas palabras con Davidson y los abogados del gobierno, y ocupaba su lugar detrás del letrado.

Casi sin darse cuenta, sus ojos se desviaban hacia la mesa de los demandantes, solo para encontrar a Maxine ya allí, rodeada de archivos y carpetas de testigos, con toda su atención aparentemente fija en los procedimientos del día.

Aparentemente.

La mayoría de las veces, antes de que ninguna de las dos se diera cuenta de lo que estaba haciendo, sus miradas se encontraban.

Ninguna de las dos sonreía ni daba muestras de reconocer a la otra.

Después de lo que había sucedido en el ascensor el sábado por la noche, era como si hubieran llegado a un acuerdo tácito de que el encuentro nunca había ocurrido, que pertenecía a un mundo completamente distinto y no tenía cabida entre las paredes de madera de la Sala Tres.

Era un acuerdo que ninguna de las dos parecía capaz de respetar.

Emery se volvió intensamente consciente de la presencia de Maxine, de un modo casi imposible de ignorar.

Se descubría atenta a su voz antes incluso de que Maxine se pusiera en pie, reconociendo instintivamente la cadencia mesurada de sus preguntas mucho antes de levantar la vista de sus notas.

Más de una vez se sorprendió observando a Maxine en lugar de al testigo que interrogaba.

Le fascinaba la transformación que tenía lugar cada mañana, cuando la mujer despreocupada que había conocido en Canberra desaparecía tras la formidable abogada litigante a la que Sídney había bautizado como la Barracuda.

Profesionalmente, Maxine era magnífica. Personalmente, resultaba cada vez más imposible de resistir.

Con el paso de los días, la audiencia había empezado a decantarse a favor de los demandantes.

Ken Barnes nunca llegó a recuperarse de su segundo día en el estrado.

Lo que en un principio había parecido un simple descuido al no valorar la importancia de un modesto fideicomiso familiar fue transformándose gradualmente en algo mucho más dañino.

Maxine expuso con paciencia el escaso interés que el ministro había mostrado por los posibles conflictos de interés antes de aprobar un proyecto valorado en cientos de millones de dólares.

Nunca lo acusó de deshonestidad. No le hacía falta.

En su lugar, dejó que Barnes demostrara con calma, respuesta tras respuesta, que había firmado la aprobación final sin haberse cerciorado jamás de que miembros de su propia familia no tuvieran interés financiero alguno, por indirecto que fuera, en el consorcio ganador.

Cuando bajó del estrado, parecía exhausto. Y un completo idiota.

A los testigos siguientes no les fue mucho mejor.

Al cuñado de Barnes le costó explicar su participación en el consorcio sin dar la impresión de que las conexiones familiares eran más profundas de lo sugerido en un principio.

La cuñada encargada de administrar el fideicomiso tuvo que recurrir una y otra vez a documentos que claramente había esperado que jamás atrajeran la atención pública.

Desde la mesa del gobierno, Emery casi podía sentir cómo cambiaba el rumbo del caso.

Incluso Davidson, que rara vez dejaba traslucir emoción alguna, se había vuelto notablemente más callado con el paso de los días.

Los periodistas, desde luego, lo percibían.

Cada mañana aparecían nuevos titulares que auguraban la derrota del Commonwealth, mientras los comentaristas de televisión cuestionaban abiertamente si el proceso de licitación había quedado irremediablemente viciado.

Los analistas políticos ya habían empezado a especular sobre el futuro de Barnes, y muchos predecían con seguridad que su carrera ministerial había terminado con independencia de la decisión final del Tribunal.

El jueves por la tarde, incluso Emery tuvo que admitir que los demandantes habían tenido una semana excepcionalmente buena.

Si la audiencia hubiera terminado ahí, Gale and Associates casi con toda seguridad se habría ido convencido de haber hecho lo suficiente para conseguir una orden que obligara a repetir la licitación.

Cuando el último testigo abandonó el estrado poco antes de las tres de la tarde del viernes, la jueza Cartwright dirigió la mirada hacia la mesa del Commonwealth.

—Señor Davidson —dijo—. ¿El demandado tiene intención de presentar más pruebas?

Davidson se levantó despacio.

—Sí, señoría.

Miró brevemente por encima del hombro.

—El Commonwealth vuelve a llamar a la senadora Emery Moreton al estrado.

Un silencio se adueñó de la sala.

Emery sintió que todos los ojos de la sala se volvían hacia ella; el público se preguntaba por qué la habían vuelto a llamar. Pero Emery lo sabía. Era la única que ahora podía convencer a la jueza de que la licitación no estaba viciada.

Y solo había una forma de lograrlo: someterse al interrogatorio de Maxine.

Tendría que emplear toda su habilidad para conseguirlo.