La acompañante de la senadora Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Cuando la jueza Cartwright finalmente convocó el receso para el almuerzo, Maxine estaba totalmente frustrada.

No era un sentimiento que experimentara a menudo en los tribunales, pues normalmente a estas alturas de un contrainterrogatorio ya había establecido un ritmo.

Los testigos invariablemente revelaban algo.

Se comprometían demasiado con una posición, se ponían a la defensiva, respondían de forma demasiado amplia o simplemente subestimaban adónde los estaba llevando.

Emery no había hecho nada de eso. Era como intentar clavar humo en una pared.

Verla por primera vez la había golpeado mucho más fuerte de lo que esperaba.

Durante semanas se había repetido que no importaría.

Como sabía que el nombre de Emery estaba en la lista de testigos, había pasado horas preparándose para su testimonio y ensayando cada respuesta probable que la senadora pudiera dar.

En su mente, Emery se había convertido en un testigo más, otra pieza del caso, otro obstáculo entre sus clientes y el resultado que querían.

Pero cuando Emery atravesó la puerta de la sala, todos los meses transcurridos desde Canberra se desvanecieron.

Maxine se olvidó de la jueza, de los periodistas y de la audiencia cuando los recuerdos regresaron con dolorosa claridad.

Durante un momento ridículo volvió a estar en la cumbre, viéndola sonreírle por encima de una copa de vino.

Aunque la sensación duró solo unos segundos antes de que el entrenamiento y el profesionalismo se impusieran de nuevo, dejó tras de sí una verdad incómoda. Por mucho que se dijera lo contrario, Emery Moreton no era un testigo más. Su historia no podía borrarse fácilmente.

En cuanto la jueza se levantó y desapareció por la puerta detrás del estrado, la sala se llenó de movimiento. Los periodistas se apresuraron hacia las salidas, los espectadores se marcharon y los abogados recogieron sus papeles antes de ir en busca de café.

Maxine permaneció sentada. Varias carpetas yacían abiertas frente a ella, pero no podía concentrarse en ninguna.

Al otro lado de la sala, veía a Emery hablando con Davidson y uno de los procuradores auxiliares de la Fiscalía General del Estado.

Parecía serena, completamente imperturbable ante los acontecimientos de la mañana.

Maxine quería arrojarle algo, aunque no porque Emery hubiera hecho nada indebido.

Todo lo contrario: había estado muy bien.

A cada pregunta de Maxine había respondido con algo que sonaba completamente razonable sin revelar absolutamente nada útil.

Emery no solo había sobrevivido al contrainterrogatorio; lo había disfrutado.

La mujer sentada en el estrado de los testigos no era la Emery que se había reído durante las cenas en Canberra o que había hablado con ella hasta altas horas de la noche.

Esta era la senadora Emery Moreton, la política que llevaba casi una década respondiendo preguntas hostiles para ganarse la vida.

Y se notaba.

Maxine había intentado tres líneas de ataque diferentes durante la mañana, y cada vez Emery las había visto venir y las había sorteado con calma.

Cuando Maxine sugirió que el gobierno había estado preocupado por las consecuencias políticas del escándalo, Emery se mostró de acuerdo en principio mientras evitaba cuidadosamente cualquier admisión de que la política influyera en sus decisiones.

Cuando intentó plantear la preocupación de que Barnes permaneciera en el cargo, Emery transformó la pregunta en una discusión sobre el proceso ministerial.

En cuanto intentó acorralarla para obtener una respuesta de sí o no, Emery se las arregló de algún modo para responder a una pregunta completamente diferente sin parecer evasiva.

La jueza lo había notado, el abogado contrario también, y lo más molesto de todo, Maxine había captado un leve destello de diversión en los ojos de Emery. Que se lo hubiera pasado bien cabreó a Maxine más que cualquier otra cosa.

Patricia se dejó caer en la silla a su lado.

—Bueno.

Maxine no levantó la vista.

—No te regodees.

A la mujer mayor se le escapó una risa.

—Ha estado bien, ¿verdad?

Maxine cerró por fin la carpeta.

—Es imposible acorralarla.

Patricia siguió su mirada hacia la mesa del gobierno.

—Así es como suelen sobrevivir. Y tienes que admitir que es una política consumada.

Maxine se recostó en la silla y cruzó los brazos.

—Se ha anotado todos los puntos. Es escurridiza como una anguila.

Patricia estudió el estrado de los testigos un momento.

—No te equivocas.

Luego el rostro de Patricia esbozó una sonrisa lenta y cómplice que a Maxine le disgustó de inmediato.

—¿Qué?

—Nunca te había visto tan molesta con un testigo.

—Eso es porque la mayoría de los testigos no se pasan cuatro horas negándose a responder la pregunta.

—Creo que la senadora Moreton se te está metiendo bajo la piel.

Maxine recogió la carpeta y se levantó de la silla.

—Vamos a almorzar, Patricia.

La mujer mayor la miraba ahora con simpatía.

—Te das cuenta de que tienes toda la tarde con ella, ¿verdad?

—Ya me las arreglaré con ella —dijo, y miró al otro lado de la sala una última vez.

Emery seguía de pie con el abogado del gobierno, con aire de completa satisfacción.

Entonces Emery le sostuvo la mirada y levantó una ceja.

Un gesto diminuto, apenas perceptible, pero Maxine sabía exactamente lo que significaba.

Era la misma mirada que Emery solía lanzarle cada vez que creía haber ganado una discusión.

Qué creída.

Maxine apartó la mirada primero. La mañana era de Emery.

No pasaba nada, pero la audiencia no había terminado, ni mucho menos.

La vibración del teléfono interrumpió sus pensamientos justo cuando salía al pasillo. Maxine miró la pantalla y suspiró. Judy.

Consideró brevemente dejar que sonara. No había tiempo suficiente para una de las conversaciones de su hermana antes del almuerzo y, siendo honesta, no estaba de humor para responder preguntas que ya sabía que vendrían. Por desgracia, si algo era Judy, era persistente.

Maxine aceptó la llamada.

—Hola.

—¿Y bien? —exigió Judy de inmediato—. ¿Cómo va?

Maxine se cambió las carpetas al otro brazo y echó a andar despacio hacia las salas de conferencias reservadas para los abogados.

—Perfectamente.

Hubo un breve silencio.

—¿Has visto a Emery?

—Sí.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Ay, no me vengas con eso de abogada, Maxie.

—No estoy haciendo nada.

—Sí que lo haces. Estás respondiendo justo lo necesario para evitar abordar la pregunta.

Maxine no pudo evitar sonreír.

—Llevo dos meses preparándome para este caso. La evasión profesional se me está pegando.

—No —dijo Judy en voz baja—. Te conozco demasiado bien.

La sonrisa de Maxine se desvaneció. El pasillo bullía de abogados y testigos que iban y venían, pero apenas reparaba en ellos mientras aminoraba el paso. —La audiencia va bien —dijo—. Eso es lo único que importa.

Judy no respondió de inmediato. Cuando por fin habló, su voz había perdido el tono burlón.

—Eso no es lo que te pregunté. ¿Cómo te sentiste cuando la viste?

Maxine cerró los ojos un instante. Debería haber sabido que no podría ganarle la partida a su hermana. —Fue... inesperado.

—Me lo imagino. ¿Cómo estás?

Maxine clavó la mirada en el suelo un momento antes de responder. —Estoy bien.

—Maxie, se te nota en la voz que no es así.

Dejó escapar un suspiro lento. —Me pilló desprevenida, eso es todo.

—Lo sé.

—Ya lo gestionaré.

—Sé que lo harás.

Durante unos momentos ninguna de las dos habló. Luego Maxine miró el reloj. —Tengo que irme. El equipo me espera para comer.

Judy sabía que era mejor no discutir. —Llámame esta noche.

—Ya veremos.

—No —dijo su hermana con firmeza—. Me llamarás.

Una sonrisa reticente asomó a los labios de Maxine. —Adiós, Judy.

Colgó antes de que su hermana pudiera continuar, guardó el teléfono en el bolso y se quedó quieta un momento para recomponerse. Luego, irguiendo los hombros, se dio la vuelta y se dirigió a la sala de conferencias donde Patricia y el resto del equipo de litigación se habían reunido para comer.

La comida no contribuyó a mejorar el ánimo de Maxine.

El equipo de litigación pasó la mayor parte de la hora discutiendo estrategia, y Patricia propuso varios enfoques alternativos para la sesión de la tarde.

Incluso ella admitió que Emery había resultado ser una testigo mucho más hábil de lo que ninguno de ellos había previsto.

No había habido concesiones imprudentes, ni respuestas emocionales y, lo que era más frustrante, ningún intento de defender a Barnes más allá de los hechos conocidos.

Cada respuesta se había ceñido cuidadosamente a su propio conocimiento, dejando a Maxine con muy poco margen de maniobra.

Cuando se reanudó la sesión, la jueza Cartwright volvió a acomodarse en el estrado y dirigió un gesto de asentimiento hacia la mesa de los demandantes. —Señora Carlton.

Maxine se levantó, y esta vez prescindió de los preliminares.

—Senadora Moreton —comenzó, con voz lo bastante alta para que resonara en toda la sala—, ¿reconocería que cuando se reunió por primera vez con el ministro Barnes, el gobierno ya entendía que el asunto iba mucho más allá de un simple descuido administrativo?

Emery le sostuvo la mirada sin vacilar. —Reconocería que el asunto había atraído considerable atención pública.

—Pero mi pregunta no era sobre la atención pública.

—¿No?

—Era sobre si el gobierno era consciente de las consecuencias políticas.

—El gobierno reconoce que se habían formulado acusaciones graves contra uno de sus ministros.

Maxine resistió la tentación de suspirar. Caminó lentamente hacia el estrado antes de darse la vuelta. —¿Aceptaría que la principal preocupación del gobierno era controlar el daño político?

—No.

—¿No?

—Nuestra principal preocupación era establecer los hechos.

—¿Al margen de las consecuencias políticas?

—Son dos cuestiones distintas.

Maxine la observó con atención. —Entonces, ¿pretende que este tribunal crea que no hubo discusiones sobre contener el daño político?

—No he dicho eso.

—¿Qué ha dicho?

—He dicho que nuestra prioridad era establecer los hechos.

Otra respuesta que parecía colaboradora sin conceder absolutamente nada. Maxine cambió de táctica. —¿Alguien dentro del gobierno planteó limitar la divulgación de información relacionada con el fideicomiso?

—No en mi presencia.

—¿Alguien sugirió retrasar la divulgación hasta que se conocieran todos los hechos?

—No participé en todas las discusiones que tuvieron lugar dentro del gobierno.

—Pero no puede descartar esa posibilidad.

—No puedo declarar sobre conversaciones en las que no estuve presente.

Una vez más, siempre lo justo, pero nunca de más.

La tarde transcurrió de la misma manera.

Maxine exploró todas las vías que podía abordar legítimamente, intentando demostrar que, una vez surgidas las acusaciones, el enfoque del gobierno había pasado de la transparencia a la supervivencia política; pero cada vez que creía haber llevado por fin a Emery a terreno peligroso, la senadora se escabullía con calma y respondía únicamente a la pregunta que estaba dispuesta a responder.

Varias veces Maxine creyó haberla acorralado. Pero en cada ocasión, Emery desmontaba la premisa con calma antes de que pudiera afianzarse.

La jueza Cartwright intervino solo de vez en cuando, concediendo a ambas mujeres considerable libertad mientras observaba el intercambio con manifiesto interés.

Ninguna de las dos cedía terreno. La sala se había transformado: más que un contrainterrogatorio, aquello era una contienda de paciencia entre dos mujeres que sabían perfectamente lo que la otra pretendía conseguir.

A última hora de la tarde, Maxine hizo un último intento.

—Senadora Moreton, le pongo de manifiesto que, una vez que quedó claro que el ministro no había declarado el fideicomiso, el objetivo primordial del gobierno pasó a ser protegerse del bochorno político en lugar de garantizar una transparencia plena.

Emery no respondió de inmediato. Sopesó la proposición con el mismo cuidado que había mostrado durante todo el día antes de mirar directamente a Maxine. —Lo rechazo por completo.

—¿Rechaza la proposición?

—Rechazo la premisa en la que se basa.

—¿Así que su testimonio es que el gobierno no intentó encubrimiento alguno?

—Mi testimonio —respondió Emery con serenidad— es que nunca presencié intento alguno por parte del gobierno de ocultar información, engañar al público o interferir en la debida investigación del asunto.

La respuesta resonó en la sala. Maxine sabía que no podía avanzar más sin limitarse a repetir preguntas ya formuladas.

La jueza Cartwright consultó el reloj. —¿Señora Carlton?

Maxine cerró la carpeta que tenía delante. —No tengo más preguntas en esta fase, Señoría.

La jueza asintió antes de dirigirse al Commonwealth. —Señor Davidson, ¿algún reinterrogatorio?

Davidson se levantó. —Hoy no, Señoría. No obstante, dada la naturaleza de las pruebas pendientes de presentación, el Commonwealth solicita respetuosamente reservarse el derecho de citar de nuevo a la senadora Moreton si surgieran cuestiones durante el resto de la vista.

La jueza Cartwright tomó nota brevemente. —Se concede. La senadora Moreton podrá ser citada de nuevo si fuera necesario.

Davidson inclinó la cabeza. —Gracias, Señoría.

La jueza Cartwright recogió los papeles que tenía delante. —Se levanta la sesión hasta mañana a las diez.

Cuando la jueza desapareció por la puerta situada detrás del estrado, la tensión que había mantenido a la sala en vilo desde la mañana se disipó. Todos se dirigieron hacia la salida; los abogados del gobierno recogían sus papeles con una sonrisa.