Capítulo veintinueve
Dos meses después.
A las cuatro de la tarde del viernes, Maxine había llegado a un punto en que ya no sabía si estaba leyendo declaraciones de testigos o imaginándolas.
Las últimas semanas habían sido implacables.
Cada día había empezado antes del amanecer y terminado mucho después del anochecer, y la última semana había sido aún peor a medida que se acercaba la fecha de la vista.
Había dedicado tanto tiempo a preparar la sesión inaugural del lunes que prácticamente podía recitar la mitad de las pruebas de memoria.
Cuando Patricia apareció en el umbral, Maxine levantó la vista de la pila de carpetas sobre su escritorio.
—Si eso es más trabajo, Patricia, dimito.
Patricia cruzó los brazos.
—Ni se te ocurra. Te has estado matando a trabajar estas últimas semanas. Vete a casa, Maxie.
Maxine parpadeó.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
—La vista empieza el lunes.
—Lo sé.
—Todavía me quedan tres declaraciones de testigos por revisar.
La expresión de Patricia se suavizó.
—Las has leído seis veces. Llevas dos meses volcada en este caso. Estás preparada, igual que el equipo y los clientes. Si te pasas las próximas cuarenta y ocho horas mirando esas carpetas, lo único que conseguirás es llegar al tribunal exhausta. Y te quiero despejada.
—No te preocupes por mí. La tensión me mantiene viva.
Patricia señaló hacia la puerta.
—Vete a casa. Es una orden. Cena algo y recupera horas de sueño, y el fin de semana haz algo que no tenga nada que ver con este caso.
Maxine se rio a su pesar.
—Ya no tengo vida, ¿recuerdas?
—Pues pídetela prestada a alguien.
Media hora después, estaba en el ascensor, preguntándose cómo Patricia había conseguido echarla de allí.
Al día siguiente, Maxine durmió hasta tarde y no se despertó hasta las nueve y media, cuando el teléfono vibró en la mesita de noche. Se dio la vuelta y gimió al ver quién llamaba.
Con cierta desgana, lo cogió; su hermana iba a ser demasiado para ella a esas horas.
—Buenos días, Judy.
—Excelente —anunció Judy—. Suenas relajada.
—Lo estoy. Me has despertado.
Se oyó un jadeo al otro lado.
—¿Todavía en la cama a estas horas? ¿Te han abducido los extraterrestres?
Maxine sonrió a su pesar.
—Muy graciosa. Han sido unas semanas de locos y Patricia me ha ordenado que me tome el fin de semana libre.
—Maravilloso. Entonces salimos esta noche.
Maxine entrecerró los ojos.
—¿A eso viene esta llamada?
Judy se rio.
—Maxie, acabas de pasarte dos meses preparando el caso más importante de tu carrera. Una persona normal querría salir a echar un polvo, o al menos pillar una buena borrachera antes de que empiece.
—Bueno, yo no soy normal.
—Eso mismo digo yo. Lo que significa que esta noche es tu última oportunidad de comportarte como un ser humano antes de desaparecer en un juzgado durante sabe Dios cuánto tiempo.
Maxine se levantó de la cama y puso el teléfono en altavoz para ponerse una camiseta y unos vaqueros.
—No me apetece salir.
—Tonterías. Te voy a llevar a algún sitio para que no te pases la noche bebiendo vino en ese balcón mientras finges que no estás pensando en el trabajo.
Lo fastidioso era que Judy tenía razón. Maxine miró por la ventana hacia la espectacular vista del puerto.
—Pues eso suena bastante tentador, la verdad.
—Claro que sí. Por eso no lo vas a hacer. Vamos a un bar.
—¿Vamos?
—Sí, vamos.
Maxine se rio a su pesar.
—¿Se te ha ocurrido pensar que podría tener planes?
—No.
—¿Y si los tuviera?
—Entonces pensaría que de verdad te han abducido los extraterrestres.
La conversación se prolongó otros diez minutos, durante los cuales Judy fue desmontando sistemáticamente cada objeción que Maxine intentaba poner.
Cuando por fin colgó, había aceptado salir a tomar unas copas.
A las ocho de la noche, Maxine estaba sentada en un bar abarrotado.
El local era uno de esos sitios de moda que Judy siempre conseguía encontrar, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta a qué se dedicaba.
Sus acompañantes conocerían los mejores locales de la ciudad.
La iluminación era tenue, los cócteles escandalosamente caros, y la gente elegante se los bebía con entusiasmo.
Judy parecía completamente en su elemento, encaramada a un taburete de la barra, bebiendo un cóctel amarillo con una sombrillita encima.
—¿A que es genial?
Maxine sonrió mientras daba un sorbo a su Bloody Mary.
—Desde luego que sí.
El bar estaba en la última planta de un rascacielos, y se veía la Ópera de Sídney a lo lejos. Por primera vez en semanas, consiguió relajarse.
Mientras Judy charlaba, los pensamientos de Maxine derivaron hacia la lista de testigos del gobierno. Sabía desde hacía casi un mes que Emery estaba en ella. La primera vez que vio su nombre, sintió un breve e incómodo sobresalto antes de obligarse a pasar página y seguir revisando el expediente.
Desde entonces, había intentado no pensar en ello. Pero ahora que el momento se acercaba, la expectación iba en aumento. El lunes por la mañana, Emery entraría en un tribunal federal y la vería por primera vez en nueve meses.
A Maxine no le preocupaba especialmente el aspecto legal. Podía interrogar a cualquiera. La pregunta que no podía responder era si volver a ver a Emery sería exactamente como lo había imaginado, o si no sentiría nada en absoluto.
—¿En qué estás pensando?
La voz de Judy la sacó de sus pensamientos, y Maxine volvió en sí de golpe.
Su hermana la observaba con una expresión exasperada que dejaba claro que ya había adivinado la respuesta.
—En nada —murmuró Maxine.
Judy resopló.
—No, cariño. Estabas pensando en cierta testigo.
Maxine la ignoró.
—Voy a por otra copa. ¿Conoces a alguien aquí?
—No, pero hay una mujer muy atractiva que nos está mirando. No es joven, pero está buenísima.
Maxine giró en su taburete para mirar.
—¿Dónde?
—A la derecha. Está sentada en la mesa del rincón con dos mujeres y un tipo con bigote. Lleva un vestido rojo.
Entonces Maxine la vio y casi se le cayó el vaso.
Flavia.
Miró al otro lado de la sala, convencida de que tenía que estar equivocada.
La última vez que había visto a Flavia había sido en Canberra, durante dos semanas que, de algún modo, habían resultado a la vez interminables y demasiado breves.
Todavía recordaba aquellos almuerzos, la lengua afilada de Flavia y los incesantes intentos de la brasileña por seducirla.
Sídney era una ciudad de millones de habitantes. Las probabilidades de encontrar a Flavia sentada en el mismo bar la misma noche tenían que ser astronómicas.
Cuando sus miradas se cruzaron al otro lado de la sala, la reacción fue inmediata.
Una sonrisa fue dibujándose poco a poco en el rostro de Flavia, transformando toda su expresión, y Maxine se la devolvió.
Ninguna de las dos apartó la mirada. Entonces Flavia se levantó despacio de su silla.
Maxine la observó abrirse paso entre las mesas hacia ellas.
Cuanto más se acercaba, más familiar le resultaba.
Su cabello oscuro había crecido desde Canberra, y había cambios sutiles que Maxine no lograba identificar del todo, pero era inconfundiblemente Flavia: segura de sí misma, elegante y llamativa.
Cuando llegó a la mesa, dijo en voz baja, como si todavía no pudiera creerlo:
—Maxine.
El sonido de su nombre en el acento de Flavia hizo que algo se aflojara en el pecho de Maxine.
—Flavia.
La mujer mayor no dudó. Dio un paso adelante y la envolvió en sus brazos. Maxine le devolvió el abrazo, estrechándola con fuerza. Sonrió contra el hombro de Flavia.
Cuando por fin se separaron, ambas se reían por lo bajo.
—Mírate —dijo Flavia, sujetándola por los hombros para observarla—. Estás maravillosa, querida. Aunque un poco diferente. No tan despreocupada, quizás.
Maxine se rio.
—Ya no ando de fiesta en fiesta por Canberra. Una tiene que trabajar.
—Ah, sí. Hay que ganarse la vida. Yo estoy jubilada y divorciada —guiñó un ojo— y muy rica.
Maxine soltó una carcajada.
—No me extraña que estés tan fabulosa.
—No me había dado cuenta de lo estresante que era la política hasta que me alejé de todo aquello.
Flavia la miró con cariño.
—Pero lo mejor de todo fue aquella cumbre en Canberra. ¿Sabes cuántas veces he pensado en esas dos semanas?
—¿Pensaste en ello? —susurró.
—Mucho. Fuiste lo mejor de toda aquella cumbre.
Ante la sinceridad de su voz, Maxine sintió unas ganas repentinas de llorar.
—Fuiste una buena amiga para mí. Y me hiciste reír.
—Ah —dijo Flavia, llevándose la mano al corazón—. Fuiste una de las pocas mujeres inmunes a mis encantos.
Maxine se rio.
—No inmune, solo difícil de conquistar.
—Oh, eso desde luego. Mi ego quedó hecho trizas.
—Eso no me lo creo —dijo Maxine con sequedad.
Entonces, antes de poder contenerse, soltó:
—Vi tu foto en el periódico con ella.
La sonrisa se borró del rostro de Flavia, que se quedó pensativa.
—Salimos a cenar unas cuantas veces. Somos muy amigas, pero ella no quiere más.
Maxine sintió tal alivio que le costó pronunciar las siguientes palabras:
—¿No quiso?
—Tú y yo sabemos que está casada con su trabajo.
Miró a Maxine con aire especulativo.
—¿Por qué no seguís juntas vosotras dos?
Antes de que Maxine pudiera pensar en una respuesta, una voz resonó a su espalda.
—Bueno, ¿no vas a presentarme, Maxie? Vosotras dos sonáis como un episodio de esa basura de Buscando el amor.
Flavia enarcó una ceja mientras miraba a Judy.
—Hm, sí, me encantaría conocer a tu encantadora acompañante, Maxine. Me alegra ver que has pasado página.
Una media sonrisa se dibujó en los labios de Judy mientras recorría a Flavia con la mirada de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en su escote antes de volver a su rostro.
—Soy su hermana, Judy. ¿Y tú quién eres?
Flavia abrió los ojos de par en par un instante; luego una amplia sonrisa le iluminó el rostro.
—Flavia Da Silva. Estoy aquí de vacaciones largas desde Brasil, y es un placer conocerte, Judy.
Le tendió la mano. Cuando Judy se la estrechó, Flavia la retuvo un poco más de lo normal.
—Un gran placer, de hecho.
Maxine puso los ojos en blanco mientras Flavia desplegaba sus encantos.
Observó a Judy de cerca para ver cómo reaccionaría.
La sonrisa de Judy se ensanchó ligeramente mientras aceptaba la mano de Flavia.
Su mirada sostuvo la de Flavia con una soltura que delataba años de trato con mujeres hermosas y seguras de sí mismas, sin sentirse en absoluto intimidada por ellas.
—Bueno —dijo Judy con desenfado—, eso explica muchas cosas.
Flavia ladeó la cabeza.
—¿Ah, sí?
—Oh, sí. He oído hablar mucho de ti.
Maxine gimió.
—No, no es verdad.
—Maxie, cariño, olvidas con quién estás hablando.
Flavia se rio por lo bajo.
—Ya me cae bien.
—A la mayoría de la gente sí.
—No a todo el mundo —respondió Judy—. Tengo toda una lista de examantes que no estarían de acuerdo.
—¿Exmaridos o exesposas? —preguntó Flavia con fingida inocencia.
Judy se rio. —Dios mío, directa a la yugular. Digamos que soy fluida.
Se sonrieron, y había entre ellas una curiosidad inconfundible, de esa que surge cuando dos personas reconocen algo familiar en la otra y quieren saber más de inmediato.
Maxine lo había visto suceder suficientes veces como para reconocerlo. Ambas mujeres eran cosmopolitas, inteligentes y se sentían completamente a gusto consigo mismas. Y ninguna estaba acostumbrada a que la superaran en astucia.
—Estás retirada de la política —dijo Judy.
—Escapé.
—Esa es una palabra fuerte. ¿Y ahora?
—Ahora viajo, bebo vino excelente, molesto a mi hija y, en general, hago lo que me place.
—Eso suena sospechosamente a una recompensa más que a una jubilación.
Los ojos de Flavia brillaron. —Exactamente.
El camarero llegó con las bebidas, y durante un rato la conversación fluyó con naturalidad entre ellas.
Hablaron de Sídney, de viajes y restaurantes.
Flavia describió un intento desastroso de aprender cerámica en Florencia, y Judy respondió con una historia sobre un viaje horrible en yate por las Whitsundays.
Maxine se descubrió simplemente escuchando mientras las dos mujeres entraban en una dinámica fluida, donde cada historia daba pie a otra. Lo que más la sorprendió fue cuánto disfrutaba viéndolas juntas. Se complementaban.
En un momento dado, Flavia se rio tanto de algo que dijo Judy que tuvo que limpiarse una lágrima de la comisura del ojo. —Ay, cielos —dijo, sonriendo—. Ahora entiendo de dónde lo saca Maxine.
—¿Saca qué? —preguntó Judy.
—La negativa a tomarse nada en serio.
Maxine resopló. —Claramente nunca me viste en el trabajo.
—No —respondió Flavia—. Pero te vi en Canberra, y siempre había risas a tu alrededor.
Las palabras sonaron despreocupadas, pero algo en ellas tuvo un impacto inesperado. Judy la miró de reojo, con una expresión extraña. —Maxie es la alegría de la huerta, desde luego. El alma de la fiesta —dijo con sequedad.
La conversación se reanudó, pero después de otros diez minutos observando cómo Flavia y Judy se tanteaban con delicadeza, midiendo ingenio contra ingenio mientras fingían no estar haciendo nada de eso, Maxine negó con la cabeza y se recostó en su silla.
—¿Qué? —preguntó Judy.
—Vosotras dos sois imposibles.
Flavia arqueó las cejas. —¿En qué sentido?
—Me siento como si estuviera viendo una especie de extraña danza de apareamiento.
El silencio duró apenas dos segundos antes de que Flavia ronroneara: —¿Te gustaría bailar, Judy?
Para sorpresa de Maxine, un leve rubor tiñó las mejillas de su hermana. —Me encantaría.
Después de eso, Maxine aceptó bailar con un tipo que parecía futbolista y tenía dos pies izquierdos, y luego con un hombre elegante con perilla y un ego del tamaño de la sala.
Mientras tanto, Flavia y Judy seguían en la pista de baile, tan pegadas la una a la otra que era difícil ver dónde empezaba una y terminaba la otra.
Finalmente, cuando salieron, Maxine se puso de pie. —Me voy a casa.
—¿Tan pronto? —dijo Judy con el ceño fruncido—. La noche aún es joven.
—Pero yo no, y estoy cansada.
Flavia le dio una sonrisa cómplice. —Yo llevaré a Judy a casa.
Judy asintió. —Adelante, cariño. Llámame mañana.
Maxine se volvió hacia Flavia y la abrazó. —¿Cuánto tiempo estarás en Sídney?
—Soy una agente libre. Estaré aquí un tiempo. Le daré mi número a Judy.
—Entonces nos veremos de nuevo pronto.
La besó en la mejilla y se dirigió a la puerta. En la entrada, miró hacia atrás. Las dos mujeres tenían las cabezas juntas, ajenas a la multitud a su alrededor.