Capítulo doce
Maxine miró fijamente a Emery, intentando asimilar lo que estaba pasando.
Durante casi toda la semana, Emery había actuado como si tocarla pudiera violar el derecho internacional. Y esa noche, sin embargo, tenía una mano en su cintura y hasta le había cogido la mano al entrar en la embajada.
Si era sincera consigo misma, aquello le gustaba mucho más de lo que debería. El esmoquin blanco no ayudaba. Dios, la mujer estaba espectacular. Había algo muy sexy en una mujer poderosa que tomaba las riendas, y Maxine tenía debilidad por las mujeres mayores y fuertes.
Dio otro sorbo de champán mientras Emery interceptaba con discreción otro intento de Flavia por monopolizar la conversación.
Todo el asunto era divertido, y fascinante, porque Emery ni siquiera parecía consciente de lo que hacía.
O quizá sí. Maxine no sabía qué pensar, pero Flavia desde luego que sí.
Los ojos oscuros de la brasileña no dejaban de desviarse hacia la mano que descansaba en la cintura de Maxine, antes de volver al rostro de Emery.
Y no le hacía gracia, estaba irritada. Lo cual, tratándose de Flavia Da Silva, era todo un logro.
—Estás muy pegajosa esta noche, Emery —observó Flavia con brusquedad.
—¿Ah, sí?
—Francamente cariñosa.
Maxine casi se atraganta con la bebida cuando Emery arqueó una ceja.
—No sabía que tocar a mi cita fuera una violación del protocolo.
De pie entre ellas como un cordero sacrificial, Maxine tenía la sensación de estar viendo a dos cazadoras acecharse la una a la otra sin perder en ningún momento sus impecables modales diplomáticos.
Flavia se volvió hacia ella.
—¿Ves lo que tengo que aguantar, querida? Días sin nada y ahora tu amiga se ha vuelto posesiva.
—¿Posesiva? —repitió Emery.
—Territorialmente australiana.
Maxine se mordió el interior de la mejilla para no echarse a reír. La brasileña estaba celosa de verdad.
Entonces Flavia decidió, por lo visto, que la sutileza ya no estaba dando resultado.
—¿Sabes? —dijo como quien no quiere la cosa—. Esta mañana le comentaba a alguien lo terriblemente solitarias que pueden ser las cumbres.
Emery dio un sorbo pausado de champán.
—¿Ah, sí?
—Largas horas, reuniones interminables y nadie interesante con quien hablar.
Maxine sabía adónde llevaba aquello, y Emery también.
—Me imagino que debe de ser difícil.
—Lo es —Flavia suspiró con dramatismo—. Por eso me he encariñado tanto con Maxine. Es inteligente, encantadora y sabe escuchar de verdad.
La expresión de Emery no cambió.
—Qué suerte que la haya traído. Quizá deberías haber convencido a tu marido de que te acompañara.
Maxine miró a Flavia con sorpresa. Creía que estaba divorciada.
—¿Estás casada, Flavia? —soltó.
Un leve rubor tiñó las mejillas de la mujer.
—Danilo y yo estamos separados. No pinta nada en mi vida.
Maxine sintió una oleada de alivio; odiaba pensar que estaba siendo cómplice de engañar a un marido cariñoso.
No es que le interesara la mujer, pero le caía bien de verdad.
Era divertida, inteligente y muy entretenida, pero una cosa era disfrutar de la compañía de alguien y otra muy distinta querer lo que te ofrecían.
Flavia había pasado toda la semana intentando llevársela a la cama, mientras Maxine había esquivado con habilidad cualquier aventura.
La brasileña aún no se había dado cuenta del todo. O tal vez sí, y simplemente no estaba acostumbrada a que le dijeran que no.
Antes de que la conversación pudiera continuar, un distinguido hombre de pelo canoso se acercó con dos miembros del personal de la embajada.
—Emery.
La interrupción llegó en el momento justo y las tres mujeres se volvieron.
El embajador británico sonrió con calidez al llegar junto a ellas.
—Aquí estás. El primer ministro ha estado preguntando por ti.
Emery no apartó la mano de la cintura de Maxine.
—Vamos ahora mismo, John.
Durante un brevísimo instante, la expresión de la brasileña se endureció antes de que la sonrisa diplomática volviera a instalarse en su rostro sin el menor esfuerzo.
La batalla, al parecer, solo estaba aplazada.
—Que disfruten de la velada —dijo, con la mirada detenida en Maxine un instante antes de alejarse.
Maxine la vio desaparecer entre diplomáticos y ministros; luego Emery la guio con suavidad tras el embajador, que las condujo a través de la multitud hasta una sala privada donde el primer ministro conversaba con dos ministros del gabinete. Al ver acercarse a Emery, sonrió.
—Emery.
—Primer ministro.
Se estrecharon la mano con calidez.
—Excelente trabajo esta semana —dijo—. Me han dicho que estás solucionando lo de los aranceles.
—Eso sería mucho decir, pero vamos avanzando.
Él se rio y luego se fijó en Maxine.
—¿Y a quién tenemos aquí?
—Le presento a Maxine Smith, primer ministro.
Él le tendió la mano.
—Es un placer conocerla. Me han dicho que ha estado entreteniendo a Canberra.
Ella se rio.
—No sabía que ese fuera mi papel oficial, señor.
—Pues lo es ahora.
La conversación continuó durante varios minutos, pasando con fluidez de los cotilleos de la cumbre a las exposiciones de galerías y los programas para cónyuges de diplomáticos.
Lo que llamó la atención de Maxine no fue la conversación en sí, sino Emery.
Cada presentación era igual. Maxine no era su invitada, ni su compañera, ni su amiga.
Era simplemente Maxine, la mujer a su lado. Su cita.
La distinción no debería haber importado, y sin embargo importaba.
Cuando otra delegación reclamó al primer ministro, Maxine se descubrió sonriendo a su pesar.
—Eres muy popular, Emery.
—Llevo aquí mucho tiempo.
Cuando pasó otro camarero, Emery cogió una copa de champán.
Maxine arqueó una ceja.
—¿Viviendo peligrosamente esta noche?
—Ha sido una semana muy larga.
Cuando terminaron los discursos y las obligaciones formales se relajaron, un pequeño conjunto de jazz empezó a tocar y la gente fue pasando a la pista de baile.
En lugar de apartarse como habría hecho una semana antes, Emery se inclinó hacia ella y susurró:
—¿Te gustaría bailar?
—Me encantaría —dijo, pero en cuanto pisaron la pista de baile, esta vez fue diferente.
Emery tomó el control, deslizando la mano hasta su cintura y atrayéndola hacia sí hasta que Maxine sintió cada punto de contacto entre sus cuerpos.
Sabía que podía acabar dependiendo demasiado de esa sensación.
Emery estaba deslumbrante. La chaqueta entallada y la camisa de seda negra la hacían parecer menos política y más el tipo de mujer capaz de romper corazones.
Maxine se descubrió mirándola fijamente. Y a juzgar por el leve destello de diversión en los ojos de Emery, no lo estaba disimulando tan bien como creía.
Durante varios momentos bailaron en silencio, Emery guiándola sin esfuerzo mientras las conversaciones y las risas flotaban a su alrededor. Maxine estaba demasiado pendiente de la mano en su cintura y de la mujer que la sostenía para fijarse en nada más.
—Esta noche estás muy cariñosa —susurró.
Emery esbozó una media sonrisa.
—¿Ah, sí?
—Me has tocado más en la última hora que en los seis días anteriores.
Un leve rubor tiñó los pómulos de Emery antes de desvanecerse.
—No sabía que llevaras la cuenta.
Maxine sonrió.
—No la llevaba, pero es imposible no darse cuenta.
Al otro lado de la sala, Maxine divisó a Flavia junto a una de las columnas de mármol, rodeada de embajadores. Incluso desde lejos se notaba que la brasileña las observaba, con la mirada volviendo una y otra vez a la pista de baile pese a la conversación que la rodeaba.
Emery también debió de notarlo, porque la mano en su cintura se tensó y la atrajo más hacia sí. A juzgar por la expresión de Flavia, no le pasó desapercibido.
—Lo estás haciendo otra vez —le murmuró al oído.
—¿El qué?
—Competir.
Emery soltó una risita.
—Le estoy dejando claro que más le vale retirarse.
El baile las fue llevando lentamente por la pista, bajo charcos de luz dorada mientras la orquesta seguía tocando. Con cada minuto que pasaba, la tensión entre ellas parecía crecer en lugar de disiparse.
Quizás fuera el alcohol o la semana de distancia. Fuera cual fuese la razón, Maxine fue haciéndose cada vez más consciente del calor del cuerpo de Emery a través de la chaqueta del esmoquin, del aroma de su perfume y de cómo se le oscurecían los ojos cada vez que la miraba.
Cuando la música se hizo aún más lenta y la multitud a su alrededor se dispersó un poco, la mirada de Emery se posó en su rostro.
El bullicio del salón se desvaneció hasta quedar en segundo plano, dejando solo la música y el ritmo pausado de sus movimientos por la pista.
Maxine tomó dolorosa conciencia de que Emery estaba a un suspiro de distancia, tan cerca que podía distinguir las hebras plateadas ocultas entre el cabello oscuro de sus sienes y las finas arrugas en las comisuras de sus ojos que aparecían cada vez que reía.
Emery consultó el reloj cuando terminó la melodía.
—¿Lista para irnos?
—Sí.
Juntas atravesaron la embajada, despidiéndose e intercambiando cortesías con los últimos invitados.
Cerca de la entrada, Maxine volvió a ver a Flavia.
Estaba al otro lado de la sala hablando con una mujer, y sus ojos se encontraron de inmediato.
Flavia asintió con una sonrisa y retomó la conversación.
Fuera, la limusina las esperaba al pie de las escaleras de la embajada.
Mientras bajaban, Emery le ofreció el brazo.
Maxine dudó apenas un instante antes de tomarlo, y juntas caminaron hacia el coche.
El viaje de regreso al Hyatt transcurrió en un silencio casi absoluto, pero no era el silencio tenso de una semana atrás.
Este se sentía más denso, cargado de cosas que ninguna de las dos parecía dispuesta a decir en voz alta, y Maxine se descubrió mirando por la ventanilla mientras era absurdamente consciente de la presencia de Emery a su lado.
Ya no se tocaban; no les hacía falta. El recuerdo del baile flotaba entre ellas como algo vivo.
Cada vez que Maxine cerraba los ojos, aún sentía la mano en su cintura, oía la voz grave de Emery en su oído y veía la expresión que se le dibujaba en el rostro cada vez que creía que Maxine no la miraba.
Era ridículo. Era una mujer adulta, pero el pulso no le obedecía.
A su lado, Emery parecía igual de absorta en sus propios pensamientos.
Iba con un brazo apoyado en la puerta y la mirada fija en las luces de la ciudad que desfilaban ante ellas, pero Maxine percibió la leve tensión en sus hombros y cómo de vez en cuando respiraba hondo.
La limusina se detuvo frente al hotel y bajaron en silencio, sin cruzar palabra mientras subían en el ascensor.
Recorrieron el pasillo hacia la suite y Maxine esperó mientras Emery abría la puerta. Se quitó el chal y se volvió hacia el salón con intención de decir algo que rompiera aquel silencio cargado, pero las palabras no llegaron.
Emery se volvió hacia ella tan deprisa que Maxine apenas tuvo tiempo de reaccionar. La empujó contra la pared y la besó. No hubo nada de suavidad en aquel beso. Fue intenso, exigente, el beso de una mujer que había pasado días luchando consigo misma y al fin había perdido.
La conmoción estalló en su interior, y luego todo el anhelo y la atracción que había intentado ignorar afloraron de golpe.
Le devolvió el beso sin contenerse, y durante unos instantes el resto del mundo pareció desvanecerse.
Solo existían el calor y el deseo, y la increíble certeza de que la mujer que la había obsesionado durante toda la semana por fin la estaba besando.
Le hundió los dedos en el pelo, atrayéndola más hacia sí. Emery gimió, deslizando el muslo entre sus piernas mientras profundizaba el beso.
Pero cuando Maxine empezó a mover las caderas contra ella, Emery se apartó con expresión horrorizada.
—Dios mío, ¿qué estoy haciendo? —susurró con voz ahogada.
—Emery...
—No, Maxine, por favor.
Retrocedió un paso. Y luego otro. Se había quedado lívida.
Maxine nunca la había visto tan alterada. Ni siquiera cuando Flavia había pasado una semana intentando quitarle a su acompañante delante de sus narices. Pero ahora parecía verdaderamente conmocionada.
—Lo siento muchísimo.
Por un momento no entendió por qué Emery se disculpaba, pero entonces cayó en la cuenta. No se arrepentía del beso; se arrepentía de haber perdido el control.
—Esto no debería haber pasado. Me estoy aprovechando de ti. Que te esté pagando no me da derecho a exigirte sexo. No soy mejor que Flavia.
—Eh, yo también te besé. Yo quería...
Pero Emery ya se había metido en su dormitorio.
Un segundo después, la puerta se cerró de un portazo. Maxine se quedó exactamente donde estaba, con el corazón todavía desbocado. Tenía la cabeza hecha un lío. Nada de aquella noche tenía sentido. Ni el beso, y desde luego tampoco que todos sus instintos le gritaran que aquella mujer volviera.
Poco a poco, se dejó caer en el sofá y se pasó una mano por el pelo.
Por primera vez desde que había llegado a Canberra, supo que estaba metida en un lío.