La acompañante de la senadora Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Un Uber recogió a Maxine en el Hyatt y la llevó al otro lado del lago, a uno de los restaurantes de cinco estrellas con vistas al agua de Canberra.

El maître la saludó por su nombre en cuanto entró.

—Señorita Smith, por aquí, por favor.

Maxine lo siguió a través del elegante comedor hasta una terraza privada con vistas al agua donde esperaba Flavia. Estaba sentada bajo una sombrilla color crema, con unas gafas de sol enormes y un traje de chaqueta burdeos de diseño.

Se levantó en cuanto Maxine se acercó.

—Querida —dijo con calidez, tomándole las manos—. Has venido.

—Solo estoy aquí por motivos profesionales, no porque me prometieran cotilleos y champán.

Flavia se rio y le dio un beso ligero en cada mejilla.

—Dios mío, qué encantadora eres.

Maxine se sentó, eligiendo deliberadamente la silla de enfrente en lugar de la contigua.

Flavia lo notó y sonrió por encima de la carta de vinos.

—No muerdo.

—Eso espero.

Un camarero apareció con dos copas de champán, y cuando Maxine dio un sorbo, dejó escapar un murmullo de aprobación.

—Muy bueno.

—Entonces —dijo Flavia con indolencia una vez que volvieron a quedarse solas—. ¿Emery ya se ha recuperado de lo de anoche?

—Creo que disfrutas provocándola.

Flavia sonrió sin el menor remordimiento.

—Sí. Está demasiado acostumbrada a ganar discusiones.

—Al menos eres sincera.

—Siempre —se recostó en la silla con elegancia—. A diferencia de Emery.

Maxine removió distraídamente su copa.

—¿Por qué disfrutas tanto molestándola? Me dio la impresión de que erais viejas amigas.

—Y lo somos. Pero finge que nada le afecta, y resulta fascinante cuando se pone celosa.

Maxine soltó un resoplido suave.

—Emery Moreton no se pone celosa.

—¿No? —Flavia se quitó las gafas de sol despacio—. Esa mujer parecía dispuesta a declararle la guerra a Brasil anoche.

Maxine se rio a su pesar.

—Es que te metiste en su territorio.

—Tienes razón. No le gusta compartir. Se lo toma todo tan en serio... Aunque he de decir que nunca la había visto con una mujer, así que no tengo con qué comparar.

Maxine la miró con curiosidad.

—¿A ti nunca te ha interesado? Es muy atractiva.

—Pero ay, tan fría... —dijo Flavia con ligereza, aunque por la forma en que desvió la mirada, Maxine sospechó que lo había intentado sin éxito.

El camarero llegó con el primero de varios platillos diminutos y carísimos que estaban deliciosos.

Flavia pasó la siguiente media hora contando cotilleos escandalosos de la cumbre con perverso deleite.

Un ministro neozelandés se acostaba con una periodista, dos embajadores se habían liado a puñetazos por una mujer en Ginebra, y un delegado comercial había acabado atrapado en el jacuzzi de la terraza de un hotel con una diplomática sueca y tres botellas de champán durante una cumbre sobre el clima.

Maxine se rio más durante aquel almuerzo que en días. Y durante todo el rato, Flavia coqueteaba descaradamente. No de forma agresiva, sino con maestría, como una mujer que llevaba décadas perfeccionando el arte.

—Tienes unas piernas preciosas —comentó como quien no quiere la cosa a mitad del almuerzo.

Maxine levantó la vista de su plato.

—Qué halago.

—Soy brasileña. Apreciar la belleza es prácticamente un requisito constitucional.

—Yo creía que era el fútbol.

—Eso también.

Más tarde, mientras el camarero retiraba los platos, Flavia apoyó la barbilla en una mano y la observó.

—¿Sabes? —dijo pensativa—. La mayoría de las mujeres acaban poniéndose nerviosas a mi lado.

—Eso suena arrogante.

Flavia sonrió.

—Lo es, pero no deja de ser verdad.

—Y sin embargo aquí estoy, perfectamente tranquila.

Los ojos de Flavia brillaron.

—Eres muy escurridiza.

Maxine casi se echó a reír. Mostraba la misma frustración que Emery la noche anterior, cuando intentó sonsacarla. A los políticos no les gustaba que nadie les diera la vuelta a la tortilla.

Flavia se inclinó ligeramente hacia delante.

—Dime la verdad. ¿Te atraigo?

Maxine dio un sorbo de champán.

—Eres una mujer tremendamente atractiva.

—Una respuesta de político.

—Estoy aprendiendo de los mejores esta semana.

Flavia soltó una carcajada.

—¿Y Emery? —preguntó de pronto.

Maxine mantuvo la expresión perfectamente neutra.

—¿Qué pasa con ella?

—Oh, eres buena.

—Gracias.

—Sin sonrojo, ni pánico, ni negación —Flavia negó con la cabeza, admirada—. Esquivas mejor que la mitad de los diplomáticos de la cumbre.

—Es una habilidad de supervivencia.

La sonrisa de Flavia se suavizó levemente.

—Has tenido que sobrevivir a muchas cosas, ¿verdad?

La pregunta sonó más queda que las anteriores, más perspicaz, y Maxine miró hacia el agua en lugar de responder directamente. Lo cual ya era respuesta suficiente.

Un breve silencio se extendió entre ellas antes de que Flavia aligerara el ambiente.

—Bueno —suspiró teatralmente, alargando la mano hacia su copa de vino—, esto es decepcionante.

—¿El qué?

—Normalmente, para cuando llega el postre, ya tengo a las mujeres camino de mi suite.

Maxine sonrió por encima del borde de su copa de champán.

—Quizás estés perdiendo facultades.

Flavia se llevó una mano elegante al pecho con fingido horror.

—Cruel.

—Sobrevivirás.

—Oh, lo sé. —Flavia la recorrió lentamente con la mirada—. La pregunta es: ¿por qué te resistes? Está claro que Emery y tú no sois amantes, y yo diría que disfrutas mucho del sexo.

Maxine sintió una punzada de rabia, pero la disimuló con tono desenfadado:

—Cuanto más cuesta conseguir algo, más se valora. Lo que merece la pena hay que ganárselo.

Flavia abrió los ojos ligeramente.

—Touché. Ahora sí que me intrigas de verdad.

Miró el reloj con un suspiro.

—Por desgracia, tengo que volver al trabajo. Esta tarde presento una resolución. Me encantaría repetir esto otro día.

Maxine se puso de pie.

—Gracias por el almuerzo, Flavia. Ha sido un placer.

—Mi conductor te acerca de camino.

—No, gracias. Me quedaré por aquí un rato a explorar.

—Hasta la próxima entonces, querida. Estoy deseando que llegue.

Maxine pasó otra hora paseando por el paseo marítimo, disfrutando de la sensación de no tener que estar en ningún sitio.

Cuando regresó al Hyatt poco antes de las seis, se encontró a Emery junto a la ventana, vestida con ropa informal, y el escritorio despejado de papeles.

Parecía cansada.

—Has vuelto —dijo Emery.

—Así es. —Maxine se quitó los tacones junto a la puerta—. Y antes de que preguntes, no, Flavia no ha puesto en peligro la seguridad nacional durante el postre.

Para su sorpresa, Emery esbozó una leve sonrisa.

—No iba a preguntar.

—Lástima. Tenía preparadas varias mentiras excelentes.

Había algo menos hermético de lo habitual en la expresión de Emery. Tras una breve vacilación, dijo:

—He pensado que podríamos saltarnos los actos de esta noche.

Maxine parpadeó.

—¿En serio?

—Sí. —Emery se apartó de la ventana—. Francamente, ya he tenido bastante política por hoy.

—Somos dos.

Entonces Emery dijo, con un deje de esperanza:

—Podríamos pedir que nos subieran la cena.

La propuesta era tan inesperadamente normal que Maxine se la quedó mirando un instante. Emery lo notó de inmediato y añadió enseguida:

—A menos que prefieras salir a cenar.

—No. Cenar aquí me parece muy bien.

Un destello de alivio asomó al rostro de Emery, tan fugaz que resultó casi imperceptible.

Una hora después, estaban sentadas a la mesa con los platos dispuestos ante ellas. Filete para Emery, pasta para Maxine. Entre las dos, una botella de vino tinto abierta.

Maxine se acomodó en la silla y dio un sorbo al vino.

—¿Sabes? Es lo primero normal que hacemos desde que llegué.

Emery levantó la vista del plato.

—Por lo general, como en casa.

—¿Dónde vives cuando no estás en el Parlamento?

—En North Shore, en Sídney. Hay sitios de comida para llevar estupendos. Soy una cocinera espantosa.

Entonces, para su sorpresa, Emery soltó una risa queda.

La transformó por completo, y Maxine atisbó a la mujer que debía de haber sido antes de que la política la endureciera.

—¿No siempre fuiste así? —dijo Maxine sin pensar.

Emery se tensó levemente.

—¿Así cómo?

—Cuidadosa y controlada. Distante.

Emery se recostó lentamente en la silla, haciendo girar la copa de vino entre los dedos.

—No —admitió tras un momento—. No lo era.

Maxine esperó y, para su sorpresa, Emery continuó.

—Fui hija única. Mis padres eran los dos científicos.

—¿De qué campo?

—Mi padre era físico. Mi madre trabajaba en biología molecular.

Maxine sonrió levemente.

—Dios mío. Las conversaciones en la cena debían de ser aterradoramente intelectuales. Fascinantes.

Emery se rio entre dientes.

—No te equivocas. —La risa le suavizó el rostro entero—. Me trataron como a una adulta desde muy pequeña —continuó en voz baja—. Nunca hubo mucha paciencia para las niñerías ni los dramas emocionales.

—Eso explica mucho.

—Sí —dijo Emery con sequedad—. Me imagino que sí.

Dio otro sorbo al vino antes de continuar.

—Vivimos cerca del campus universitario casi toda mi infancia. Prácticamente me crie en laboratorios y aulas.

—Debías de ser aterradoramente inteligente en el colegio.

—Era insoportable.

Maxine se rio.

—Me salté dos cursos —admitió Emery—. Lo que me convirtió en un éxito académico y un desastre social.

—Me lo imagino.

—Era demasiado joven para los demás de mi clase. —Se encogió levemente de hombros—. Los libros eran más fáciles.

Algo en la forma en que lo dijo conmovió a Maxine. Sin autocompasión, solo hechos desnudos. Podía imaginar a la niña brillante y torpe, perdida en el terreno emocional.

—¿Cuándo decidiste dedicarte a la política?

—En mi último año de universidad. —La mirada de Emery se perdió en las luces de la ciudad, al otro lado de las ventanas—.

Empecé a interesarme por la regulación medioambiental y la responsabilidad corporativa.

Entonces me di cuenta de que las leyes solo importaban si alguien tenía el poder de hacerlas cumplir.

—Así que querías poder cambiar las cosas.

—Así es.

—¿Y tus padres? —preguntó con delicadeza.

—Mi padre murió hace seis años.

Un destello de emoción cruzó el rostro de Emery antes de desaparecer.

—Cáncer de próstata. A pesar de lo listo que era, nunca se hacía revisiones periódicas. Mi madre sigue viviendo en Sídney y piensa que la política es una profesión vulgar.

—Parece formidable.

—Aterroriza a los ministros del gabinete.

Maxine sonrió.

—Ya me cae bien.

Emery bajó la vista hacia su copa de vino.

—¿Y tu familia?

Maxine eligió sus palabras con cuidado.

—Mi madre emigró de Europa después de que mi padre muriera, cuando yo tenía dos años.

—¿De dónde?

—De Polonia. Mi madre sigue insistiendo en que la comida de los pubs australianos es un insulto personal.

Eso le arrancó otra risita a Emery.

—Mi padre era carpintero —continuó Maxine.

—¿Y tu madre?

—Es enfermera.

Maxine esbozó una leve sonrisa mirando su copa de vino.

—Sigue trabajando cinco días a la semana aunque todo el mundo le dice que se lo tome con calma.

—Parece terca.

—Lo es.

—¿Y hermanos? —preguntó Emery.

—Una hermana mayor... eh... Joan.

—¿Eres la pequeña?

Maxine la miró con suspicacia.

—Pareces sorprendida.

—Tienes aire de hermana mayor.

—Bueno, a Joan le encantaría oír eso.

—¿Cómo es? ¿Os lleváis bien?

Maxine sonrió levemente.

—Lo bastante como para que siga creyendo que tiene derecho a mangonearme.

—Probablemente lo tenga si es la mayor.

—Esa parece ser su opinión.

—¿A qué se dedica? —preguntó Emery.

Maxine vaciló un instante.

—Tiene su propio negocio.

—¿De qué tipo?

—Es coordinadora de eventos.

Maxine hizo un gesto vago con la mano.

—Muchos clientes exigentes.

—Siento que tu padre muriera tan joven.

—Gracias.

El viejo dolor seguía ahí, latente bajo todo lo demás. El tiempo atenuaba el duelo, pero nunca lo borraba del todo.

Emery tamborileo con el dedo sobre la mesa y se aclaró la garganta.

—¿Qué piensa tu madre de tu profesión?

Maxine parpadeó, sin saber qué respuesta se esperaba de ella. Luego contestó ciñéndose a la verdad lo más posible:

—No sabe a qué me dedico. Cree que trabajo en una entidad financiera.

—Oh —fue lo único que dijo Emery. Se levantó bruscamente de la mesa y empezó a apilar los platos en el carrito—. ¿Qué te parece si vemos una película?

Maxine sonrió y dijo con desenfado:

—Buena idea.

Mientras se acomodaban en el sofá para ver la película, sin rozarse siquiera, tomó una decisión. Ya era hora de dejar en paz a Emery y darle espacio.