La acompañante de la senadora Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

Maxine lanzó una mirada a Emery y captó su ceño fruncido. Sonrió para sus adentros. Hacer rabiar a Emery iba a convertir el coqueteo con Flavia en algo mucho más divertido de lo que debería.

—¿Qué te parece Canberra? —preguntó Flavia.

—Más tranquila de lo que esperaba.

—Espera a que empiecen los escándalos de la cumbre. Entonces la cosa se pone interesante.

Maxine sonrió.

—¿Debería preocuparme?

—Siempre —Flavia dio otro sorbo de champán—. La mitad de la gente de esta sala se está acostando con alguien con quien no debería.

—Compórtate, Flavia —dijo Emery con sequedad.

—¿Por qué?

No parecía arrepentida en absoluto.

—Querida, esto es un cóctel, no el Vaticano.

Maxine se rio. Emery parecía realmente exasperada, lo que de algún modo la hacía aún más atractiva.

—Ven —dijo Flavia de pronto a Maxine—. Te presentaré a la gente sensata antes de que Emery te tenga toda la noche rodeada de ejecutivos mineros.

Maxine ladeó la cabeza hacia Emery.

—No te importa, ¿verdad, Emery? Así puedes seguir haciendo contactos.

Emery asintió, aunque se la veía tensa.

—Adelante. Luego te busco.

Flavia sonrió y entrelazó su brazo con el de Maxine.

—Excelente.

La guio por el salón como una reina presidiendo su corte. La gente la saludaba constantemente mientras se movían entre corrillos de políticos, diplomáticos y representantes de la industria.

Y durante todo ese rato, Flavia no dejaba de tocarla.

Una mano posada suavemente en la espalda de Maxine mientras la presentaba a un embajador mexicano. Dedos rozándole el antebrazo mientras se reía de algún chiste de un asesor comercial canadiense. En un momento dado, Flavia se inclinó tanto que Maxine sintió su aliento en la piel.

—Ya has despertado mucha curiosidad —murmuró Flavia.

—¿De verdad?

—No todos los días Emery Moreton aparece con una mujer guapa —Flavia sonrió con indolencia—. La mitad de los delegados no hablan de otra cosa.

—¿Y la otra mitad?

—Muertos de envidia, pero no quieren admitirlo.

Se detuvieron junto a uno de los enormes ventanales con vistas al lago y Flavia cogió otra copa de champán de un camarero que pasaba. Se la ofreció a Maxine.

—Sabes —dijo en tono reflexivo—, conozco a Emery desde hace muchos años.

—¿Y?

—Es brillante, difícil y muy testaruda —los ojos de Flavia centellearon—. Y alérgica a las relaciones desde su divorcio.

Maxine la miró con curiosidad.

—¿Cómo era su marido?

La mirada de Flavia se desvió brevemente hacia el otro lado de la sala, donde Emery estaba enfrascada en una conversación con varios empresarios.

—No estaba a su altura en nada. Un hombre pomposo, nacido en cuna de oro. Su dinero era heredado y desde luego lo malgastó.

—¿Por qué se casó con él? No me imagino a Emery haciendo algo que no quiera hacer.

Flavia negó con la cabeza.

—La verdad es que no lo sé. Desde luego, no era feliz con él.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

Flavia hizo girar distraídamente el tallo de la copa entre los dedos.

—Seis años. Durante cinco de ellos, él se tiró a todas las mujeres que pudo. Ella se casó con él cuando entró en política.

—Me imagino que sería difícil para una mujer soltera tener ambiciones políticas en lo que sigue siendo un mundo dominado por hombres —comentó Maxine.

Dios sabía que ella misma había tenido que trabajar el doble que los hombres para llegar a la cima—.

Y la mayoría de los electores prefieren que sus representantes tengan una relación estable. Preferiblemente heterosexual.

—Tienes razón. Ahora que tiene su posición asegurada, no le importa lo que piense nadie. Así que te trajo.

Maxine se encogió de hombros.

—Ya se está arrepintiendo.

—Oh, no. —El tono de Flavia adquirió un matiz burlón—. Si Emery se arrepintiera de haberte traído, no estaría pendiente de nosotras.

Maxine miró instintivamente al otro lado de la sala. Efectivamente, en ese preciso momento Emery desvió la mirada hacia ellas antes de volver a la conversación que tenía delante.

Flavia se rio por lo bajo a su lado.

—Ahí está. Lo ha vuelto a hacer.

—Seguramente quiere asegurarse de que no me hayas corrompido.

—Cariño. —La mano de Flavia se posó un instante sobre el hombro desnudo de Maxine—. Esa es precisamente mi intención.

Maxine soltó una carcajada. Dios, qué mujer tan descarada y pagada de sí misma.

Después, Flavia le presentó a más gente.

Una mujer de voz suave de la delegación neozelandesa, dos esposas de ministros de alto rango y una lobista estadounidense que miraba a Flavia con adoración manifiesta.

Allá donde paraban, Flavia mantenía a Maxine a su lado como si hubiera adquirido un juguete nuevo e interesante para la velada.

Maxine empezaba a sospechar que parte de todo aquello era una actuación deliberada dirigida a Emery. ¿Habría intentado llevarse a Emery a la cama y fracasado?

Después de la tercera copa de champán, Flavia la llevó a un rincón tranquilo junto a una palmera en maceta y le susurró al oído:

—Dime la verdad. ¿Estás con Emery?

Maxine casi se atraganta con la copa.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque te vigila como si custodiara secretos de Estado.

—Y sin embargo dejó que me robaras.

Los ojos oscuros de Flavia centellearon.

—Ah, pero está furiosa por eso.

Al otro lado de la sala, Emery volvió a mirar. Esta vez su expresión era demasiado serena, lo que, paradójicamente, hacía aún más evidente que estaba molesta.

Maxine miró el reloj, cansada ya de conocer gente y de que Flavia no dejara de tocarla.

—Se está haciendo tarde. Será mejor que vea si Emery quiere irse a casa.

Flavia asintió con elegancia.

—Otra noche, entonces. Estaré deseándolo.

Luego se inclinó y besó a Maxine en la mejilla, dejando que sus labios se demoraran unos segundos.

—Buenas noches, cariño.

Y se alejó contoneándose entre la multitud.

Maxine la vio alejarse y luego se dirigió hacia Emery, que estaba sola, apoyada contra la pared. Ignorando su mirada fulminante, Maxine dijo con una sonrisa:

—Estoy lista para irme cuando tú quieras.

—Estaba lista hace media hora —espetó Emery, y acto seguido dio media vuelta y se marchó a grandes zancadas, dejando que Maxine la siguiera.