Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6) CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

Cuando regresé al hotel, Liu y los niños estaban sentados a la mesa comiendo.

Con un vistazo rápido comprobé que Ryan había obedecido mis órdenes.

O eso, o Liu había intervenido al pedir el servicio de habitaciones.

Cenaban verduras salteadas, arroz y pescado al vapor.

Nada de refrescos, solo té verde y agua con hielo.

—Mami —gritó Lucy mientras se bajaba de la silla y corría hacia mí. Flexioné las rodillas con los brazos abiertos, preparándome para el impacto. La alcé en un abrazo y le cubrí la cara de besos—. Ay, cada vez pesas más para esto.

Dejé a Lucy en el suelo y me acerqué a Ryan, revolviéndole el pelo mientras masticaba un buen bocado.

—¿Qué tal el pescado?

Asintió y me hizo el gesto de «vale» mientras tragaba.

—Liu, ¿cómo estás?

—Bien. ¿Dónde está Ethel?

—He hablado con ella por teléfono, no hay de qué preocuparse. La recojo esta noche a las nueve.

Liu arrugó la nariz ante mi actitud despreocupada. No quería revelar más de lo sucedido con los niños delante. Ya era bastante malo que Liu se hubiera ido de la lengua.

—Está bien, Liu. Seguro que te lo cuenta todo cuando la veas.

Me senté a la mesa, cogí los palillos de Lucy y me serví pescado.

—¿Te importaría quedarte con los niños hasta que vuelva con ella? —pregunté.

Asintió antes de dar un sorbo a su té.

—Abby, ¿puedo ir contigo? Ya sabes, por si necesitas refuerzos.

—Ryan entrelazó los dedos y estiró los brazos hacia delante, haciéndose crujir los nudillos.

—Creo que lo tengo todo controlado, pero te agradezco el ofrecimiento, chaval.

—Vale. Que sepas que estoy listo para echar una mano.

—Se llevó el cuenco de arroz a los labios y usó los palillos a modo de pala.

Me sorprendió su ofrecimiento, y me invadió una oleada de orgullo.

Estaba creciendo, volviéndose más independiente, más maduro.

Llevaba varios años estudiando judo y kung fu.

La disciplina de ambas artes marciales había obrado maravillas en su confianza.

Ya no era el niño tímido y apocado que conocí al principio.

Cuando era pequeña, mi padre no me daba cuartel y me trataba como si fuera su hijo.

No, en serio. A mi madre, de quien heredé mi parte china, no le gustaba nada de aquello.

Hizo todo lo posible por enseñarme las tareas domésticas que creía que toda hija china debía dominar.

Poco de eso caló en mí. Seguramente eso explica que sea un desastre en la cocina comparada con Po Po.

En fin, mi padre me enseñó desde pequeña a valerme por mí misma, a resolver problemas y a no rendirme jamás.

Esa tenacidad me ha sido de gran ayuda en mi carrera policial y en la vida en general.

Me gustaba pensar que le estaba inculcando muchas de esas virtudes a Ryan.

Puede que sea madre soltera, pero estoy convencida de que se me da de maravilla hacer de padre.

A día de hoy, todavía puedo oír la voz atronadora de mi padre, fuerte y clara.

—Abby, eres una Kane y eres irlandesa. Esas dos cosas significan que no le aguantas gilipolleces a nadie. Como me entere de esas tonterías, seré yo quien te dé una buena.

—Puede que no lo pareciera, pero lo decía con buena intención.

Engullí unos cuantos bocados más antes de servirme una taza de té. Tenía dos horas que matar antes de ir a la dirección donde retenían a Po Po. Decidí que lo mejor era no estresarme demasiado. Así que dediqué toda mi atención a los niños.

Lucy me enseñó dos muñecas chinas que había hecho a mano. Me sorprendió la cantidad de detalles de los trajes. Ryan sacó un cuaderno lleno de ilustraciones de la vida marina del puerto. Los dos hablaban a la vez, emocionados. Me recosté con una sonrisa y disfruté de aquel momento en familia.