Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6) CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
82%

CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

Leslie frenó su todoterreno en seco frente al Bullet. Antes de que pudiera apagar el motor, yo ya tenía los dos pies en el suelo. Me dirigí hacia la entrada del bar con los puños apretados y la mandíbula tensa.

—Abby, espera refuerzos. Llegarán en cualquier momento —gritó desde atrás.

La oí, pero en ese momento lo único que quería era rodear con mis dos manos el cuello flaco de Jo y estrangularlo hasta que se le saliera el alma, o al menos sacudirlo hasta sacarle unas cuantas respuestas.

Empujé la puerta con fuerza, que se estrelló contra la pared y atrajo la atención de todos los presentes.

Las conversaciones se cortaron en seco y todas las miradas se clavaron en mí.

Localicé a Jo en el reservado del fondo y fui directa hacia él. Unos siete pasos después, uno de sus hombres se interpuso en mi camino y levantó una mano para detenerme. Mala idea. Le solté un puñetazo en la garganta y el tipo retrocedió tambaleándose, atragantándose con su propia saliva.

Otro miembro de la Tríada se levantó y metió la mano en su chaqueta de cuero, pero Leslie fue más rápida.

—Yo no haría eso —dijo apuntándole a la cara con una Sig Sauer P250—. Me tiembla el dedo en el gatillo.

Un momento después, una unidad táctica de la Policía de Hong Kong irrumpió en el bar, y yo seguí avanzando hacia Jo. Leslie y yo ya habíamos acordado de antemano que lo mejor sería llevarnos a todos a comisaría e interrogarlos allí.

—Agente Kane, usted no tiene jurisdicción aquí —dijo Jo mientras se incorporaba.

—Yo no, pero la inspectora Choi sí —respondí, aproximándome a su mesa.

Otro de sus hombres se levantó para interceptarme, pero Jo lo detuvo con un gesto.

—Buena decisión. No querría tener que lastimar a más de tus hombres.

—Siempre tuviste la lengua muy larga. Tan impropio de una mujer.

—Encantada de decepcionarte, Jo. Ahora dime, ¿dónde está?

—¿Dónde está quién?

Me incliné hacia delante y apoyé las dos manos sobre la mesa de fórmica de su reservado.

—¿Dónde está mi suegra?

Jo echó la cabeza hacia atrás con expresión de desconcierto.

—¿Y yo qué voy a saber?

—Tus hombres se la llevaron.

—¿Ah, sí? Me cuesta creerlo, porque mis hombres no hacen nada sin mi permiso.

—Estaba en casa de una amiga cuando dos hombres irrumpieron en el apartamento, la agarraron y la metieron a empujones en un coche.

Jo se encogió de hombros y siguió haciéndose el tonto. Saqué el móvil y le mostré la foto de Fai.

—Su amiga lo identificó sin lugar a dudas como uno de los hombres que se llevó a mi suegra.

Se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos.

—Hmmm, sí. Creo que es nuevo. Quizá no conoce el protocolo. Me aseguraré de que reciba más formación.

—¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que mandas en esta ciudad? Eres patético. Un don nadie escuálido. Sé cómo conseguiste este puesto. Lamiendo el culo más influyente.

A Jo se le dilataron las fosas nasales mientras sus ojos se convertían en rendijas oscuras.

—¿Crees que te tengo miedo? —continué—. Voy desarmada. He tumbado a uno de tus hombres. Estoy haciendo lo que me da la gana en tu cutre bar. No me das ni pizca de miedo.

A mi espalda, oía cómo la policía de Hong Kong esposaba a los hombres de Jo.

—Estás cometiendo un gran error —dijo Jo sin alterarse. No vi ni rastro de emoción en su rostro: pura piedra.

Una hora y media después, Jo y Leslie se encontraban en una sala de interrogatorios de la policía de Hong Kong.

Leslie ocupaba una silla de plástico con patas finas de acero inoxidable.

Jo estaba sentado frente a ella, al otro lado de una pequeña mesa rectangular de madera.

Yo permanecía de pie tras el cristal divisorio, en la sala de observación.

Leslie se inclinó hacia delante y apoyó un brazo sobre la mesa.

—Tenemos grabaciones de vigilancia que muestran a Fai agrediendo al Dr. Fang y saliendo con los huesos que recuperamos del edificio.

También tenemos un testigo que lo ha identificado sin ninguna duda como uno de los hombres que se llevó a Ethel Yee.

Es muy sencillo, Jo. Dinos dónde podemos encontrar a Fai.

—Como ya les dije a las dos, no tengo nada que decir —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Ordenaste a Fai que secuestrara a Ethel?

—No.

—¿Le ordenaste que robara los huesos de la Oficina del Médico Forense?

—No.

—Dime por qué no te creo.

—¿Cómo podría saber la respuesta a esa pregunta?

—Tenemos imágenes de tu hombre llevándose los huesos y un testigo ocular del secuestro de Ethel Yee —dijo Leslie—. No te hagas el tonto. Todos conocemos tu protocolo. Negarte a responder nuestras preguntas equivale a una confesión de culpabilidad.

—Puedes llamarlo como quieras hasta que llegue mi abogado. En ese momento, nos despediremos porque no tienes ningún motivo para retenerme aquí y está claro que no estoy detenido.

—Estás aquí para responder preguntas que nos ayuden a entender por qué deberíamos soltarte —dijo Leslie.

—Me soltarás porque no te queda otra, no por nada que yo diga.

Leslie siguió dando vueltas sin llegar a ninguna parte. Jo conocía sus derechos y sabía que no tenía que decir nada, aunque Leslie amenazara con ir a por su banda. Finalmente, ella miró hacia donde yo estaba y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara.

Una sonrisa de suficiencia se dibujó en el rostro de Jo cuando entré en la sala. Tenía las manos entrelazadas y los brazos apoyados sobre la mesa.

—Ah, agente Kane. Me preguntaba cuándo volvería a aparecer.

Señalé la cicatriz queloide en el dorso de su mano derecha.

—¿No fue tu antiguo jefe quien te grabó ese recordatorio con la punta de un puro? —lo pinché—. Significa «obedecer», ¿verdad? Algo que deberías estar haciendo ahora mismo.

La sonrisa de Jo se esfumó y sus ojos castaños oscuros se elevaron bruscamente, casi perdiéndose bajo las cejas. No movió la cabeza, pero el tic en su mandíbula me indicó que mis palabras habían dado en el blanco.

—Ya me había ido de Hong Kong, pero me llegaron rumores de lo que Chan Liu te había hecho. Conocí a Chan cuando era el matón principal, mucho antes de que aparecieras tú. Me sorprende que ocuparas su puesto.

—No tienes ni idea de lo que hablas —espetó Jo.

—¿Ah, sí? Pues ilústrame.

—No me corresponde darte esas respuestas —siseó entre dientes.

—Jo, la Policía de Hong Kong ya ha identificado a Fai como el agresor del Dr. Fang y el secuestrador de mi suegra. ¿Dónde está?

Jo respiró hondo. Su rostro se relajó y se irguió en el asiento. Parecía haber recuperado el control de sus emociones.

—Como ya dije, no sé nada. Si lo encuentras, avísame; a mí también me interesa saber por qué se llevó esos huesos. Quizás valgan algo si se venden a un museo. Quién sabe. Es un tipo peculiar.

Seguimos interrogándolo otros treinta minutos, pero solo obtuvimos respuestas evasivas. Cuando llegó su abogado, Jo se mostró aún más pagado de sí mismo.

—No creas que te has librado —le advirtió Leslie mientras Jo se levantaba y se subía los vaqueros de marca—. Si descubro que nos mentías, no darás un paso en esta ciudad sin tenerme pegado al culo.

—Todo esto es un malentendido. Ya lo verás —dijo Jo mientras se volvía hacia la puerta. Se detuvo a medio girar y nos miró—. Y para demostrar que no guardo rencor, no voy a exigir una disculpa.