Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

El plan era que Leslie y yo fuéramos al apartamento de Liu para interrogar a Po Po de nuevo. ¿El problema? No quería que los niños nos acompañaran. Sobre todo Ryan. Ya me parecía que sospechaba algo. Tarde o temprano empezaría a hacer preguntas, y todavía no estaba preparada para responderlas.

—Abby, puedo ir al apartamento de Liu yo sola. No es para tanto. Al fin y al cabo, es mi caso —dijo con una sonrisa pícara.

—Lo sé, pero me preocupa Po Po —me senté en la silla junto al escritorio.

Leslie puso los ojos en blanco.

—Por favor. Po Po podría ver a un ninja atravesarle el pecho a alguien de un puñetazo, arrancarle el corazón sangrante y palpitante, y ni pestañearía.

Justo entonces Ryan entró en nuestra suite con la nariz arrugada, frotándose los ojos.

—¿Quién está arrancando corazones? —preguntó.

Admito que la elección de analogías de Leslie me sorprendió. —Nadie, cariño. Prepárate y asegúrate de que tu hermana también lo esté haciendo.

Una vez que Ryan se alejó lo suficiente para no oírnos, me volví hacia Leslie y arqueé la ceja izquierda con gesto burlón.

—¿Ninjas? ¿Corazones sangrantes y palpitantes? En serio, necesitas hacer algo con tu vida.

—Perdona, tengo vida... cuando no estoy ocupada.

—¿Ah, sí? A ver, ¿cuándo fue la última vez que echaste un polvo? —crucé las piernas y me recliné, tamborileando con los dedos sobre la rodilla.

—¿Qué?

—Venga. Suéltalo —chasqueé los dedos con impaciencia.

—Tengo relaciones. Para que lo sepas, cené... salí con un chico, eh... durante unas semanas... hace meses.

—Ajá —miré a Leslie a los ojos y arqueé las cejas alternativamente—. ¿Cómo se llama?

—Eh, es, ah... Roberto. Era italiano.

—¿Es ese el nombre que le pusiste a tu mano? —levanté la mía y la moví mientras hacía todo lo posible por contener la risa.

Leslie levantó la nariz y miró hacia un lado.

—Me gusta mi mano. Él sabe exactamente lo que me gusta.

—¿Por qué te gusta tu mano, tía Leslie?

Ninguna de las dos se había dado cuenta de que Ryan había vuelto a entrar en la habitación.

—Creía haberte dicho que te aseguraras de que tu hermana se estuviera preparando —dije, tratando de no reírme.

—Ya está lista.

Justo entonces apareció Lucy, bien vestida y con el pelo peinado.

—Ah, vale. Bueno, hoy tengo un plan diferente para vosotros dos. El hotel tiene unos programas de día estupendos para niños. Lucy, he pensado en apuntarte a la clase de fabricación de muñecas chinas.

Ryan volvió a hacer una mueca.

—¿Fabricación de muñecas?

—Eso es solo para tu hermana. Tú, jovencito, irás a la clase sobre vida marina en la bahía —señalé hacia la gran extensión de agua entre Kowloon y la Isla de Hong Kong.

Leslie dijo que tenía llamadas que hacer y que esperaría en la habitación mientras yo bajaba a dejar a los niños organizados.

No tardé mucho en inscribirlos con la directora del programa, una mujer joven con demasiado entusiasmo para mi gusto.

En veinte minutos, había dejado a mis hijos con la mujer sonriente y volví hacia los ascensores.

Justo cuando entré en el ascensor y se cerraron las puertas, me sonó el móvil. El número era local. Debe de ser Po Po.

—Soy Abby.

—¡Abby! —era Liu—. Se la han llevado, Abby —soltó—. Ha desaparecido.

—Espera, más despacio, Liu. ¿Quién se llevó a quién?

—Entraron en mi apartamento y se llevaron a Ethel. Ha desaparecido.

Mantuve la voz baja y hablé despacio para calmarla.

—Liu, cuéntame exactamente qué pasó.

—Dos hombres. No los había visto nunca. Echaron la puerta abajo y...

—¿Liu? ¿Liu? ¿Sigues ahí?

Aparté el teléfono de la oreja y miré la pantalla. No tenía cobertura. ¡Maldito ascensor! Alcé la vista hacia el panel de los pisos. Acabábamos de pasar el sexto, quedaban diez más. ¡Mierda! El tiempo pareció detenerse mientras mis ojos seguían los números a medida que se iluminaban.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Once.

Y entonces el ascensor se detuvo en el piso doce. ¡Mierda! Las puertas se abrieron y apareció una señora de la limpieza con un carrito enorme. Ni hablar, señora.

—Lo siento —levanté una mano para impedirle entrar. Pulsé el botón de cerrar puertas. ¡Vamos, muévete! Lo pulsé media docena de veces mientras soltaba más palabrotas de las que me gustaría admitir. Debía de parecer una loca.

Me quedé allí, dando golpecitos con el pie y apretando los dientes, deseando que el ascensor fuera más rápido. Por fin, después de lo que pareció una eternidad, llegamos al piso dieciséis. Llamé a Liu mientras iba directa a mi suite. Al tercer tono, contestó.

—Liu, lo siento. Estaba en un ascensor. Escucha, vamos para allá ahora mismo. Tranquila. Todo saldrá bien.

Colgué justo cuando entraba de nuevo en la habitación.

—Leslie, tenemos que irnos. Po Po ha desaparecido.

—¿Qué?

—Acabo de hablar con Liu. Unos hombres entraron en su apartamento y se la llevaron. ¿Puedes llamar para ver si hay algún coche patrulla cerca del apartamento de Liu?

—Sí, por supuesto.

Marcó un número en el móvil y yo agarré el bolso. En cuestión de segundos, había cerrado la puerta de la habitación de un portazo y nos apresurábamos hacia el ascensor.