CAPÍTULO CATORCE
Inmóviles. Como perezosos. Aletargados. Esas son las palabras que usaría para describir el resto de nuestra velada.
Nos arrastramos de vuelta al hotel —bueno, nos arrastramos hasta un taxi que nos llevó de vuelta al hotel— y luego nos desparramamos por la suite como montones tibios de masilla.
Sin embargo, al día siguiente la cosa cambió.
La familia Kane-Yee madrugó y estaba lista para explorar.
El itinerario incluía un viaje al pasado.
Planeábamos visitar el antiguo vecindario donde los niños y yo vivíamos antes de mudarnos a Estados Unidos.
Po Po tenía su propio apartamento en aquel entonces.
Pensé que sería una buena manera de rememorar la época en que su padre estaba vivo.
No creía en ocultar lo que había sucedido. Los niños sabían de su asesinato.
Peng era viudo con dos hijos cuando nos conocimos.
Tuvimos un noviazgo rápido e intenso, y al año de conocernos, nos casamos.
Nuestra vida dichosa terminó abruptamente seis meses después, cuando un colega me llevó aparte y me dio la noticia.
Habían encontrado a Peng muerto, brutalmente asesinado.
En un instante, todo lo que creía que me importaba me fue arrebatado.
Nunca había sentido tanto vacío y dolor como en ese preciso momento.
De no ser por los niños y Po Po, ese agujero nunca se habría llenado.
Ellos me ayudaron a sanar. Me dieron una razón para seguir adelante.
Peng y los niños vivían en un apartamento bastante grande de dos habitaciones en el vecindario de Mong Kok, cerca de un mercado de flores.
Después de que muriera su madre, Po Po se había mudado temporalmente para ayudar a cuidar de los niños.
Era una zona residencial tranquila con un gran parque cerca: un lugar perfecto para criar niños.
Antes de conocernos, yo vivía en el distrito Central de la isla de Hong Kong, donde estaba la Jefatura de la Policía de Hong Kong, pero después de casarnos, me mudé con ellos y Po Po regresó a su apartamento. Peng no quería vivir en uno de los rascacielos de la isla de Hong Kong.
—Me siento como en un bloque de celdas, viviendo entre las masas —me había dicho.
La mudanza alargó mi trayecto al trabajo, pero no me importó.
El edificio se veía igual, salvo por una nueva capa de pintura.
—¿Recuerdas el apartamento, Ryan? —pregunté.
Asintió.
—Sí, recuerdo jugar aquí fuera. Y recuerdo que papá y yo solíamos darle patadas a un balón por allá —dijo, señalando una pequeña zona de césped frente al edificio.
—Así es. Lo hacíais.
—Mami, no creo que recuerde nada de esto —dijo Lucy, decepcionada.
—Bueno, eras muy pequeña, pero viviste aquí hasta los cuatro años. Solía pasear contigo justo por aquí.
—Ah, sí. —Lucy sonrió.
—Po Po, ¿tú te acuerdas? —preguntó Ryan.
Parecía perdida en sus pensamientos cuando Ryan hizo la pregunta. Tardó un momento en responder. Tenía los ojos fijos en el balcón lejano del octavo piso: nuestro apartamento.
—Recordar. A tu padre gustar vivir aquí, y todos conocerlo.
No podía estar más de acuerdo con Po Po. Todos, desde el carnicero hasta el limpiabotas que recorría las calles, conocían a mi esposo. Peng siempre saludaba a la gente con la que se cruzaba. Y siempre recordaba sus nombres.
—Tú mucho parecido a tu padre —dijo Po Po, volviéndose hacia Ryan—. Él muy bueno en artes marciales a tu edad.
—Tal vez por eso soy el mejor de mi grupo en el dojo. —Acto seguido, ejecutó una serie de golpes.
Me reí.
Cuando conocí a Peng, no me sentí atraída por él de inmediato.
No era mi tipo. Pero al día siguiente, me pillé pensando en él.
Me desconcertó, porque no estaba interesada, pero él seguía ocupando mis pensamientos.
Al tercer día, estaba enfadada con él por no intentar contactarme.
Olvidando, claro, que no le había dado ninguna indicación de que estuviera remotamente interesada.
Sí, Abby la loca. Enfadada con un hombre que había conocido una sola vez por no invitarme a salir más adelante, cuando no había hecho más que rechazar todos sus avances en nuestro único encuentro.
Pobre Peng. Ni siquiera me conocía, y yo ya había empezado a acumular munición para una futura discusión.
—Tu padre tenía unas habilidades impresionantes —dije mientras me acercaba a él—. Lo conocí en el dojo. Se pasó dos horas intentando impresionarme con sus movimientos. —Me puse en posición ofensiva y le lancé una patada juguetona a Ryan. Él retrocedió un paso, con los brazos en alto en defensa.
—¿En serio? —preguntó Ryan con ojos curiosos.
—Tardó un poco, pero sí —sonreí y le revolví el pelo a Ryan.
Pasamos la siguiente media hora, más o menos, contándoles historias a los niños, completando detalles que habían olvidado o que, especialmente en el caso de Lucy, ni siquiera sabían que habían ocurrido.
Después, cogimos un taxi y nos dirigimos a la parte norte de Kowloon, donde estaba el complejo de viviendas públicas de Shek Kip Mei. El gobierno lo construyó en 1953 para resolver el problema de los inmigrantes que llegaban de china continental. Abarcaba veintiséis bloques.
—Aquí es donde tu padre vivir de niño —dijo Po Po mientras salíamos del taxi y mirábamos los edificios—. Yo recordar más grande y no tan bonito —añadió.
El gobierno había hecho amplias reformas en el complejo desde que Po Po vivió allí. Algunos de los rascacielos habían sido demolidos y sustituidos por edificios más pequeños.
—¿Cuánto tiempo vivisteis tú y papá aquí? —preguntó Ryan.
Po Po frunció los labios mientras pensaba.
—Él ser bebé cuando mudarnos y adolescente cuando irnos.
—¿Cuál era tu apartamento, Po Po? —pregunté.
—No creer que edificio seguir aquí —dijo.
—Tu edificio podría haber sido uno de los que el gobierno derribó durante las reformas.
—Cada habitación solo grande para cinco personas —dijo Po Po, levantando la mano—. Nosotros ocho personas. Muy lleno.
—Vaya —dijo Lucy, alargando la palabra.
Po Po asintió.
—Nosotros tener vida sencilla. Cuando tu padre poder trabajar, coger trabajo lavando platos. Solo tener doce años. Llegar a casa del colegio, hacer deberes, luego ir al restaurante.
—¿Cuándo tenía tiempo para practicar kung fu? —preguntó Ryan.
—Después del trabajo, practicar una hora y luego yo hacerlo dormir.
—Tu padre nunca le huyó al trabajo duro —añadí.
—¿Por qué trabajaba? —preguntó Lucy.
Po Po se volvió hacia ella.
—Él querer mejor lugar para vivir. Cada vez que mudar, tener mejor apartamento.
Se le quebró un poco la voz y se le humedecieron los ojos por un momento, una de las pocas veces que dejaba ver sus emociones.
—Después de terminar universidad, él tener mucho éxito. Siempre intentar yo estar cómoda.
—Para cuando nos conocimos, vivías en un apartamento muy bonito con vistas al puerto Victoria —dije.
Seguimos paseando un rato más por el complejo mientras Po Po continuaba hablando de la vida allí. Era agradable ver a los niños pendientes de cada palabra suya.