Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6) CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

Después del almuerzo, todos nos dejamos caer en las camas. Teníamos suites contiguas: Po Po y Lucy en una, y Ryan y yo en la otra. Un par de horas de siesta y luego una ducha caliente nos dejarían listos para darnos un festín en un restaurante popular cerca del hotel.

—¡Abby! —gritó Leslie desde la mesa, poniéndose de pie. Ella y algunos de mis antiguos colegas habían llegado antes que nosotros.

—¡Leslie! —chillé yo también.

Chillamos como hermanas que llevaran años sin verse y nos fundimos en un abrazo de oso.

Teníamos más o menos la misma altura, el mismo cabello negro y la piel clara.

Podríamos pasar perfectamente por hermanas de no ser por mis ojos verdes.

A pesar de mi herencia irlandesa, todo lo demás en mí era puramente chino.

—Dios mío, no puedo creer que esté aquí contigo —dije, sujetándola por los brazos mientras la miraba de arriba abajo antes de volver a abrazarla.

—Lo mismo digo. Ha pasado una eternidad. Tu pelo... lo tienes larguísimo —dijo Leslie mientras enroscaba las puntas sedosas entre sus dedos—. Pero te queda genial. Siempre tuviste un pelo precioso.

Desde que dejé Hong Kong me había dejado crecer el pelo por debajo de los hombros, algo que nunca hice mientras trabajaba en la Policía de Hong Kong.

Seguimos pellizcándonos y tocándonos para asegurarnos de que no estábamos soñando. Entonces Leslie miró por encima de mi hombro.

—Lucy. Ryan —dijo—. ¡Cuánto habéis crecido los dos! Y Po Po, estás maravillosa.

Mientras ella se dedicaba a abrazar y besar al resto de la familia, dirigí mi atención hacia los tres hombres que estaban de pie junto a la mesa.

—Esto sí que es digno de ver —dije cruzándome de brazos y apoyándome en una pierna.

—Abby, qué alegría verte —David Lee fue el primero en abrazarme, seguido de Francis Chun y Junior Ming.

Lee acababa de salir de la academia cuando lo asignaron a la OCTB bajo mi mando.

Le había cogido cariño y lo había tutelado desde el principio.

Tenía un don para recopilar información de inteligencia, que fue el departamento en el que acabó.

Chun era inspector jefe cuando entré en la Policía de Hong Kong.

Fue una de las pocas personas que me trató con respeto desde el primer día.

Se jubiló poco después de que yo me marchara.

Por último, estaba Ming, mi primer y único compañero en la Policía de Hong Kong.

—Tío, qué alegría verte —dijo Ming, levantándome del suelo en un abrazo enorme.

Ming no era el típico hombre chino: medía un metro ochenta, tenía los hombros anchos, un torso fornido y unos brazos como troncos.

Le había salvado la cabeza de que se la volaran de un escopetazo poco después de empezar a trabajar juntos.

Aquel fue el punto de inflexión en mi carrera en el cuerpo.

A partir de entonces empecé a ganarme el respeto de mis compañeros.

—Dios mío, ¿se puede ser más grande? —pregunté cuando me dejó en el suelo. Rodeé uno de sus bíceps con las dos manos y aun así no conseguí abarcarlo.

—Y tú sigues siendo la mujer más dura que conozco —dijo en voz baja—. No se lo digas a Leslie. Ella cree que es la mujer más dura que conozco.

Nos echamos a reír y todos nos sentamos.

Leslie se sentó a mi derecha, Po Po a mi izquierda.

Los niños se mezclaron con los demás. Ryan se sentó inmediatamente junto a Ming.

Estaba deseando conocerlo desde que le conté que era un experto en artes marciales; todavía ostenta el récord de la academia por el derribo e inmovilización más rápidos.

—Ya he hecho el pedido —anunció Leslie a todos—. Vienen ocho platos, y lo único que quiero ver al final son platos relucientes de tanto lamerlos.

El primer plato en llegar a la mesa fue sopa de fideos con pollo al estilo de Sichuan.

Solo el aroma bastó para hacernos la boca agua y despertar el rugido de nuestros estómagos.

Trozos de pollo tierno y fideos en su punto, bañados en un caldo complejo con notas de anís estrellado, canela, cáscaras de mandarina y la pimienta de Sichuan justa para dejar un cosquilleo en la lengua.

Cada sorbo pedía otro más, y todos nos llevamos los cuencos a los labios para apurar hasta la última gota.

El pollo borracho en rodajas —pollo al vapor marinado en vino Shaoxing— fue el plato frío perfecto para seguir a la sopa: delicado, jugoso y lleno de sabor.

También hubo pato pekinés con pera y pomelo, diminutas gambas de río con hojas de té, tofu al vapor relleno de cerdo y langosta yee mein, un plato de fideos repleto de langosta dulce, cebolletas, jengibre, ajo y fideos dorados cubiertos con una ligera salsa de queso.

Esto último fue toda una novedad para mí: el toque de queso me pilló por sorpresa, pero a mi estómago le encantó.

Lo mejor de todo fue el cochinillo asado con su piel perfecta: finas tejas crujientes que se quebraban con cada bocado.

Meter un poco de cerdo, piel crujiente y salsa hoisin dulce en un panecillo tierno creaba un bocadillo chino de muerte.

Terminamos con una selección de tartaletas de huevo y gelatina de almendras. Una vez más tuve que desabrocharme a escondidas el botón de los vaqueros. Sospecho que no fui la única, y a ese consuelo me aferré.

Por supuesto, comer no era lo único en lo que pensaba esa noche. Leslie y yo conseguimos charlar entre bocado y bocado.

—Espera, ¿un terremoto de 4,8? Eso suena enorme. ¿Cómo fue?

—La mejor forma de describirlo es... es la misma sensación que tienes con las turbulencias en un avión. No es tanto el temblor en sí. Es la pérdida de control. Saber que no puedes hacer nada y que estás a merced de otras fuerzas es lo que lo hace tan aterrador.

—Bueno, me alegro de que no cancelaras el viaje —dijo, apretándome el brazo—. Me hace muy feliz que estés aquí. Ah, quería preguntarte, ¿qué tal están tus padres? ¿Siguen en el norte de China?

Después de que mi padre se jubilara, él y mamá se mudaron a Harbin, una gran ciudad cerca de la frontera entre China y Rusia. Por qué decidieron irse allí en lugar de quedarse en Hong Kong se me escapaba por completo.

—Están bien. ¿Te conté que dirigen el Festival de Esculturas de Hielo y Nieve de Harbin?

—No me digas. ¿Tus padres dirigen un festival de hielo famoso en todo el mundo? ¿Quién hace eso? ¿Cómo demonios consiguieron ese curro?

—Ni idea. Ya conoces a mi padre: un hombre con mil talentos.

—¿Vas a ir a verlos? El vuelo no es tan largo.

Negué con la cabeza. —Quería, pero no cuadran las fechas. Están de vacaciones en Croacia ahora mismo.

—Oh, qué pena. ¿Los has visto desde que te fuiste de Hong Kong?

—Hablamos por videollamada, pero ya sabes... —Me encogí de hombros—. Bueno, cuéntame de ese caso que te hizo saltarte el almuerzo. Debe de ser importante para que renunciaras a la comida —dije, sonriendo.

—Una cuadrilla estaba demoliendo un edificio cuando descubrieron un esqueleto emparedado.

—Oh, espera, lo vi en las noticias. La Momia Desaparecida, ¿verdad?

—Sí, ese mismo. El cuerpo estaba parcialmente momificado. Hay un chiste que corre por la oficina: Papá se ha cambiado de sexo. Ahora es momia.

Me di una palmada en la rodilla con el chiste de Leslie, pero Po Po no parecía compartir nuestro sentido del humor, porque la oí chasquear la lengua un par de veces. —¿Sospechas del promotor? —pregunté.

—Me gustaría, pero ahora mismo los registros del edificio no aparecen por ningún lado. Tenemos que ir tirando del hilo desde el propietario actual y esperar que el rastro nos lleve al promotor original.

—Oye, no echo de menos el caos de los registros municipales. En el FBI tenemos acceso a prácticamente todo lo que queramos. Eso reduce el tiempo que pasas pateando calles, llamando a puertas y encajando piezas de información.

—¿Me estás ofreciendo tu ayuda? —preguntó Leslie, arqueando las cejas.

—Ja, ja. Buena esa. No, solo me estoy divirtiendo un poco a tu costa. —Le di un codazo en el costado.

—Sigue así y te juro que encontraré la manera de pescarte. —Sus ojos brillaron.

Imité el gesto de lanzar una caña de pescar por encima de la mesa y empecé a recoger el sedal.

—Ten cuidado, Abby —advirtió.

Seguí con la pantomima y fingí que había picado algo. —Ayúdame, Leslie. Parece uno grande.

Las dos estallamos en carcajadas. Ni de broma iba a dejar que nada relacionado con el trabajo, ni del FBI ni de la policía de Hong Kong, invadiera mis vacaciones. Por lo que a mí respectaba, la agente Kane estaba fuera de la oficina y no se la debía molestar.