Kopk poj: el aliento de la montaña Mutööjk vaktany (tercera pausa) #2
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Mutööjk vaktany (tercera pausa) #2

Momento. Esto requiere una discusión más profunda.

No voy a comparar mi sufrimiento con Ixyam Dolor, pero es terrible, para un narrador-personaje como yo, hijo defectuoso y poco confiable de un pensamiento enfermo, el ver tasajeada una parte de la obra, todo el tercer acto: el regreso a la Cólquide de una hija rechazada.

Es triste, aunque tengo que aceptarlo, se descuadra el trasunto: el realismo se filtra a través de Monserrat.

Bueno, no tanto el realismo, sino un cientificismo citadino: preguntas universitarias para sucesos legendarios.

Si Armonio se fue a México, como decía en sus cartas, lo más probable es que se hubiera vuelto, para sí mismo, una historia de superación de la condición de indio .

Letrado por maña de su padre, castellanizado desde bebé, a golpes: el primer licenciado de su familia ignoraría siempre que era consecuencia de una argucia fraguada por Giovanni para extinguir en ellos, los hermanos, una lengua en nombre del combate a potestades no cristianas.

Hombre de pueblo exitoso por haberse ido de su pueblo: de otro modo hubiera acabado como su hermano, insistiría.

Le habría puesto a su hija Monserrat, según muy independentista proCataluña, aunque se trataba de una virgen, por muy catalana y Moreneta que fuera.

La chava, universitaria, iba a asustarse cuando viniera a Jyajöma'am a hacer trabajo de campo y escuchara las leyendas.

Mal chiste eso de Mont Serrat: la montaña cerrada.

Entre tanto rumor de cómo se le cerró el cerro al abuelo Mónico, y entre tanto Reclamo de los montes que le iban a contar, estaba de miedo.

Casi todos le dirían Monse, también su papá, pero más bien Mönse (Mounse, algo así), con aquel acento del pueblo que Armonio siempre iba a conservar, aunque quisiera ocultarlo.

No es extraño que tuviera el acento de una lengua que no hablaba, porque creció en Jyajöma'am y siempre habló español al estilo de sus paisanos, aunque él sólo entendiera y a duras penas mascara el mixe, igualito que su creador.

Sus colegas le harían burla por su sonsonete , así dirían, ellos que hablaban chilango variante de la Universidad Nacional: acento vestido con lentes de pasta y saquito de pana con coderas.

Como tenía un poco de ego el abuelo Mónico, se encargó de resguardarse a sí mismo en los nombres de todos ellos; aunque el humo de los años y las migraciones hayan ocultado su heredad (y destanteado a Kopkjoot, cuyo poder se limitaba a su territorio, por desgracia).

Por eso es que volvía Mönse: algo del nombre, además de las letras, sobrevivió tres generaciones hasta llegar a ella y eso también la asustaría: Mónico, Armonio y Monserrat, en línea directa.

No se llamaría Mónica porque su mamá se opondría: que no le gustaba y que no era necesario, que con una sílaba, mon , era suficiente para homenaje.

Con Armonio, citadino y profesionista, siempre la vergüenza y el orgullo mezclados.

Si vivo, se opondría a que Mönse se fuera para el pueblo, aunque fuera nomás para hacer investigación, porque el progreso está en la dirección opuesta: ¿si no pa qué tanto sacrificio, pues?

; pero había muerto y ya había hecho el viaje para comer pöötsa en varias ocasiones.

Las habría llevado nomás una vez, a su esposa y a su hija, a que conocieran a su abuelita Carmen, con la esperanza de convencerla de irse con ellos.

El inge Armonio contaría con mucho orgullo su historia de progreso (y sufrimiento, que es lo mismo).

Sería un mixe que se preciaba de serlo, pero más de haberlo dejado de ser, pero de serlo todavía a pesar de todo, pero más de haberlo superado: le heredaría a Mönse la pura irresolución identitaria.

No era cuestión de sincretismo u otra bagatela intelectualoide de ésas, era más bien cartográfico el asunto, cosa de traslados interiores llenos de curvas y baches: ruta de taxi foráneo (más que camionera) que anunciaba el mismo destino siempre, la cura para la disociación, sin llegar nunca ni respetar horario alguno, mucho menos las paradas.

Pero ahí estarían siempre Monserrat y su papá, haciéndole la parada, soñando con ser choferes de su propio micro (más que de taxi): avergonzados y dignos a un tiempo, curiosos y atrofiados, por sobre todo escindidos, píos feligreses de la Virgen de la Purísima Contradicción, patrona de su pueblo.

Habría una dignidad nacionalista mixe en Armonio, una medio hipócrita, notada y criticada por Mönse, en él que se preciaba de haber progresado.

¿Por qué? ¿Cuál sería su máscara en realidad?

¿La del indio superado o la del mixe orgulloso?

La canción de Los Soprano la haría evocarlo: Your mama always said you’d be the chosen one, / one in a million she said: You’re one in a million, / you’ve got to burn to shine, / but you were born under a bad sign, / with a blue moon in your eyes .

1 Aunque la rola le quedaba más a tío Filarmónico (qué bonito nombre, diría Mönse), lástima que no lo haya conocido, porque verlo una vez, de bebé, no fue conocerlo.

Armonio se sentiría como el indio entre diez mil indios , mejor que ellos por exitoso, peor que todos por traidor, así como Django: epítome de un complejo de superioridad y también de inferioridad al mismo tiempo: a caballo entre dos mundos, despreciado en ambos por eso, por atorado en la mitad.

Quizá lo que Armonio intentaría, según Mönse, sería mostrarse como instruido, precisamente porque se fue: un intelectual leyendo al mundo desde el libro.

Porque un intelectual no es el que se abstrae de la realidad cotidiana, al contrario, es quien la descifra a través de los libros, aunque se encabrone porque la realidad no coincide con sus lecturas, o se deprima.

No es la acción o la falta de la misma lo que los define, como muchos dicen, sino el uso de una herramienta determinada para construir lógicas y explicaciones: el libro.

Un xëmaaypa usa el maíz como un intelectual los libros, ahí tiene los signos y las claves para la construcción del sentido o de cierto modo de construir el sentido .

Entonces, ¿qué le quitó más lo mixe, no saber leer el maíz o perder la lengua? ¿Cuál de las dos?

La cintura está chingue y chingue, Ixyam no encuentra una postura cómoda para escribir.

Mejor ya pararle, mandar todo a la chingada, echar a correr una última vez y aventarse de la ventana.

Un verdadero arrojo sería desde el cuarto piso (quién sabe si el quinto sea real); de acá, del segundo, nomás se va a romper las piernas y luego a dónde, ¿al hospital más cercano?

Piensa si volverá a ver a Kumaapa: sólo vino a dejarlo y se regresó al pueblo, tenía que chambear.

Otros paisanos también lo han visitado. Ahora, a diferencia de hace rato, desea no verlos más: le ruega a Quiensea que no: ya no.

Una sobredosis pastillera sería lo más sencillo, pero podría ser muy molesta y sin garantía de éxito.

¿Entonces cómo? ¿A qué hora? Si se atrevía a contarlo, ¿lo tomarían como un gesto fatuo para llamar la atención, un grito de auxilio, una tragedia?

Porque no es ninguna de las tres: es un deseo, pachoncito y contento, de descansar, de bajarse del camión o del taxi foráneo y soltar ya.

¿Qué tiene de malo? Armar una pedota de una semana, viajar un poquito, darse unos pasones y fuga.

Sólo Mönse lo apena: Ella terminaría conmigo, sin haber siquiera nacido, en la cerrazón de mi montaña, se lamenta Ixyam.