Mutööjk vaktany (tercera pausa)
Mutööjk va'ktany (tercera pausa)
Un aparato redondo con pantalla en blanco y negro que arroja números en mapas de bits, parecido a los Tamagochi de antes, saca la lengua agujosa y saborea la sangre del índice: la glucosa está bien, siempre está bien, pero es protocolo pinchar cada inicio de turno: al menos las de la tarde van rotando los dedos.
La pinche amargada de la madrugada ni se fija en cuál, el que esté más en corto: piquete a cama uno, piquete a cama dos, piquete a cama tres; éjele, señor de la uno, no esconda la mano o le pican los pies.
Ixyam está en la tres, una de las que dan al pasillo.
Ya no hace ni caso. Los primeros días se quejaba, no veía la necesidad, si su enfermedad no es cosa de azúcar, pero ya no tiene ganas de repelar: se está portando bien porque ya quiere irse, no nomás del hospital.
Si estuviera en las habitaciones de arriba, podría ser diferente.
—¿Sabías que existe un quinto piso? Es un hotel boutique dentro del hospital, tienen una especie de convenio —le contó el rumor una vecina una noche (los pacientes separados por cortinas verde pastel y estructuras móviles metálicas), una que estaba esperando la decisión de los médicos: el cirujano quería operar de inmediato, casi de urgencia, pero a la anestesióloga le preocupaba la incapacidad de coagulación que seguían arrojando los estudios.
—¿De verdad? ¿Quién le dijo?
—El intendente de las mañanas, dice que a veces le toca trabajar allá, que a veces hasta le dan propina.
La institución no acepta más que casos raros, pero ser uno es sólo el primer paso.
Te hacen todo un protocolo y, si les interesas, entras; caso contrario, te recomiendan ir al Seguro: «Si no tiene, pues busque a alguien que se lo saque».
Después, el estudio socioeconómico: los de varo a la cuarta planta: buen trato, televisores, sofá para acompañante, visitas abiertas.
En la tercera no hay tanto lujo, pero cada paciente tiene su cuartito, nada de estar presenciando las curaciones o las crisis nerviosas de los camaradas.
Nada contra ellos, pero es que se siente muy gacho que se te queden viendo el estómago abierto cuando te meten la comida por un tubo (de cagar, mejor ni hablamos).
En la segunda planta es de a cuatro por habitación y en la primera de a seis (aunque luego meten hasta diez).
Pero todos son unos afortunadotes: son estudiados (ejem, atendidos) en el mejor hospital-escuela del país.
En la cama tres del cuarto 28, Ixyam: Varón, 27 años, 1.
72, 55 kilos, pareja de hecho, carrera trunca, no trabaja, indígena.
Discapacidad músculo esquelética secundaria a enfermedad inmunológica.
Evolución tórpida y de difícil control. Dx.
probable: Espondilitis anquilosante. Pronóstico para la vida: bueno; para la función, reservado.
Tratamiento actual: leflunomida, celecoxib, prednisona y sulfasalazina (más antiinflamatorios no esteroideos y analgésicos autorecetados).
El paciente refiere utilizar mariguana con regularidad.
Rigidez exacerbada cervical. Artritis en codo izquierdo, ambos tobillos, ambas rodillas.
Severa inflamación y enrojecimientos en costillas del costado izquierdo.
Datos de entesitis plantar y aquilea. Dolor notable en regiones inguinales, muestra sacroilitis.
Colon irritable compatible con síndrome de Crohn, secundario a enfermedad autoinmune de base.
Ha recibido infiltraciones en columna, pubis, manos, plantas de los pies, rodilla derecha y cuello.
Líquido sinovial derramado en muñeca derecha, inflamación en ambas.
Recibió tratamiento biológico, adalimumab, que causó Tb.
ganglionar, para lo que recibió tratamiento indicado por seis meses.
Se refiere a infectología para evaluación.
Ganglios ya sin hinchazón ni purulencia.
El ojo izquierdo con episodio severo de uveítis (ha sido tratado con corticoides en gotas) .
«Miren la curvatura de la espalda, la rectificación de las vértebras, éste es un caso severo.
Normalmente, la espalda de bambú tarda más en notarse», dice el maestro reumatólogo, canoso y bonachón.
Viene cada tercer día con un séquito de batas blancas y cabezas negras, salvo algunas pintadas, todos con lentes, los nombres cocidos en los bolsillos delanteros, caligrafía manuscrita color azul.
Muy muy los estudiantes, los mejores puntajes del examen nacional de residencia: los primeros que eligen hospital.
El bullying que le hacen los R2 a los R1 acá es más que en otros lados, pero aprendes mucho y, saliendo, uy, papá, chamba segura.
«Toquen los puntos gatillo, cada uno toque sólo uno, diferente, para que no le duela tanto», prosigue el maestro, «¿Ya vieron?
Podríamos sumar una fibromialgia, ¿o qué opinan ustedes?
Agáchese lo más que pueda. Tú: mídele, test de Schober.
Tú: orden para antígeno HLA-B27. A ver, desvístase, por favor. Sí, también la trusa».
La espondilitis anquilosante no mata, no tiene ni esa decencia.
Podría causar asfixia, por contracción torácica, en estadios muy desarrollados, pero es casi imposible.
No mata: nomás echa a perder la vida. ¿Qué pueden saber de ella quienes no la sienten en el cuerpo?
Hoy una gammagrafía y una colonoscopía: «Prepárenlo, denle laxante.
Chin, quedaste lejos del baño. Tráiganle una bacinica.
Aunque mejor te quedas en el baño hasta que pase el efecto».
Mañana citas con infecto y la oculista. Cirugía de cadera programada para pasado: «…
pero lo que más le receto es paciencia», comunica el doctor mientras enrolla los brazos en claro gesto de autocomplacencia, momento simpático del guion postoperatorio, «nomás que ésa no se la puedo poner intravenosa» complementa con una sonrisa bonachona y una pausa con fines estudiadamente retóricos, «cualquier cosa que necesite, le dice a la enfermera o al médico de guardia».
El cirujano se retira con la satisfacción del trabajo cumplido; evanecido y compungido, al mismo tiempo, por llevar la pesada carga de dispensar dolor, alivio y, todavía, sabiduría existencial.
Se marcha con rumbo al briefing diario entre pares, en donde describirá el éxito del procedimiento quirúrgico y entre quienes el chistorete tendrá menos efectos adversos.
Mientras, Ixyam trata de controlar las arcadas causadas por la anestesia generalizada: no quiere más punzadas en las incisiones.
No lo logra y vuelve a vomitar, las náuseas exacerbadas por la bufonada.
—Sácame de aquí, Jotvij. Ya quiero irme —pide Ixyam en medio de la vomitadera.
—Si nos vamos, volverás a lo mismo. Te parece apetitoso visto desde acá, pero llegando, va a ser lo mismo.
—Como sea, sácame, por favor: ya no aguanto. Por lo menos allá termino la novela.
—Escríbela acá, es lo mismo. Aguanta, nos costó mucho traerte y que te aceptaran.
En un mundo sin centro, el dolor habita todas las esquinas.
En una de ellas, estrecho Helesponto, está Ixyam arrinconado.
Los nervios le raspan en grito castroso: rasguñan, comen, trastornan.
Se aferra a la realidad que está creando.
Aunque no le gusta su escritura —sólo atina a dibujar contornos: caricaturista más que pintor—, se abraza a ese pueblo que no es su pueblo pero es parecido al pueblo a donde quiere volver, nomás para despedirse.
Sabe que no van a entender, la de habladas que va a causar: es tabú todavía.
Recuerda cuando viajó con Jotvij en el Chepe por las Barrancas, cuando sintió la llamada del abismo en Basaseachi: propuesta tibiecita de un prolapso gentil, con la caricia en las mejillas de la brisa de la cascada.
Mejor irse para allá: allá recibir el beso pedregoso y acelerado, ennochecimiento vertical, más rebozoso que cobijiento.
Pero ¿y luego para recoger la salpicadera y llevársela hasta el pueblo? Ni así va a dejar de dar molestia…
Mejor viajar en el Argo, volver a los mónidas, abrazarlos a ellos, aunque no existan, para no sentir las arañas en los nervios, recorriéndolos provocadoras y dientonas.
A Jyajöma'am puede ir desde donde quiera, a cualquier hora, sin pedirle ayuda a ninguna Medea, nomás para luego traicionarla.
Mejor ahogarse en aquellos ríos profundos y aqueos:
—Tengo pensado un encierro dentro de una montaña específica, la de encima de la cueva: el reclamo definitivo de los montes —le confiere Ixyam a Jotvij—. Ahí va a acabar Mónico, el muy traidor. Mucho después, una nieta vuelve a Jyajöma'am. Se llama Monserrat, sin la primera ‹t›.
—No, lo que necesitas es un cierre, no que se te alargue. La tuya no es una apuesta por la longitud.
—Kumaapa dijo lo mismo, que se me iba a hacer un chilaque, que no me encariñara ni le siguiera, porque no iba a funcionar: «La historia ya cuadró, ya está, todos los hilos ya se unen en simetría apolónica (todos chuecos, pues, pero anudados)», me dijo.
—Tiene razón. Es un nudo terminado: ya no lo toques o lo vas a estropear. El ciclo está completo, al menos eso veo yo.