Capítulo 6. Brígida - vals #3
Todo eso tú ya lo sabes, pero quiero que sepas que yo también sé.
O, mejor dicho, quiero que sepas lo poquito que yo sé, para que puedas entenderme.
Desde que supe que vendrías en algún momento, decidí buscar a la xëmaaypa.
Fui yo sola porque Mónico lleva tantos años siendo el Maestro que ya no sabe lo que es ser agradecido; y porque Giovanni es un ignorante de nuestras costumbres.
Lo único que haría sería estorbar y ya ha hecho suficiente daño, por más que su intención sea buena.
Además, por más grande que le digan que es, Mónico nunca dejará de ser el niño que te llevaste, sobre todo cuando grita que ya no lo es.
La mera mención tuya lo aterra y, si lo dejara en sus manos, acabaría permitiendo que te llevaras a nuestro hijo, y a él no sé qué le quitarías también, para lograr tu propósito.
Pero no me malentiendas, por favor: yo sé que mi hijo no es nuestra pertenencia.
Lo que quiero es pedirte un favor, no quiero reclamarte nada.
Te recibí como debe hacerse, te he dado tu respeto, ¿o no?
Nana Nazaria me indicó que era mejor recibirte hoy, pakatsy xa'av, 13 que éste era el mejor día para invitarte, que estarías de buenas porque es un día ventoso como tú.
Te preparé trece tortillas y te hice caldo mixe, con pollo y res como sé que te gusta.
También te hice pits mï'ïk, 14 come. Pero eso es sólo para que estés contento, para que no nos malmires ni hagas muina.
Yo sé que se requiere un sacrificio y te tengo una tratada.
Pero come, ya están listos los pöötsa. Mientras yo te sigo platicando, a ver si se te ablanda el corazón.
Bueno, el estómago, yo sé que las emociones están en el estómago, adonde se nos hace un hoyo, se nos calienta si nos enojamos y se nos hace grande cuando extrañamos o pequeño si nos ponemos sensibles.
No sé quién inventó que en el corazón. Yo ahí no siento nada. ¿Tú tienes corazón o estómago? ¿O nada?
Cuando me empezó a cartear, Mónico andaba en Mö'ötviinm, formando una banda, y desde allá me escribía.
Yo no sabía leer, pero el cura nos leía las cartas, a mis papás y a mí.
«Lucero de mi corazón», empezaba siempre: padrecito cabrón, luego supe que él se inventaba el inicio, un poco del medio y todas las postdatas.
Le iba improvisando, según reaccionaran mis papás.
Sin su intervención no nos hubiéramos casado y Fila no hubiera nacido, así que él también contribuyó con tu plan, ¿no es así?
Y no era fácil: yo soy una Rangel y Mónico nomás un González, y ni siquiera eso.
Mi papá era un güero biche 15 que se creía superior porque sus tataratatarabuelos eran españoles, y porque usaba zapatos en vez de huaraches.
Aunque nuestra rama familiar no es la principal —él era un hermanastro del patriarca de la familia de ese entonces—, eso no le estorbó para querer ningunear a Mónico.
Pobrecito, cuando vino a la pedida llegó con el cura.
Venían así nomás, los dos solitos: ¿a quién más iba a traer?
Se aventó los discursos sin ningún ka'amaypa que lo acompañara.
Mi papá se emborrachó ese día y le gritó que sus abuelos habían venido de no sé qué isla allende el mar, y que el primer Rangel, un tal Antonio, había llegado en el siglo XVIII y que había fundido la vieja campana para hacer instrumentos musicales, que si de dónde eran los suyos.
Sólo podía preciarse de eso porque no sabía hacer ni componer ni tocar ningún instrumento.
En gran parte, el desprecio dizque aristocrático que externaba hacia Mónico no era más que envidia. Mucha gente lo envidia.
Los Rangel tenían en ese momento casi todo el poder sobre el pueblo, sobre todo por su manejo desenvuelto del castellano, lo que los hacía en automático intermediarios entre México y los paisanos.
Casi les da el soponcio a mis tíos cuando Mónico se vino a vivir conmigo a esta casona y peor cuando nació Fila, porque ahora la casa es de ellos y seguirá siendo de ellos, si tú lo permites.
Se contaba que el dinero de mi familia venía del parcelamiento que ordenó el gobierno, cuando quisieron prohibir la propiedad comunal.
Los pocos que hablaban castilla, dígase los Rangel, entendieron de qué iba el asunto y declararon como suyas amplias extensiones de terreno comunitario que no les pertenecían.
A esa práctica, nos explicó Giovanni a Mónico y a mí, se le conoció como manifestación de bienes ocultos ; pero en Jyajöma'am le decimos rangelearse un terrenito.
Mas no todos los Rangel eran así. Por ejemplo, el abuelo Ramón fue también un gran compositor (aunque menos que ya sabemos quién) y en su año como autoridad mandó construir el palacio municipal.
Él mismo electrificó su casa, usando una caída de agua —el agua que se acumulaba quedaba calientita y todos los niños (los Rangel, quiero decir) nos bañábamos con ella—.
La gente dice que también tuvo tratos con el Cerro, o sea, contigo, ¿o hay otros como tú?
¿Muchos? ¿Por qué no se unen? Está claro que van perdiendo y, de a uno en uno se los van a chingar, y con ustedes a todos nosotros.
¿Demasiada plática y preguntadera dices?
Sí, intento hacer tiempo, pero no trampa.
Tú sabes lo que te voy a proponer y me atrevo a pensar que ya decidiste aceptar, ¿si no, por qué tanta paciencia?
Déjame agarrar impulso, saborear mis palabras acá junto a mi fogón, ¿a ti qué se te quita con dilatarnos otro poquito?
Además, yo también importo en esta historia, ¿o nomás ellos?
El mezcalito me está haciendo efecto y la lengua se me está soltando, aunque tampoco es que sea yo muy callada de por sí.
Mónico y yo fuimos novios algunos años y en eso fuimos raros, en ser novios antes de casarnos.
Yo tuve muchos pretendientes, pero nomás a él lo quise.
Se hacía él muy fuerte según él, con su cabello ondulado, su gabardina verde militar y fumando con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados, retadores; pero a mí me daba mucha ternura.
Era un huérfano, uno doble: siempre ha estado desvalido.
Aunque después supimos que el cura engalanaba las cartas que nos enviábamos, acabamos por querernos mucho.
No nos casamos rápido porque mi papá exigió que se mataran dos reses: una para su cumpleaños y una para la boda, porque nos teníamos que casar en la misma fecha.
Por eso Mónico se regresó a enseñar a otros pueblos, no porque le gustara mucho: la verdad es que no soportaba estar lejos, decía que le pesaban las extremidades y se le nublaba la cabeza.
Yo iba a preguntar a cada rato si no había llegado carta para mí.
La oficina de correos estaba cerrada en aquella época, así que le llegaban directo al secretario: «Ya te dije que no hay nada, ya viniste a preguntar varias veces», decía tío Delfino, más divertido que de malas.
«En estos tiempos, nada más los comunistas y el gobierno mandan cartas y ninguna de ésas te conviene».